crúor || kookv

Summary

Desesperados por poner fin a los asesinatos, los aldeanos decidieron ofrecer a la bestia al doncel más hermoso del pueblo, dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de recuperar la paz. Aquella noche, la furia y la desesperación de aquel chico acabaron atrayendo a la bestia equivocada... o quizá no fuera ningún error.

Genre
Romance
Author
Ilkay
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

c r ú o r

Lo ataron con miradas y promesas vacías. Fue bañado y aceitado con finas y olorosas yerbas que dejaron su acanelada piel reluciendo como el brillo de una ofrenda. Y lo vistieron de blanco, como si la pureza del color fuera a calmar su miedo ante la muerte inminente.

Sus súplicas no fueron escuchadas y el terror en sus ojos fue ignorado, pues, ¿quién se detendría a escuchar las palabras que salieran de la boca de un simple doncel?

Escogieron al más bello, al más callado, al más “obediente”; al perfecto arquetipo de la sumisión.

Lo montaron en caballo blanco y, cuando intentó dar un último grito, fue cruelmente amordazado con una cuerda y un pañuelo. Pensó en lanzarse del corcel y echarse a correr, pero al parecer todo en él era predecible, pues antes de que lo pudiera siquiera intentar, sus piernas fueron aseguradas de tal forma que le era imposible moverse por más que lo intentara.

El caballo galopó, rodeado por la muchedumbre, hasta las afueras de aquel maldito pueblo, donde dos grandes e imponentes estatuas anunciaban el final del camino y el principio de su inmerecido castigo.

Las estatuas aparecieron un día. Nadie sabe cómo o cuándo y tampoco se sabe por quién. Llegaron sin placa o inscripción alguna, solo se sabe que aparecieron dos días después de su propia bienvenida al mundo, saliendo ensangrentado de entre las piernas de su madre.

Las personas les temían, las veían como un mal augurio, sobre todo cuando se dieron cuenta de que aquellos pedazos de piedra crecían como personas de carne y hueso. Iniciaron como bebés: redondos, inmóviles, con rostros apenas insinuados, tallados por una mano que nadie vio, esculpidos por un designio en el que nadie quiso pensar, tal vez por miedo a lo que significaba. Al principio las miraban de lejos, pensando que eran simples adornos, pero con los años, las formas se estiraron, los cuerpos se alargaron. Sus extremidades se hicieron más nítidas, sus torsos más esbeltos. Donde antes había roca, ahora había una tibieza extraña, como si bajo la superficie latiera algo, muy leve, muy oculto.

Una mujer y un hombre, probablemente hermanos, no muy diferentes el uno del otro, sobre todo en aquella mirada retadora. Eran bellezas que solo podían ser pulidas por lo que decía el viento y la superstición. Retadores inertes que alejaban a los forasteros, ladrones, bestias y hasta mendigos que rondaban en busca de abrigo o respuestas.

Desde que era un niño pequeño solía ir a admirarlas. Le parecían tan hermosas, tan lisas, tan cálidas. Siempre recurriendo al tacto con ellas, jamás se conformaría con solo mirarlas; en su pecho algo lo jalaba hacia ellas, necesitaba tocarlas, pasar sus dedos por la fría piedra, recorrer sus contornos, acariciar sus rostros.

La gente supersticiosa hacía correr rumores. Solían decir que aquel que las tocaba se convertía en un maldito. No solía hacerles caso, pero ahora, entre el caos a su alrededor, no podía evitar sentir que tal vez nada de aquello eran calumnias.

Quiso volver a mirarlos, no como un gesto impulsivo. La misma opresión en su pecho, aquella que lo jalaba en sus visitas, no le dio tregua, ni por la monstruosa situación en la que se encontraba, seguía tirando de él. Tal vez quería que buscara seguridad en aquellas gélidas miradas, tal vez muy en el fondo quería la falsa certeza de que esta vez también alejarían a lo que sea que lo estuviera esperando del otro lado al final del camino. Que seguirían vigilando lo desconocido, que aún estaban de su lado.

Alzó los ojos y durante un minuto no comprendió lo que veía, algo no encajaba, pero al poner las piezas en su lugar, la sangre se le heló.

Ya no miraban hacia el bosque en busca de extraños.

Ahora lo miraban a él.

