EL ÚLTIMO REQUIEM

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Summary

La historia de El último réquiem se desarrolla en una ciudad gélida y decadente, centrada en la figura de Oswaldo (Waldo), que vive en la miseria absoluta en el Puerto Abandonado. Waldo es el "antagonista de su propia vida", un paria consumido por la culpa de haber traicionado a su mejor amigo, Wenceslao, un prodigio musical conocido como "El Gato Violinista". Años atrás, movido por la envidia, Waldo robó las partituras de la obra maestra de Wenceslao, lo encerró para suplantarlo en su debut en el prestigioso Teatro de Cristal y saboteó su carrera introduciéndolo en vicios que lo destruyeron. Sin embargo, el fraude de Waldo fue descubierto rápidamente al ser incapaz de replicar el genio de su amigo, lo que lo condenó al ostracismo. La trama se reactiva cuando Waldo recibe una misteriosa carta con el sello de Wenceslao, convocándolo a un "duelo de almas" en el foso de la orquesta del Teatro de Cristal a la medianoche.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

El espectro del impermeable amarillo

El viento invernal aullaba como una bestia desollada entre los esqueletos de metal oxidado del Puerto Abandonado. Era el *Mes de la Escarcha*, esa época del año en la que la ciudad entera parecía encogerse sobre sí misma, congelada bajo un cielo perpetuamente gris que amenazaba con aplastarla. En los muelles podridos, donde el mar golpeaba con una furia gélida y oscura, la espuma salada se congelaba antes de tocar la madera astillada. Allí, entre el hedor a pescado muerto, brea y abandono, vivía Oswaldo. O, como prefería que lo llamaran los pocos mendigos que aún se atrevían a dirigirle la palabra: Waldo. Waldo emergió de las entrañas del *Albatros Negro* —un carguero encallado y destripado que llevaba décadas pudriéndose en el dique seco, convertido ahora en su refugio— como un espectro conjurado por la miseria. Su figura encorvada se recortó contra la niebla matutina. Llevaba puesto su infame impermeable amarillo. Hubo un tiempo, muchos años atrás, en que aquella prenda había sido de un color brillante, casi alegre, un escudo contra las tormentas del mundo. Ahora, el impermeable era un lienzo de su propia decadencia: estaba sucio, cubierto de manchas de grasa de motor, salitre y barro petrificado; la manga izquierda colgaba desgarrada casi hasta el codo, y el bajo estaba deshilachado como si jaurías de perros rabiosos lo hubieran mordido. Se subió la capucha sobre la cabeza, ocultando un rostro surcado por arrugas prematuras, una barba rala y unos ojos inyectados en sangre que huían de la luz. Waldo tosió, un sonido áspero y húmedo que resonó en el vacío del Puerto Abandonado, y comenzó a caminar. Cada paso que daba era un testimonio de su penitencia. Waldo no era simplemente un paria marginado por una sociedad cruel; él era el arquitecto de su propia ruina. Era el antagonista indiscutible de su propia vida. Cada vez que el destino le había ofrecido una salida, una mano amiga o un rayo de esperanza, él se había encargado de sabotearlo con una precisión casi artística. Se alimentaba de su propia culpa, masticando los remordimientos como si fueran pedazos de vidrio, castigándose por pecados que el resto del mundo ya había olvidado, pero que él mantenía vivos en el altar de su memoria. El frío le mordía los tobillos expuestos y se colaba por las rasgaduras del impermeable amarillo, pero Waldo lo agradecía. El dolor físico era un sedante para el tormento de su mente. Dejó atrás las grúas oxidadas que se alzaban como dinosaurios muertos en la niebla y se adentró en las calles adoquinadas de la ciudad baja. A medida que avanzaba hacia el centro, el paisaje cambiaba. Los callejones estrechos y oscuros, llenos de basura congelada y gatos famélicos, dieron paso a avenidas más amplias. La nieve comenzaba a caer, copos gruesos y silenciosos que cubrían la mugre de la urbe bajo un manto de pureza inmerecida. Los pocos transeúntes que se atrevían a salir en aquella mañana de domingo, envueltos en gruesos abrigos de lana y bufandas, se apartaban instintivamente al verlo pasar. Waldo era una mancha amarilla y grotesca en medio de un lienzo blanco. Nadie lo miraba a los ojos; apartaban la vista con esa mezcla de asco y lástima que se reserva para los vagabundos incurables. Él bajaba la cabeza aún más, ocultándose en las sombras de su capucha, aceptando el desprecio como su justo salario. Su destino no era aleatorio. Había un magnetismo masoquista que lo arrastraba, año tras año, en el aniversario de la nevada más grande que la ciudad recordara, hacia el corazón del distrito histórico. Finalmente, tras una hora de caminata agónica, sus botas desgastadas pisaron los bordes de la *Plaza de la Candelaria*. Era un espacio vasto, flanqueado por edificios de arquitectura neogótica, con gárgolas que parecían llorar lágrimas de hielo. En el centro de la plaza, rodeada por un jardín de rosales marchitos y bancos de hierro forjado cubiertos de nieve, se alzaba el monumento. Waldo se detuvo a varias decenas de metros de distancia. Se refugió detrás del grueso tronco de un olmo desnudo, encogiéndose dentro de su impermeable roto. Desde allí, como un ladrón observando un tesoro que jamás podrá tocar, fijó la mirada en la estatua de bronce. La ciudad entera la había erigido hace cinco años. El bronce, castigado por la intemperie, había adquirido un tono verdoso, pero la figura seguía siendo imponente, capturada en un momento de éxtasis eterno. Representaba a un hombre delgado, de postura elegante, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un