PREFACIO
“Mejores son dos que uno…porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante…”
Eclesiastés4:9-12
Nadie volvió a sentarse ahí. No porque no hubiera lugar, algo se había roto y no quisimos nombrarlo. Seguimos llegando, hablando de cosas pequeñas, fingiendo que el espacio vacío no significaba nada. Pero lo hacía. Siempre lo hizo. Y cuanto más intentábamos ignorarlo, más pesado se volvía.
El vacío no desaparece. Se queda. Se pudre. Se instala en los silencios, en las entrañas, en todo lo que se guarda hasta descomponerse. Empieza siendo apenas una incomodidad, algo que se evita, algo que se aparta como si estuviera contaminado. Y luego crece. Se siembra y se corrompe. Se filtra. Se mete debajo de la piel. Se vuelve costumbre. Se vuelve una forma distinta de estar juntos. Hasta que dejo de ser solo un lugar.
Porque no fue ese asiento lo que se perdió. Nunca fue eso. Fuimos nosotros, incluso antes de entenderlo, cuando todavía nos sentábamos unos junto a otros fingiendo que todo seguía intacto. Y tal vez lo peor no fue que se rompiera. Fue que lo dejamos pudrirse... Ignoramos lo nauseabundo que era.
Hasta que nos envolvió.