1. invencible Caperucita
La historia es mía, los personajes a excepción del oc son de Ken Wakui, disfrutenlo, no copien plis (っ˘̩╭╮˘̩)っ
En el bosque de Shibuya, se encontraba una pequeña aldea donde las casas de madera se escondían entre los árboles altos y densos.
En una de esas cabañas vivía Manjiro Sano, con su hermana Emma. Manjiro o Mikey como le llamaba su hermana, lo conocían como "La invencible caperucita roja" por su reputación y su carácter feroz, era famoso en la aldea por su increíble fuerza y su habilidad en las peleas.
Nadie se atrevía a meterse con él… hasta que un día inesperado una carta llegó.
Shinichiro, el hermano mayor en la carta escribía que él abuelo estaba muy enfermo y necesitaba ciertos ingredientes especiales para su medicina, hierbas raras que solo crecían en su aldea.
Emma, preocupada, preparó todo con cuidado: Añadió pasteles recién horneados, dulces, dos botellas de vino tinto fuerte, miel pura y las hierbas que había podido conseguir en la aldea. Lo colocó todo dentro de una canasta cubierta con un paño blanco.
—Manjiro —dijo Emma, entregándole la canasta con una expresión seria—, el abuelo necesita esto urgentemente.
Shinichiro dice que su fiebre no baja y que solo estas hierbas pueden ayudarlo. Tienes que llevarlo hoy mismo.
Mikey tomó la canasta, asintiendo con su habitual expresión fría.
—Está bien. Iré rápido y volveré antes de que anochezca.
Emma lo miró de arriba abajo y suspiró. Se había extendido un rumor oscuro por la aldea: el lobo feroz estaba cazando chicos jóvenes en el bosque.
Aunque solo era un rumor y nadie había desaparecido todavía, el miedo era real.
Para proteger a su hermano, Emma había preparado algo especial.
—Espera —dijo ella, extendido la ropa que ella consideraba que debía llevar
—. Con todo lo que se dice del lobo… es mejor que pases desapercibido. Ponte esto.
Manjiro miró la ropa y frunció el ceño.
—¿Qué demonios es esto, Emma?
Era un vestido corto de tela ligera y suave, combinado con una capa roja de terciopelo intenso, con capucha. El vestido era algo corto, pomposo, con un enorme moño en el cuello.
La blusa blanca que iba debajo era ceñida, marcando su pecho y sus abdominales definidos. La capa roja era corta, ajustada en los hombros y caía como una falda ligera.
Emma cruzó los brazos, decidida.
—Exacto. Con esa capa y ese vestido parecerás una chica inocente del pueblo.
El lobo busca chicos jóvenes y fuertes, no a una "chica" llevando una canasta.
Así pasarás desapercibido. Nadie se fijará en ti de esa forma.
Mikey gruñó, claramente incómodo.
—No me gusta esto. Me siento ridículo.
—Prefiero que te sientas ridículo a que te pase algo —respondió Emma con firmeza, ayudándolo a colocarse la capa y ajustando la capucha sobre su cabello rubio.
También ajustó el lazo en la cintura, un poco más apretado de lo necesario. La tela, áspera y ligera, le rozaba la piel de una manera que nunca se acostumbraría.
—Tienes que parecer una chica de verdad, Manjiro.— Ni se te ocurra quitarlo hasta que llegues a la casa del abuelo.
Mikey miró hacia abajo. La falda le llegaba justo por encima de las rodillas, moviéndose con cada pequeño gesto. Se sintió ridículo.
—Esto es estúpido. Si ese lobo existe, una falda no va a detenerlo. Una patada sí.
—Pero no se trata de pelear, se trata de no llamar la atención. Emma le pasó la canasta nuevamente
—Y por favor, no comas los dulces y tartas que le llevas al abuelo. Ya sé que lo haces.
Mikey agarró la canasta. El peso era insignificante en su mano. Sus dedos, acostumbrados a cerrarse en puños, se engancharon torpemente en el asa.
Vio la expresión de Emma, estaba preocupada por él rumor del lobo.
—Son solo rumores, Emma. Nadie ha visto nada.
—Y por eso mismo hay que tener cuidado. Su hermana lo miró con esa expresión que significaba que no había más discusión. —El camino por el bosque es directo. No te desvíes.
—Entendido iré… pero si alguien se burla de mí en el camino, lo reviento.
—Y si me encuentro con el lobo...— Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, le tocó los labios.
—Le daré una nueva razón para tener miedo del bosque.
Emma le dio un leve empujón hacia la puerta. —Sé bueno, Caperucita.
Mikey salió al claro frente a la cabaña. La luz del sol se filtraba entre las altas copas de los árboles, pintando el suelo de hojas de manchas doradas y alargadas. El camino de tierra se adentraba en la espesura, oscuro y silencioso.
Ajustó la canasta en el brazo, sintiendo el roce constante de la tela del vestido contra sus muslos con cada paso que daba hacia la sombra de los primeros árboles.
Siguió caminando. Los zapatos negros y calcetas que Emma le había dado crujían contra la grava suelta. Un pensamiento cruzó su mente: Shinichiro se burlaría en cuanto lo viera así.
El bosque se hacía más silencioso a medida que se adentraba. El canto de los pájaros se volvió distante, ahogado por el susurro constante del viento entre las hojas.
Mikey escaneó los alrededores sin mover mucho la cabeza, sus ojos, usualmente perezosos, ahora tomaban nota de cada sombra que se movía, de cada rama que crujía. Su agarre en el asa de la canasta se tensó ligeramente.
Rumores. Solo rumores. Pero en su mundo, incluso los rumores tenían el peso de un posible puñetazo. Siguió caminando, la capa roja ondeando tras él como una bandera desafiantemente visible en el verde apagado del bosque.
El sendero por el que caminaba era estrecho y serpenteante. Todo parecía tranquilo… hasta que tres pandilleros surgieron de entre los arbustos, bloqueándo el paso. Eran de una banda rival menor, con sonrisas burlonas y miradas lascivas.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? —se rio el líder, un tipo corpulento
—.Caperucita Roja caminando sola por el bosque. Qué vestido tan corto y bonito, linda . ¿Vas a llevarle pastelitos a tu abuelito o a que te coman por el camino?
Los otros dos rieron groseramente. Mikey se detuvo, apretando la canasta con fuerza, sus ojos oscuros brillando con peligro.
—Quítense del medio. No busco problemas hoy.
Uno de ellos se acercó demasiado, mirando descaradamente sus piernas bajo la capa.
—Danos la canasta y quizás te dejemos pasar… o mejor, quítate esa capa y muéstranos qué hay debajo de ese vestidito. Dicen que eres duro, pero con esa falda pareces una putita lista para ser devorada.
Eso fue suficiente.
Mikey actuó con su rapidez feral habitual. De la canasta tomó una botella, la golpeó contra un tronco cercano; el vidrio se rompió con un crujido seco, dejando un borde afilado y goteando vino tinto como sangre.
En un movimiento fluido, clavó el vidrio improvisado en el hombro del líder y giró para darle una patada alta en la cara que lo mandó volando contra un árbol.
