El camino largo
Ubicación: Camino Largo, sur, junto al río Thal'nara. Personajes: Kaelen anciano · Saelreth · Arkavel anciano · Mareth vieja.
La cabaña de Kaelen olía a madera de Sylvaris.Era lo primero que notaba Saelreth cada vez que cruzaba el umbral — ese olor específico de los bosques del noroeste que no pertenecía al sur, que no tenía nada que hacer junto al río, y que sin embargo llevaba años instalado en esas paredes con la tranquilidad de algo que ha decidido quedarse. Kaelen había traído la madera consigo cuando vino. No había explicado por qué. Saelreth tampoco había preguntado.Algunas cosas no necesitan explicación para estar completas.La cabaña estaba a media hora del Camino Largo, en el borde donde la hierba alta empezaba a ganar terreno a cualquier otra cosa. Kaelen la había construido con la precisión metódica de siempre — cada viga calculada, cada unión exacta — pero había algo en ella que escapaba al cálculo. Quizás era la orientación: la ventana principal miraba al río, que no se veía desde ahí pero se escuchaba cuando el viento soplaba en la dirección correcta. Quizás era que los instrumentos de Kaelen, todos sus instrumentos, llevaban años guardados en su caja de madera oscura sin ser usados.El cuaderno abierto sobre la mesa era lo único que seguía activo.Saelreth tenía diez años la primera vez que visitó a Kaelen. No aquí — entonces Kaelen vivía todavía en Sylvaris, en un taller que olía a cristal y a concentración. Su padre lo había mandado con un mensaje y la instrucción de esperar respuesta. Lo que no le había dicho era que Kaelen no respondía cuando no estaba listo sino cuando consideraba que el momento era el correcto, y que ese proceso incluía un silencio inicial de media hora, algo caliente que sabía a corteza de árbol, y la evaluación lenta de quien tiene frente a él algo que todavía no sabe cómo medir.Saelreth esperó.Kaelen lo miró.Luego dijo: Eres hijo de Arkavel.No era pregunta.Sí.Tiene su manera de mirar — dijo Kaelen. Y no añadió nada más durante otro rato largo.* * *Fue en esa visita cuando Kaelen le contó la historia de la balista. De los diez afinadores. De los tres años de trabajo. Del general Solkar joven que llegó el primer día y la miró como un cirujano mira un órgano defectuoso.No sé cómo se llamaba — dijo Kaelen—. Solo sé que era joven. Y que tenía miedo.Y fue en esa visita cuando puso el fragmento de cristal en la mano de Saelreth con la delicadeza de quien entrega algo que ha esperado mucho tiempo al destinatario correcto.Llévalo. Quizás algún día resuene con algo.Saelreth lo llevó. Durante años no supo bien por qué. Era el tipo de objeto que no sirve para nada concreto y sin embargo resulta imposible dejar atrás.* * *La mañana que partió, Saelreth fue primero a la cabaña de Kaelen.El anciano Ithrael estaba junto a la ventana con el cuaderno abierto, como casi siempre. Tenía doscientos años y los cargaba de una manera específica — no como peso sino como profundidad, como alguien que ha visto suficiente para no sorprenderse de nada pero todavía encuentra razones para mirar.Levantó la vista cuando Saelreth entró.—Me voy hoy —dijo Saelreth.Kaelen asintió. Con el gesto de quien esperaba esa frase aunque no supiera cuándo llegaría.—El fragmento —dijo.Saelreth lo sacó del bolsillo. Lo puso sobre la mesa entre los dos. El cristal captó la luz de la mañana y la devolvió con ese color que no era azul exactamente, no era transparente exactamente.—Tómalo —dijo Kaelen.—Ya lo tuve una vez —dijo Saelreth—. Te lo devolví.—Y yo te lo devuelvo ahora. —Kaelen lo miró un momento—. Algunas cosas tienen que viajar con quien va a buscar.Saelreth recogió el fragmento. Lo cerró en el puño un momento. Luego lo guardó.