El pueblo se detuvo, aterrorizado ante lo imposible. La ironía era graciosa; las habían visto crecer. Dos pedazos de piedra que tomaron forma como tal humano, pero se acobardaban ante la dirección de una mirada.

Nadie dijo nada, pero los cuerpos se tensaron como ramas al borde del quebranto. Algunos retrocedieron sin darse cuenta, otros apretaron los labios hasta hacerlos sangrar. Solo los ancianos se quedaron quietos, clavados en su sitio, como si lo hubieran temido desde siempre, como si lo hubieran estado esperando.

Las estatuas lo miraban.

A él.

Su atención en nadie más que en él.

Ya no eran solo figuras ciegas talladas por manos olvidadas. Ahora tenían ojos, no humanos, pero vivos de cierta manera. Un resplandor extraño les temblaba en las pupilas de piedra, y su atención absoluta caía sobre el doncel como una sentencia.

El aire se volvió denso, cargado de un presagio. Incluso los caballos, hasta entonces impasibles, comenzaron a agitarse, a sacudir las crines y bufar con nerviosismo. El animal blanco que lo sostenía también temblaba bajo su cuerpo, pero no se movía; era como si también estuviera atado a esa mirada. Un trueno y una luz los movió a todos. Un estallido seco, el grito de una mujer y la luz de un castigo los cegó a todos, y al abrir los ojos no hubo ni una sola alma presente que no se castigara internamente por haber decidido salir aquella noche de “liberación”.

Los hermanos habían abandonado su permanente lugar de estadía.

La gente gritó y corrió de regreso a refugiarse en la seguridad de sus hogares. Algunas antorchas rodaron por el camino, apagándose con la humedad de la tierra. Ingenuamente creyó que con tal suceso, tendrían piedad de él, que lo dejarían regresar con ellos a refugiarse.

Qué tan alejado estaba de la realidad.

Miró al padre, el hombre al que todos en el pueblo le tenían fe, la única figura a la que todos respetaban, sin objeción. Lo miró, lo miró, en serio lo miró. Le suplico con ojos cargados de terror, con sus largas pestañas empapadas de cada vez más lágrimas. Se hubiera hincado, hasta se hubiera arrastrado por el lodo si no estuviera amarrado al caballo, pero aun así no consiguió piedad.

El hombre, mirando al cielo, pidió a gritos por el perdón de su dios todo misericordioso y golpeó el costado del caballo. El animal se alzó sobre sus patas traseras y su relincho se quebró en el aire como un aullido. El doncel, atado aún al lomo del animal, no pudo hacer nada, las sogas le mordían los muslos, el torso, los brazos. La cuerda en su boca ya le había arrancado parte del labio. Intentó gritar, pero no tenía voz. Intentó moverse, pero era un cuerpo inútil atado a un cruel destino.

Lo adentró en el bosque, donde las hojas y ramas lo recibieron con el mismo trato con el que había sido tratado durante toda esa noche: áspero y sin compasión, como si incluso la naturaleza supiera que no era más que una ofrenda rota. La luz quedó atrás, tragada por el follaje y la niebla. Las hojas crujían bajo los cascos del caballo; algunas se le pegaban, húmedas y llenas de barro. Un vapor espeso comenzaba a brotar entre los troncos, tibio como el aliento de algo que duerme muy abajo. El doncel no sabía si era niebla o una exhalación, tampoco importaba. Cada vez que respiraba, el vapor se le metía por la nariz como si intentara ahogarlo, adentrándose en sus pulmones y abrazándolos por dentro.

Entre más se adentraba, el terror más lo consumía. Un miedo que ya no ardía, sino que se extendía, lento, como un líquido frío dentro del pecho. Los arañazos se le entumecían, y entre la sangre espesa, el sudor rancio y las lágrimas ya secas, parecía haberse formado una segunda piel, una que no le pertenecía.

Pensó en su madre.

En que si estuviera viva, no habría dudado en decirle lo asqueroso que se veía. Se lo hubiera dicho sin tacto, porque así era ella, pero tal vez, también le habría acariciado el cabello. Tal vez le habría limpiado la cara y los raspones con un paño húmedo, o con la manga de su viejo vestido, y le habría dicho que no era su culpa.

Pero ella ya estaba muerta, y no le quedaba otra más que resignarse a que pronto él lo estaría de igual manera.