El segundo intentó agarrarlo por detrás; Mikey se agachó, lo levantó con fuerza y lo estrelló contra el suelo con un golpe seco. El tercero sacó un cuchillo, pero Mikey lo desarmó de una patada giratoria y lo remató con un puñetazo directo a la mandíbula.
Los tres quedaron tirados entre las hojas, gimiendo de dolor.
—No se metan con la invencible caperucita roja —escupió Mikey, respirando agitado.
Limpió un poco de vino de su capa roja y siguió caminando, el corazón latiéndole fuerte por el enojo y la adrenalina.
Sin embargo, la pelea lo distrajo. En vez de seguir el sendero principal que llevaba a los molinos y a la casita blanca del abuelo, tomó un camino secundario más estrecho y cubierto de musgo, que descendía hacia una zona del bosque más profunda y salvaje.
Los árboles se cerraban sobre él como paredes vivas. El aire se volvía más pesado, cargado de un aroma a tierra húmeda, hojas podridas y algo animal, caliente y peligroso.
Caminó durante largo rato, el sol ya bajo en el cielo, tiñendo todo de tonos anaranjados. Finalmente, entre la niebla baja que empezaba a formarse, apareció una cabaña grande de madera oscura, rodeada de enredaderas gruesas y flores rojas silvestres.
Pensando que había llegado a la casa del abuelo, Mikey golpeó la puerta con los nudillos.
No obtuvo respuesta.
Mikey empujó la puerta. El interior de la cabaña era cálido y en penumbras, iluminado solo por el fuego crepitante de una gran chimenea y unas velas gruesas. Olía intensamente a bosque salvaje, a bayas maduras y a un dulce peligro que hizo que su pulso se acelerara.
En la cama grande con dosel de madera, bajo gruesas sábanas había una figura encorvada.
Se acercó, dejando la canasta sobre una mesa de roble.
—Abuelo, te traje los pasteles, aunque me comí algunos en el camino, los vinos bueno es solo uno ahora, la miel y las hierbas que pediste. Shinichiro dijo que te ayudarían con la fiebre.
La figura bajo las sábanas se movió. No era la espalda encorvada de su abuelo, sino una curva suave, una piel pálida que brillaba a la luz del fuego. Orejas puntiagudas y peludas sobresalían entre el cabello largo oscuro y desordenado. Una cola espesa se enroscaba sobre la cama.
Mikey se quedó quieto en el umbral, la canasta aún colgando de su mano. El aire dentro de la cabaña era denso, cargado con un aroma dulce y almizclado que le hizo fruncir levemente la nariz. No era el olor a enfermedad y hierbas medicinales que esperaba.
Los ojos verdes, brillantes como gemas cortadas, se abrieron y se fijaron en él.
—¿Quién eres tú? —La voz era baja, un poco ronca, como si no hubiera sido usada en mucho tiempo. No sonaba amenazante, solo… curiosa.
Mikey parpadeó, procesando. El vestido le rozaba las piernas, la capa roja le pesaba en los hombros. Dejó la canasta en el suelo con un suave golpe.
—Pensé que esta era la casa del abuelo —dijo, su tono era plano, práctico. Sus ojos recorrieron la habitación, las paredes de madera oscura, las estanterías llenas de frascos con líquidos de colores, la chimenea crepitante.
— Me equivoqué de cabaña.
La figura —la mujer lobo— se incorporó lentamente. Las sábanas se deslizaron, era alta, con curvas letales y salvajes: cintura imposiblemente estrecha, caderas anchas y redondeadas, piernas largas y poderosas. Sus uñas largas, negras y afiladas como garras, brillaban a la luz del fuego. Solo llevaba una bata que se apegaba a su cuerpo que parecía estar desnudo por debajo.
—El abuelo… —repitió ella, como probando la palabra.— No vive aquí. Solo yo y mi papá.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano, un gesto sorprendentemente humano. Su cola se movió inquieta sobre la cama.
—¿Y tú? ¿Por qué vienes vestido así? —Sus ojos verdes recorrieron el vestido rojo, la capa, deteniéndose en su rostro.— Hueles… a humano. Pero diferente.
Mikey se encogió de hombros, un movimiento pequeño que hizo que la tela del vestido se tensara.
—Es un disfraz. Por algunos rumores —dijo, y luego añadió, casi como una ocurrencia tardía—: Supongo que los rumores eran ciertos.
Un destello de algo —¿diversión? ¿interés?— cruzó aquellos ojos esmeralda.
—El rumor del lobo —Su boca, de labios carnosos, se curvó en una media sonrisa.— Yo no cazo humanos. Solo… los observo.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. El movimiento hizo que su cabello cayera sobre sus hombros, y que el escote de la bata bajara otro centímetro. El aire entre ellos pareció espesarse, el aroma dulce intensificándose.
—¿Y qué traes en esa canasta, pequeño humano disfrazado?
Mikey solo observaba, no decía ya nada, simplemente tomó la canasta y se dirigió hacia la puerta.
La mano de ella se posó contra la madera de la puerta, justo al lado de su cabeza. Era grande, con dedos largos y uñas negras que parecían garras retraídas. El calor de su cuerpo, intenso y animal, emanaba hacia él. Mikey no retrocedió. Su pulso, que ya latía rápido, dio un golpe sordo contra sus costillas.
—¿A dónde vas tan rápido? —La voz de Rise era baja, casi un susurro ronco que se mezclaba con el crepitar del fuego.— Acabas de llegar.
Mikey miró la mano, luego sus ojos. El verde esmeralda lo atrapó, brillando con una curiosidad que no parecía maliciosa.
—A buscar la casa correcta. Mi abuelo está enfermo —dijo, su tono era más seco de lo que pretendía. Agarró el mango de la canasta con más fuerza. La tela del vestido le rozaba los muslos, una sensación ridícula y ajena.
—Pero la noche cae —observó ella, su cola moviéndose lentamente de un lado a otro sobre las tablas del suelo.— El bosque no es seguro después del ocaso.
Ni siquiera para un humano.
Sus ojos bajaron, recorriendo su figura bajo el disfraz rojo, como si pudiera ver la musculatura oculta. Mikey sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Puedo cuidarme solo.
—¿Contra lo que merodea ahí fuera? —Se inclinó un poco más. Su aliento olía a bayas silvestres dulces— Quédate. Una noche. Mi papá no volverá hasta mañana.
El espacio entre ellos se redujo a centímetros. Mikey podía ver las motas de oro en sus ojos verdes, la suave textura de su piel bajo la luz de las velas. El aroma dulce y peligroso lo envolvía, haciéndole la boca seca.
—¿Por qué? —preguntó, su voz apenas audible.
La media sonrisa de Rise se ensanchó.
—Porque hueles a interesante.
La mano de Rise seguía en la puerta. Mikey giró el picaporte, pero la madera no cedió. Su otro puño se cerró alrededor de la muñeca de Mikey. La presión era firme, no brutal, pero innegablemente fuerte. Su piel estaba caliente, casi quemando a través de la manga del vestido.
Mikey se tensó. Un jalón seco, un movimiento rápido que usaba el impulso de su cuerpo entero, y su mano se liberó. El roce de sus uñas contra su piel dejó una ligera sensación de calor.
—Aléjate —dijo, su voz más baja y plana que antes. No era una súplica.
