Memorias de Lucia-escena uno(1/2)
Los presentes en el juicio eran los ciudadanos sobrevivientes del incendio que había consumido la aldea. Rostros marcados por el humo, el dolor y la pérdida llenaban la gran sala del palacio. En el centro, custodiada por guardias armados, se encontraba Lucía, acusada de asesinato y de haber provocado la destrucción del pueblo.
El aire en la sala del trono sabía a incienso rancio y a la acidez del miedo sudado. El Juez no era solo un hombre; era una montaña de seda negra y resentimiento. Lucía sentía que las baldosas de plata, grabadas con runas que nadie ya sabía leer, eran como espejos que le devolvían una imagen distorsionada de su propia ruina. El mazo del juez golpeó la madera con el sonido seco de un hueso rompiéndose.
—Estás acusada de asesinato y de haber incendiado la aldea —dijo el juez con voz severa—. ¿Qué tienes que decir al respecto?
Lucía intentó hablar, pero el aire parecía faltarle. Aun así, reunió fuerzas.
—Yo no hice nada, mi señor… fue… fue ese… —su voz tembló, pero no se detuvo—. Fue un monstruo enorme.
—¡Es mentira! —gritó una mujer entre los presentes.
—¡Mi hijo murió por tu culpa! —se oyó otra voz desde el fondo, pero sus palabras se perdieron entre los gritos y protestas, inaudibles para cualquier oído humano.
—¡Silencio! ¡Orden en la sala! —exclamó el juez, golpeando con fuerza su mazo.
El murmullo cesó lentamente.
—Durante el incidente, tú fuiste la única sobreviviente consciente —continuó el juez—. Como castigo, hoy morirás en la hoguera.
—¡No! ¡Piedad! ¡Yo no hice nada! —suplicó Lucía, con lágrimas recorriendo su rostro.
Los soldados trenzaron la empuñadura de sus espadas; más de uno las desenvainó. Para muchos, era mejor acabar con todo allí mismo.
Entonces, un estruendo sacudió la sala.
Las puertas no se abrieron, se rindieron. El aire del exterior entró como un látigo de ceniza, y entonces llegó la cabeza. Rodó por el pasillo central, dejando un rastro de icor negro y espeso que arruinaba los grabados divinos del suelo.
Un silencio absoluto se apoderó del lugar.
Al frente caminaba un hombre de apariencia joven,mayor a 38 años,barba incluso pero no largs,simplemente poco volumen. Su cabello era de un tono rosado tenue, casi negro bajo la luz del salón. Vestía un atuendo de soldado, marcado por el desgaste de innumerables batallas,
Joshua no entró cabalgando un rayo; entró arrastrando los pies, con el traje de soldado oliendo a vino barato y a la sangre vieja que se queda pegada en los pliegues de las vendas. Tenía el ojo cerrado, pero el otro, ese azul de mar profundo, parecía juzgar a los presentes más que el propio Juez.incluso las vendas sucias y manchadas de sangre que vestían todo su brazo derecho,daban más protagonismo que el mismo caso en sí.
A su lado se encontraban sus aliados y estudiantes, Friodor y Alexandr.
Un murmullo recorrió la sala.
—Este hombre es…
Todos se quedaron viendolo como si mirarlo dependiera de su existencia.
Todos sorpdnediods ante su llegada
Nadie esperaba que venga ese legendario guerrero.
Otra mujer, con la voz apenas audible, se inclinó hacia su compañera:
Dicen que tomo una posima de inmortalidad
–¿Que?? Eso.. ..eso es imposible
–No para el,recordemos que el no lo detiene ni el mismo destino.
Todos murmuraban cosas sobre ese hombre
Era en ese momento el soldado de la A. U.C más destacados de todos.
—Imposible… —se dijo a sí mismo el juez.
El Joshua dio un paso al frente.
—Este coloso fue el verdadero culpable del asesinato —dijo con voz firme—. O mejor dicho…
La sala permanecía inmóvil.
—La segunda ley de Astron.
El juez palideció. Odiaba esas leyes impuestas por lo que él consideraba una maldición para la humanidad.
—Esperaba no volver a escuchar esa condenada ley… —murmuró para sí.
Lucía no podía creer lo que oía.
