Nuestros altares oscuros

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Summary

"Hay altares que no se construyen en iglesias, sino en el rincón más profundo de la sombra." En esta antología de relatos, la fe y el instinto colisionan. Desde un ángel caído que redescubre la devoción en la piel de una mortal, hasta un guerrero antiguo que encuentra su hogar entre las escamas de una criatura olvidada. Nuestros altares oscuros es un viaje a través de la pasión ferviente y el romance gótico. Aquí, los seres sobrenaturales no son algo que temer, sino seres que reclaman, protegen y adoran. Déjate seducir por cinco historias donde la sangre es el único pacto y el deseo es la plegaria más sagrada. ¿Estás lista para arrodillarte ante la oscuridad?

Status
Ongoing
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1
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n/a
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18+

Adórame

Un coro de risas y ovaciones alrededor de una pira aturdía a Elara, que yacía atada a un tronco que se consumiría —junto a ella— hasta las cenizas.

Los cantos profanos que rezaban por la llegada de un tal Samael le revolvían el estómago, y el fuego encendido a los pies de la pira amenazaba con alcanzarla, chamuscando las faldas del hábito.

Fue arrancada del convento por aquel espantoso aquelarre de brujas el atardecer anterior, y las herejes no tuvieron reparos en humillarla, despojándola de su velo y del escapulario inmaculado, burlándose de su credo.

Orar por ayuda divina era una apuesta que Elara hacía a pesar de darla por perdida, sollozando por las brasas que hacían arder sus pies, padeciendo la asfixia por las sogas que aprisionaban su pecho contra la madera fría, y el terror de que su final irremediablemente llegaría.

—Oh Samael, príncipe de tinieblas. Tú, mano derecha del rey de los infiernos. Tú, hacedor de oscuros milagros. El santo oscuro al que nos hemos encomendado. —profesó la líder del aquelarre—. Aparécete esta noche, Samael. Pues te hemos traído a una sierva de Dios como regalo. ¡Al infierno, hacia ti, la hemos encomendado! ¡Aparécete y compénsanos con tu amor esta noche de aquelarre sagrado!

Elara se retorció, y al sentir las quemaduras en los pies, gritó.

«¡Dios, ayúdame por favor!» sollozó Elara, creyéndose devorada por el fuego, con las lágrimas arrastrando consigo toda la esperanza de una salida.

Entonces, como si fuera una respuesta a su súplica, un ventarrón húmedo y gélido como para helar los huesos las sacudió, extinguiendo las llamas de la pira.

Un relámpago fue sucedido por un trueno imponente, escabroso, que hizo retumbar la tierra. La luz de la luna fue opacada por los nubarrones, y una niebla densa se extendió por el claro del bosque en el que el aquelarre celebraba el siniestro ritual.

Elara apretó los dientes, tragándose las lágrimas. Examinó el entorno con sus ojos grises como un animal alerta, buscando a sus capturas, y dejó de respirar al divisar un par de ojos brillantes como estrellas entre la neblina.

Otro relámpago iluminó el claro, y reveló a las mujeres la silueta de un hombre con alas negras.

¿A qué creen que están jugando? —Se oyó una voz cálida, viril e indomable, exigiendo una respuesta con la firmeza de un comandante.

El silencio entre las mortales fue sepulcral.

—Le entregamos como ofrenda a una mujer, amo Samael. —balbuceó una de las brujas, empequeñecida por la presencia de la entidad maldita.

Un círculo de fuego rugió alrededor de la pira, encerrándolas a todas en el claro con murallas de intenso carmín.

Mi mujer no es una ofrenda —vociferó la voz varonil, avivando las brasas infernales, retumbando entre los árboles—. Y si ustedes no reconocen a la mujer de su amo, entonces no son mis siervas.

Elara tembló cuando vio el círculo de fuego abrir paso al dueño de aquella voz, tan aterradora como hipnótica.

Sus pasos no se sentían al andar, ligeros, como si más que un príncipe, fuera una sombra siniestra a la que el mundo se debía doblegar.

Una armadura de placas reluciente cual el ónix protegía su cuerpo; su cabello tan oscuro y denso como la noche estrellada caía por su rostro enigmático, sombrío, y por sobre todo, atractivo.

La novicia contuvo el aliento al encontrar sus ojos negros fijos en ella, una mirada depredadora, y sin embargo, advirtió en ella una ternura rota; la devoción empañada por la ira, lágrimas de sangre en sus mejillas, y una añoranza antigua que no comprendió.

El batir de sus alas oscuras —emplumadas, voluminosas— la sacó de su abstracción. Samael estaba tan cerca que ella fue capaz de detallar la cicatriz en forma de cruz de uno de sus ojos.

