Carne

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Summary

Relato seleccionado (96/100) para una antología de terror hispanoamericano. Tras la muerte de su esposa, un hombre comienza a perderse entre recuerdos, sueños y una obsesión creciente por su cuerpo ausente. A medida que la realidad se fragmenta, el amor, la culpa y la putrefacción se entrelazan en un descenso donde nada vuelve a ser lo que era. © Noctara, 2026. Todos los derechos reservados.

Genre
Horror
Author
Noctara
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La carne después de la muerte

"Y, cuando visite tu tumba, solo huesos quedarán, debajo de la tierra húmeda, lo que una vez amé, se perderá."

...

La oscuridad se cierne como una sombra implacable sobre mí, oprimiendo cada respiración y llenando el aire de un miedo sordo que no me deja dormir. El temblor en mis manos y ese sudor frío en la nuca son la respuesta inconsciente ante el recuerdo de aquella noche, cuando todo cambió y la angustia se coló en cada esquina de mi vida. Mi esposa falleció hace tres días. Hace tres días que recibí una llamada anunciando su muerte. Mis sueños me atormentan, recordar que debí reconocer su cuerpo, caminar a la sala a paso lento, con mi traje manchado de café y mis lágrimas. Sospecho que su madre debe estar igual, ya que ella la encontró postrada en el suelo de la cocina. Y eso me consuela un poco, porque no soy el único volviéndome loco.

La sensación de vacío es abrumadora, a cada paso que doy los espacios vacíos murmuran su ausencia. El placer que alguna vez sentí se perdió, como el aroma de su café por la mañana o la melodía suave con la que solía despertarme. No he trabajado desde aquel día. Mi rutina cambió por completo: ahora paso los días consumido en la cama, rodeado de llamadas perdidas y comida podrida tras la puerta. Mi esposa murió hace 3 días y lo sé, porque, aunque no sepa que día es hoy, mis sueños no dejan de recordármelo.

He comenzado a tener pesadillas diarias, recuerdos de su cuerpo inerte, cuerpo que alguna vez tuvo vida. Sus manos arrugadas, las cuales que sostuvieron en los momentos más difíciles, limpiando mis lágrimas. Su cabello que olía a canela ahora un enredo negro y sus piernas que me sujetaban muy fuerte, moradas. Revivo el momento en el cual su cuerpo fue aprisionado dentro de la madera y enterrada bajo tierra. También sueño que está viva, despertamos juntos, nos alistamos juntos; me acaricia, me llama “amor”.

Despierto de esos sueños con gritos de desesperación que escucho por toda la casa, corro hacia los lamentos y me recibe el silencio, las paredes marchitas que oscurecen mi visión. No es mi madre, no es la suya. La casa grita o algo grita dentro.

Hace 6 días murió mi esposa y hoy tengo llamadas de mi trabajo pidiendo que me reporte, asignándome terapia. Ignoro los correos y las llamadas, ¿acaso ellos no saben qué es sufrir? No lo saben. No saben la desesperación en mi sentir. No dejo de pensar en su cuerpo pudriéndose, en su piel cayéndose, gusanos alimentándose de ella. Ampollas en su piel y su estómago hinchándose. Sueño con larvas comiendo mi piel, mi cuerpo convulsionado de pánico.

Mi madre llega de vez en cuando, acaricia mi cabeza, abre las cortinas, prepara mi comida; como, aunque lo vomite después. No logro olvidarme de sus intestinos esparcidos por la cama.

—Madre— Le digo una de las mañanas que me alimenta y acompaña. — No dejo de pensar en ella— Cierro los ojos con terror— Ese cuerpo que tanto amé y me dio su calor, con el que compartí, el que albergaba su voz… está pudriéndose. No lo soporto. No puedo hacerlo. — Lloro intensamente y siento náuseas.

—Cariño, no pienses en eso, no cariño. Ella está aquí contigo —Reniego con rabia y desespero a las palabras de mi madre—. No, madre. Ella no está en el cielo o aquí conmigo. Está allá bajo tierra, podrida y pestilente. — Mi madre limpia mis lágrimas hasta que dejo de llorar.