El caballo se movía con dificultad, no por el peso del cuerpo atado, sino por el peso de lo que se respiraba entre los árboles. Ya no era solo bosque, era un umbral y pronto, supo, que ya no habría regreso. Una fuerte ráfaga de viento lo golpeó, obligándolo a cerrar los ojos con fuerza, y el caballo, asustado, se alzó de golpe sobre sus patas traseras, y si no hubiera estado atado, ya su espalda habría azotado contra el suelo. Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos, lo que encontró fue justo lo que temía: nada, nada más que grandes árboles apagados e inmóviles.

Intentó aprovechar el momento, tal vez si lograba regular su respiración, si lograba concentrarse lo suficiente, podría no pensar en lo que estaba por venir.

Inhaló una vez.

Luego otra.

Una tercera.

Y a la cuarta...

Se quedó a la mitad.

Un silbido cruzó el bosque deteniendo el aire que tanto se esforzaba por obtener. Se detuvo todo movimiento del caballo, que quedó congelado, como petrificado por una orden que no había sido dicha o al menos, no una que fuera escuchada por él.

Cada vello en su piel se erizó; no supo si fue por el frío repentino o por la certeza de que ese silbido no era natural. El silbido no provenía del viento, ni de los árboles, ni de ningún ave. No era algo que perteneciera al bosque, y aun así el bosque entero pareció someterse a él.

Intentó girar un poco el cuello, tanteando los límites de las ataduras, pero solo consiguió raspones y pellizcos que después se convertirían en moretones, y aunque en serio lo intentó, no pudo ver mucho más allá de donde lo alcanzaba la mirada. Algo se movió a su izquierda y su corazón se aceleró. No lo vio con claridad, apenas fue una sombra más oscura entre las sombras. Sus dedos, entumecidos, se cerraron en puños automáticos, aunque sabía que no podía defenderse. Rezó. Levantó la vista y le rezó a la luna. Rezó, rezó, ella sabe que le rezó. Le expuso su alma, la desnudo para ella pidiendo por ayuda.

Entonces el silbido se repitió, más corto esta vez, más bajo, como si estuviera más cerca ahora. Lo sintió detrás de él, después a su izquierda, a su derecha y luego ya no. Lo que fuera que estaba allí no se apresuraba, caminaba, tomaba su tiempo, lo rodeaba y lo examinaba, jugaba con él. No hacía ruido, pero dejaba sentir su presencia con cada paso.

Un tercer silbido, ahora más nítido.

Justo detrás de su oreja.

No quiso respirar ni siquiera girar los ojos. Justo detrás de él, sentado en el lomo del caballo, su fin decidió dejar de esconderse. No hubo un sobresalto, no hubo un golpe, solo el peso, el súbito cambio en el equilibrio del animal, el leve hundimiento de su espalda, el crujido apenas audible del cuero de la silla tensándose bajo un nuevo cuerpo. Apretó la mandíbula y por un segundo se imaginó que si se quedaba lo suficientemente quieto, si no respiraba, si no pensaba siquiera, tal vez lo dejarían en paz. Tal vez era uno de esos momentos en los que el peligro pasaba de largo si no se le reconocía.

Fuerte y pesado, así es como se sentía aquella presencia.

Sintió el vapor de un suspiro en su cuello, cálido y húmedo, que provocó que su piel se estremeciera, que se erizara.

¿Esta era la bestia?

Sentía que era grande, pero no la sentía como animal, o al menos no en su mayoría. Lo sentía en la piel, en los huesos, en su respiración que ya no salía con naturalidad. No tenía garras que desgarraran ni fauces que bufaran cerca de su oído, sin embargo, su sola presencia rasgaba algo más profundo, algo que no podía curar ni el tiempo mismo. Su aliento era espeso, pero no olía a sangre ni a carroña.

No podía entenderlo. La gente del pueblo decía cosas sobre un animal. Una enorme bestia que los mantenía aterrados tras devorar a sus hombres, asesinar a las cabras y robar por la noche a los infantes. Lo describían entre susurros como una criatura que no debía ser nombrada con voz plena, porque hacerlo era invitarla a cruzar la puerta. Alguna vez escuchó a los grandes hombres decir con horror que aquel monstruo era parecido a un enorme oso con la cara desfigurada, y aquello detrás de él se sentía más a un hombre, y eso lo aterrorizó aún más, porque si había algo peor que una bestia, era un hombre.

