El Codice Del Primer Testigo

All Rights Reserved ©

Summary

En una ciudad victoriana donde la niebla cubre las agujas de las catedrales y las sombras parecen susurrar entre callejones de piedra, el brillante erudito Lucien Moreau descubre un libro que jamás debió existir: un códice sin autor, sin origen y escrito en una lengua que cambia cuando nadie observa. Al abrir sus páginas, desata una verdad enterrada durante siglos… y atrae la mirada de algo antiguo que habita más allá de la comprensión humana. Mientras sociedades secretas, inquisidores y figuras ocultas emergen de las sombras para reclamar el libro, Lucien es arrastrado hacia una guerra silenciosa entre la fe, la locura y lo divino. Cada secreto que descubre fractura más su mente, y cada página que lee lo acerca a una revelación capaz de destruir su humanidad para siempre. Pero algunas verdades no fueron ocultadas para protegerlas… sino para proteger al mundo de quienes se atreven a buscarlas. Una fantasía gótica de horror cósmico, obsesión y conocimiento prohibido, donde mirar demasiado profundo significa perderlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo


La Primera Advertencia

Año 1423 del Calendario Imperial, bajo las montañas negras de Drahm-Val. La piedra gimió como una bestia moribunda cuando el último sello cedió, un estruendo seco recorrió el túnel mientras la enorme puerta de roca se abría apenas unos centímetros, expulsando de su interior una ráfaga de aire tan antiguo que olía a polvo muerto, humedad petrificada y algo más… algo metálico, espeso, como sangre seca olvidada por siglos.

Nadie habló, los seis hombres permanecieron inmóviles bajo la luz temblorosa de sus antorchas, observando la oscuridad que se extendía al otro lado del umbral como la boca abierta de un dios enterrado.

El primero en avanzar fue el Padre Aldric, anciano, encorvado, cubierto en túnicas blancas marcadas con el sello de la Iglesia de la Luz Silente, levantó su antorcha con manos huesudas mientras sus labios murmuraban oraciones apenas audibles. Detrás de él avanzaban tres inquisidores armados, un escriba tembloroso y un joven monje cuyos ojos reflejaban un miedo que todavía no sabía nombrar.

Habían viajado tres meses siguiendo mapas fragmentados y escrituras prohibidas, cruzado pueblos donde los ancianos escupían al suelo al escuchar el nombre de aquellas ruinas, enterrado hombres en el camino, y todo por una sola razón: Encontrar el objeto sellado bajo la montaña.

La cámara interior era inmensa, más grande de lo que la lógica permitía. Las paredes no parecían talladas, sino fundidas de una sola pieza de roca negra pulida, cubierta de símbolos tan antiguos que ninguna lengua viva podía reclamarlos. El techo desaparecía en sombras infinitas sobre sus cabezas, y el aire mismo parecía más pesado allí dentro, como si respirar exigiera un esfuerzo antinatural.

En el centro de la sala, sobre un pedestal de mármol blanco agrietado, yacía un único objeto, un libro. Silencio absoluto cayó sobre el grupo el joven monje tragó saliva.

—Por el Santo Trono… —susurró.

No había cadenas sujetándolo, no había trampas visibles, no guardianes. Solo aquel libro, descansando en perfecta quietud como si hubiera esperado pacientemente durante siglos. La cubierta era negra como el vacío entre estrellas. No reflejaba la luz, la absorbía,el Padre Aldric avanzó lentamente hacia él, cada paso resonó demasiado fuerte, demasiado hueco.

Algo en aquella cámara hacía eco de manera incorrecta, como si el sonido se doblara sobre sí mismo.

—No lo toque, padre… —murmuró uno de los inquisidores.

Pero Aldric no respondió, sus ojos permanecían fijos en el objeto, hipnotizados. Cuando finalmente extendió la mano, el joven monje notó que estaba temblando. Los dedos del anciano rozaron la cubierta, y toda la cámara vibró, no violentamente, solo un leve estremecimiento. Como el pulso de algo dormido, todos retrocedieron, todos excepto Aldric, con respiración agitada, el anciano levantó el libro del pedestal. Pesaba demasiado, podía verse en el esfuerzo de sus brazos, como si cargara algo mucho más denso que papel y cuero, sus labios se separaron apenas.

—Dios misericordioso… —susurró.

El libro se abrió solo, las páginas comenzaron a pasar, una, otra, luego otra, a su vez más rápido, más rápido, más rápido... hasta detenerse bruscamente. La cámara quedó en silencio, Aldric observó la página abierta, todos esperaron, sus ojos recorrieron apenas dos líneas, entonces su rostro se quebró. Primero cayó una lágrima, luego otra, luego comenzó a sollozar, un llanto profundo, doloroso. Como si acabara de contemplar la suma de toda tragedia humana, el joven monje dio un paso adelante.

—¿Padre…?

Aldric dejó escapar un gemido roto, sus rodillas cedieron, luego empezó a reír, una risa aguda, descompuesta, inhumana, todos retrocedieron horrorizados.

—¡Padre Aldric! —gritó uno de los inquisidores.

Pero el anciano ya no escuchaba, sus ojos estaban abiertos de par en par, desbordando lágrimas mientras su risa se convertía en chillidos histéricos.

—¡No, no, no, no! —gritaba entre carcajadas—. ¡No fuimos hechos para saber! ¡NO FUIMOS HECHOS PARA SABER!

Y entonces, este hundió ambos pulgares en sus propios ojos, el sonido húmedo fue insoportable, el joven monje vomitó de inmediato. La sangre brotó entre los dedos del anciano mientras seguía riendo, arrancándose los globos oculares con un alarido animal.

—¡CIÉRRENLO! —rugió uno de los inquisidores.

Pero era tarde, las paredes comenzaron a temblar, los símbolos grabados en la roca se iluminaron con una luz dorada enfermiza. Grietas atravesaron el techo, el suelo se partió, la montaña rugió.

—¡CORRAN!

Todos huyeron hacia la salida mientras la cámara colapsaba detrás de ellos. Roca, fuego y polvo devoraron el santuario en segundos, el último inquisidor alcanzó el túnel justo antes de que la entrada se derrumbara por completo con un estruendo ensordecedor.

Silencio...solo jadeos..solo polvo...solo horror. El joven monje, cubierto en ceniza y lágrimas, cayó de rodillas mirando la montaña sellada una vez más, su voz temblaba cuando habló:

—¿Qué… qué era eso…?

El inquisidor sobreviviente observó la oscuridad del túnel derrumbado, pálido, temblando, y respondió con una voz apenas más fuerte que un susurro:

—Aquello no era un libro.

Miró sus propias manos como si todavía sintiera el peso de aquella presencia. Y entonces dijo las palabras que ningún hombre presente olvidaría jamás:

Aquello no era tinta...era algo escribiendo de regreso.