Capítulo 1: El prodigio
El prado no tenía nombre, o si lo tenía, Haven nunca se había molestado en aprenderlo. Para él era simplemente el lugar de las flores pequeñas, ese espacio ancho y silencioso que quedaba detrás de los muros del jardín oriental donde vivía, más allá del puente de madera curva que cruzaba el río azul. Un lugar que parecía existir solo para ser encontrado por alguien que no tuviera prisa.
Haven no tenía prisa casi nunca.
Caminaba descalzo entre la hierba, con las túnicas de color azul pastel rozando el suelo, la pequeña capa blanca moviéndose suave con la brisa de la tarde. En el borde de esa capa, bordada con hilo de plata tan fino que casi no se veía desde lejos, había la figura de un conejito sentado con las orejas erectas. Haven la había tocado tantas veces que ya conocía cada curva de memoria.
El cielo de Auren tenía esa hora dorada que duraba más de lo que debería, como si el sol se resistiera a irse. Las montañas al fondo eran suaves, redondeadas, casi amables, nada que intimidara. Algunas personas las escalaban los fines de semana simplemente porque podían, porque en Auren subir una montaña no requería esfuerzo brutal sino intención, un paso tras otro con el cuerpo liviano, y si en algún tramo la pendiente se volvía difícil bastaba con dejarse flotar un momento, solo un momento, hasta encontrar terreno firme de nuevo.
Haven lo había hecho una vez con Sael. Habían llegado hasta la cima antes del mediodía y se quedaron sentados sin decir nada durante un buen rato, mirando cómo Auren se extendía hacia todos lados sin pedir permiso.
Pero hoy estaba solo, y eso también estaba bien.
Se agachó junto a un grupo de flores silvestres de color blanco con el centro amarillo, tan pequeñas que cabían tres en la palma de su mano. Las observó sin tocarlas. Tenía el pelo marrón despelucado cayéndole sobre la frente, los ojos oscuros atentos, la tiara de oro ligeramente torcida como siempre porque nunca recordaba ajustarla bien. Los ancianos de The Circle le decían que la tiara debía llevarse derecha, que era un símbolo, que representaba algo. Haven la escuchaba, asentía, y al día siguiente volvía a tenerla torcida sin darse cuenta.
No era rebeldía. Era simplemente que su mente siempre estaba en otro lado.
En este momento estaba en las flores.
Había algo en las cosas pequeñas de Auren que lo dejaba quieto por dentro, una quietud que no encontraba fácilmente en las sesiones de estudio, ni en las reuniones formales del gran recinto de piedra donde The Circle se sentaba en círculo a deliberar con voces bajas y palabras cuidadas. Ahí Haven escuchaba y aprendía, porque aprender era lo que mejor hacía, pero la quietud verdadera la encontraba aquí, en el prado sin nombre, con los pies en la hierba y el sonido lejano del río azul.
El río siempre sonaba igual. Como si tuviera prisa pero no lo demostrara.
Haven se sentó en el suelo sin pensarlo, con las piernas cruzadas y la capa extendida sobre la hierba. Cerró los ojos un momento. Podía sentir Auren de una forma que nunca había sabido explicar bien, ni a Sael ni a los ancianos ni a nadie. No era exactamente un sonido ni una imagen. Era más como una temperatura, algo que existía por debajo de todo lo demás, el mundo respirando despacio, los dos mundos, en realidad, porque siempre había dos aunque él solo hubiera visto uno.
El otro mundo estaba ahí también, lejano, como un murmullo al otro lado de una pared muy gruesa.
Los ancianos de The Circle decían que esa sensibilidad era la prueba. Que ningún niño en generaciones había podido percibir los dos mundos simultáneamente sin entrenamiento. Que Haven era excepcional. Que Haven era el indicado. Que Haven era, sobre todas las cosas, el restaurador.
Haven abría los ojos y miraba las flores pequeñas y pensaba que las flores no le pedían nada.
Eso le gustaba de las flores.
Sael lo encontró antes de que oscureciera, como siempre.
No llegó corriendo ni con urgencia. Caminó por el prado con las manos detrás de la espalda, el pelo corto negro apenas movido por la brisa, la expresión tranquila que tenía casi todo el tiempo excepto cuando Haven decía algo inesperadamente profundo y entonces algo en sus ojos cambiaba por un segundo antes de volver a la calma.
— Ya sabía que estabas aquí — dijo, deteniéndose a unos pasos.
— Siempre estoy aquí — respondió Haven sin moverse.
— Siempre — confirmó Sael, y se sentó a su lado en la hierba con una naturalidad que ningún otro miembro de The Circle habría tenido. Los ancianos no se sentaban en el suelo. Sael sí.
Estuvieron en silencio un momento. El tipo de silencio que no necesita llenarse.
— Mañana hay sesión — dijo Sael después.
— Lo sé.
— Los ancianos quieren revisar los textos del segundo vínculo contigo. Dicen que avanzas demasiado rápido y quieren asegurarse de que no estás saltando partes.
Haven frunció el ceño levemente.
— No me salto partes.
— Lo sé — dijo Sael. — Yo también se lo dije.
Haven miró hacia las montañas suaves en el horizonte. El sol ya estaba bajando de verdad, pintando el cielo de naranja y rosa, colores que en Auren siempre parecían un poco más intensos de lo necesario, como si el mundo no supiera ser discreto.
— Sael — dijo Haven en voz baja.
— Dime.
— ¿Cómo era mi madre?
El silencio que siguió fue diferente al anterior. Sael no respondió de inmediato, y Haven no lo miró, los dos siguieron con los ojos en el horizonte como si la pregunta hubiera sido sobre el clima.
— Era muy tranquila — dijo Sael finalmente. — Como tú.
— ¿Y mi padre?
— Curioso. Como tú también.
Haven asintió despacio. No preguntó más. Sabía, de alguna forma que no podía explicar, que había un límite en esa conversación, una pared suave pero real, y que empujar contra ella no serviría de nada todavía.
Todavía.
Se quedaron sentados hasta que el cielo se volvió azul oscuro y las primeras luces de las casas al fondo del prado comenzaron a encenderse, pequeñas y amarillas, cálidas como siempre, como si Auren no supiera hacer las cosas de otra manera.
Esa noche Haven durmió tranquilo, con la capa doblada sobre la silla junto a su cama, el conejito de plata mirando hacia la ventana.
Afuera, Auren respiraba.
Y muy lejos, al otro lado de una pared que él apenas podía sentir, el otro mundo también existía, sin saber nada de él todavía.