Lo que estaba detrás de él no rugía ni respiraba con dificultad. No olía a animal ni se movía como uno. Su cercanía parecía calculada. Eso era lo peor: el control. Era un depredador que sabía exactamente lo que hacía.

El doncel no tenía forma de defenderse, pero incluso si la tuviera, ¿cómo se enfrenta uno a algo que no entiende?, ¿cómo se grita cuando ya nadie te escucha?, ¿cómo se huye de un camino que ha sido trazado por los de su misma especie? La soga en su boca le recordó que no había respuesta para esas preguntas.

Cada pensamiento que intentaba formar se perdía antes de concluir. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que entraron al bosque, minutos, horas, una vida.

Y entonces, una mano.

Se posó sobre su muslo, justo arriba de una de las cuerdas que lo aseguraban, no lo presionó, no lo empujó, solo se apoyó, con una ligereza que lo hizo desear un golpe real. Prefería el dolor concreto a esa calma que sentía quemarle. La piel bajo el contacto ardió, no por calor, sino por una conciencia extrema, pues sabía que había cruzado un umbral invisible y que nada volvería a ser igual.

Entonces la mano se movió. Trazó la cuerda y las ataduras con la yema de los dedos, lento y sin pausas, como quien recorre un objeto valioso o como quien estudia una pieza antes de reclamarla. No buscaba soltarlo ni apretarlo. Solo leía, con una paciencia monstruosa, cada nudo, cada hebra enterrada en la piel, cada señal de resistencia.

Cerró los ojos y sintió cómo el aliento se le detenía en la garganta. Era como si esos dedos pudieran leerle también los pensamientos, sus intenciones tácitas, el temblor que apenas lograba contener en los muslos entumecidos. No intentó moverse, ni siquiera tensó los músculos, sabía, en lo más profundo de sí, que cualquier reacción sería inútil.

La mano se detuvo sobre su abdomen, justo donde la respiración se le entrecortaba y se quedó ahí, inmóvil. Entonces sus lágrimas volvieron a aparecer, aun cuando creyó que nunca se habían ido, regresaron en silencio, pero no con un menor peso. Resbalaron por sus mejillas sucias, tibias en contraste con el frío que comenzaba a condensarse entre los árboles.

—No llores —dijo una voz, grave y baja, justo al borde del oído, como si no quisiera ser escuchada más allá de él.

No era una orden, tampoco una súplica, era una constatación más que un consuelo.

No supo si fue el tono o la cercanía, pero sintió que el cuerpo le temblaba de nuevo, no de frío, sino de esa sensación densa que nace cuando uno es visto con demasiada claridad. Cerró los ojos con fuerza, deseando que fuera otra alucinación del bosque, otro producto de su miedo, de su mente rendida, pero aquella voz volvió a hablar:

—Por favor, perdóname —dijo la voz, y esta vez tembló.

El doncel abrió los ojos, no porque quisiera, sino porque esa súplica tan extraña lo obligó. No era la frase lo que le heló la sangre, sino el tono. Sonaba sincero, sonaba humano y eso era lo más desconcertante de todo.

¿Perdonar? ¿Qué se supone que debía perdonar?

¿Debía perdonar que se le arrebatara la vida como si fuera un simple cerdo?

La frente del hombre, o bestia, o lo que fuera, se recargó sobre su nuca y su tacto le resultó tibio e íntimo, como si buscara anclarse a él, como si por un momento pudiera compartir el cansancio, o el dolor, o la culpa. Y la mano en su abdomen subía con una lentitud casi ritual, siguiendo las marcas de las cuerdas, rodeando cada nudo, cada huella de piel violenta, hasta llegar a su rostro y quitarle la mordaza.

Primero el pañuelo, húmedo por la saliva y la sangre seca; luego la cuerda, que cayó al suelo con un sonido hueco, más liviano de lo que debería. No habló, ni siquiera hizo el intento. Su garganta se había lastimado con sus gritos y sus labios estaban abiertos por la presión. Las palabras no eran lo primero que se pierde en el miedo, pero sí lo último que regresa.

La mano no volvió a tocarlo, solo se quedó ahí, suspendida, como si aún esperara algo, una reacción, un grito, un insulto, algo, pero el doncel seguía en silencio.

—Perdóname —repitió.

¿Era un consuelo para no sentirse mal antes de que todo terminara?

—Debí haber escuchado, de haberlo hecho, todo sería diferente.

