EL HEREDERO DE EL VACIO

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Summary

En un mundo donde los muertos no viven ni mueren, dos hermanos nacen siendo diferentes a todo lo demás. Lía posee una luz que no debería existir, mientras que Leo carga con una oscuridad que comienza a despertar dentro de él. Cuando un poder antiguo lo conecta con el vacío, Leo se ve arrastrado a una transformación que amenaza con consumirlo todo. En medio de criaturas, batallas y un mundo que se rompe, deberá decidir si puede controlar lo que es… o si está destinado a destruir aquello que más ama.

Genre
Fantasy
Author
Samuel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El nacimiento de el vacío

Ellos nacieron en la Tierra de los Muertos, un lugar donde todo parecía vacío, pero en realidad estaba lleno de ecos invisibles que no se podían ver, pero sí sentir.

El viento que atravesaba las montañas grises no solo movía ceniza, sino que arrastraba voces antiguas que se mezclaban con el sonido del suelo agrietado, formando una música que nadie había compuesto, pero que todos reconocían como parte de sí mismos.

Los ríos no eran de agua, sino de polvo y fragmentos de huesos que, al moverse, producían vibraciones profundas, como si debajo de la tierra existiera un corazón enorme latiendo lento y cansado.

Las cavernas ocultaban sombras que no siempre correspondían a lo que las proyectaba, y a veces esas sombras caminaban por su cuenta, repitiendo gestos de vidas que ya no existían.

Los habitantes de ese mundo no vivían ni morían: simplemente permanecían.

Algunos recordaban quiénes habían sido; otros no recordaban nada.

Algunos conservaban su forma; otros eran apenas siluetas incompletas.

Pero todos compartían una sensación constante de espera, como si algo fuera a ocurrir, aunque nadie sabía qué ni cuándo.

En ese lugar nacieron Leo y Lía, y desde el primer momento el aire cambió ligeramente, como si el mundo hubiera notado su llegada.

Leo abrió los ojos por primera vez, y estos eran demasiado grandes, demasiado profundos, demasiado atentos, como si no solo miraran lo visible, sino también aquello que estaba escondido detrás de todo.

Lía, en cambio, abrió los suyos rodeada de una luz suave que no pertenecía a ese mundo, y sus alas de cristal vibraron por primera vez, iluminando el espacio a su alrededor, como si trajera consigo un recuerdo de algo que allí ya no existía.

Crecieron juntos en un equilibrio extraño.

Leo, siempre en silencio, observando, absorbiendo cada detalle, cada movimiento, cada sombra que parecía comportarse de forma distinta a las demás.

Mientras tanto, Lía llenaba el espacio con su presencia, con su luz, con su forma de hablar, de moverse, de existir, como si fuera un contraste constante frente a su hermano.

El tiempo en la Tierra de los Muertos no se medía igual que en otros mundos, pero aun así hubo momentos que marcaron sus vidas.

Uno de ellos fue el día en que recibieron a sus guías.

Yuky apareció como una figura blanca imposible de ignorar, dejando un rastro de luz que hacía que incluso los más antiguos voltearan a mirar.

Valquiria, en cambio, emergió desde la oscuridad absoluta, sin hacer ruido, como si siempre hubiera estado allí, esperando el momento exacto para mostrarse.

Cuando eligió a Leo, no hubo duda, no hubo miedo, solo una conexión inmediata, como si ambos compartieran la misma esencia desde antes de existir.

Pero el verdadero cambio llegó con la caja negra.

Aquella caja no estaba destinada a ser encontrada, y sin embargo Leo la encontró, como si hubiera sido guiado hasta ella.

Cuando abrió la tapa, el tiempo pareció detenerse.

El cuarzo oscuro no reflejaba la luz: la absorbía.

Y cuando sus dedos lo tocaron, sintió algo que nunca había sentido antes.

No era miedo.

No era dolor.

Era reconocimiento… como si una parte de él despertara al contacto.

Desde ese momento, el mundo empezó a cambiar lentamente.

Pequeñas cosas al inicio: sombras que no coincidían, sonidos que no tenían origen, sensaciones de ser observado incluso cuando estaba completamente solo.

El campamento fue el siguiente paso.

Allí el aire era más denso, más pesado, como si el suelo escondiera algo antiguo.

Leo no podía dormir.

El collar latía con fuerza creciente, hasta que una noche lo obligó a levantarse y caminar sin rumbo, hasta llegar al claro donde la ceniza formaba patrones circulares, como si alguien hubiera estado allí mucho antes preparando ese lugar.

Y entonces la vio.

Natalya.

No como una aparición, sino como una presencia real, tangible, pero imposible de explicar.