Cuál habrá sido su impresión, que Elara no se percató del incendio y los gritos escabrosos, del momento en que la liberó de sus ataduras, ni mucho menos, de cuándo fue que la cargó con la dulzura de un caballero, a pesar del horror a su alrededor.

Elara sintió los párpados pesados, con el agotamiento acumulado. No tenía fuerzas para huir, ni mucho menos para moverse. Samael amansó la mirada, como si el pánico que destilaban sus ojos grises exhaustos fuera una cuchilla que se clavaba en su alma.

—Duerme, corazón mío —susurró el caído, aferrándose a su cuerpo en un abrazo, envolviéndola con las alas emplumadas para protegerla del frío—. El viaje será largo… Pero te prometo que estarás a salvo conmigo.


La novicia despertó con el chirrido de grilletes ajenos en sus oídos, y el choque de la brisa fría contra sus mejillas, aún en brazos de Samael. A su alrededor, un paraje de noche eterna sin estrellas, y nieve revestida de amargura, con condenados sepultados entre los tumultos blanquecinos y bestias encadenadas.

A pesar de su escasa vestimenta, Elara no sentía frío; aún con armadura metálica, Samael desprendía suficiente calor para impedirlo.

Anduvieron por el páramo helado hasta llegar a un palacio. Y aunque Samael no pronunció palabra alguna, Elara lo supo desde el primer instante por la forma en que él alzó el mentón al divisar la estructura de piedra negra. No era un lugar cualquiera:

Era su palacio.

Labrado en una especie de pilar monumental que unía los falsos cielos con la tierra gélida, como una pieza única que cientos de almas fueron obligadas a cincelar y esculpir hasta darle la forma de una morada, este no era en absoluto un artificio humano.

¿A dónde se suponía que la había llevado?

Las antorchas se encendieron con la llegada del amo del palacio, que aún se mantenía cabizbajo, meditando. El interior, aunque opulento, no poseía vida mayor que la que le daban ellos dos, custodiado solo por esclavos de aspectos atroces.

Samael advirtió sus miembros temblorosos, y con paciencia la apegó un poco más a él, cerrando una de las alas para refugiarla de las vistas que producían pavor.

No tienes por qué temer de mis bestias —musitó el caballero oscuro, inclinando el rostro solo para verla a ella. Únicamente a ella—. Siempre te van a proteger.

Todo a su alrededor tenía una gracia divina retorcida, oscuramente bella, impía. Era como su amada Notre Dame, y a su vez, distaba tanto de Dios que no se podía comparar.

A pesar de su hermosura siniestra, el palacio completo estaba sumido en un fúnebre letargo, como si hubieran estado hibernando durante décadas y apenas estuvieran sintiendo el calor que los iba despertando. Desde los pasillos silenciosos, las alcobas vacías, los esclavos taciturnos y monstruosos… Hasta él.

Samael apartó su ala para permitirle ver cuando llegaron a las puertas de la alcoba principal, abiertas de par en par con solo un pensamiento, como si el palacio fuera una extensión de sí mismo.

Allí todo era más cálido, reconfortante. El lecho, curvado y extenso para permitir reposo a un ser alado, era más cercano al nido de una fiera que a la cama de un señor acaudalado, y sin embargo, las cortinas bordadas que escondían el interior entre juegos de sombras le recordaban que no estaba en la caverna de un animal salvaje, sino en la guarida de un ser pagano.

Uno que hasta el momento la estaba resguardando.

El caballero la acercó hasta el lecho, con su armadura rechinando al hincar una rodilla en el suelo para ayudarla a sentarse en la orilla de la colcha mullida.

Elara se retrajo en la cama como una presa asustada, temblando. Pero contrario a lo que su mente cegada por el miedo le gritaba que iba a ocurrir, Samael la veía como si cada gesto suyo fuese digno de ser admirado.

—¿Por qué me trajiste aquí? —La voz delicada de Elara vibró al son de sus nervios, abrumada—. ¿Qué piensas hacerme?

Lo que pienso y lo que haré tienen tus deseos por puente —confesó Samael, agachando la cabeza en un gesto de reverencia, con la melena oscura cayendo como una cortina—. Y… El motivo por el que te he traído es para convencerte de que te quedes, Elara.

La novicia parpadeó un par de veces, atónita por lo que estaba escuchando.

—¿Para qué querrías algo así? —tartamudeó Elara, ansiosa por mantenerse firme ante la criatura que ella juraba que la había secuestrado.

