NOCTURNE CODEX

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Summary

En una ciudad donde lo cotidiano comienza a resquebrajarse, hay cosas que simplemente dejan de tener explicación. Nocturne Codex sigue el rastro de eventos imposibles, donde la lógica falla y la realidad parece responder a algo que no debería existir. A medida que las piezas empiezan a encajar, una presencia invisible se vuelve imposible de ignorar… como si todo hubiera sido observado desde mucho antes. No es una historia sobre lo desconocido. Es sobre el momento en que lo desconocido empieza a mirarte de vuelta. Y cuando eso ocurre, ya no hay forma de salir ileso.

Genre
Horror
Author
Mikinus
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: Lo que se entrega

02:47 a.m.

La iglesia no estaba en silencio.

Nunca lo están.

Quien diga que estos lugares son tranquilos, es porque jamás ha estado en uno a esta hora. La madera crujía de vez en cuando, como si los bancos se quejaran del peso de los años. El viento se filtraba por grietas invisibles, creando silbidos que parecían susurros. La cera caía lenta... constante... marcando un tiempo que no debería existir.

Pero eso no era lo que se sentía mal.

El aire estaba pesado. No cargado, sinopresionado. Como si algo invisible estuviera empujando las paredes desde afuera.

Las velas no iluminaban;resistían. Las sombras, por el contrario, no se quedaban quietas.

Ella estaba de rodillas frente al altar. Pero no rezaba. Eso fue lo primero que no encajó. Sus manos estaban juntas, sí. Su cabeza estaba inclinada. También. Pero no había rastro de fe en su postura.

Había esfuerzo.Un esfuerzo agónico.

—No… —Su voz salió rota.

—No… —Se quebró en dos tonos diferentes, como si dos personas intentaran hablar a través de la misma garganta.

No estaba sola. Su cuerpo tembló de una forma antinatural. No como alguien que llora de frío o de pena, sino como alguien que está siendo empujado desde adentro.

—No puedo… —El silencio que siguió fue sepulcral—. No puedo sostenerlo más…

El aire se tensó hasta el punto de doler. Las velas reaccionaron todas al mismo tiempo, inclinando sus llamas hacia ella, como si una gravedad nueva las atrajera.

La mujer levantó la cabeza. Lento. Demasiado lento.

Sus ojos no estaban bien. No estaban muertos, pero tampoco le pertenecían.

—No es mío… —La voz ya no era solo suya. Tenía un eco metálico, antiguo.

Sus manos se separaron y, de la nada,el libro apareció.No cayó, no brotó del aire. Simplemente,estuvo.

NOCTURNE CODEX

La cubierta parecía absorber la poca luz que quedaba, como si el objeto mismo no quisiera ser visto por ojos humanos. La mujer lo sostuvo con desesperación, con el miedo de quien sostiene algo que quema la carne.

—Ya no soy yo…

Un susurro recorrió toda la iglesia. No venía de ella, venía de las paredes, del suelo, del aire mismo.

Mihailestaba frente a ella. No sabía cómo había llegado, ni en qué momento sus pies lo habían llevado hasta el altar. Pero ahí estaba.

—Tómalo… —No fue una voz física, peroMihailla escuchó retumbar en su cráneo.

La mujer extendió el libro con los brazos temblorosos.

—No lo sostengas… —Hizo una pausa que caló hondo en sus huesos—. …por mucho tiempo.

Mihaildudó. Sus instintos le gritaban que diera media vuelta y corriera hasta que sus pulmones estallaran. El aire se volvió aún más pesado y las velas comenzaron a apagarse una a una, devoradas por sombras que crecían como manchas de chapopote.

—Tómalo. —Esta vez sí fue la voz de la mujer. Humana. Suplicante.

Mihailextendió la mano.

Y cuando tocó el cuero del libro…algo lo tocó a él de vuelta.

No fue frío. No fue calor. Fue unreconocimiento.

El pulso se le disparó de inmediato. El libro pesaba una tonelada, pero no por su tamaño físico, sino por la densidad de lo que contenía. Secretos, gritos, siglos de oscuridad comprimidos en papel.

La mujer lo soltó. Por fin, pudo respirar.

—Gracias… —susurró ella, mientras su cuerpo se desplomaba, libre de la carga.

Y entonces, el aire cambió de dueño.

Ahora, la oscuridad de la iglesia lo estaba mirando a él. El Codex vibró entre sus manos. Las páginas se abrieron solas, movidas por una voluntad propia. La tinta empezó a brotar, dibujando formas que no deberían existir.

Mihaillo supo en ese instante. Esto no había terminado.

Acababa de empezar.