Ella no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia adelante, llenando su campo de visión. El aroma a bosque y a esa dulzura peligrosa se volvió abrumador.
—¿Por qué? —preguntó Rise, su cabeza ladeada. Sus orejas se movieron ligeramente, atentas.— Tienes miedo.
—No tengo miedo. Tengo prisa.
—Mientes. —Su sonrisa era un destello de dientes blancos y perfectos.— Tu corazón late como un pájaro atrapado. Lo escucho.
Mikey no respondió. Su respiración se sentía extrañamente alta en el silencio de la cabaña. El fuego crepitó, lanzando sombras danzantes sobre el cuerpo de ella, sobre la curva de su cintura donde la bata se abría.
—Solo una noche —insistió ella, su voz bajando a un susurro ronco. Una de sus manos se elevó, no para agarrarlo, sino para tocar suavemente el borde de la capa roja que colgaba de su hombro. La tela era áspera bajo sus yemas de dedos.— Mañana te mostraré el camino correcto. Yo conozco este bosque mejor que nadie.
Sus ojos verdes lo sostuvieron. No había amenaza en ellos, solo una curiosidad intensa, voraz.
—¿Y si me niego?
—Entonces te perderás —dijo ella simplemente, como si estuviera anunciando la lluvia.— Y tu canasta no llegará a donde debe.
La lógica era innegable. El peso de la responsabilidad por su abuelo chocó contra la advertencia instintiva que resonaba en cada fibra de su ser. Mikey miró la canasta en el suelo, luego los ojos esmeralda que no parpadeaban.
Mikey seguía dudando, fácilmente podia noquearla y salir de ahí sin ninguna dificultad o eso el pensaba , seguía mirando hacia la puerta, cuando tomo la decisión de irse, al voltear a verla ella rompió el acercamiento besándolo sin previo aviso.
Sus labios fueron suaves y cálidos, presionando contra los suyos con una firmeza que no esperaba. Sabían a bayas silvestres y a algo salvaje, dulce, como el bosque después de la lluvia. Mikey se quedó inmóvil, la canasta olvidada cayó al suelo. El mundo se redujo a ese punto de contacto, al calor de su piel contra la suya, al suave roce de su cabello contra su mejilla.
Ella se separó unos centímetros. Sus ojos esmeralda estaban muy abiertos, brillando con una mezcla de curiosidad y algo más, algo intenso y voraz. Su respiración era un poco más rápida.
—¿Así se hace? —preguntó ella, su voz era un susurro ronco. No parecía segura, pero tampoco avergonzada.
Mikey parpadeó. El sabor de ella aún estaba en sus labios. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, un ritmo rápido y sordo que resonaba en sus oídos.
—No lo sé —dijo, y su propia voz le sonó extraña, áspera.
—Hueles bien —murmuró ella, acercándose de nuevo. Esta vez no fue un beso, sino que hundió su nariz en el hueco de su cuello, justo donde la capa roja se abría. Inhaló profundamente.— A limpio… fuerte. A algo dulce.
Sus labios rozaron su piel al hablar. Mikey contuvo la respiración. Cada pelo de su cuerpo parecía estar de punta. La mano de ella subió, sus dedos con esas uñas negras se enredaron suavemente en su cabello.
—Quédate —susurró, su aliento caliente en su oreja.— Solo esta noche.
Mikey no respondió. En lugar de eso, su propia mano se movió, casi por voluntad propia. Sus dedos encontraron la curva de su cintura a través de la fina tela de la bata. Era estrecha, firme. Ella emitió un sonido suave, un pequeño gemido ahogado en la garganta, y se inclinó hacia su toque.
—¿Ves? —dijo, su boca encontrando la línea de su mandíbula.— No muerdo. No todavía.
Su otro brazo rodeó su espalda, tirando de él más cerca. El calor de su cuerpo era abrumador, llenando todos los espacios entre ellos. Mikey cerró los ojos. El aroma del bosque, a ella, lo envolvió por completo.
—Tu abuelo puede esperar hasta el amanecer —murmuró Rise entre besos suaves y exploratorios a lo largo de su cuello.— El bosque es mío cuando oscurece. Y ahora tú también.
Sus labios se movían contra la piel de su cuello, cada palabra una vibración cálida y húmeda.
—El rojo te queda bien, murmuró ella, sus dedos deslizándose por la tela áspera de la capa hasta encontrar el cordón del vestido. —Atrae. A los lobos nos gusta el color rojo.
Mikey no respondió. Su respiración se había vuelto superficial. El calor de su cuerpo era un horno contra el suyo. Podía sentir cada curva a través de la fina bata, la firmeza de sus muslos presionando contra los suyos.
—¿Nunca te han marcado?.preguntó ella, su voz un ronroneo profundo. Sus dientes, afilados pero no amenazantes, rozaron suavemente el lóbulo de su oreja.
—No. La palabra salió áspera.
—Los humanos no lo entienden.Su mano soltó el cordón y se posó en su pecho, sobre el vestido. Podía sentir el latido rápido de su corazón bajo su palma. —No es posesión. Es... reconocimiento. Decir 'esto es mío, yo lo vi primero.
Sus ojos esmeralda lo miraron fijamente. En su profundidad, Mikey vio su propio reflejo, pequeño y envuelto en rojo.
—Yo no soy de nadie ,dij Mikey, pero su voz carecía de la firmeza habitual.
Rise sonrió, una expresión lenta y cargada.
—Esta noche,susurró, acercando su boca a la de él de nuevo, pero deteniéndose a un centímetro de distancia. Su aliento olía a bosque y a deseo. —Por esta noche, podrías serlo. Solo tendrías que dejar de pensar.
Sus labios se encontraron, y esta vez Mikey no se quedó inmóvil. Su boca se movió contra la de ella, una respuesta torpe pero genuina. Un gruñido bajo vibró en la garganta de Rise, y sus brazos lo rodearon con más fuerza, tirándolo completamente contra ella.
Él intentó girar la cara, pero ella lo sujetó por la mandíbula y profundizó el beso hasta que las rodillas de Mikey flaquearon. Cuando se separó, un hilo de saliva los conectaba.
La canasta, olvidada, se volcó en el suelo con un suave golpe.
Ella lo guió hacia atrás, unos pocos pasos tambaleantes que él dio, hasta que sus piernas encontraron el borde de la cama de madera cayendo de espaldas.
La cama cedió bajo su peso combinado. Ella se sentó a horcajadas sobre sus caderas, el calor de su intimidad a través de la fina tela de la bata y el vestido era una mancha ardiente. Mikey miró hacia la pared, tenía la nuca enrojecida.
—Relájate —susurró ella, su voz como terciopelo oscuro y peligroso—. No voy a hacerte daño… mucho. Solo voy a comerte. Despacio. Hasta que me ruegues que no pare nunca.
Sus manos encontraron el cordón de su vestido. Un tirón suave, y el nudo se deshizo. La tela áspera se abrió, exponiendo su pecho y abdomen. El aire fresco de la cabaña rozó su piel, seguido inmediatamente por el calor de las palmas de las manos de ella. las deslizó por su torso, sus uñas negras rastreando ligeramente los contornos de sus músculos.
