El principio que no parecía serlo
Hay historias que no empiezan donde creemos.
Empiezan mucho antes.
En lo que aguantamos.
En lo que normalizamos.
En lo que elegimos no ver.
Conocí a Gabriel cuando todavía creía en el amor sin preguntas.
Sin dudas.
Sin miedo.
Era fácil.
Natural.
De esas cosas que simplemente pasan… y se quedan.
Y se quedó.
Años.
Muchos más de los que alguna vez imaginé.
Al principio todo tenía sentido.
Las risas.
Los planes.
La sensación de estar construyendo algo con alguien.
Pero hay algo que nadie te dice:
La cosas no se rompen de un día para el otro...
Se desgastan.
De a poco.
En silencio.
Casi sin que te des cuenta.
No sé en qué momento empecé a sentirme incómoda.
No fue una pelea.
No fue un error puntual.
Fue algo más sutil.
Como si, estando ahí…
ya no estuviera del todo.
Había cosas que me molestaban…
pero las dejaba pasar.
Había actitudes…
que justificaba.
Había silencios…
que aprendí a llenar sola.
Y eso fue lo más peligroso.
Acostumbrarme.
A sentir menos.
A esperar menos.
A ser menos.
Porque cuando te acostumbrás…
dejás de cuestionar.
Y cuando dejás de cuestionar…
te quedás.
Aunque ya no seas feliz.
Yo no lo sabía en ese momento.
O quizás sí…
pero no quería aceptarlo.
Porque soltar…
también da miedo.
Y así seguí.
Sosteniendo algo que ya no era lo que había sido.
Convenciéndome de que estaba bien.
De que era una etapa.
De que todo iba a mejorar.
Hasta que la vida…
decidió mostrarme otra cosa.
Pero esa…
es otra historia.
Porque hay personas que llegan…
no cuando las buscás…
sino cuando ya no podés seguir ignorando lo que sentís.