—¿Sabes adónde vas? —preguntó Kaelen.Saelreth consideró la pregunta con honestidad.—Al norte primero. Luego ya veré. —Una pausa—. Necesito encontrar algo. Todavía no sé qué. Pero debo hacerlo.Kaelen lo miró con esa mirada Ithrael que no medía distancias sino frecuencias.—Los nombres importan —dijo—. Cuando encuentres el que buscas, sabrás que era ese.No añadió nada más.Saelreth se levantó. En la puerta se detuvo un momento.—¿Volveré a verte?Kaelen miró el cuaderno abierto sobre la mesa. Luego miró al río que no se veía pero se escuchaba.—Quizás —dijo. Con la serenidad de quien ha hecho las paces con esa palabra.* * *Arkavel estaba en su silla junto a la ventana cuando Saelreth llegó a la casa.Era su lugar desde hacía años. Mareth había dejado una taza de té sobre la mesa pequeña a su lado. Arkavel no la había tocado todavía. Miraba hacia el río con esa atención que tenía — no la atención de quien busca algo sino la de quien escucha algo que los demás no escuchan.Saelreth se sentó en el banco frente a él. Tenía veinte años. Era la primera vez que iba a irse sin saber cuándo volvería.Arkavel lo miró. Era un día intermedio — reconocía la cara, reconocía el nombre cuando se lo decían, pero el hilo que conectaba el presente con lo que había sido se tensaba y aflojaba sin que nadie pudiera predecir cuándo cedería.—Me voy hoy —dijo Saelreth.Arkavel asintió despacio.—¿Adónde?—Al norte primero. Luego ya veré.Silencio. El río afuera. La luz de la mañana cruzando la ventana en diagonal.—Necesito encontrar algo —dijo Saelreth—. Algo que tú no me puedes dar. Todavía no sé qué es exactamente. Pero debo ir a buscarlo.Arkavel lo miró. Y algo en su cara cambió levemente — no con tristeza, sino con el reconocimiento de quien escucha una frase que ya escuchó antes, en otra boca, en otro tiempo que el hilo ya no alcanza a conectar pero que existe en algún lugar más profundo que la memoria.—Tu tío —dijo de repente.Saelreth esperó.—Tu tío sabía escuchar —dijo Arkavel—. Antes de que yo supiera que había algo que escuchar, él ya lo había oído.No era exactamente un consejo. Era algo que había sobrevivido al olvido porque estaba grabado en un lugar más hondo que los recuerdos ordinarios.—Lo sé —dijo Saelreth.Arkavel lo miró de nuevo. Con más foco, como si esa respuesta lo hubiera traído de vuelta por un momento.—Llevas los dos —dijo. Mirando los colgantes bajo la ropa de Saelreth con una certeza que no necesitaba verlos para existir.—Sí.Arkavel asintió. Y algo en su cara se relajó, como quien confirma lo que necesitaba confirmar antes de soltar.—Bien —dijo.* * *Mareth lo acompañó hasta la puerta.Era su manera — no hasta el camino, no con palabras largas. Solo hasta el umbral.—¿Cuánto tiempo? —preguntó.—No lo sé.Mareth asintió. Sin resignación. Con la aceptación de quien lleva años sabiendo que algunas preguntas no tienen respuesta y ha aprendido que eso no las hace menos válidas.—Vuelve —dijo. Limpio y completo.—¿Tú estarás bien?Mareth lo miró con esa expresión que nunca había aprendido a distinguir del todo.—Yo siempre estoy bien —dijo—. Es lo mío.* * *Saelreth empezó a caminar.Detrás: la casa, el río que no se veía pero se escuchaba, Arkavel en su silla, Mareth en el umbral, la cabaña de Kaelen con su olor a madera de Sylvaris.Delante: el Camino Largo extendiéndose hacia el norte con la indiferencia antigua de los caminos que han visto partir a demasiada gente para sorprenderse todavía.El fragmento de cristal pesaba en el bolsillo.Algo que todavía no sabía qué era esperaba que lo encontrara.El río sonaba detrás, cada vez más lejos