Me resulta imposible distinguir los días; el calendario dejó de tener sentido desde que ella se fue. No recuerdo lo que en la mañana hice cuando ya el sol se ha escondido. El tiempo transcurre como una niebla espesa, y cada minuto parece arrastrarse con el peso de su ausencia. A veces, me sorprendo revisando su bolso, buscando alguna nota o rastro de su perfume, como si aferrarme a pequeños detalles me ayudara a sobrevivir otro día.

No logro dormir un poco mejor, mi madre duerme en el cuarto de visitas y mi padre me envía notas. El agotamiento atenaza mis músculos, mi estómago se retuerce de dolor y, cada vez que sucumbo al sueño profundo, las pesadillas se transforman en visiones espeluznantes, cada vez más reales y crueles.

Despierto como siempre, acaricio a Moira un poco antes de levantarme a vestir, pero sus manos me sostienen muy fuerte.

—Amor, ¿a dónde vas? Quédate conmigo un poco más.

—No puedo, hemos dormido demasiado, también debes despertar dormilona — pongo mis pies en la madera fría sintiendo mi cabeza dilucidar más — Hoy será un día cansado, tengo reunión, pero al salir ¿Deseas ir a comer al restaurante de mariscos que te gusta?

Giro mi cuerpo hacia ella porque no me responde, su cuerpo rígido me recibe, sus ojos clavados en mí, inexpresivos, con una oscuridad que no reconozco.

—Te irás y me dejarás aquí, sola —su voz, ahora rota, resuena por toda la habitación como un eco.

—¿Qué... qué dices? —mi voz tiembla.

—Sí, me estas dejando, dejando, dejando…

—¿Qué estás diciendo? Estoy aquí, amor— Intento acercarme a ella, aunque sus ojos llenos de fuego me acechan.

—¡Sí! ¿No ves que mi cuerpo se pudre? ¡Mis manos ya no pueden sostenerse! —gritó, mientras su mandíbula se aflojaba. En ese instante, miré su cuerpo... era un cadáver. Mi cuerpo sufre una convulsión. Caigo de la cama asustado golpeando mi cabeza —Te llamé— dice su voz rota—. Y no viniste a rescatarme, como ahora.

—¡No me quiero pudrir mi piel está negra, estoy abultada siento que explotaré. POR FAVOR, AYUDAME —Comienza a gritar tan fuerte que mis oídos comienzan a sangrar. Ella llora desconsoladamente acercándose a mí mientras su piel se cae en las sábanas blancas.

Despierto temblando, intentando no maldecir a mi subconsciente, me duele la cabeza como si encima se posara el cuerpo de un gigante muerto, mi piel arde como si hubiera gastado mis últimas horas bajo el sol. Por un momento recuerdo el cuerpo de Moira, en mis sueños, pútrido y fétido. Inspecciono mi piel con desespero comprobando que yo mismo no me encuentre muerto. Caigo en un sueño más profundo evocando la realidad y entregándome al Dios del sueño.

Conocí a mi esposa en septiembre, conocerla fue como ver florecer un prado de rosas. Y ahora septiembre se inunda de arañas, como esta casa abandonada.

No he logrado dormir debido a los sueños. Mi madre ya no está en casa y las llamadas se han interrumpido. Ayer, ¿fue ayer? Tal vez han pasado dos semanas desde su fallecimiento, intenté mantenerme firme en su recuerdo y me vestí adecuadamente para ir a trabajar, aunque finalmente no pude hacerlo y lloré. Gasté el whisky que quedaba, un entumecimiento recorrió mi cuerpo. El frío invadía mis huesos mientras, entre sollozos, luchaba por conservar la calma, y siento calma porque mi cuerpo se siente interfecto.