Su parecido con Lía era evidente, pero al mismo tiempo había algo en ella que no encajaba… algo más profundo, más oscuro, más cercano a lo que Leo sentía dentro de sí.

Cuando se acercaron, no hubo palabras necesarias.

El collar reaccionó, como si hubiera encontrado lo que buscaba.

Y la transformación comenzó.

Sus cuerpos dejaron de obedecer a su forma original.

Los huesos se estiraron, la piel se oscureció, las manos se convirtieron en garras, y sus rostros se alargaron hasta convertirse en algo intermedio entre humano y bestia.

Dos criaturas que no pertenecían completamente a ningún mundo.

Pero lo más importante no fue la transformación.

Fue la conexión.

Una conexión que no era de mente ni de palabra, sino de esencia… como si ambos fueran fragmentos de algo más grande que se había dividido y ahora se reconocía.

Cuando Lía llegó y rompió ese momento con su luz, algo se interrumpió… pero no desapareció.

Solo quedó latente.

Esperando.Después vino la ceremonia.

La marca Emblem no fue solo un símbolo; fue una confirmación.

Cuando el fuego verde apareció en la piel de Leo, todos sintieron que algo no estaba bien, que ese color no pertenecía a ese mundo, que aquello no era una bendición… sino una señal.

Y después de eso, ya no hubo vuelta atrás.

Katabasis no fue solo un lugar.

Fue una revelación.

Pero eso era apenas el comienzo.

Katabasis no fue solo un lugar, fue una ruptura en todo lo que los hermanos creían conocer, porque al atravesar el portal sintieron que algo en ellos cambiaba, como si ese mundo no fuera ajeno, sino una extensión de algo que ya existía dentro de Leo.

El aire era más denso que en cualquier otro sitio.

Cada respiración quemaba lentamente.

El suelo no era firme: parecía moverse, como si estuviera vivo bajo sus pies.

Las montañas estaban partidas en fragmentos imposibles, flotando en el aire como restos de algo que había sido destruido hace demasiado tiempo.

Y los ríos no fluían… caían hacia arriba, como si las leyes mismas del mundo estuvieran rotas.

Lía sintió de inmediato que su luz no se expandía igual.

Yuky se mantenía cerca de ella, pero su brillo era más débil, como si algo intentara apagarlo poco a poco.

Valquiria, en cambio, parecía más fuerte, más conectada con ese lugar, como si entendiera mejor su naturaleza.

Leo caminaba en silencio, pero dentro de él el collar latía con una intensidad que ya no podía ignorar.

Cada paso lo acercaba a algo que lo llamaba.

Fue entonces cuando apareció Natalya.

No como en el campamento, no como una figura lejana, sino completamente presente, caminando entre las sombras como si perteneciera a ese mundo.

Su mirada era firme, tranquila… pero profunda.

Cuando sus ojos se cruzaron con los de Leo, no hubo sorpresa ni duda.

Solo reconocimiento.

Ella no preguntó cómo había llegado allí ni por qué.

Simplemente caminó a su lado, como si ese siempre hubiera sido su lugar.

Lía la observó con atención, y aunque no dijo nada, sintió que algo no encajaba del todo.

No era odio ni rechazo… era una sensación extraña, como si Natalya estuviera conectada a algo que ella no podía ver.

Yuky la miraba en silencio.

Valquiria no mostraba hostilidad.

Lo que solo hacía todo más confuso.

Mientras avanzaban, el paisaje comenzó a cambiar.

Las sombras se hicieron más densas.

Las voces, más claras.

Susurros que repetían nombres, palabras rotas, fragmentos de recuerdos que no pertenecían a ninguno de ellos.

Hasta que finalmente llegaron al valle donde todo terminaba… y comenzaba al mismo tiempo.

Allí estaba el mago.

Pero esta vez… no estaba solo.

Detrás de él se extendía un ejército aún más grande, más deforme, más vivo en su propia muerte.

Criaturas sin forma fija, que cambiaban mientras se movían.

Huesos que se unían y separaban.

Sombras que tomaban cuerpos… y los perdían en segundos.

Y en el centro de todo, el mago sonreía, como si ya supiera el final.

La batalla comenzó sin aviso.

Lía se elevó en el aire.

Su luz explotó como una estrella en medio de la oscuridad.

Yuky se movía con velocidad, dejando estelas de brillo que cortaban a las criaturas.

Valquiria se lanzó directamente contra los monstruos, desgarrándolos sin detenerse.

Leo y Natalya se miraron por un instante…

y sin necesidad de palabras, entendieron lo que debían hacer.