—¿Entonces… madre siempre tuvo la razón, verdad? —pensó, atónita.
—¿Qué haces aquí? Esta chica fue encontrada sola. No intentes defenderla, Joshua… o te mat—
Joshua lo interrumpió. Le tomó la cabeza con firmeza y, con una calma inquietante, se acercó hasta quedar frente a él. Su mirada no tenía furia: tenía certeza.
—Nosotros somos la verdadera ley —dijo Joshua.
Los presentes quedaron atónitos. El murmullo creció, mezclado con preguntas y temores.
—¿Quién es? —¿Todavía siguen en funcionamiento la A U.C?
Joshua sacó una botella de alcohol que tenía guardada cuando le agarra sed.esa era la ocasión
–Cómo maldigo la aniquilación universal de colosos….sus soldados elites son como tú hijo de perra–decia el jues enojado
Joshua Empezó a tomar bruscamente como un alcohólico inmundo.
Estubo algunos segundos pensativo,hasta que lanzó al suelo la botella de vidrio.chireandose todo el alcohol en el
—hay que asco este producto–se sacuio la lengua con sus propias manos
Miró al juez
–nunca compres la marca tougen compañy….es una calidad de mierda…
El juez estaba apretando su mazo y quejándose a regadientes.los demás serían lo mismo.
Joshua dio un paso más hacia la joven
—Hay cosas que no deberían despertarse —dijo con calma—. Y hay lugares que no deberían tocarse.
No explicó más.
No necesitaba hacerlo.
El juez apretó los dientes.no quería escuchar nada relacionado a esa estúpida ley manchada por el ser humano
—Aunque lo que dices sea cierto… esta chica cruzó la barrera. Desobedeció las normas del pueblo.
Joshua giró la cabeza levemente hacia Lucía.
Por primera vez sus miradas se encontraron.
Ella sintió que él no la veía como acusada.
La veía como consecuencia.
—¿Cruzaste la barrera? —preguntó él.
Lucía dudó.
Luego asintió.
Un leve suspiro escapó de Joshua.
No de decepción.
De confirmación.
-- .Entonces el juicio está mal planteado —dijo finalmente—. No deberían juzgarla por asesinato
Los presentes se quedaron protestando por la destrucción del pueblo.
Joshua sacó otra botella de alcohol.esta misma era de otra marca
Lucia no entendía nada de lo que estaba sucediendo,todo a su alrededor se transformó en una ilusión.ya no veía.imaginaba.estsab destruida de tal forma que ya no sabía que hacer…solo tenía un ultimo recuerdo para salir de todo eso….eo suicidio.
Lucia agarro una lanza de un soldado del juzgado y se apuntó el estómago,dudo unos segundos pero lo logró y se atravesó con la lanza,luego sacándolela,xhirreando toda su sangre ne el suelo
–que cadajos está pasando aqui–se quejaban.
Incluso el juez quedó atómicos ante la situación.
Lucia iba a perforar se el craneo,pero uno de los pupilos del legendario Joshua la detuvo,era Alexandr con tan solo 10 años,que en el futuro tendría un rol muy importante en este mundo….
La confusión, el miedo y la culpa superaron a Lucía.fue En un acto desesperado, se hirió ante la mirada horrorizada de todos y cayó al suelo, luchando por mantenerse consciente.la sangre de ella misma se desparció por la sala.
Alexandr reaccionó de inmediato y le quitó el arma de las manos.
—¿Qué demonios hiciste? —le gritó.
Lucía, con voz débil y entre lágrimas, logró hablar.
—Ella… ella tenía razón…
Todo el éxito retumbó de sus lamentos y confeciones.
Se giró hacia los presentes, llorando desconsoladamente.
—Ella tenía razón… de...todo y de esas... mierda de ley...
Su llanto se escuchaba muy aguda
--Si tan solo la hubiera escuchado…esa estúpida segunda ley de astron, Su muerte fue en vano por mi culpa. Yo… quiero confesarlo todo…
Era de día, y el aire del pueblo estaba impregnado de un suave aroma a manzanilla que podía sentirse a varias cuadras de distancia. Los jardines eran cuidados con devoción, pero eran aquellas flores blancas y amarillas las que realmente distinguían al lugar, balanceándose con calma bajo la luz del sol.