—Estas muy tenso —murmuró, inclinándose. Su cabello olía a gardenias. Sus labios encontraron el hueco de su clavícula. La lengua, cálida y húmeda, lo rodeó.
Mikey contuvo la respiración. Un escalofrío, agudo y eléctrico, le recorrió la espina dorsal. Sus propias manos se aferraron a las sábanas.
Ella se movió más arriba de su cuello , dedicándole la misma atención lenta y húmeda. Un gemido bajo, involuntario, se le escapó a Mikey por los dientes apretados.
—Ahí está —dijo ella, satisfecha. Sus manos bajaron, deslizándose por el resto de su cuerpo, hasta el borde del vestido abierto. Sus dedos se engancharon en el dobladillo—. Esto sobra.
La mano de ella se deslizó por la dura protuberancia en sus shorts. Mikey contuvo el aire. La tela era delgada, y la presión de su palma era inconfundible, cálida y firme.
—Ya veo —murmuró ella, sus dedos rodeando la forma a través de la tela. Su pulgar pasó por encima de la punta, y Mikey sintió un espasmo en el bajo vientre.
Volvió a mirarla. Sus ojos esmeralda estaban fijos en su rostro, estudiando cada cambio.
—¿Esto siempre pasa? —preguntó, su voz cargada de genuina curiosidad.
—No —logró decir Mikey, su voz ronca.
—Interesante —Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Sus dedos se engancharon en la cintura elástica del short.— Me gusta.
Tiró hacia abajo.
El aire fresco golpeó su piel. Mikey cerró los ojos, la vergüenza quemándole las mejillas. Podía sentir su mirada en él, recorriéndolo.
—Wow —dijo ella, en un tono de simple apreciación.
Su mano lo tocó directamente, sin la barrera de la tela. La piel de sus palmas eran suaves, su agarre igual fue suave, casi reverente. Un largo y lento recorrido desde la base hasta la punta.
Mikey jadeó. Sus caderas se elevaron involuntariamente del colchón, buscando más de ese contacto.
—Tranquilo —susurró Rise, inclinándose sobre él. Su cabello formó una cortina oscura a su alrededor.— Te dije que sería despacio.
Su boca encontró la suya en otro beso, más profundo esta vez. Su lengua se abrió paso, saboreándolo, mientras su mano continuaba su lento y metódico bombeo. El ritmo era agonizantemente pausado, cada movimiento calculado para extraer el máximo de sensación.
Mikey se hundió en el colchón, una oleada de calor inundándolo. Sus propias manos se aferraron a sus caderas, sus dedos hundiéndose en la carne suave a través de la bata.
—Así —dijo ella contra sus labios, su aliento caliente y entrecortado.—
Aceleró ligeramente el movimiento de su mano. La fricción era perfecta, húmeda ahora por la humedad que rezumaba de su punta. Mikey gimió, un sonido profundo y gutural que no reconoció como propio.
La mano de ella era una tortura lenta y deliberada que le gustaba más de lo que quería admitir. Su olor a flores silvestres, se le metía en la cabeza. Esos ojos verdes, fijos en él, brillaban con un interés voraz que lo hipnotizaba. ¿En qué momento buscar la cabaña de su abuelo se había convertido en esto? El estúpido disfraz rojo había tenido el efecto contrario.
—Te gusta —afirmó ella, no como una pregunta. Su pulgar pasó por la punta húmeda de su pene, esparciendo la humedad.
Mikey contuvo un jadeo. Su mirada se desvió hacia la pared de madera.
—No mires allá —susurró ella. Con su mano libre, le tomó la barbilla y lo obligó suavemente a volver a mirarla.— Mírame a mí. Quiero ver tu cara.
Él la miró. La intensidad en sus ojos era abrumadora.
—Así —dijo ella, sonriendo. Su mano comenzó a moverse con un ritmo más constante, suave pero firme. La fricción era perfecta, cálida.— Dime cómo se siente.
—Raro —logró decir Mikey, su voz tensa.
—¿Raro bueno o raro malo?
—…No sé.
Ella se inclinó, sus labios rozaron su oreja.
—Tu cuerpo responde por tí—murmuró. Su aliento era caliente. Con un movimiento fluido, se ajustó sobre él, guiando la punta de su miembro hacia la entrada de su intimidad ,que estaba caliente y notablemente húmeda a través de la fina tela de su bata. La presión fue instantánea, eléctrica.
Mikey arqueó la espalda, un gruñido ahogado escapando de su garganta.
—Así —susurró Rise, frotándose contra él lentamente, el calor y la humedad filtrándose a través de la tela.— ¿Quieres más?
La humedad caliente de ella era distinta a la de su propia punta. Más espesa, con un aroma dulce y almizclado que se le metía en la nariz. Cada lento, deliberado roce del glande contra sus pliegues suaves enviaba un relámpago de sensación directamente a la base de su columna.
—¿Lo sientes? —su voz era un susurro ronco justo contra su boca.
Mikey asintió, incapaz de formar palabras. Sus caderas se elevaron levemente, buscando inconscientemente una presión más profunda.
—Así —dijo ella, acomodándose. Un movimiento más amplio de sus caderas, y la punta de él se deslizó contra un punto particularmente sensible, haciendo que ambos jadearan al unísono.— Tus fluidos y los míos… se están mezclando.
Sus manos aferraron sus caderas con más fuerza, sus dedos se hundieron en la carne suave a través de la bata.
—No… no te conozco —logró decir Mikey, su voz tensa por la sensación.
—¿Es importante eso?—Ella se detuvo, manteniéndolo justo en la entrada, esa presión húmeda y caliente a punto de ceder.— Yo no te conozco a ti. Solo sé que hueles muy bien. Y que este traje rojo…Una de sus manos soltó la cintura de él y acarició la tela de la capa desparramada en la cama.— Capto mi atención.
Él bajó la vista. Podía ver la punta rojiza de su miembro brillando con la mezcla de sus humedades contra los labios rosados e hinchados de ella. La vista era tan abrumadora como la sensación.
—¿Y ahora? —preguntó él, su aliento entrecortado.
Ella sonrió, una expresión lenta y cargada.
—Ahora —dijo, bajando su cuerpo con una lentitud agonizante—, dejamos de rozarnos.
La bata de ella se deslizó de sus hombros y cayó a los lados. Su cuerpo, bañado por la luz dorada del fuego, era una mezcla de curvas suaves. Pechos llenos y redondos, una cintura estrecha que se ensanchaba en caderas amplias y un velo de cabello negro cubriendo sus hombros. Sus orejas de lobo se crisparon ligeramente, y su cola se movió sobre la cama, como si tuviera vida propia.
Mikey desvió la mirada, el calor subiendo por su cuello hasta sus orejas. Debajo de él, sintió cómo su miembro reaccionaba, hinchándose aún más, volviéndose más duro y pesado ante la vista. Era una respuesta puramente animal que no podía controlar.
Ella no dijo nada. Se acomodó sobre él, sus rodillas a cada lado de sus caderas, sus manos apoyadas en su pecho. El movimiento fue lento, deliberado. El calor de la intimidad de ella, ahora sin ninguna barrera, rozó la punta de su miembro.