Mi cabeza pesa, en este punto desconozco el día, la hora, el clima. Estoy más delgado, mi cabello ha comenzado a caer. Yo lo sé porque ayer que me vi en el espejo no me reconocí. Intento ponerme de pie para ir por un poco de agua, pero mis piernas duelen un montón, haciendo que me desplome apenas intentarlo, de repente escucho pasos en el pasillo, mi cuerpo de desmorona en miedo El horror me paraliza, pero una fuerza desconocida me impulsa a retroceder arrastrándome por el suelo. Me niego a creer lo que veo y, sin embargo, el hedor y la imagen son demasiado reales. Busco con desesperación algún indicio que me devuelva a la cordura, que me demuestre que todo es producto de mi mente exhausta. Los pasos se detienen frente a mi puerta y es abierta lentamente.

—¡Amor! ¿Por qué estás en el piso?

La miro, mi esposa, su cuerpo tiene manchas negras y blancas, así no recuerdo su cara, sus ojos hundidos, sus mejillas han desaparecido. Intento responder, pero mi garganta se cierra. Siento lágrimas en los ojos. Moira avanza hacia mí, a cada paso su cuerpo parece desmoronarse, desaparecer. Su piel se esparce por el suelo de la habitación. Llega a mí y extiende la mano. De mi garganta sale un quejido que no puedo controlar, sus dedos están hinchados, casi translucidos.

—Qué haces aquí cuando yo estoy allá tan sola, por qué no vienes conmigo?

En ese instante, el terror se apodera de mí. Todo mi cuerpo tiembla mientras mi mente se niega a aceptar la realidad que se impone ante mis ojos: grito y grito desesperado, porque la extraño, pero esta no es mi esposa. La línea entre el sueño y la vigilia se difumina. Llevo mis manos a mi rostro impidiendo verla, sollozante.

Cariño mío. Deja ya de llorar. — Siento unas manos en mi cabeza. Unos labios sobre mi piel, y una calma que no he sentido desde hace tantos días —. Amor, estoy aquí. Estoy aquí. — Repite y repite. Me dejo mecer por sus brazos mientras lamento en bajos quejidos.

—Te extraño tanto, te necesito conmigo. No puedo vivir así, sin ti. No entiendo por qué me veo tan afectado. Esto es peor que una pesadilla— Me aferro a su pecho, su pecho blando, como si estuviera vacío por dentro. De pronto sus manos levantan mi barbilla. Mis ojos ven su rostro flácido y ojos transparentes.

—Entonces ven por mí mi amor. Llévame contigo, te estoy esperando.

Despierto en un grito desesperado. Sacudo mis brazos como si estuviera ahogándome en una gran laguna.

—Cariño, ¿Qué sucede? —Busco la voz con mis ojos rápidamente, asustado, pero es mi madre que ha corrido al llamado de mis gritos.

—Mamá— palidezco al sobre esfuerzo de ponerme de pie —Una pesadilla — Intento mantener la calma. — ¿Hace cuanto llegaste, madre?

—De qué estás hablando? he estado durmiendo aquí desde… desde el funeral— Veo sus ojos de preocupación mientras se acerca a mí.Estoy a punto de negar haberla visto durante estos últimos días, pero me interrumpe —He preparado tu comida, necesito que comas y necesito hablar sobre retomar terapia— Solloza más de lo que me gustaría inmediatamente que inicia a hablar.

—No necesito terapia, madre. La necesito a ella. — Me encuentro a mí mismo con esperanza mientras digo— Estará conmigo pronto madre.

Mi madre salta desde donde se encuentra parada —Qué estás diciendo hijo, te pido que pienses bien las cosas que dices y haces… te pido compasión por tu madre—Sus gemidos son tan altos que mis oídos duelen. Necesito silencio, necesito volver a soñar.

—También te pediré, madre, que te vayas esta noche. Me siento mejor, podré cuidarme solo.

Mi madre llora y me reclama mucho más fuerte. Inmóvil en la cama veo su arrebato y cómo sale del cuarto. Cuando he quedado en silencio después de escuchar la puerta principal abrirse, recuesto mi cabeza en la almohada y vuelvo a soñar.

….