Aquel susurro, aquella voz tan cerca, parecía llevar la carga de algo profundo, un peso que no podía entender, pero que lo atravesaba sin tregua. No había palabras que el doncel pudiera sostener, ningún pensamiento claro que se formara.

—N-No entiendo.

—Lo sé.

El silencio se prolongó, espeso y tenso, como si el bosque contuviera la respiración junto a ellos. El doncel sintió que algo cambiaba. No en el viento, no en la noche, sino en el cuerpo detrás de él. La respiración del hombre se hizo más profunda, más contenida. Luego vino el crujido. No del bosque, ni del cuero del caballo, sino de las sogas al ser manipuladas con fiereza.

Sintió los dedos deslizarse de nuevo sobre su torso, esta vez con decisión. El primer nudo se aflojó de forma extraña, como si la cuerda dudara antes de ceder. Después, una presión breve y el rasgar áspero de la fibra siendo forzada, y el doncel se tensó por reflejo.

El dolor de las sogas al ceder le recorrió los brazos dormidos. Sentía la piel hinchada, en carne viva, sin embargo, también sentía algo más: el calor de esas manos que no actuaban con odio, sino con rabia, rabia, una rabia tan fuerte que no podía comprender. Y cuando por fin cayó la última cuerda, el doncel no se movió, no podía, no solo por el terror, sino porque algo dentro de él temblaba con una gran intensidad.

No sabía quién era aquel hombre. No sabía qué haría con él, sin embargo, ya no sentía la misma necesidad de correr; tal vez su mente y cuerpo ya se habían resignado.

Sintió el tirón de la última cuerda al soltarse y un latigazo en la piel rota que lo obligó a jadear. Su cuerpo cayó hacia adelante, no obstante, el hombre fue más rápido y lo sostuvo por el abdomen, arrugando aún más el simple camisón que vestía.

En seguida, la mano se soltó y el peso del hombre abandonó al animal. No se atrevió a girarse. Aun si sentía la piel temblar en los lugares donde lo habían tocado. Solo espero y junto a él el bosque parecía contener el aliento. Nada se movía y absolutamente nada se escuchaba, solo él y el eco de su respiración entrecortada, la sangre que goteaba con parsimonia desde las marcas abiertas, y la presencia del hombre, unos pasos más abajo.

Sin previo aviso, fue tomado por la cintura y desmontado del corcel, girado y puesto cara a cara con aquel ser, pero el miedo no lo dejo mirar, en cambio, su vista descendió por reflejo, clavándose en el pecho. No buscaba detalles, pero los encontró: ropas extrañas, oscuras, impecables y costuras ajenas a todas las que conocía. Se quedó inmóvil, aferrado a la visión de esas telas como si al analizarlas pudiera postergar lo inevitable.

—Una maldita mentira bastó para que todo se viniera abajo. —Reconoció la amargura tras las palabras y, a estas alturas, ya no podía decir si aquellas emociones iban dirigidas a él o a alguien que pesaba sobre la conciencia de aquel hombre más de lo que cualquier soga podría hacerlo jamás.

El silencio volvió a instalarse, espeso como el aire antes de una tormenta. Y en medio de ese mutismo, el hombre alzó una mano con una extraña solemnidad, y le retiró con cuidado un mechón de cabello que se había pegado a su mejilla húmeda. El doncel no se apartó. En él se adentraba un gran deseo de levantar la vista, pero su cabeza pesaba más que nunca y sus ojos no le respondían. Sin embargo, la duda lo mataba y lo llevaba a no pensar mucho antes de levantar sus manos manchadas y recorrer las vestiduras de aquel ser.

Pasó por el pecho fornido, manchando de sangre y tierra por donde tocaba. Sentía el pecho del hombre subir y bajar con cada exhalación, y delineó, delineó cada botón, cada patrón y cada doblez hasta llegar a su cuello, deslizando sus yemas por la piel expuesta. Piel que le estremeció sentir en cuanto la tela terminó; estaba helada, helada y lisa como el mármol.

Sus dedos se detuvieron ahí, dándole tiempo para no solo reconocer la frialdad ajena, sino también la suya. Aquel contacto, tan íntimo y silente, parecía suspender el mundo alrededor. El bosque ya no murmuraba, y su corazón latía con tanta fuerza que incluso un ciervo no se lo pensaría dos veces antes de echar a correr.