—Mírame —dijo, su voz era un susurro bajo y ligeramente tenso.
Él negó con la cabeza, sus ojos aún fijos en las sombras danzantes del techo.
—Por favor —insistió ella. Había un matiz diferente en su tono ahora, algo menos juguetón, más vulnerable.
Mikey giró la cabeza lentamente. Sus ojos verdes lo encontraron, y estaban muy abiertos, brillantes con una mezcla de deseo y... algo más.
Sin romper el contacto visual, ella comenzó a bajar.
La sensación fue abrumadora. La punta de su miembro se hundió en un calor apretado y húmedo que lo abrazó. Fue lento. Milímetro a milímetro. Un gruñido bajo vibró en la garganta de Mikey, una mezcla de placer y la tensión de lo desconocido. Ella se detuvo, apenas habiéndolo tomado una pulgada. Su respiración era entrecortada, y una fina capa de sudor brillaba en su frente.
—¿Estás bien? —preguntó Mikey, su propia voz sonando extraña en el silencio.
—Sí —mintió ella, aunque una pequeña mueca contrajo sus labios por una fracción de segundo. Luego se relajó y una sonrisa temblorosa apareció.— Solo... es más de lo que esperaba.
Apretó los músculos internos a su alrededor, una sensación increíblemente placentera que hizo que sus caderas se levantaran instintivamente.
—¿Así? —preguntó ella, su voz un jadeo suave.— ¿Te gusta así?
—Sí —respondió él, con sinceridad. La vergüenza se estaba disolviendo.
—Bien. —Tomó aire, como si se preparara para una zambullida.— Entonces sigamos. Despacio.
El calor húmedo y apretado lo envolvió por completo. Ella se hundió hasta la base. Un quejido bajo y gutural escapó de la garganta de ella, y su cuerpo se tensó sobre él. Mikey sintió un espasmo en el bajo vientre, una oleada de placer tan intensa que casi le hizo perder el control.
Sus dedos se apretaron sobre el antebrazo que cubría su rostro, su respiración saliendo en jadeos entrecortados.
Ella no se movió. Se quedó quieta, su peso descansando sobre él, dejando que sus cuerpos se acostumbraran a la invasión. Mikey podía sentir el rápido latido del corazón de ella contra su pecho, casi tan frenético como el suyo. La sensación de su interior apretándolo, pulsando suavemente a su alrededor, era una tortura exquisita.
—¿Estás… bien? —preguntó él, su voz era un murmullo ronco desde detrás de su brazo.
Le tomó un momento a ella responder.
—Sí —dijo, su voz era un susurro tenso, casi sin aliento—. Es… mucho. Pero se siente… bien. ¿Y tú?
Mikey bajó lentamente el brazo. Sus ojos se encontraron con los de ella. Los iris esmeralda estaban muy abiertos, oscuros por la dilatación de sus pupilas, y brillaban con una humedad que no era solo de deseo.
—Me gusta —admitió, la confesión saliendo de él.
Una sonrisa temblorosa pero genuina curvó los labios de Rise.
—Bien. —Tomó aire, y luego, con una lentitud deliberada, comenzó a moverse.
Se levantó apenas una pulgada, sacando una oleada de placer de Mikey, y luego volvió a bajar, hundiéndose de nuevo hasta el fondo. No era un movimiento rápido ni rítmico, sino una exploración lenta, un estiramiento y una contracción. Cada descenso enviaba una nueva ola de calor a través de él. Su interior era increíblemente estrecho y caliente, rozándolo con cada movimiento.
—Dime tu nombre —dijo ella de repente, su voz un jadeo suave mientras continuaba su lento vaivén.
—Manjiro —respondió él, su propia voz entrecortada—. Pero todos me llaman Mikey.
—Mikey… —probó el nombre en sus labios, como si lo saboreara. Se inclinó, su cabello cayendo como una cortina oscura a su alrededor, y lo besó. Fue un beso lento y profundo, que reflejaba el ritmo de sus caderas—. Yo soy Rise.
Ahora, el ritmo de Rise se volvió constante, más rápido y acelerado. Sus caderas se levantaban y caían con una fuerza sorprendente, cada descenso lo empujaba más profundo, cada ascenso lo sacaba casi por completo antes de volver a sumergirlo en su calor apretado. El dolor inicial se había rendido por completo, reemplazado por una fricción perfecta que incendiaba cada nervio.
—Mikey… —su nombre era un jadeo entre besos, un sonido ahogado contra sus labios.
Él respondió aferrándose a sus caderas. Sus nudillos se pusieron blancos mientras sus dedos se hundían en la carne suave de su trasero, tratando de anclarse contra la abrumadora marea de placer. Su boca era voraz, su lengua se enredaba con la de ella. Sabía bien, a esa dulzura peligrosa que ahora era lo único que existía en su mundo.
—No... aguanta... —logró decir él, su voz era un gruñido bajo y gutural cuando ella aumentó aún más la velocidad.
—¿Por qué? —preguntó Rise, apartando la boca de la suya por un instante para mirarlo. Sus ojos esmeralda, oscuros y dilatados, estaban llenos de una euforia salvaje. Su rostro estaba sonrojado, el sudor perlaba sus sienes. —Se siente… se siente tan bien. No quiero parar.
—Yo tampoco… pero… —Las palabras se le atascaron en la garganta cuando ella se detuvo en la cima de un movimiento, y luego se dejó caer con fuerza, arrancándole un gemido que resonó en la habitación silenciosa.
—¿Pero qué? —susurró, moviendo las caderas en un círculo lento que hizo que sus músculos se contrajeran violentamente. El placer era tan agudo que le dolió.
—Voy a… —jadeó él, su cuerpo arqueándose, cada músculo tenso hasta el punto de ruptura. La sensación se estaba acumulando en la base de su columna, un nudo apretado y caliente a punto de estallar.
Ella bajó poco a poco el ritmo, no quería terminar pronto y él respiraba pausadamente para recuperar la cordura.
Rise cambió de posición, lo jaló suavemente de los brazos hacia arriba para terminar ambos sentados, ella seguía arriba, el movimiento hizo que su miembro se deslizara dentro de ella de una manera que arrancó un gemido ahogado a ambos. Se sentaron frente a frente, sus piernas entrelazadas en una pose que parecía sacada de un antiguo texto erótico, una flor de loto de piel sudorosa y respiración entrecortada.
El ritmo cambió drásticamente. No había más rebote, solo un vaivén profundo y constante, de adelante hacia atrás. Rise movía sus caderas con una precisión milimétrica, usando los músculos internos para apretarlo y soltarlo, masajeándolo desde el interior.
Mikey sintió el último vestigio de control desvanecerse. Sus manos, antes pasivas en sus caderas, ahora se aferraron con desesperación a sus nalgas firmes. Comenzó a empujar hacia adelante, encontrando su ritmo, aumentando la fuerza de cada embestida.
La mezcla de fluidos hacía que el roce fuera aún más resbaladizo y placentero. Los gemidos suaves y entrecortados de Rise llenaban la cabaña, roncos y femeninos, mientras Mikey respiraba agitado contra su cuello, intentando contener los sonidos que escapaban de su boca.
