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Tate no Yuusha: Solo Yo Puedo Castigarte.

Summary

Una pequeña historia Romántica en Tate no Yusha, entre la Reina Mirellia Q melromarc y su Esposo Aultcray melromarc. Si eres un Idiota que Shipea a la Mirelia con Naofumi... Lo mejor es que dejes esto y te vayas a leer ese NTR de mierda que tanto le meten a ese ship. Está historia solo podrá entenderla quien no solo se quedó con lo que se vio en el anime. Digo explícitamente que los Personajes que participan en esta Obra son Mayores de Edad.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 Solo Yo Puedo Castigarte Mi Eterno.

TÍTULO: SOLO YO PUEDO CASTIGARTE.

Mirellia Q. Melromarc x Aultcray Melromarc XXXII.

Ambientada tras el juicio de la familia Real por parte de Naofumi.

...

Las antorchas de la mazmorra real parpadeaban con luz anaranjada y proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra. El aire olía a piedra húmeda, hierro oxidado y el leve rastro de magia de contención que aún flotaba en las paredes. El pasillo estaba en silencio absoluto.

Mirellia Q. Melromarc avanzaba sola por el pasillo, la capa pesada cubriéndole los hombros. Los guardias se habían retirado a una distancia prudente; nadie se atrevía a escuchar lo que la reina iba a decir en privado.

Ella se detuvo frente a la celda más profunda.

Allí estaba él.

Aultcray Melromarc XXXII —antes rey, ahora solo “Trash” para el mundo— estaba sentado en el borde del camastro de piedra. , encadenado pero con la espalda recta. Había perdido peso. El cabello gris le caía desordenado sobre la frente, pero su espalda seguía recta y su mirada, aunque cansada, conservaba ese fuego orgulloso que conocía tan bien y que nunca había logrado doblegar del todo. Llevaba grilletes mágicos en las muñecas, lo justo para impedir que invocara el bastón vassallo, pero no lo suficiente para humillarlo físicamente.

Mirellia se quedó un momento en silencio, observándolo.

Ella habló primero, con voz baja pero clara, fría y firme que usaba en la sala del trono:

— Tienes suerte de que el Héroe del Escudo haya mostrado piedad. Si no… yo misma habría tenido que intervenir. Y no habría sido agradable para nadie.

Aultcray levantó la mirada y esbozó en sus labios una sonrisa amarga y cansada.

— Siempre has sido estricta, incluso con tu propia sangre. Eso no ha cambiado... pero aquí estás.

Mirellia dio un paso más cerca. Los barrotes los separaban, pero ninguno de los dos parecía sentir la distancia. Mirandolo a los ojos respondió ella, bajando un poco la voz.

— Ninguna ley en este mundo borra y cambia el hecho de que son sangre de mi sangre… y que tú sigues siendo mi esposo. Mi eterno. Eso no lo cambia un decreto, ni la furia de un héroe, ni el escándalo de la corte.

Él soltó una risa corta y baja, casi como un gruñido amargo.

— Es bueno saber que al menos no cometiste ninguna locura por mí. Que ese chico del escudo no te obligó a… —se calló un segundo, y sus ojos se oscurecieron— inclinarte más de lo necesario.

Mirellia arqueó una ceja, entre divertida y ofendida. Luego frunció el ceño, pero su tono se suavizó ligeramente.

— ¿De verdad pensaste que me ofrecería a él como una cualquiera solo para salvarte? ¿Que me metería en su cama por “agradecimiento”? Me ofende que siquiera lo consideres, Aultcray. Soy la reina. No una mujer desesperada que cambia su cuerpo por favores.

Aultcray apretó los puños dentro de los grilletes. Su voz bajó, cargada de una intensidad oscura:

— Me cegó el odio durante años, lo sé. Te fallé como esposo y como rey. Con todo lo que hice… con el odio que le tengo y el daño que le causé a él y a esa demi-humana… cualquiera esperaría que buscara venganza en la forma más sucia posible. Y Tu te pusiste en una posición vulnerable para pedir piedad por nosotros. Y yo no podía dejar de imaginar que ese idiota intentaría aprovecharse. Que tú… —tragó saliva— que tú aceptarías por el bien de la familia. Los celos son lo más primitivo que tiene un hombre, Mirellia. Y yo los conozco bien. Prefiero mil veces morir aquí, con la imagen de la mujer que amo intacta, digna y fuerte… a vivir sabiendo que te entregaste como una puta a ese chico por mi culpa.

