Prólogo
El pasado cambia lo que somos. A veces congela el corazón y lo vuelve frío, sin emociones, como el hielo vivo. No es el tiempo quien lo hace, sino los hechos y los secretos que se esconden detrás de tragedias disfrazadas de accidentes.
Esa fue la tragedia de Wesley. La noche en que perdió a sus padres, también perdió la capacidad de sentir. El dolor lo volvió distante, inmune a todo, excepto a su familia: sus tíos, que lo acogieron desde los diez años, y sus primos, que se convirtieron en su única razón para seguir adelante.
Con ellos aprendió a sobrevivir, no a sentir. Su corazón quedó atrapado en fragmentos helados de aquella escena que regresan sin aviso, una y otra vez. Wesley creyó que ese frío lo protegería para siempre.
Pero incluso el hielo puede agrietarse.
Ella apareció como una sonrisa cálida, capaz de romper lo que parecía irrompible, de despertar recuerdos que el frío no había logrado borrar.
El pasado, sin embargo, no olvida. Los secretos emergen, sellando de nuevo las grietas que una caricia logró abrir. No todo puede perdonarse. A veces, amar también implica enfrentar verdades que duelen, especialmente cuando provienen de quien más se confió.
¿Puede el hielo romperse por completo?
¿Puede alguien que no sea su familia entrar en un corazón congelado y darle calor?
¿Puede perdonarse una confesión cuando la verdad está manchada de sangre y silencio?
Las respuestas no llegan de inmediato.
El tiempo será quien decida qué se derrite… y qué queda congelado para siempre.