Él aprovechó el momento para inclinarse y capturar sus labios. El beso fue salvaje, lleno de dientes y lengua, un reflejo directo de lo que estaba sucediendo abajo. No había espacio para palabras, solo para sonidos guturales, jadeos y el choque rítmico de sus caderas.
—Más —susurró ella contra su boca, su voz ronca y rota—. Más fuerte.
Mikey obedeció. Su agarre en su trasero se convirtió en una posesión. Tiró de ella hacia sí mientras empujaba con todas sus fuerzas, hundiéndose hasta el fondo. El placer era un cuchillo afilado cortando a través de su conciencia, dejando solo sensación pura y cruda. Podía sentirla apretándose alrededor de él, sus propios músculos abdominales contrayéndose en respuesta.
Ella rompió el beso, buscando aire.
—Yo...—gimió, —. Me voy a…
—Rise… —gruñó, una advertencia final.
Ambos entendieron, o quizás sus propios cuerpos les exigió lo mismo. Con un movimiento brusco, Rise se levantó, separándose de él. La pérdida de su calor fue un shock frío y repentino.
El aire golpeó su miembro húmedo y palpitante solo por una fracción de segundo antes de que el placer estallara. Una descarga eléctrica recorrió su columna, y un gruñido bajo y profundo se escapó de su garganta. Manchas calientes y blancas salpicaron su abdomen y el pecho, marcándolo.
Al mismo tiempo, el cuerpo de Rise se tensó en un arco perfecto. Sus dedos se clavaron en sus hombros, y un grito ahogado se liberó de sus labios. Un temblor recorrió todo su cuerpo, una convulsión de placer que la dejó temblando sobre él.
El silencio que siguió fue pesado, roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el crepitar del fuego en la chimenea. El olor a sexo, a sudor y a ese aroma dulce y salvaje de ella llenaba la cabaña.
Mikey miró hacia arriba, su visión todavía borrosa por lo que acababa de pasar. El pecho de Rise se elevaba y caía rápidamente, sus ojos esmeralda estaban muy abiertos, brillantes, fijos en él. Había una mezcla de sorpresa y satisfacción pura en su mirada.
Se inclinó hacia adelante, lentamente, y sus labios encontraron los suyos. No fue un beso de deseo urgente, sino algo más suave, una confirmación silenciosa. Sus labios estaban hinchados, calientes, y sabían a ambos.
Fue un beso que decía todo lo que las palabras no podían: que había pasado, que había sido increíble, y que ninguno de los dos se arrepentía.
Cuando se separaron, sus frentes se tocaron. El aliento de ella era caliente contra su piel.
—Wow —susurró ella, su voz ronca y satisfecha—. Eso fue… inesperado.
Ambos se miraron, pero el peso en los párpados de Mikey le ganó, quedando profundamente dormido.
A la mañana siguiente
La luz se colaba por la ventana, polvorosa y dorada, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire silencioso de la cabaña. Mikey abrió los ojos, parpadeando contra el resplandor.
Su cuerpo se sentía pesado, pero extrañamente ligero, como si una gran carga hubiera sido levantada de sus hombros, aunque sus músculos tuvieran esa agradable sensación de haber sido usados a fondo.
Se movió y la sábana se deslizó hasta su cintura. Estaba completamente desnudo. El recuerdo de la noche anterior lo golpeó como un tren: el vestido rojo, la chica loba, el fuego, el olor a bosque y bayas, el calor... Dios, el calor. Se ruborizó, el color subiendo rápido por su cuello hasta sus orejas.
Volteó la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Allí estaba ella, profundamente dormida. Pero algo era diferente. Su cabello, que la noche anterior era una mata oscura y alborotada, ahora estaba lacio, suave y cayendo sobre la almohada como un río de seda negra.
No había orejas peludas sobresaliendo. Y donde antes había una cola espesa y moviéndose por su cuenta, ahora solo estaba la curva de su espalda bajo la sábana.
Justo entonces, ella parpadeó y abrió los ojos. Eran del mismo verde esmeralda, pero sin ese brillo sobrenatural, sin la pupila vertical y felina. Se estiró, bostezando, y luego se incorporó, sosteniendo la sábana contra su pecho.
—¿Qué... qué pasa? —preguntó, su voz era ronca por el sueño, pero ya no tenía ese timbre ronroneante y subterráneo. Se llevó la mano a la boca, palpando sus dientes con los dedos. Sus caninos habían desaparecido; ahora eran dientes normales, humanos.
Ella miró a Mikey, y luego a sus propias manos, y luego de nuevo a él. El reconocimiento llegó a sus ojos al mismo tiempo que el color rojo inundaba sus mejillas. Se cubrió la cara con las manos, un pequeño gemido de vergüenza escapando entre sus dedos.
—Oh, Dios... —susurró, su voz temblorosa—. Lo siento, lo siento mucho. No debí... no debí haber...
Mikey se sentó, pasándose una mano por el cabello desordenado.
—¿Quién eres?
El aire en la cabaña estaba frío de madrugada, obligándolos a moverse con rapidez para recuperar su ropa. Rise buscó una manta para cubrirse mientras Mikey recogía sus prendas dispersas por el suelo. El silencio entre ellos era incómodo, roto solo por el roce de la tela y el crepitar de las brasas apagadas en la chimenea. Una vez vestidos, ella se sentó en el borde de la cama, con las manos entrelazadas en su regazo, mirando sus propios pies descalzos.
—Soy una híbrida —empezó, su voz era más suave que la noche anterior, carente de ese timbre ronco y gutural—. Mi madre es una loba, mi padre es humano. Llegamos a esta aldea hace poco, pero con mi condición... no es fácil. Tenemos que vivir escondidos. O bueno, yo más que nada
Mikey se recostó contra la pared, cruzándose de brazos. La escuchaba en silencio, procesando la información. La chica que lo había dominado la noche anterior, que lo había hecho sentir cosas que nunca había experimentado, ahora parecía vulnerable.
—Lo de anoche... —continuó ella, mordiéndose el labio, un gesto nervioso que le resultaba extrañamente tierno—. Desde que cumplí la mayoría de edad, tengo... ciclos. Un periodo de celo cada mes. Es la tercera vez que me pasa.
Levantó la vista y lo miró a los ojos.
—La primera vez... casi mató a mi padre. Es instinto. Si no hay un macho cerca, si no hay alguien con quien... descargar esa energía, me vuelvo agresiva. Pierdo el control. Mi papá preparó un brebaje especial para este mes, algo para suprimirlo, para calmarme. Pero... —hizo un gesto vago con la mano hacia la cama deshecha—. Al parecer no funcionó del todo. O quizás tú... —se sonrojó intensamente—. Quizás tu olor, o algo más, rompió el efecto.
Mikey parpadeó. Su olor. Y el estúpido disfraz rojo.
—¿Recuerdas todo? —preguntó él, con curiosidad.
Ella asintió, avergonzada.
—Cada detalle. Es como si hubiera estado observando desde dentro, pero sin poder controlar el impulso. Ahora que estoy en mi forma humana, la parte racional vuelve, pero la memoria... la memoria de lo que hicimos, de lo que sentí... sigue ahí.