El collar reaccionó.

La transformación volvió, pero esta vez fue distinta.

No fue descontrolada.

No fue repentina.

Fue compartida.

Leo y Natalya cambiaron al mismo tiempo.

Sus cuerpos se deformaron, pero mantuvieron una sincronía perfecta.

Dos criaturas oscuras… pero conectadas.

Moviéndose como si fueran una sola conciencia.

Atacando, destruyendo, avanzando entre el caos con una precisión que ningún otro podía igualar.

Pero el enemigo no era débil.

Las criaturas no dejaban de surgir.

Cada vez que caían, más aparecían, como si el mundo mismo las estuviera creando para detenerlos.

Y en medio de ese caos… el mago levantó la mano.

El aire se rompió.

Un rayo de oscuridad atravesó el campo de batalla, directo hacia Lía.

El impacto fue inmediato.

Su luz se fragmentó como cristal cayendo desde el cielo.

Su cuerpo golpeó el suelo con fuerza.

Y por primera vez… el silencio apareció en medio del caos.

Yuky corrió hacia ella, pero su brillo era inestable.

Valquiria se detuvo por un instante.

Y Leo sintió algo romperse dentro de él.

No fue solo ira.

Fue miedo.

Miedo real.

Y eso lo cambió todo.

La transformación dejó de ser controlada.

Su cuerpo creció más de lo que había crecido antes.

Sus garras se alargaron.

Su forma se volvió más monstruosa, más inestable, más peligrosa.

Pero esta vez, Natalya no retrocedió.

Ella también cambió.

Se hizo más grande, más sólida, más firme.

Y se acercó a él… no para detenerlo, sino para sostenerlo.

En medio de esa oscuridad, ambos se encontraron.

No como humanos.

No como bestias.

Sino como algo intermedio.

Algo nuevo.

Y juntos avanzaron.

El suelo se quebraba con cada paso.

Las criaturas eran destruidas sin poder acercarse.

El aire mismo parecía apartarse de ellos… mientras se abrían camino directo hacia el mago.

El combate final no fue rápido.

Fue brutal.

Golpe tras golpe.

Ataque tras ataque.

El mago respondía con una fuerza que parecía infinita: sombras que se convertían en armas, fragmentos del mundo que se lanzaban contra ellos.

Pero Leo y Natalya no retrocedían.

Cada herida, cada golpe… solo los hacía avanzar más.

Hasta que llegó el momento.

Leo sintió la voz del collar más clara que nunca, ofreciéndole más poder, más fuerza, más control… pero también más oscuridad.

Y por primera vez… no dudó.

Aceptó.

Pero no lo hizo solo.

Natalya estuvo con él.

Y ese equilibrio… fue lo que cambió todo.

El ataque final no fue solo fuerza.

Fue conexión.

Fue unión.

Fue la combinación de dos voluntades que se negaban a desaparecer.

La energía explotó, atravesando al mago, rompiéndolo desde dentro… haciendo que todo el valle se fragmentara.

Katabasis comenzó a caer.

El cielo se abrió.

Las montañas se deshicieron.

Las sombras gritaron mientras desaparecían.

Leo volvió a su forma humana…

y lo primero que hizo fue correr hacia Lía.

Ella estaba viva.

Débil.

Pero viva.

Su luz era tenue, casi inexistente… pero aún estaba allí.

Yuky se acurrucó junto a ella.

Valquiria se acercó en silencio.

Natalya observó desde atrás, sin decir nada.

Escaparon.

Por poco.

Y cuando regresaron, la aldea celebró.

Pero nada… era igual.

Porque Leo sabía…

que ya no podía quedarse.

Pasaron días en silencio.

Lía se recuperaba lentamente, pero su luz nunca volvió a ser la misma.

Y cada vez que Leo la miraba… sentía culpa.

Natalya permanecía cerca, sin presionar, sin exigir… solo estando allí.

Y en ese silencio… nació algo que ninguno de los dos necesitaba explicar.

Una noche, Leo entendió todo.

Si se quedaba… iba a destruirlo todo.

Si perdía el control… Lía no sobreviviría otra vez.

Y entonces decidió irse.

Sin despedidas.

Sin ruido.

Solo una última mirada…

A Lía.

A su hogar.

A todo.

Y se perdió en la oscuridad, acompañado por Valquiria.

Natalya lo siguió.

No porque se lo pidiera…

sino porque ya había decidido.

Y en algún lugar, lejos de todo, donde la luz no llegaba… dos figuras caminaban juntas, sabiendo que lo que llevaban dentro aún no había terminado de despertar.

Y que, algún día…

todo volvería a comenzar.