Dudó.

Dudó, pero dudó porque algo en su cuerpo temblaba. Algo que latía muy por debajo del dolor, del cansancio, incluso del olvido. Entonces recordó su salida del pueblo. Recordó cómo había sido su vida desde niño por las creencias de un pueblo ignorante, y cómo el miedo a lo desconocido le había quitado tantas cosas.

Y la recordó.

Recordó a Yoonji, su pequeña amiga de la infancia, y el cómo fue quemada viva cuando tenía 10 años por el simple hecho de jugar y hablar con su cabra. No era bruja. Era solo una niña, pero en ese pueblo solo bastaba con ser distinta, bastaba con contarle su día a su mascota, con inventar cuentos o con mirar a la luna más de lo debido.

Ella había gritado.

Había gritado, llorado, suplicado y ardido.

Pero nadie la escuchó.

No había podido hacer nada, apenas entendía lo que ocurría, pero la imagen del fuego elevándose, del rostro de Yoonji buscando desesperada la mirada de alguien que la ayudara, se le había tatuado en lo más hondo. Recuerda vívidamente cómo primero buscó a sus padres, quienes no hicieron nada más que mirar a otro lado, con los labios apretados y la culpa escondida bajo la obediencia ciega. Y luego lo miró a él. A él. A su único amigo, que tampoco podía hacer nada.

Le sostuvo la mirada. La sostuvo mientras el fuego subía por su vestido y ella aún no gritaba, como si guardara la esperanza de que alguien, cualquiera, alzara la voz por ella. Nadie lo hizo. Ni siquiera él.

Y ahora, con los dedos sobre la piel helada del hombre frente a él, con la garganta cerrada por una emoción que no sabía nombrar, entendió que había muchas formas de morir sin fuego. Que algunas quemaban más lento, y que esas no dejaban cenizas, sino vacíos.

Entonces se armó de valor.

Si iba a morir, entonces lo haría mirando directo a los ojos de la parca misma.

Tomó con fuerza el cuello de la camisa de aquel hombre y alzó la vista con un temblor en la mandíbula, los músculos crispados entre el deseo de saber y el impulso de huir, y por fin lo vio, lo miró y el aire en sus pulmones se heló.

Se encontró con un rostro imposible, no por monstruoso o en extremo divino, sino por familiar.

Aquel rostro no era el de un total desconocido. Cada línea era familiar, cada imperfección la conocía, cada lunar ya lo había trazado con anterioridad. El ángulo de la mandíbula, la curva de las cejas, incluso la pequeña cicatriz en la mejilla; todo en él lo sabía de memoria. Era el mismo hombre que había desaparecido sin despedida momentos atrás. La estatua sin nombre que por años creció junto a él.

Y retiró las manos, como si el contacto lo hubiera quemado.

Ante aquel acto, el hombre avanzó, comenzando a rodearlo, como si la cacería se hubiera reanudado. Sus ojos ya no eran aquellos fríos y sin vida, ahora tenían algo más, algo que no sabía si era peligroso, lo mismo que siempre sentía al verlo, ese lazo que lo jalaba a él. Sin embargo, ahora lo sentía más intenso. Lo sentía hasta los huesos, como si jalara de ellos y lo invitara a acercarse. Y por primera vez en toda la noche, el doncel no apartó la mirada, la sostuvo, como quien acepta su destino, pero también lo desafía.

Lo desconocido, lo atractivo y lo hipnótico son cosas peligrosas por separado, y cualquiera que las junte en una sola oración es porque está cortejando a su propio final. Un arma tan peligrosa que ya le habían nombrado con más de un nombre, en más de mil lugares y en diferentes religiones. Tal vez se estaba equivocando y aquel hombre no era esa criatura a la que todos temían, pero por alguna razón tampoco le importaba. Prefería mil veces morir a manos de cualquier criatura que en las de los cerdos con poder.

Con un golpe sordo y brutal, la tierra tembló ligeramente bajo sus pies descalzos. Las hojas se alzaron en una pequeña ráfaga, el silencio del bosque se rasgó por un instante. El doncel se sobresaltó. El hechizo de la mirada se rompió apenas un segundo, lo justo para que sus ojos descendieran hacia aquello que había irrumpido entre ellos. Algo había sido arrojado a su lado y de entre las sombras otra figura más se hizo presente.