Mikey la miró, procesando la confesión. La chica que lo había dominado la noche anterior, que lo había hecho sentir cosas que nunca había experimentado, ahora parecía pequeña, bueno, entre comillas ya que se seguía viendo más alta que él.
—Entonces —dijo él finalmente, su voz calmada pero con un filo de curiosidad—, ¿fue el brebaje lo que falló? ¿O fui yo?
Rise levantó la vista, sus ojos esmeralda encontrando los suyos. El rubor en sus mejillas se intensificó, extendiéndose hasta el cuello.
—Fue... una combinación de cosas —admitió, su voz apenas un susurro—. El brebaje suprime los instintos, pero no los elimina. Y tú... —Hizo una pausa, como si buscara las palabras correctas—. Llegaste vestido de rojo.
El color rojo es un disparador para nosotros. Es el color de la presa, de la sangre, de la excitación. Y tu olor... era diferente a cualquier otro humano que haya olido. No era miedo, era... fuerza. Una fuerza tranquila. Eso me atrajo.
Mikey se encogió de hombros.
—Solo vine a dejar una canasta para mi abuelo—dijo, como si eso explicara todo—. Mi abuelo está enfermo. Emma me hizo ponerme este estúpido disfraz.
—Emma —repitió Rise, probando el nombre—. ¿Es tu pareja?
—¿Qué? No. Es mi hermana —Mikey la miró como si estuviera loca—. ¿Por qué preguntarías eso?
—No lo sé —ella se encogió de hombros, una sonrisa tímida apareciendo en sus labios.
Ella cambio el tema, para que no se volviera más incómodo.
—Papá salió hace dos días —explicó Rise, levantándose finalmente de la cama para ir a una pequeña mesa de madera donde había una jarra de agua y dos tazas de barro—. Un chico vino a buscarlo. Dijo que su abuelo estaba muy enfermo, que necesitaba un médico urgentemente. Como papá es el único que sabe de medicinas naturales en la zona, no dudó.
Mikey parpadeó, conectando los puntos.
—¿Un chico? —preguntó—. ¿Alto? ¿Cabello corto de color negro? ¿Amable?
Rise asintió mientras le servía un vaso de agua.
—Eso suena a él. Estaba desesperado. Dijo que se llamaba Shinichiro.
—Shin-chan —repitió Mikey, soltando un suspiro que mezclaba la resignación con la alivio. Por supuesto que era Shinichiro. Si su abuelo estaba enfermo, él sería el primero en moverse, aunque tuviera que arrastrar a un médico desde el otro lado del bosque—. Entonces tu padre fue con él. ¿A la misma casa a la que yo iba?
Rise le entregó el vaso. Sus dedos rozaron los suyos brevemente, y ella retiró la mano rápidamente, como si la electricidad entre ellos aún estuviera presente.
—Es muy probable —dijo ella, apoyándose contra el borde de la mesa— la chica, describió el camino. Una casa blanca de madera con molinos —¿Así es el lugar al que tú ibas?
Mikey asintió, tomando un sorbo de agua fría. La bebida le calmó la garganta seca.
—Sí. Esa es la casa. Mi abuelo vive allí.
—Entonces tal vez tu abuelo y el anciano del que hablaba Shinichiro sean la misma persona —dedujo Rise, sus cejas frunciéndose en pensamiento—. Papá debe estar allá ahora mismo.
Mikey recordó de repente la canasta. La miró en el rincón, donde aún estaba tirada sobre el suelo de madera, algunas de las manzanas rodadas cerca.
—La canasta —dijo, poniendo el vaso con un golpe en la mesa—. Todavía no se la he entregado. Emma me va a matar si no llevo los ingredientes.
Rise lo siguió con la mirada y luego sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice.
—No te preocupes por eso —dijo ella, con un tono tranquilo que parecía extraño después de la intensidad de la noche anterior—. Yo ya me encargué.
Mikey frunció el ceño, confundido.
—¿Te encargaste? ¿Cómo?
—Cuando te quedast dormido —hizo un gesto vago hacia la cama deshecha, intentando no sonrojarse de nuevo—, vi la canasta en el suelo. Sabía que tenías prisa, aunque intentaras negarlo. Así que la envié.
—¿Con quién? —preguntó él, mirando hacia la puerta como si esperara ver a alguien más allí—. Si tu papá no está...
—Con Kao —respondió Rise simplemente.
—¿Kao? —El nombre le sonaba a cualquier cosa menos a un mensajero confiable.
—Es mi gato. Un esfinge —aclaró, como si eso explicara todo—. Es bastante... eficiente para estas cosas.
Mikey la miró con escepticismo. Un gato. Un gato sin pelo llevando una canasta con medicinas a través del bosque.
—¿Y cómo sabe él a dónde ir? —preguntó, cruzándose de brazos—.
—Si, es un gato pero..—admitió Rise, encogiéndose de hombros—, es increíblemente inteligente. Y tiene un olfato excelente. Le di la canasta y le dijera que buscara el destino de la canasta. Además, había una nota pegada.
Mikey arqueó una ceja.
—¿Una nota?
—Sí, estaba ahí, entre las hierbas —dijo ella—. No la leí, respeto la privacidad ajena, incluso si la persona en cuestión entra a mi casa y termina... bueno, ya sabes. Pero Kao la olió y supo a quién pertenecía. Seguramente tenía el olor de tu casa o de tu hermano.
Se acercó un poco más, la curiosidad brillando en sus ojos verdes, que ahora, bajo la luz del día, parecían más tranquilos, menos salvajes, pero igual de profundos.
—¿Era importante lo que llevabas verdad? ¿Medicinas para tu abuelo?
Mikey asintió, sintiendo un peso quitarse de sus hombros. Si Shinichiro estaba ahí, y el médico de Rise también, y si este tal Kao había entregado la canasta... entonces su misión estaba cumplida, aunque no exactamente de la manera que había planeado.
—Sí.
Rise se puso de pie de un solo movimiento, fluido y elegante. A pesar de estar en su forma humana, la altura de ella seguía siendo imponente; Mikey tuvo que alzar la ligeramente la barbilla para mantener el contacto visual. Ella se ajustó el vestido, una pequeña mueca de incomodidad cruzando su rostro, quizás recordando lo que habían hecho apenas unas horas antes en esa misma cama.
—Creo que deberías irte —dijo, su voz suave pero con un tono final—. El bosque cambia cuando el sol baja. Y yo... no quiero arriesgarme a que te pase algo malo, anoche a mi se me fue la mano.
Intentó sonreír, pero la expresión le quedó forzada, triste.
Mientras ella hablaba, los ojos de Mikey recorrieron su figura sin que ella se diera cuenta. Sin la furia del celo, sin la transformación animal, Rise era... impresionante. La tela del vestido se ajustaba a su cintura y se abría suavemente sobre sus caderas, y sus pechos redondos mantenían la misma forma perfecta que había palpado, aunque ahora parecían menos salvajes, más suaves. Había una belleza serena en ella, una mezcla de melancolía y fuerza que lo atrapaba de una forma diferente a la instintiva atracción de la loba.
—¿Mikey? —La voz de ella lo sacó de su trance.
Él parpadeó, volviendo a centrarse en sus ojos verdes.