Samael no pudo ocultar la tristeza que nació en sus labios curvados y los ojos mansos.

—... Para amarte, mi amor —confesó con un hilo de voz—. Nada más que amarte.

¿Tú? ¿Amarme…? —musitó Elara, retrayendo el puño contra su túnica blanca.

La armadura del caballero oscuro se disipó cual neblina, revelando sus prendas holgadas de azabache y cenizo, esas que exponían su pecho pálido, contrastado por las alas negras que se retrajeron hasta su espalda.

Sus manos, hermosas a pesar de las cicatrices de batallas que libró en el pasado, se movieron despacio hasta alcanzar los pies mal heridos de Elara, como si deseara demostrarle que no iba a lastimarla.

—Perdóname por lo que te hicieron, mi corazón —susurró él afligido—. Te aseguro que pagaron con creces por lastimarte.

Los tomó con cuidado de no malograrlos más, y una luz carmesí emergió de las palmas, calentándolos sin quemarlos con brasas, aliviando el dolor. Y cuando pudo entender lo que hizo, descubrió que los sanó.

—Tú, Sa… Samael… —murmuró la mujer, temerosa de pronunciar su nombre, desconociendo la calma que producía en él ser llamado por su voz—. ¿Cómo me conoces?

—No fue por mi poder, corazón. La mayor atrocidad del destino fue que te nombraran igual a cuando te conocí… —admitió, llevando una mano hasta la mejilla de la novicia, acariciándola como si temiera que fuese a desvanecerse.

El tacto de su afecto evocó en Elara una sensación de sosiego, y a su vez, la invadió nostalgia, colmándola de lágrimas que no tenían origen en los recuerdos de la mente, sino en los del alma.

—¿Ya nos conocíamos…?

Samael esbozó una sonrisa frágil.

—No solo nos conocimos. Nos amamos, vida mía —confesó con ternura. Y agachó la cabeza, entregándose al llanto silencioso de lágrimas de sangre—. Mi encomendada, mi protegida, La bendición de mi eterna vida…

Con el corazón hecho pedazos, devastado por el pasado que aún revivía en su mente en fugaces vistazos, Samael le contó cómo él, un ángel guardián, fue enviado por Dios para protegerla.

Veinte años de cuidado bastaron para conocer cada tierno detalle de ella. Cada lágrima inocente, cada sonrisa radiante, y cada melodía de su voz tersa, divina.

Y veinte años bastaron para descubrir que Elara era su alma gemela.

—Me dejaron a tu lado sabiendo que éramos uno solo. Y tenía prohibido intervenir en tu vida. Pero… ¿Cuánta crueldad podía haber en esa decisión? ¿Cómo resistirme a amarte, si mi amor por ti me mantenía con vida? —confesó Samael, acariciando las manos de la chica con ternura—. Tu sangre prometió tu inocencia a un hombre ruin que supe que te lastimaría. Y no fui capaz de soportarlo. Mi amor…

»La noche que te ofrecieron como si el brillo de tus ojos no valiera más que unas monedas de bronce, rompí las reglas, y me incliné ante ti. Fue la primera vez que te confesé mi amor.

»Pedí que confiaras en mí; que me acompañaras. Que escaparas conmigo. Y tú no dudaste… Siempre amé que nunca dudabas de nada…

Prosiguió contando cómo se fugaron por la noche; un caballo robado a falta de alas. Una canasta con pan por el hambre de los vivos. Un manto para cubrirse del frío que la amenazaba solo a ella por ser mortal.

Él guió el camino. Buscó un refugio, y en él no forjaron un escondite… Armaron un nido.

Un nido donde el amor podía estar vivo.

Donde el amor podía ser libre.

Te amé tantas noches entregándome a ti, que a veces olvidaba que yo era el único que tenía alas —confesó con voz ronca—. Y si no me uní en almas contigo, no fue por falta de amor… Fue porque en mi ingenuidad, no quería que cargaras mi pecado.

»Pero si algo aprendí entonces, fue que el castigo por la ingenuidad es el dolor.

Su voz se envileció al relatarlo: cómo una noche de tormenta, otros ángeles —guardianes del orden, arcángeles— lo emboscaron, y al verse superado en número, fuerza y poder, lo derrotaron.

Fue la primera vez que Samael descubrió de qué color era la sangre de un ángel.

No conforme con la espada divina destrozada y las heridas en su cuerpo, lo humillaron. No como los hombres, sino como lo hacen los santos.

Con palabras crudas y sermones macabros.