No era un detalle menor.
Josefina tenía las manos manchadas de harina y el rostro surcado por esas arrugas que solo la preocupación por una hija terca puede tallar. Lucía masticaba el bistec, sintiendo la fibra dura de la carne entre los dientes, ignorando que esa sería la última comida caliente de su vida. El mundo de afuera, el de los colosos y las Leyes de Astron, le parecía a Lucía una fantasía de viejas borrachas... hasta que el primer grito cortó el aire dulce del jardín.
Lucía siempre lo había odiado.
Le parecía un olor débil. Demasiado delicado para un mundo que, según ella, no tenía nada de mágico.
Aquella tarde, el sol caía recto sobre los jardines blancos y amarillos que rodeaban las casas. Desde la cocina, Josefina observaba a su hija comer con apuro.
Lucía comía con prisa, clavando el tenedor en un bistec aún humeante. Ignoraba —o prefería ignorar— los lamentos apagados de los animales que parecían resonar en aquel extraño alimento. No le importaba demasiado.
—Mastica —le dijo con suavidad.
Lucía no respondió. Clavó el tenedor en la carne y dio otro bocado.
El silencio entre ellas no era nuevo.
—Vas a salir otra vez —dijo su madre.
—Sí.
—No crucen la barrera.
Lucía cerró los ojos con fastidio.
—Otra vez con eso.
Josefina apoyó las manos en la mesa.
—No es un cuento.
—Es exactamente eso. Un cuento.
—Está bien —respondió su madre, Josefina, con una sonrisa cansada—. Ten cuidado.
Josefina era considerada la mujer más hermosa del pueblo. Si su esposo no hubiese muerto de cáncer, quizá habrían vivido una vida larga y tranquila juntos. Aunque, eso sí, ella nunca fue especialmente hábil en la cocina.
—Lo sé, ma —respondió Lucía con fastidio—. Déjame.
--. Y cuídate de esos titanes… ya sabes,sobre esa maldición llamada segunda ley
El sonido de un objeto rompiendo el aire cortó la frase.
Un vaso pasó rozando el rostro de Josefina y se estrelló contra la pared. Lucía lo había lanzado con furia.
—¿Cuántas veces te dije que eso no existe? —gritó—. ¡Son cuentos de hadas! Siempre jodiéndome con lo mismo.
Josefina la miró sorprendida y dolida.
—Sí existen —respondió con firmeza—. ¿O por qué crees que la mascota de tu vecina habla? Es la primera ley de Astron. La conciencia no es solo cosa de humanos.
—Sos insoportable —escupió Lucía.
—Pensalo —insistió su madre—. ¿Por qué los humanos serían los únicos con conciencia?
Lucía negó con la cabeza.
—Es obvio que el mundo no tiene todas las respuestas, pero eso no significa que existan esas fantasías,si el humano posee conciencia¿Porque los animales no tendrían ese mismo don?. No hay leyes, no hay titanes, no hay monstruos.
Se dirigió a la puerta, pero antes de irse se dio vuelta una última vez.
—Y si de verdad existieran esas leyes impuestas por ese estúpido mago…
se hizo una pausa donde agregó después de un largo tiempo
ojalá me maten. O que te maten a vos.
Cerró la puerta de un golpe seco.
Afuera, el sol de la tarde colgaba del cielo como un escudo de oro bruñido, brillando con una insolencia que hacía creer que nada malo podía ocurrir bajo su guardia. En los límites del pueblo, donde la hierba crece alta y salvaje, el grupo se reunió.
—Viniste, Lucía —dijo uno de ellos, con una sonrisa que pretendía ser de bienvenida pero ocultaba otras intenciones.
—Mi madre por fin me dejó —respondió ella, apartándose un mechón de pelo con fastidio—. Está loca, ve sombras en cada rincón de la casa.
Uno de los seis muchachos, queriendo impresionar, extendió la palma de su mano. Una piedra pequeña, gris y vulgar, se elevó del suelo. No fue un movimiento elegante; la piedra temblaba en el aire, sostenida por una voluntad invisible que hacía sudar al chico.
—Miren —dijo, con el pecho inflado de un orgullo estúpido—. Ya no necesito romperme la cabeza para mantenerla flotando.