—No tienes que preocuparte por esto —continuó ella, aparentemente interpretando su silencio como incomodidad—. Si no quieres volver a saber de mí, no hay problema. Lo de anoche... fue un accidente. No te debo nada, y tú no me debes nada.
Se giró hacia una estantería de madera oscura y tomó una pequeña cesta tejida con hierbas secas y frascos de vidrio. Se la tendió a él.
—Toma. Son remedios y hierbas para prevenir enfermedades, para fortalecer el sistema. Es... una compensación. Por lo que pasó. Por haberte retenido aquí.
Su mirada bajó a la canasta, avergonzada, sus dedos apretando el tejido.
Mikey miró la oferta, luego la miró a ella. A esta versión de ella, humana, tímida y ofreciendo disculpas con medicamentos.
Le gustaba.
El camino de regreso fue una mezcla de luz y sombras que se alargaban con el paso del sol. Mikey caminaba con paso ligero, pero su mente no estaba en el sendero, sino en la pequeña cabaña que dejaba atrás. El vestido rojo de Emma, ridículo y voluminoso, se enredaba en las ramas bajas y zarzas, recordándole constantemente la apariencia que tanto le molestaba.
Sin embargo, a cada paso, el peso de la canasta de Rise en su mano le recordaba lo que había ocurrido dentro de esas cuatro paredes de madera.
Al llegar a un claro en el bosque, se detuvo. Giró sobre sus talones, mirando hacia donde sabía que estaba la cabaña de la chica lobo. Entre los árboles, distinguió una figura pequeña y lejana de pie en el porche. Era Rise. Ella levantó la mano en un adiós lento, una silueta oscura contra el verde profundo del bosque.
Algo en el pecho de Mikey se removió. Una sensación extraña, una costra en el estómago que le decía que no quería irse. Quería volver, quería escuchar su voz de nuevo, quería ver si esa timidez humana era solo una fachada para la loba que había conocido. Pero se obligó a girar. Tenía que volver.
El resto del camino fue un silencio incómodo consigo mismo. Al llegar a su propia casa, la puerta se abrió antes de que pudiera tocarla. Emma estaba allí, con los ojos muy abiertos y las manos apretadas contra el pecho. Su ropa estaba arrugada, como si no hubiera dormido en toda la noche.
—¡Mikey! —gritó, lanzándose hacia él y casi haciéndolo soltar la canasta de Rise—. ¡Estás vivo! ¡Dios, pensé que... pensé que habías muerto!
Mikey se quedó parado, confundido por la dramática recepción.
—¿Claro que estoy vivo, Em. Solo fui a la casa del abuelo.
—¡No fuiste! —Emma lo agarró por las mangas de la capa roja, sacudiéndolo ligeramente—. ¡Acabo de recibir una carta! Una carta de Shinichiro. Dijo que la canasta llegó, con un gato... sí, un gato, la dejó en la puerta. Pero que tú no estabas. Que nunca llegaste.
Emma lo miró, sus ojos llenos de lágrimas de alivio y miedo reprimido.
—No regresaste a casa anoche, Mikey.
Emma lo soltó, pero solo para agarrarlo de las solapas de esa ridícula capa roja, sacudiéndolo con una fuerza desproporcionada para su tamaño.
—¡No regresaste a casa anoche, Mikey! —gritó, su voz quebrándose—. ¡Pensé que te había pasado algo terrible! ¡Pensé que un oso te había devorado o... o peor! —bajó la voz a un susurro dramático, mirando hacia los árboles oscuros alrededor de la casa—, que un lobo te había llevado.
Mikey no pudo evitarlo. La imagen de Rise, con sus orejas peludas y colmillos afilados, reclamándolo como suyo, surgió en su mente.
Una sonrisa se abrió paso en su rostro, primero pequeña y luego convirtiéndose en una carcajada genuina y relajada.
—¿Un lobo? —repitió entre risas, dejando que la canasta de remedios de Rise cayera suavemente sobre la mesa de la entrada—. Emma, estás creyendo en bastantes rumores tontos.
—¡No te rías! —Emma lo golpeó en el brazo, aunque su alivio era evidente—. ¡Es un bosque peligroso! Shinichiro dijo en la nota que el gato —¿quién envía un gato con medicina, por cierto?— llegó solo. Así que, ¿dónde estabas? —Sus ojos escudriñaron su rostro, buscando rasguños o mordeduras—. ¿Te quedaste dormido en el camino?
Mikey se encogió de hombros, deshaciéndose de la capa y colgándola en el perchero. La mentira salió con facilidad, aunque no del todo falsa en esencia.
—Algo así —dijo, pasando una mano por el cabello desordenado—. Me distraje. Tomé un sendero diferente y... bueno, me entretuve. Perdí la noción del tiempo.
—¿Y como es que mandaste a un gato a entregar la canasta, eso es posible?. Preguntó Emma confundida.
—No preguntes tonterías, Em.
Se dirigió a la cocina, buscando algo de beber. Emma lo siguió con la mirada, aún escéptica, pero la risa de su hermano había disipado gran parte de su miedo.
—¿Y con que te entretuviste? —repitió ella, cruzándose de brazos—. ¿Haciendo qué? ¿Contando árboles?
—Cosas —respondió Mikey, evitando su mirada mientras abría la nevera—. No te preocupes. Estoy bien. Como ves, entero y sin mordiscos.
El tiempo no había hecho más que avivar el recuerdo en lugar de borrarlo. Cada noche, al cerrar los ojos, Mikey veía esos ojos esmeralda brillando en la oscuridad, sentía el peso de su cuerpo sobre el suyo y el calor de su aliento en el cuello. La cabaña de Rise se había convertido en un pensamiento fijo, un imán en el bosque que tiraba de él con una fuerza que ya no podía ignorar.
Fue al armario y sacó el vestido rojo con capucha. La tela estaba arrugada, olía un poco a cedro y a guardado, pero al ponérselo, la familiaridad del peso sobre sus hombros le provocó una oleada de adrenalina. Se miró en el espejo del pasillo: el chico bajo y fuerte que todos conocían vestido de nuevo con ese vestido ridículo, pero se sentía... listo.
Fue a la cocina y llenó una canasta con cosas simples: pan recién horneado por Emma, algunas manzanas, y una botella de vino. No era una ofrenda elaborada, pero era algo.
Cuando abrió la puerta para salir, el aire fresco de la tarde golpeó su rostro. Justo en ese momento, Emma apareció en el umbral de la sala, con una toalla en el hombro y una expresión de curiosidad mezclada con sospecha al verlo otra vez con el vestido.
—¿Otra vez? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Te ha dado gusto el disfraz o qué? ¿A dónde vas con esa canasta?
Mikey se ajustó la capucha, ocultando una media de su rostro, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz y juguetona a la vez.
—Al bosque —respondió, su voz tranquila, pero con un filo que a Emma le resultó desconocido.
—¿Al bosque? —repitió ella, cruzándose de brazos—. Shinichiro dijo que el abuelo está bien, no necesitas ir.
—No voy a ver al abuelo —dijo Mikey, volviéndose para mirarla sobre su hombro. Una sonrisa, esa sonrisa suya que siempre precedía a algún acto de locura o brillantez, se curvó en sus labios
—Voy a comerme al lobo.