«Has manchado el honor de los cielos»

«Te entregaste a los deseos de la carne»

«Que la vergüenza sea contigo, pecador»

«Que tu alma sea olvidada en el Tártaro»

«Que la mujer que amaste reciba el castigo de Dios»

«Que sus almas no olviden la noche en que los cielos descubrieron la traición»

Samael se detuvo un instante, tensando cada parte de su cuerpo hasta temblar de impotencia, como si aún tuviera las cadenas atando sus piernas y el frío más allá del palacio otra vez lo envolviera.

Tuvo que respirar hondo antes de volver a encarar a Elara, con los labios apretados y la indignación en sus ojos oscuros.

—La noche en que me condenaron a este abismo, fue la misma en que los humanos con los que comulgas se hicieron contigo —Añadió con voz rota, reparando en sus prendas religiosas—. Y no pude protegerte de la condena a muerte que te dieron por habernos querido.

Elara permaneció en silencio, conmovida hasta el alma por la historia que contaba. Samael no aguardaba por una respuesta; no esperaba que ella fuera a ofrecérsela.

Sin embargo, que la mano frágil de la joven se posara en su mejilla, regalándole caricias para apaciguar su ira, le bastó para cerrar los ojos y disfrutar del tacto de su amada.

—Dios me tiró al Tártaro para castigarme, Elara… Y cuando descubrí que también podía arder como el favorito de mi padre, convertí la prisión de mis hermanos caídos en mi reino —musitó él, exhausto de mil años de batallas—. Apropiarme de este lugar fue mi venganza.

Envolvió la mano de la joven con la suya. Buscó su mirada, y se tomó la atribución de girarse para besarle la palma, una caricia con los labios lenta, devota, y deliciosa. Y más que amando a una mujer, parecía que estuviera honrando el altar de una diosa.

Samael suspiró, detallándola de pies a cabeza, absorto en la casualidad de los ojos grises. Consideró que debía ser obra del destino cruel, que creyó que se burlaría de los dos al volver a traerla con el nombre que él susurró mil veces cada noche al quererla, y los ojos que él adoró como su propia religión.

Qué error de Dios devolverle a esa alma lo que él más amaba.

Depositó otro beso en su muñeca con el mismo amor con el que había ofrecido su afecto, ascendiendo. La joven se retorció un poco bajo su agarre, y por el luminoso interés de sus ojos claros, supo que había algo mayor que el miedo a lo ajeno.

Era vértigo.

La clase de vértigo de ver asomar lo prohibido, y no ser capaz de resistirse al deseo de poseerlo.

—Me sacrifiqué a mí mismo una y otra vez a cambio de que los mortales me dieran una señal de ti, corazón… Y esta noche fui recompensado después de mil años buscándote —explicó con voz ronca, preparándose para hacer la pregunta más grande de todas—. Por eso, Elara… Déjame unirme a ti. Quiero volverte eterna, y ser eterno contigo.

»Quiero yacer a tu lado hasta el fin de los tiempos.

Las mejillas de Elara pasaron de la palidez al carmín, al son del tamborileo de su corazón y su respiración entrecortada. En sus veintiún años de vida, jamás creyó que vería en hombre alguno la pasión que los ojos de Samael ofrecían. Una devoción tan poderosa que dolía, que consumía.

El calor que irradiaba su mirada resuelta era abrumador, y a su vez, tentador como una fruta prohibida. Y esa seguridad, acompañada de la figura escultural de su cuerpo esbelto, la melena azabache inmaculada, y su semblante viril, la hicieron preguntarse —no sin un ápice de culpa—:

¿Samael era la clase de fuego que consumía… O que daba vida?

—Samael —Lo nombró tímidamente, vacilando antes de acunar con sus manos el rostro del ángel caído, inclinándose hacia él—. Aunque no lo recuerde, comprendo cada una de tus palabras más de lo que crees. Pero dime: si te rechazo; si decido que no quiero tenerte… ¿Qué me harías?

—Llevarte de vuelta, y volverme la tormenta que espante a cualquiera que te ofenda —confesó con sencillez, hiriéndose a sí mismo, tomando por sorpresa a la joven que esperaba, tal vez, un arrebato de ira por siquiera considerar esa idea—. No sé qué te dijeron los hombres, ni qué rezan los versos de mi padre sobre lo que soy ahora. Pero aunque eres tan mía como yo soy tuyo, no me apropiaré de tu vida. No quiero someterte, Elara. Quiero subirte a tu propio pedestal.

El corazón de la joven dio un vuelco al oír aquello.

No sabía cómo fueron los otros mil años, ni tenía idea de cómo fue la vida en la que Samael la quería.

Pero sí era consciente de cómo era su presente.