—Eso es magia —afirmó otro, con la voz baja, casi en un susurro—. Dicen que fue el regalo de entidades que caminaron con nosotros cuando el mundo era joven. El más fuerte se hacía llamar Astron. Los viejos decían que eran monstruos.
Lucía soltó una carcajada seca, un sonido que cortó la mística del momento.
—Otra vez con los cuentos de cuna. No existen los monstruos, ni la magia, ni ese tal Astron. Son historias para que los niños no se alejen de las faldas de sus madres.
Llegaron frente a la Barrera. El aire allí no era aire; era una vibración densa que distorsionaba el horizonte, como el calor que sube del hierro candente. Era una pared de voluntad antigua que mantenía al pueblo en una burbuja de seguridad artificial.
—¿Ves eso, ignorante? —escupió uno de los chicos con desdén—. Esa pared es lo único que evita que los colosos nos pisen como a hormigas.
Señalaron a Lucio, el que siempre tenía la nariz metida en pergaminos que olían a humedad. El muchacho suspiró, mirando la barrera como si pudiera leer las runas invisibles que la formaban.
—Es una historia larga —comenzó Lucio, y su voz cambió, adquiriendo ese tono grave de quienes repiten una tragedia—. En el principio, los hombres no eran los dueños. Coexistían con seres imbuidos de una magia intrínseca. Los llamaban monstruos porque la belleza y el poder, cuando son excesivos, aterran a los mortales. Hubo tratados, hubo cosechas compartidas... pero el miedo es una enfermedad que se propaga más rápido que la peste.
Lucía puso los ojos en blanco, pero no se alejó.
—Los reyes humanos temieron el día en que esa magia los hiciera esclavos —continuó Lucio, tragando saliva—. La guerra no fue una elección, fue una carnicería. Al final, solo quedó él: Astron, el último de los Magos Mayores. Lo encadenaron, le arrancaron el poder, pero antes de que su corazón dejara de latir, lanzó un suspiro que se convirtió en tres nudos en la garganta del mundo. Tres Leyes.
El Credo de los Condenados
—La primera es la Ley Moral, el grito de la conciencia que nos recuerda que somos barro. La segunda... esa es la que debería quitarte el sueño, Lucía. La Ley Geológica.
Lucio señaló el suelo que pisaban con una intensidad febril.
—Los Titanes Colosos. Bestias de roca, magma y raíces que duermen bajo nuestros pies. El mundo es su cama, y nosotros somos las pulgas que saltan sobre ellos. La Ley de Astron selló su sueño: si la ambición humana o su ignorancia perturban sus santuarios, la tierra se abrirá. Los océanos cambiarán de sitio y los continentes se hundirán bajo el peso de su despertar.
—¿Y la tercera? —preguntó Lucía, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—La tercera es la Ley Bélica —dijo Lucio, bajando la voz hasta convertirla en un secreto sucio—. La magia convertida en arma. La sangre que se vuelve acero. La carne que olvida que es humana para convertirse en instrumento de muerte. Los Shandir y sus armas de Astron... ellos son los hijos de esa ley.
—Mentiras —insistió Lucía, aunque dio un paso atrás, alejándose de la vibración de la barrera—. Todo eso son cuentos para asustar borrachos.
—¡Es verdad! —intervino Julio, soltando una risotada para romper la tensión—. Incluso hay elixires mágicos. Unos para limpiar la ropa sin agua, otros para no tener que bañarse en todo un mes... ¡e incluso uno de pasión sexual!
—¡Qué rico el último! —gritó otro por detrás, y el grupo estalló en carcajadas groseras y empujones.
La solemnidad de Astron fue reemplazada por la vulgaridad de los vivos. Lucía los miró con asco, pensando en lo idiotas que eran sus amigos. Pero el frío seguía ahí, en su nuca.
Cruzar la barrera mágica fue el primer error. El segundo fue creer que, por no ver al monstruo, el monstruo no estaba allí esperando que alguien lo despertara. Pero lo que Lucía no sabía ,y lo que la historia olvidaría contar…..es que la Segunda Ley no fue despertada por su curiosidad... sino por la traición de quien caminaba a su lado.