El silencio que siguió fue pesado.

Mirellia lo miró fijamente. Luego, con lentitud, extendió una mano entre los barrotes y le acarició la mejilla con los dedos. Él cerró los ojos al contacto, como si llevara meses sin sentir algo cálido.

— Eres un tonto orgulloso —murmuró ella con suavidad, casi con cariño—. Un hijo de puta orgulloso. Te vi caer poco a poco: primero cuando segaste tu juicio por el odio a los demi-humanos, luego por dejar que Malty te manipulara, luego por convertirte en ese rey débil y vengativo que casi destruye todo lo que construimos juntos. Pero nunca fuiste un cobarde. Nunca fuiste de los que se tragan la humillación y sonríen.

Aultcray tomó su mano con las suyas encadenadas y la apretó contra su rostro.

— Si alguna vez... en la más mínima posibilidad... hubieras hecho algo así… si te hubieras entregado a él por mí… la parte más oscura de mí habría salido de esta celda aunque tuviera que prender fuego al reino entero. Te habría recuperado. Te habría castigado por zorra… o te habría secuestrado para que nunca volvieras a ver a ese escudo en tu vida. Porque eres mía, Mirellia. Lo fuiste cuando yo era el Cane Hero, cuando ganaba guerras con la mente y no solo con la fuerza. Lo fuiste cuando tú solo eras una princesa que me miraba como si fuera invencible. Y sigues siéndolo ahora, aunque ya no sea más que “Trash”.

Mirellia sonrió con suavidad, Fue una sonrisa pequeña, peligrosa, la misma que usaba cuando nadie más podía verla, una que solo él había visto en privado.

— La única que puede castigarte soy yo —dijo con un tono pícaro y posesivo que contrastaba con la frialdad regia de su rostro—. Nadie más. Ni el Héroe del Escudo, ni los nobles, ni las leyes. Solo yo decido cuánto duele y cuánto dura tu castigo.

Se acercó aún más a los barrotes, hasta que sus rostros quedaron a solo unos centímetros.

— Vas a quedarte aquí un tiempo —continuó ella, bajando la voz—. No voy a permitir que desperdicies lo que queda de tu fuerza. Sigues siendo un gran general, aunque ya no seas el rey sabio que una vez me robó el corazón. Te sacaré cuando sea el momento adecuado… y entonces te castigaré como mereces. A mi manera. Lenta. Personal.

Aultcray soltó una risa ronca, casi aliviada.

— Hazlo. Prefiero tus castigos a cualquier piedad falsa. Porque vienen de ti. Porque siguen siendo tuyos.

Mirellia lo miró en silencio unos segundos más. Luego, con una ternura que rara vez mostraba en público, susurró:

— Te he echado de menos, esposo mío. Aunque estés hecho un desastre… sigues siendo el hombre que elegí.

— Y tú sigues siendo la única reina que he amado —respondió él, la voz temblando ligeramente—. No lo olvides nunca.

Ella retiró la mano con lentitud, pero antes de apartarse del todo, se inclinó hacia los barrotes. Aultcray se levantó y se acercó también.

Mirellia presionó sus labios contra los de él en un beso lento, profundo y lleno de años compartidos. No fue un beso apasionado de amantes jóvenes; fue el beso de una reina y su esposo caído: firme, posesivo, cargado de reproche, perdón y lealtad inquebrantable.

Cuando se separaron, ella apoyó su frente contra la de él un instante.

— Descansa, mi esposo —susurró—. El reino aún te necesita… aunque sea desde las sombras. Y yo sigo aquí. Eso no lo cambia nadie.

Se dio la vuelta, la capa ondeando tras ella, y comenzó a caminar por el pasillo sin mirar atrás.

Desde la celda, antes de desaparecer por el pasillo, la voz ronca baja y posesiva de Aultcray la alcanzó una última vez:

— No olvides que sigo siendo el hombre que te amó cuando eras solo una princesa y yo un soldado lleno de odio. Ese hombre no ha muerto del todo.

Mirellia no se giró ni se detuvo. Pero sus labios se curvaron en una sonrisa para si misma que nadie más vería jamás.

— Lo sé —murmuró en voz baja, solo para ella—. Por eso sigues vivo.

Y desapareció en la oscuridad del pasillo, dejando atrás al que había sido su rey, su héroe caído y al que a pesar de todo, seguía siendo su eterno esposo.

Porque, al final, solo ella podía castigarlo.

FIN.

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