Veintiún años de silencios, de rechazos y de ninguneos. Una vida donde su origen la despreció por ser la primera en nacer y no tener valor en herencia. Y una adultez marchita en que no hubo pretendiente que la considerara ni apropiada como esposa, ni bonita como mujer.

La abandonaron en un convento porque no valió suficiente como persona.

Creyó que moriría a manos de ese aquelarre hostil; que su vida tuvo tan poco valor como para acabar siendo el sacrificio a una criatura maligna, de esas que —en las sagradas escrituras— advertían que la tomarían, y la destruirían. Pero nunca imaginó que el ser que ascendió de los infiernos a buscarla no sólo sanaría sus heridas, sino que le daría algo que ni hombre ni biblia le había ofrecido:

Ser elegida.

Elara esbozó una sonrisa en la comisura de los labios, con esa conclusión aclarando la neblina de su mente, y el corazón latiendo con tanta fuerza que creyó que abandonaría su pecho en cualquier momento para correr hasta Samael.

La urgencia de acercarse pudo más que la razón que trataba de controlar la marea de sentimientos contradictorios que la agitaban, y saturaban.

Acababa de conocerlo, pero verlo a los ojos se sentía como un reencuentro.

Jamás había experimentado su roce, pero las manos tersas que la tocaban la estremecían, como si siempre hubieran estado en su piel.

No podía afirmar que lo amaba por solo mirarlo, pero su alma estaba resonando ante un eco lejano, y era imposible ignorarlo.

Si la historia de Samael era real, entonces la necesidad de romper la distancia y besarlo como si lo conociera de toda la vida, solo podían significar que su alma también lo había estado buscando tanto como él la buscó a ella.

Pero si, por el contrario, era un engaño para engatusarla; si solo quería usar su cuerpo con algún fin malvado…

Entonces Samael la tenía en la palma de su mano.

Acortó la distancia entre ambos hasta estar a tan solo un suspiro de él, acariciando sus pálidas mejillas, y en un susurro que Samael solo pudo describir como delicioso, preguntó:

Samael… ¿Sabes que no soy la misma Elara que amaste, verdad?

Las hebras castañas caían sobre el rostro del caballero, un manto suave que los aislaba del frío Tártaro. Los ojos grises atrapaban toda la atención del caído, hipnóticos por la pureza de su brillo, y la punta de sus narices se rozó a la par del aliento, convirtiendo la cercanía en un tormento para las ansias del paciente amante.

Yo tampoco soy el mismo ángel, corazón. Ya no lo soy… Y tú sabes en qué me convirtió él cuando me castigó —confesó él, regresando el afecto al acariciar su mejilla tibia, sonrojada, y sobre todo, viva—. Pero la vasija no importa al amar, cuando el contenido no cambió.

La mano del demonio se movió por su mejilla lentamente hasta alcanzar la nuca de su amada, enredándose entre los cabellos oscuros, y con reverencia, la acercó hasta que el sueño de rozar sus labios se volvió una exquisita realidad, relajando sus hombros.

Besarla después de mil años de agonía fue como naufragar y encontrar el puerto nadando.

Elara cedió a cada gesto, perdiéndose en la suavidad de aquel amante que devoraba sus labios con ansias, y allí, se dijo a sí misma que su virginidad no era cierta; que ese no era el primer beso de su vida, sino el reencuentro con unos labios que fueron su refugio antaño.

Si se separaron fue solo para recobrar el aliento, con la respiración agitada y el deseo refulgiendo en los ojos oscuros del enamorado.

Samael trazó un camino de besos lentos a través de su mejilla hasta llegar a su oreja, para volver íntima su oferta.

Únete conmigo esta noche, corazón… Te demostraré cada día que amarnos valió la pena. —susurró a su oído con voz ronca, acariciando el labio inferior de la joven con el pulgar, estremeciéndola por completo.

Elara no resistió la tentación de aferrarse a él en un abrazo, buscando su cuello para besarlo, caricias eléctricas cuyos chispazos reanimaban el corazón aletargado del impío enamorado.

Hagámoslo, Samael. —musitó la joven, para que solo Samael pudiera oírla, y él cerró los ojos, adicto a la miel de su voz, respirando hondo.

Los besos que exploraban el surco de sus cuellos y el fino relieve de los hombros fueron solo el comienzo, avivando un fuego que el mundo insistió en apagar, y solo logró transformarlo en eternidad.

Un suave toque con la yema de los dedos, allí donde la túnica blanca se marcaba por el busto, fue la primera instrucción que él ofreció.

