FUEGO INEXTINGUIBLE

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Summary

Mi magia no exige cánticos ni varitas. Exige carne. Llevo diez años contenida en una biblioteca subterránea, convertida en un parásito que sobrevive robando calor ajeno en la oscuridad. Si no sacio el vacío furioso entre mis piernas, mi cuerpo detona y calcina todo a mi alrededor. Pero la Inquisición de la Ceniza ha olido mi humo y el refugio se agota. Mi única salida es cruzar los Valles Muertos hacia el cráter negro donde nació esta maldición, antes de que el fuego me devore a mí... o a cualquiera que cometa el error de cruzarse en mi camino. Una historia de supervivencia visceral, magia oscura y una adicción que solo se apaga con fuego.

Genre
Fantasy/Erotica
Author
L L
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

HIERBA ARDIENTE



A los dieciocho años, el cuerpo es un territorio extraño. Pero en aquel final de verano, el mío se convirtió en un campo minado.

El aire en el jardín de Daric pesaba, sofocante, cargado de polvo y de una estática que te erizaba el vello. Estábamos forcejeando en el suelo, como hacíamos desde niños, buscando inmovilizarnos. Un juego estúpido de rodillas raspadas y asfixia. Sin embargo, algo bajo mi piel llevaba horas conspirando en mi contra. No era fiebre. Era un calor denso acumulado en el bajo vientre. El algodón del vestido me raspaba los pezones como papel de lija, y una humedad espesa y constante me resbalaba por los muslos. Me había lavado tres veces, convenciéndome a la fuerza de que era una infección pasajera.

Hasta que él me hizo caer.

Aterricé de espaldas contra la hierba áspera. Daric se montó a horcajadas sobre mí, jadeando de risa, aplastándome con su peso. Su rodilla se abrió paso entre mis piernas. El vaquero rústico de su pantalón rozó exactamente el punto donde se concentraba toda la maldita presión.

El impacto fue eléctrico. El sexo se me contrajo con una violencia que me arrancó el aliento. No hubo pensamiento racional; de pronto no era un juego, era hambre pura. Lo agarré de la camisa para no dejarlo escapar y arqueé las caderas. Necesitaba fricción, la dureza de su pierna contra mí. Cada roce me atravesaba como un alambre al rojo vivo.

—Selene, ¿estás bien? —murmuró.

No se apartó. Su respiración se rompió de golpe y sentí cómo su propia sorpresa se transformaba en una erección contra mi cadera.

Ese fue el detonante.

Me deshice en un espasmo repentino, agónico de tan intenso. Clavé las uñas en sus hombros y grité contra su cuello mientras el orgasmo me vaciaba, empapando mis bragas y ensuciando su ropa. En el pico de la convulsión, el aire crujió. Literalmente. Un arco de chispas azules, frías como el hielo, saltó de mis dedos. Un círculo de hierba a nuestro alrededor se marchitó al instante, desprendiendo un hilo de vapor gris.

Daric retrocedió a rastras, pálido, tropezando con sus propios pies.

—¿Qué mierda fue eso?

Me quedé en el suelo, temblando, con el vestido arrugado en la cintura. El aire olía a ozono y asexo malogrado. No tenía respuesta, solo el terror absoluto de comprender que aquel primer estallido no había sido un alivio. El monstruo estaba despierto. Y exigía más.