La voz en la oscuridad
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Tenía 18 años y mi vida era normal... o eso creía.
Hasta que algo empezó a perseguirme en la oscuridad.
Corría sin parar. Algo extraño me estaba persiguiendo.
Entre jadeos, tratando de recuperar el aire, me detuve de golpe y miré hacia atrás.
Solo había oscuridad... y algo moviéndose entre ella.
Entré en pánico.
De repente, escuché una voz a lo lejos.
—¡No dejes que te encuentre!
Era la voz de una mujer. Miré a todos lados, pero no había nadie.
Solo esa voz repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
Entonces lo vi.
Una criatura oscura... no podía distinguir sus rasgos.
—Debes morir —dijo.
Mi cuerpo tembló al escuchar esas palabras.
La criatura se abalanzó hacia mí.
Grité y giré rápidamente buscando una salida.
Entonces vi una luz a lo lejos.
Corrí hacia ella sin pensarlo.
Cuando la toqué...
Una explosión de luz estalló a mi alrededor.
La oscuridad desapareció.
La criatura ya no estaba.
Respiré agitada, sin entender nada.
Y entonces volví a escuchar aquella voz.
—Tú eres la elegida.
Miré a todos lados, nerviosa.
—¿Quién eres? ¿Qué significa eso? —pregunté.
Pero no hubo respuesta.
Solo silencio.
De pronto, escuché un sonido lejano... como si algo me llamara.
Y entonces...
Desperté.
Abrí los ojos de golpe, con un grito ahogado.
Mi madre estaba sentada a mi lado, mirándome con el ceño fruncido.
—Ya es tarde, Lila. Debes ir a la escuela —dijo.
Parpadeé confundida.
Todo había sido un sueño... ¿o no?
Me levanté rápidamente.
—Ya voy, en diez minutos estoy lista.
—Bueno, te espero para desayunar —respondió ella.
Se quedó en silencio un momento.
Luego me miró con una expresión suave.
—Sabes que tu padre y yo siempre te hemos querido como si fueras nuestra hija. Siempre te hemos visto así. Y si algún día quieres saber más sobre ti... o irte... lo entenderemos. Siempre estaremos aquí para ti.
Me acerqué a ella y tomé su mano.
—Los quiero... perdón por lo de ayer.
Ella negó suavemente.
—No tienes que pedir perdón.
Salió de la habitación en silencio.
Elena y Luis eran mis padres adoptivos. Siempre estuvieron conmigo cuando más los necesité.
Hasta hace un día, pensaba que eran mis verdaderos padres.
Pero entonces me contaron la verdad.
Me habían adoptado cuando era muy pequeña.
Mi madre biológica me dejó en un orfanato junto a una carta... diciendo que me la entregaran cuando estuviera lista.
Desde entonces... no he sabido cómo sentirme.
Solo siento rabia, confusión... y un vacío extraño dentro de mí.
Miré la mesa junto a mi cama.
Ahí estaba la carta.
La miré en silencio.
Pero no la abrí.
Me vestí rápido para la escuela: botas negras, pantalón negro y sudadera.
Siempre me gustó vestir así, aunque nunca me sentí parte de ningún lugar.
Me detuve frente al espejo por un momento.
Mi cabello rojo intenso caía en ondas hasta mi cintura, imposible de ignorar incluso cuando intentaba pasar desapercibida.
Mis ojos, de un verde esmeralda profundo, parecían guardar preguntas que ni yo misma sabía responder.
Mi piel pálida contrastaba con mis labios naturalmente rojos, dándome un aspecto que siempre hacía que la gente me mirara más de lo que me gustaría.
Suspiré.
Tomé mi mochila y bajé las escaleras.
Elena y Luis ya estaban desayunando.
Me senté frente a la mesa intentando actuar con normalidad, pero algo no dejaba de inquietarme.
El sueño se sentía demasiado real.
Y mientras tomaba mi desayuno, no podía dejar de pensar en la carta que seguía sobre mi mesa...
Esperando a que finalmente me atreviera a abrirla.
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