Elara acató, a pesar de sus miembros temblorosos por la expectación, y contuvo el aliento cuando Samael se subió sobre ella con las alas extendidas y el reflejo en los ojos de un hambre antigua. El hambre de sus labios, de su voz, de su tacto.

Un hambre acumulada de mil años.

La mirada oscura del demonio paseó por sus rasgos, admirándolos como quien aprecia una obra de arte, mordiéndose el labio al bajar la vista siguiendo la línea de su cuello, hasta detenerse en la túnica blanca, que pareció desconectarlo por un momento.

Una de las manos de Samael se posó en la curva de las caderas de Elara por encima de la ropa, sintiéndola antes de ascender con reverencia hasta alcanzar su mentón, acariciándolo apenas con la yema de los dedos.

—Una mujer tan magnífica, tan mía… —Arrastró las palabras en un murmullo ronco, deshecho de deseo por ella. Pero al volver a ver sus prendas, su ceño se frunció por impotencia—. Y él casi se apropia de tu vida.

Elara acunó su rostro con ambas manos, despejándolo de algunos mechones rebeldes, pidiéndole que la viera a la cara.

—¿Te molesta que fuera novicia? —preguntó ella con dulzura, descubriendo que su voz podía amansarlo, y Samael colmó de besos sus mejillas.

—¿Cómo no molestarme imaginando mi tesoro encerrado en un claustro? —Su voz viril se quebró y sus alas se sacudieron al mencionarlo.

La joven inclinó un poco la cabeza, esbozando una sonrisa gentil que le arrancó el aliento al amante.

—Entonces… Quítamela.

No tuvo que repetirlo para que Samael se moviera, como si fuera la orden de una diosa. Tan resuelto como cuando la encontró atada al tronco, apartó la mano de su rostro delicado y la llevó hasta el cuello del vestido.

La ira contenida centelleó en sus ojos, y aunque deseaba hacer jirones aquellos harapos —sagrados para otros, pero en su templo oscuro, profanos—, tuvo la caballerosidad de chamuscar la tela con un solo dedo, siguiendo la línea que trazaba el torso de su amada, hallando la meta a la altura de su vientre.

Desnudarla como quien abre un regalo, y tirar el vestido lejos de la cama —como si el tacto lo quemara— fue solo la primera forma de amarla, y Samael no supo si fue más liberador para él, o para Elara.

Samael volvió a enfocarse en su amada, despejándose el rostro al llevar la cabellera oscura hacia atrás, y suspiró de placer al seguir cada curva de su cuerpo con la mirada, extasiado por el privilegio de volver suya esa vista. Ante la sensación de su cuerpo expuesto, la joven se retrajo en sí misma, tímida, expectante a lo que él haría, y el príncipe sonrió enternecido.

Bastó una de sus rodillas para abrirse camino entre las piernas temblorosas de Elara, y rompió la distancia al apoyarse sobre sus codos, ocultos tras el íntimo refugio que se había convertido su melena.

Ofreció un beso en los labios de su amada despacio, perdido en la paz que le evocaba el tenerla delante después de tantísimos años. Con paciencia, buscó las muñecas de su amada y las aprisionó entre sus manos, con la fuerza justa para moverla sin causarle daño. Apartó las manos que habían encerrado la visión del edén, entrelazándolas a los lados, y no dudó en trazar un camino de besos que atravesaban su cuello, una tortura placentera que descendió hasta que los suspiros frágiles se elevaron en una orquesta compuesta solo para su fiel seguidor.

Samael ya extrañaba oír su nombre entre gemidos de amor.

Una lamida lenta sin apartarle la mirada fue lo que advirtió a Elara que el divino tormento solo acababa de comenzar, entregada a los afectos como la diosa que era adorada por su propio ángel.

Samael liberó sus muñecas con la misma suavidad con la que las había retenido, complacido de tenerla entre sus brazos otra vez después de tantas vidas perdidas, con el corazón inmortal golpeando su pecho de emoción al saber que a partir de esa noche nadie los podría separar.

No permitiría dos veces una intervención celestial.

Las manos de la joven acariciaron sus mejillas, y luego, bajaron hasta su pecho semidesnudo, mordiéndose los labios.

A ella la ropa también le estaba estorbando.

El príncipe contuvo una risa mientras atrapaba sus manos delicadas, divertido, y si se acercó hasta su oído otra vez fue solo para susurrar con sensualidad:

—Desnúdame, Elara… Quiero verte disfrutar.

Él no supo si fue la urgencia, los nervios o el temor lo que causaba el temblor de las manos de su amada al acariciar la camisa negra antes de deshacerse de ella, admirando cómo sus mejillas pasaban del rosa al carmín cuando descubrió todo lo que la seda tapaba.