violín apoyado en la clavícula. El arco estaba suspendido en el aire, a punto de acariciar las cuerdas. Sobre el rostro de la estatua, inmortalizada en metal, descansaba una máscara veneciana con rasgos felinos. La placa de mármol en la base, que Waldo no necesitaba leer porque la tenía grabada a fuego en el interior de los párpados, rezaba: *"A Wenceslao, el Gato Violinista. Que tu música siga sonando en el silencio de nuestra ausencia"*. Wenceslao. El nombre resonó en la mente de Waldo y le provocó una punzada física en el pecho, más aguda que el viento polar. Wenceslao no era solo una leyenda urbana o un genio musical prematuramente arrebatado de este mundo. Wenceslao había sido el protagonista brillante de una historia que Waldo se había encargado de convertir en tragedia. Mientras observaba la estatua desde lejos, la nieve comenzó a arreciar, difuminando los contornos del bronce. Pero Waldo no veía el monumento; veía al hombre. Veía a Wenceslao vivo. La memoria lo asaltó sin piedad, arrastrándolo lejos de la gélida plaza y transportándolo a los pasillos cálidos y deslumbrantes del *Teatro de Cristal*. Aquel teatro era la joya arquitectónica de la ciudad, un coliseo construido enteramente con acero pulido y paneles de vidrio templado que permitían que la luz de las estrellas iluminara el escenario durante las funciones nocturnas. La acústica del lugar era tan perfecta que se decía que, si uno dejaba caer un alfiler en el centro del escenario, el sonido podía hacer llorar a los espectadores de la última fila. Waldo recordó la noche del debut. Él estaba allí, entre bambalinas. En aquel entonces, su impermeable amarillo era nuevo, un regalo del propio Wenceslao para protegerlo de la lluvia en sus caminatas nocturnas. Waldo era el afinador, el asistente, la sombra que vivía a expensas de la luz de su amigo. Wenceslao siempre había sido el prodigio. Desde niños, cuando tocaban en las calles por unas cuantas monedas, Wenceslao poseía una magia inherente. Sus dedos largos y pálidos no tocaban el violín; conversaban con él, le extraían secretos y lamentos que hacían que el mundo entero se detuviera a escuchar. El apodo de "El Gato Violinista" había nacido de su costumbre de usar aquella máscara felina en sus presentaciones callejeras para ocultar una timidez que lo paralizaba. Pero en el escenario del *Teatro de Cristal*, la máscara se había convertido en un símbolo de su grandeza. Waldo apretó los puños dentro de los bolsillos rotos de su impermeable. Recordó la ovación ensordecedora de aquella noche. Recordó a Wenceslao bajando del escenario, exhausto pero radiante, abrazándolo y diciéndole: *"Lo logramos, Waldo. Esta victoria es de los dos"*. Pero no lo era. Waldo lo sabía. La envidia es un veneno lento, incoloro e inodoro, que se filtra en las grietas de la inseguridad. Waldo, convencido de su propia inutilidad, incapaz de aceptar que alguien tan brillante pudiera amarlo como a un hermano sin exigirle nada a cambio, comenzó a cavar la tumba de ambos. Fue él quien introdujo a Wenceslao en los círculos oscuros. Fue él quien, en un intento enfermizo por rebajar al genio a su propio nivel de mediocridad, le presentó los vicios que eventualmente le destrozarían las manos, la mente y, finalmente, la vida. Wenceslao era un protagonista trágico porque su caída no fue fruto de su propia maldad, sino de su confianza ciega en la persona equivocada. Había caído intentando salvar a Waldo de sus propios demonios, sin darse cuenta de que Waldo era el demonio mismo. La noche en que el *Teatro de Cristal* cerró sus puertas tras el colapso público de Wenceslao, el cristal de la cúpula no fue lo único que se rompió. Un escalofrío violento sacudió el cuerpo del paria, devolviéndolo al presente. Estaba temblando incontrolablemente, pero no por el frío de la *Plaza de la Candelaria*. A lo lejos, un grupo de niños abrigados corrió hacia la estatua. Uno de ellos, riendo, le arrojó una bola de nieve al Gato Violinista, que impactó contra la máscara de bronce. Waldo sintió el impulso irracional de correr hacia ellos, de gritarles que mostraran respeto, de ahuyentarlos como un perro guardián rabioso. Pero sus pies permanecieron clavados en la nieve. ¿Quién era él para defender el honor de Wenceslao? Él, que lo había destruido. Él, que ahora no era más que basura flotando en la periferia de la sociedad, escondiéndose bajo una tela amarilla podrida. —Perdóname —susurró Waldo. Su voz era un graznido apenas audible, tragado instantáneamente por el viento—. O mejor aún... no lo hagas. No me perdones nunca. Era más fácil vivir con la condena que buscar la redención. La redención requería esfuerzo, requería perdonarse a uno mismo, y Waldo se negaba a concederse ese lujo. Su castigo debía ser eterno. Miró por última vez la estatua. La nieve ya había formado una pequeña corona blanca sobre la cabeza de bronce de Wenceslao. Parecía en paz. Una paz fría, inerte, pero paz al fin y al cabo. Waldo dio media vuelta. El Puerto Abandonado lo reclamaba. La oscuridad del casco oxidado del *Albatros Negro* era el único lugar al que pertenecía ahora. Mientras se alejaba de la plaza, arrastrando los pies sobre la nieve fresca, su figura se fue desdibujando en la tormenta blanca. El impermeable amarillo se perdió en la bruma, como una advertencia ignorada, como una luz de emergencia que parpadea y finalmente se apaga en medio de la nada. El réquiem de su vida había comenzado a sonar hacía mucho tiempo, pero hoy, bajo la sombra de la estatua de su mayor víctima, Waldo supo que se acercaba al último movimiento.