La Ausencia del Genio
Era una noche cálida en alguna ciudad bulliciosa del continente americano. Entre el estrépito de las calles y los cruces peatonales, se alzaban pantallas publicitarias que repetían un anuncio incesante: «Robert Sotomayor —el mayor genio que el mundo haya visto— se presentará esta noche»; «El Gran Genio dará un comunicado de prensa hoy a las 8:00 p. m.». Mientras otras publicidades luchaban por un espacio en el resplandor de los edificios, eran interrumpidas una y otra vez por la misma noticia. En ese instante, la iluminación de la zona sufrió un leve síncope... un apagón titilante hizo vacilar las luces de la ciudad, pero no fue un simple fallo: durante una fracción de segundo, las pantallas parecieron desincronizarse, como si cada una mostrara un instante distinto del mismo anuncio.
En el lugar del encuentro, la prensa forcejeaba por un puesto en la primera fila; todos ansiaban la primicia y ser los primeros en lanzar sus preguntas. Entre el murmullo, las especulaciones sobre el motivo de la cita no se hacían esperar.
Un periodista que apenas logró llegar a tiempo —desaliñado por la premura y tras abrirse paso a empujones entre la multitud— consiguió sentarse al inicio de la fila. A su lado, un colega le comentó con un tono cargado de envidia y sarcasmo:
—Dicen que por fin va a renunciar y a retirarse de la ciencia. Al parecer, no pudo cumplir su promesa de crear un nuevo modelo de la física. ¡Ja! Siempre supe que era un fanfarrón. Si yo fuera él, también me escondería justo ahora.
El recién llegado se limitó a guardar silencio con una sonrisa incómoda. En ese instante, las luces se extinguieron y la bulliciosa sala quedó sumida en un denso silencio, roto únicamente por el eco de unos pasos avanzando hacia el podio. Se trataba de una mujer de traje elegante y formal, aunque un poco desalineada, reconocida por ser la portavoz oficial de Sotomayor. Sin embargo, sus pasos eran inseguros y su rostro delataba un esfuerzo frágil por ocultar algo; la seguridad que solía proyectar ante las cámaras se había evaporado.
Aferrando el micrófono con firmeza, se preparó para hablar, mientras en el fondo despertaban de nuevo aquellos murmullos malintencionados:
—¿Dónde está Sotomayor? —Se suponía que el Robert saldría hoy personalmente. —Lo sabía; al fin mostró su verdadera cara y decidió escapar.
Entre una tristeza avergonzada y el incipiente enojo que le provocaban aquellas burlas, la portavoz exigió silencio.
—Empezaré con las noticias —sentenció—. Primero me gustaría dar las buenas y, después, las malas.
—La buena noticia es que el señor Sotomayor logró completar casi en su totalidad su teoría de ACI. Algunos de ustedes sabrán que se trata de un modelo que buscaba explicar qué ocurre con la información en los agujeros negros… y por qué el universo sigue expandiéndose.
—¿Casi? —replicó un periodista desde el fondo.
—Para finalizarla se requería de un inductor de singularidad —explicó ella con voz contenida—. Dicha máquina ya ha sido terminada, por lo que tendremos la teoría completa en un periodo muy corto.
Al mencionar el aparato, una oleada de murmullos expectantes recorrió la sala. Los periodistas y científicos se inclinaron hacia delante, susurrando entre ellos con asombro: «¿De verdad lo construyeron?», «Pensé que era teóricamente imposible», «Si ese inductor funciona, la física va a cambiar para siempre». El aire se volvió pesado, cargado de una anticipación casi eléctrica.
El reportero que había logrado sentarse en primera fila levantó la mano con impaciencia.
—¿Cuáles son las malas noticias entonces? ¿Y dónde está el doctor Sotomayor?
La portavoz hizo una pausa larga, mirando un punto indefinido en el suelo antes de responder.
—El doctor Robert se encuentra actualmente... incapacitado.
—¿Incapacitado? —insistió el mismo hombre, frunciendo el ceño—. ¿A qué se refiere exactamente?
La mujer inhaló con cuidado, como si midiera cada palabra.
—El experimento implicaba la generación de un campo de colapso gravitacional controlado —comenzó—. En términos simples, una región donde la geometría del espacio-tiempo deja de comportarse de manera convencional.
Algunos periodistas intercambiaron miradas, confundidos.
—¿Eso significa que creó un agujero negro? —interrumpió alguien desde el fondo.
—No exactamente —respondió ella con rapidez—. Lo que el doctor generó fue una aproximación controlada, una transición métrica… una región donde las trayectorias posibles comienzan a converger de forma irreversible.
—Eso no responde la pregunta —replicó el periodista de la primera fila, más incisivo.
La portavoz apretó el micrófono hasta que sus nudillos palidecieron.
—El doctor estaba plenamente consciente de los riesgos —añadió la portavoz, demasiado rápido, como si intentara defenderlo de una acusación invisible—. El experimento requería... proximidad.
—¿Y qué ocurrió?
Silencio.
—Durante la fase final, la estabilidad del campo no se comportó como estaba previsto.
—¿Está herido? —preguntó otro.
—No —respondió ella, casi en un susurro.
Otra pausa.
—El doctor fue... eh... a... atrapado por su propio experimento.
El silencio que siguió fue más denso que el anterior, como si la sala entera intentara traducir lo que acababa de escuchar.
—¿Atrapado cómo? —insistió el periodista de la primera fila—. Eso no es una condición médica.
La portavoz cerró los ojos un instante, resignada.
—El doctor fue… absorbido por el horizonte que su propio experimento generó.
Se produjo un silencio absoluto, demasiado abrupto para ser comprendido de inmediato. Durante unos segundos, nadie en la sala pareció capaz de procesar la magnitud de lo dicho, hasta que el silencio estalló. La sala se convirtió en un caos de gritos, preguntas desesperadas y ráfagas de flashes que cegaban el estrado.