Elara vaciló antes de tocarlo, primero delineando la cicatriz más grande de su pecho con la yema de los dedos, y luego, centrando la palma de la mano donde su extensión de la herida narraba por sí misma lo que le había pasado.

Era la estocada de una espada que cicatrizó.

—Samael, ¿Esto…? —preguntó, dejando escapar una lágrima, conmovida.

Una belleza sobrenatural con las marcas de un juicio aterrador, unos ojos gentiles ensombrecidos por el rencor de un milenio, y aún así… La mano que mantenía en su pecho podía sentir cómo latía fuertemente su corazón.

Su enamorado besó la lágrima que corría por su mejilla.

Mi corazón sigue latiendo por ti, vida mía —La calmó, con su voz viril volviéndose un bálsamo para la pena—. No pienses en nada más ahora.

Los dedos de Elara se enredaron en su cabello negro, acariciándolo, y lo instó a darle un beso antes de seguir amándola como tanto había soñado. Como tanto había deseado.

Trazó un camino de besos bordeando sus costillas y bajando por su vientre, a cada cual recibía como recompensa su nombre emergiendo de los labios de su diosa. Samael la sentía jugar con un mechón de la melena oscura mientras aguardaba —no sin expectación— la llegada al umbral del paraíso, y con reverencia, la complació.

Las sábanas densas se arrastraron por las manos de la mujer, que acababa de descubrir que podía enloquecer con tan solo la mirada feroz de unos ojos oscuros, y la caricia húmeda del devoto que la estaba adorando.

Jamás se le ocurrió que encontraría el cielo en el Tártaro.

Samael besó sus muslos antes de apartarse, lamiéndose los dedos con la lentitud del depredador extasiado y los ojos fijos en ella, que esa noche era el alma de su palacio y el centro de su mundo completo.

Acabó de desnudarse para su amada con una sonrisa de orgullosa complacencia, y sus alas —en alto como dos estandartes— se sacudieron un poco al entrever la súplica en los ojos grises de Elara.

No resistió la necesidad de fundirse con ella en un abrazo y besarla, dejándose llevar por la urgencia de hallar sosiego entre su piel tersa y las caricias que exploraban cada parte de él. Allí no había príncipe de tinieblas, ni demonio de mil batallas. Solo existía Samael, el amante que alguna vez fue el ángel de su amada.

El ser que halló la mitad que le faltaba.

Una mano en la cadera marcó el rumbo; la otra, ofreció calma para Elara. Entrelazaron los dedos tal como sus cuerpos se entregaban, y por primera vez en mucho tiempo sintieron que nada más importaba.

El amor solo era respondido por el amplio espejo incrustado en la pared, que les regresaba vistazos al lecho que convirtieron en su oscuro altar, con las lámparas de la alcoba proyectando la cadencia del movimiento entre sus sombras. Para Samael no había placer más grande que dar vistazos en medio de esa danza y encontrarse con el origen de su amor y locura.

Dio un beso en el pie que se recargaba contra su hombro, y sin dejar de amarla, consideró que era el momento de unirse en uno solo.

Mordió su propio índice, clavando el colmillo hasta que una gota de sangre brotó de la minúscula herida, y se lo ofreció a Elara.

Lame, amor… —musitó tentador—. Así se sellará nuestra unión.

Fue difícil para Samael definir quién de los dos enloqueció en mil años de ausencia; si él, el príncipe que arrasó con un círculo completo por amor, o Elara, que lamió su dedo sin una pizca de vacilación, estremeciéndolo hasta la punta de las alas.

Se fundió con ella en un abrazo, besándose el uno al otro con una pasión que rozaba el desespero, al borde del abismo por el que ambos rogaban caer.

El ritmo de la marcha salvaje aumentó al son de la orquesta de sus voces, y pronto el éxtasis llegó entre jadeos ahogados y uñas que trazaron caminos en su espalda, cerca del naciente de las alas del fiel amante, que sin dudar se entregó hasta colmarla con su amor.

Con la energía habiendo abandonado su cuerpo y la satisfacción plena, Samael recargó todo el peso contra su amada, tumbándose sobre ella para descansar, entrelazando sus manos como si temiera que al despertarse no estuviera más.

Las alas emplumadas se plegaron un poco alrededor de ambos, y Elara suspiró acariciando su espalda, hallando sosiego en el calor que él proveía para los dos, agradeciendo con besos hasta quedarse dormida.

* * *

La joven despertó horas después de enlazarse, con la pereza en los párpados. Aunque su cuerpo resentía el esfuerzo del encuentro anterior, suspiró al percibir un abrazo firme en su cintura y el peso de Samael recargándose contra su espalda.