Con una belleza similar a la de aquel hombre, una mujer emergió del bosque como si el mismo bosque se abriera para dejarla pasar. Sus pasos eran ligeros, pero la firmeza de su presencia era tan imponente que inconscientemente lo hizo acercarse más al hombre frente a él. La penumbra no la tocaba del todo; parecía apartarse de ella, como si la conociera, como si le temiera.

Su cabello largo caía como un manto oscuro, sus ojos resplandecían con esa misma intensidad callada que había visto antes, y por un segundo, el doncel pensó que estaba viendo una aparición, pero no.

Era ella.

Aquella mujer que custodiaba la entrada del pueblo junto a su hermano.

Aquella que nadie tocaba. La que todos miraban con respeto y recelo. Parte de las mismas estatuas que marcaban el fin del camino, y ahora estaba ahí, de pie entre la niebla y la sangre, como si supiera exactamente qué acababa de pasar.

Pensó que diría algo, tenía la sensación de que ella quería decirle algo, que cargaba un mensaje para él, un mensaje que lo atravesaría y cambiaría su vida para siempre. Sin embargo, no dijo nada, solo lo rodeó con pasos tan medidos que apenas removían las hojas a sus pies, avanzó sin despegar la vista de él ni por un segundo. No había juicio en su mirada, tampoco compasión, solo esa quietud eterna, pesada, que parecía haber aprendido del mármol.

El doncel sintió cómo su garganta se cerraba. No sabía si por culpa o por el peso de todo lo que no recordaba, pero su respiración volvió a volverse errática.

Ella pasó a su lado. Cerca. Tan cerca que su vestido acarició su piel desnuda, y, sin detenerse, alzó una mano y posó los dedos sobre el lomo del caballo. El animal no se movió, ni relinchó, ni se sobresaltó. Solo bajó levemente la cabeza, como si se rindiera ante ella. La mujer permaneció ahí, junto al animal, sin hablar. Como si aguardara algo o solo queriendo ser espectadora. No pudo sostenerle la mirada mucho tiempo, pues en ella había una quietud tan pulida, tan antigua, que lo hacía sentir aún más deshecho. Se obligó a tragar saliva, aún temblando, y bajó la vista.

Entonces lo notó.

De reojo podía ver una gran masa oscura y recordó el fuerte estruendo de momentos atrás. El golpe seco que había rasgado la calma del bosque, tan fuerte que lo había hecho sobresaltarse, aunque en su momento no había terminado de comprender qué lo había provocado.

Oscuro y empapado en sangre, el cuerpo yacía como una masa inerte, imposible de reconocer a simple vista. El cuello, quebrado con violencia, se torcía en un ángulo antinatural, como si algo lo hubiera torcido con la única intención de destruir, no de matar. La mandíbula colgaba abierta, desencajada, y la piel, si es que aún podía llamarse así, colgaba en jirones flácidos, desgarrada por algo más que uñas o dientes. Los ojos, medio abiertos, miraban sin mirar, aún húmedos, como si el horror no se hubiera evaporado del todo.

Sin embargo, lo reconoció.

Reconoció en él todas las características del principal culpable de su desgracia.

Aquel monstruo por el que su vida había sido entregada a favor de la de otros.

Su estómago se revolvió. No por el cadáver, pues en toda su vida ya había visto suficiente muerte como para no palidecer, sino que el asco llegó a él por la brutalidad con la que el cuerpo había sido arrojado, como si no pesara nada. Como si no fuera más que un saco vacío, inservible, indigno incluso del esfuerzo de ser dejado con cuidado. El sonido del impacto aún vibraba en sus costillas. Lo había sentido más que oído, el crujido seco, el golpe contra la tierra húmeda, el chasquido de los huesos al romperse un poco más. Fue un ruido visceral, sin elegancia, sin piedad.

Un final que no merecía ceremonia alguna.

Había algo humillante en la forma en que yacía, retorcido, desecho, con los miembros doblados en ángulos que no pertenecían a ningún cuerpo vivo. Parecía un muñeco destartalado, arrojado por un niño colérico después de haberlo destrozado con saña.

Un escalofrío lo regresó de repente. El hombre ya no se encontraba donde estaba hace un momento, ahora lo tenía encima. Apenas un parpadeo bastó para que la distancia entre ellos desapareciera. El doncel se sobresaltó con un jadeo ahogado, echando el torso hacia atrás, pero su cuerpo herido fue jalado de regreso a su lugar. Se inclinó sobre doncel, sus labios rozando los suyos, y la voz sombría acarició su boca.

