prólogo
Pueblerino.
Hijo de padres estrictos. Pero un buen niño, correcto y amado por sus padres.
En el centro del pueblo, en una pequeña cabaña, vivía una pequeña familia. Una pareja, padre y madre, y su único hijo, su mayor orgullo, Jimin.
Jimin, un chico de pelo rubio, tez clara, una voz encantadora, como un ángel. Un chico puro y devoto a Dios, que todos los domingos iba a misa, donde ora junto a sus padres y proclama la palabra del señor.
Y pidiéndole a Dios, que los libere de todo mal…
Pidiendo que, por favor, los protegiese de aquello que lo atormentaba desde la oscuridad. De aquello que en las noches no lo dejaba dormir en paz por las noches. De aquella presencia que lo miraba en cualquier sitio sin importar en qué momento. Si bien Jimin nunca lo llegó a ver físicamente, lo sentía, sentía que había alguien en algún lugar, en la habitación mientras intentaba dormir, en las esquinas oscuras de la casa al atardecer, mientras se preparaba para ir a la iglesia, mientras oraba, en todo momento…
Había alguien ahí.
Al inicio Jimin pensaba que era solo una presencia maligna, un espíritu que quería hacerle imposible la vida sin ninguna razón.
Quien diría que esa entidad maligna sería el mismísimo diablo.
Jungkook, el mismísimo diablo y ser supremo del mal, se había enamorado de Jimin, un humano, un mortal, un ser tan puro, tan irreal… como un ángel.
Jungkook no podía enamorarse, era un error, él se dedicaba a hacerle la vida imposible a la gente, a que temieran por su presencia, no a enamorarse, no quería tener esos sentimientos, menos por un mortal que era tan angelical.
Pero no debemos olvidar que… El diablo también fue un ángel alguna vez…