El príncipe había ocultado el rostro contra su nuca; podía sentir el cosquilleo que causaba su aliento al respirar cerca de su piel, y una de las alas negras del caído la resguardaba, quizás para cubrir la vista de cualquier intruso, o tan solo para protegerla de la tormenta helada.

Se estiró perezosa, y volvió a retraerse contra el cuerpo de su amante, sosegada. No tenía idea de cómo habría sido despertar con un hombre, pero con solo una noche yaciendo con él, imaginarse despertando sin ser rodeada por plumas densas la escandalizaba.

Dejó escapar una risilla al oírlo soltar un tenue gruñido y sentir su cuerpo moverse, enternecida al descubrir que un ser como él también era capaz de caer en el sueño profundo. El lecho hundiéndose y un par de besos en el hombro desnudo le confirmaron que Samael se había levantado con buen ánimo.

—¿Dormiste bien? —preguntó Elara, girándose un poco, apropiándose de un mechón de su melena oscura para enroscarlo en los dedos.

—Mejor que nunca, mi reina. —aseguró con voz ronca, acariciándola.

—Me pregunto si estaría bien decirte buenos días —comentó la joven aún aletargada por el cansancio, risueña, con la mirada paseando por la alcoba con curiosidad—. ¿Aquí amanece igual que en la tierra?

—El Tártaro es una noche eterna —explicó Samael, despejando el rostro de Elara para admirar su belleza bajo la luz de las llamas—, pero tú puedes saludarme como quieras.

—¿Qué más puedo hacer? —interrogó la joven.

El caído sonrió con complacencia al ver el brillo de la curiosidad iluminando los ojos de ella, y la besó con ternura.

—A partir de ahora, todo lo que quieras. Aquí eres la reina. Solo estamos nosotros, y mis bestias, así que nadie va a molestarte. Nunca —contestó con sencillez, apoyando la mejilla en su propia mano—. Solo avísame si saldrás para protegerte de las tormentas.

La chica divagó por sus pensamientos, procesando las dimensiones de la libertad que tenía —al parecer, con monstruos a su mando—, y en el trajín, sus ojos pasearon a través de la figura desnuda del caballero, disipando cualquier idea que hubiera tenido casi de inmediato, colorándose hasta las orejas.

—Y… ¿Contigo? —balbuceó cohibida, considerando (por el motivo que fuera) que su pregunta fue intrusiva.

Samael soltó una risilla casi imperceptible, y se acercó hasta su oído.

Ya te di la respuesta, reina mía. —musitó seductor.

Elara sintió un escalofrío placentero recordarle la espalda al oírlo, asimilando sus palabras, solapándolas con lo ocurrido. Él comenzó a reír al verla darse la vuelta con prisa, ocultándose por la vergüenza de verlo a la cara, y fue entonces que la joven recayó en la mano del príncipe que envolvía su cuerpo con delicadeza.

—Samael. ¿Lo que hicimos podría…? —La pregunta se anudó en su garganta, y la angustia apretó su pecho.

El príncipe se subió para besarla despacio, sintiendo cómo la dama relajaba su cuerpo.

—No lo sé… Preferí dejarlo al azar —confesó en un suave murmullo. Advirtió la angustia en el rostro de su amada, e inclinando la cabeza, preguntó—. ¿Qué te preocupa?

—Pues que sé que tú y yo… Como Lilith y… —farfulló inquieta, presa de los nervios al imaginar una pesadilla que ni siquiera sabía si podía iniciar.

¿Temes concebir un monstruo? —Él mantuvo el tono bajo al hablarle, y Elara asintió enérgicamente, apegándose a él.

Samael acarició su mejilla con el dorso de los dedos hasta alcanzar su mentón, y como si estuviera tocando los pétalos de una flor, la condujo hasta encontrar el reflejo de sus ojos grises en el espejo.

—Míranos otra vez, Elara, y pregúntate si lo que puede surgir de nosotros realmente serían monstruos… O príncipes que tendrían tus ojos. —comentó con la dignidad del gobernante que se sabe como el protector de sus tierras, esbozando una sonrisa—. Yo no temo al futuro, porque los ángeles y los humanos somos iguales. Tú la viste de cerca.

La mirada de la chica ascendió a través del reflejo del espejo hasta encontrarse con la de su enamorado, tan resuelto como la primera vez que lo vio, y a diferencia de entonces, parecía haber regresado a la vida. Samael le sostuvo la mirada mientras le besaba el hombro, y musitó:

Todos tenemos la misma sangre roja.