Diez minutos son diez horas
—Vega.
—¿Qué?
—Esto es aburrido... ¿por qué estamos haciendo esto?
—¿Hacer qué?
—Esperar.
—Estamos esperando a que traigan el té... que por cierto tú pediste.
—Me gustaba más cuando tomaba té imaginario y no tenía que esperar mil días.
—Solo tienes que esperar ni diez minutos.
—Diez minutos son como diez horas.
Tomas suspira. —Clairmont.
—¿Sí, Tomasito?
—Deja de quejarte.
—Aburrido.
El silencio que siguió fue incómodo. Ya tenían tiempo sin verse.
—¿Mañana viene Edmund?
Étienne no contestó de inmediato. —Sí.
Edmund. Le traía recuerdos tan solo mencionar su nombre. Hace años que ya no se veían.
¿Qué habría cambiado en él?
¿Sería alguien elegante? ¿Atractivo? ¿Aburrido? ¿Sensible? ¿Respetuoso?
¿Qué habrá sido de él?
Tan solo mencionar su nombre le recuerda como si hubiera sido ayer cuando jugaban en el pasto, con aquella pelota roja, cuando todo era más fácil.
Cuando jugaban al escondite o a las atrapadas... todo eso quedó en el pasado.
¿Aún... se acordaría de él?
—Para la otra solamente nos aburrimos y no pedimos té.