—Déjame ser tu venganza. Déjame ser lo que no pude aquel día que te arrebataron de mi lado. —Sus ojos centelleaban con la provenza de la ira—. Pedí renacer a tu lado, pero no como un igual. Pedí ser el verdugo de aquellos que se creen tan puros por castigar lo que ni en sueños podrán ser. Entregué todo lo que era, mi cuerpo, mi nombre, mi alma, todo a cambio de ti. Una oportunidad. Por escuchar el sonido de tu voz y el roce de tu aliento, sin importarme que no recordaras quién era yo.

Su voz no era una súplica, era un juramento arraigado a su carne.

—Y ahora te buscaron como sacrificio porque no pudieron soportar lo que veían en ti. Belleza, esa luz en medio de su asquerosa oscuridad. Te ofrecieron al bosque como si este pudiera tragarte, pero fuiste mío antes que de ellos, y continuarás siéndolo por mucho más, si me dejas.

El doncel tembló.

No de frío.

No de dolor.

Su cuerpo reaccionaba como si recordara lo que su mente aún no lograba descifrar. La cercanía lo abrumaba. Su corazón latía desbocado, cada respiración un esfuerzo, cada segundo una eternidad contenida.

—No llores por una vida que nunca fue tuya.

Su cuerpo no lo resistió más y, como si hubiera una bestia en su mismo interior, lo besó. Como si estuviera hambriento de contacto, abrió la boca tomando cada fragmento de los labios de aquel hombre como si fueran lo único que pudiera salvarlo de consumirse por dentro. Sintió al hombre estremecerse bajo el beso, como si no lo esperara, como si también estuviera conteniéndose desde hacía una eternidad.

No sabe por qué lo hizo, pero algo en él estalló sin aviso, sin lógica, sin permiso. No era deseo o tal vez sí, pero uno viejo, profundo, enraizado en lugares de su memoria que aún no tenían nombre. Era rabia, era veneno, era duelo, era ansia contenida por años de silencios y abusos. Se permitió no pensar y solo tomó todas y cada una de las cálidas exhalaciones que escapaban de la boca del otro como si fueran suyas. No le importó nada. Ni el bosque que los rodeaba, ni la sangre que aún goteaba de sus heridas, ni el hecho de no recordar quién era aquel hombre, ni por qué todo en su cuerpo reaccionaba como si lo amara y lo odiara a la vez.

Solo sentía. Sentía la mano firme en su nuca, la otra subiendo por su espalda hasta posarse con una urgencia en su costado. Sentía el roce de la lengua, el aliento entrecortado, el leve gemido ahogado que no supo a quién pertenecía.

Y por un segundo, uno solo, ya no fue ni víctima ni ofrenda.

No fue el doncel condenado ni el cuerpo entregado por otros. Fue fuego. Fuego antiguo que ardía en mitad de la oscuridad. Fuego que nacía de la boca del lobo y del pecho de la presa, todo al mismo tiempo.

Y entonces, mientras seguía besándolo como si pudiera acabar el mundo después de ese último roce, un destello atravesó su mente.

Una pintura.

Una habitación.

Una risa.

Susurros entre las sábanas.

Un nombre que llegó a su memoria. Uno que parecía tan conocido pero a la vez demasiado lejano.

—Jungkook —susurró sobre los labios ajenos.

El hombre separó su rostro tan rápido que por un momento pensó que se desnucaría, y lo miró con algo parecido al shock, pero su expresión cambió tan rápido como había llegado, transformándose en un anhelo, un anhelo tan fuerte que lo hizo aferrarse a él tan fuerte que sus dedos dolieron.

Y fue ahí mismo que lo comprendió: no estaba ahí para ser devorado, o al menos no como él creía. Estaba ahí para renacer, lo supo por la forma en que el hombre lo sostenía: no con ansia de posesión, sino como si temiera que se esfumara en cualquier momento.

Lo entendió.

—Déjame ser tu venganza, Kim Taehyung —susurró la bestia por última vez, y en la oscura noche dos sombras desaparecieron mientras el pueblo dormía ajeno a su condena.

ˑ ִ 𓄼 ˑ in the woods somewhere