Despabilo en medio de la madrugada, el reloj en la pared me lo muestra. Esta noche por fin me encuentro tranquilo y sin pesadillas. Había algo dentro de esta paz que me hacía estremecer. Esta noche Moira estará conmigo. Caminé a la azotea tomando en mis manos una pala oxidada. Tomé las llaves del carro, olvidadas hace meses, manejé rápidamente, mientras de la radio palabras que no lograba entender, me acompañaban. Quizá este era una de sus canciones favoritas y lo olvidé.

And time goes by so slowly.

And time can do so much….

Are you still mine?

La tierra no se resistió. Mojada de la lluvia o de mis lágrimas. Me dejó cavar bajo su piel, como si supiera que venía por ella. Susurra palabras de amor mientras escuchaba su respiración bajo mis pies. No sentía frío, ni miedo, ni asco

Vi su ataúd, mis manos temblaban No importaba. La madera estaba húmeda, podrida, como si también quisiera liberarla. ¿No había estado aquí solo poco? La abrí con desesperación. Y allí estaba ella. Mi Moira.

Su rostro deformado por el paso del tiempo, su piel oscura, y yo la miré hermosa, viva, esperándome. La tomé en brazos. Su cuerpo se deshacía entre mis dedos, la sostuve con fuerza, sentí que me abrazó de regreso.

La llevé a casa, mientras la radio otra vez sonaba.

Wait for me, wait for me

I’ll Be coming home, wait for me

—Esta canción me encanta— La escuché decir. Seguí manejando hasta nuestro hogar. La acosté en nuestra cama. Le puse su vestido favorito, de su color azul. Peiné su cabello. Le hablé durante horas. Le conté todo lo que había sentido, todo lo que había soñado. Le pedí perdón por no haber estado allí. Prometiendo nunca más dejarla sola.

—Mi cielo, está bien, ahora estamos juntos—Ella me respondió. Lo juro. Me dijo que me amaba. Que me había estado esperando. Que ahora podíamos estar juntos.

Los días se volvieron una niebla. Ella solo me abrazaba, mientras el tiempo lento se esfumaba sobre nosotros. No comía. No dormía. Solo la miraba. Moira me decía que tendríamos los hijos que siempre quisimos, luego besaba su pálido rostro. La habitación brillaba antes de dormirnos, al despertar, solo por momentos veía a Moira muerta a mi lado, pero luego sus brazos me encontraban para comenzar nuevamente.

—Cariño, cariño, ven conmigo— Escuché cuando estaba por dormir abrazada a ella. —Estoy contigo— Respondí somnoliento. — Completamente, cariño.

Murmuré cerrando los ojos. Mis manos ardían desde que cavé la tierra. Mi estómago no dejaba de doler, igual que mis ojos y todo mi cuerpo. Mis pulmones no recibían suficiente oxígeno. Sentía mi cuerpo perder fuerza, mientras el calor de Moira desaparecía, en su lugar, fría comezón me recorrió. Abrí mis ojos un instante, un cadáver lleno de gusanos, estaba en mi cama, pero ya no tenía fuerzas para luchar, para correr. Solo lloré.

Y entonces, la puerta se abrió.

La madre abrió la puerta muerta de pánico. El hedor la absorbió amordazando sus sentidos. La casa estaba en silencio, la alegría había huido hace mucho.

Subió las escaleras temblando.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta. La empujó con cuidado.

Y lo vio.

Su hijo yacía en la cama, abrazado al cadáver de Moira. Su piel petrolea, irreconocible. Su piel escasea mostraba huesos, y como lluvia blanca, gusanos en las sábanas. En su pecho, su vacío corazón había desaparecido. Ella gritó. Gritó como nunca. Se acercó, temiendo lo peor, suplicando que todo sea un sueño. Su hijo murmuraba palabras, abrazaba muy fuerte al cadáver desnudo.

La madre cayó de rodillas. La imagen que tenía frente a sus ojos rompía su sentido y su alma. Dolía su corazón. Lloró por su hijo, por su nuera y por Dios que te arrebata la felicidad y luego la vida.

El silencio después del grito abrupto se adueñó del cuarto, de los cuerpos.

Un silencio espeso, como la tierra que los había separado. Ahora sus cuerpos se consumirían juntos.