EL INICIO
Antes del tiempo, no existía el silencio.
Existía… todo. Y nada.
El universo no nació con luz ni con oscuridad. Nació de una ruptura.
Una grieta primordial que separó lo inexistente en dos fuerzas opuestas… y eternas.
La luz. Y la oscuridad.
No eran elementos. No eran energía.
Eran conciencia.
La luz trajo la creación. La oscuridad… la profundidad.
Donde una daba vida, la otra daba sentido. Donde una expandía, la otra contenía.
Y en ese choque eterno… nació la magia.
No como un don, sino como una consecuencia.
Fragmentos de aquella ruptura se dispersaron por la existencia, formando los pilares que sostendrían los mundos: fuego, agua, tierra y aire.
Los elementos primordiales.
Equilibrados. Estables. Predecibles.
Pero incompletos.
Porque por encima de ellos… existían dos fuerzas que no podían mezclarse.
La luz y la oscuridad.
Desde entonces, el universo se expandió.
Mundos nacieron. Reinos crecieron. Civilizaciones florecieron. Cada uno desarrolló su propia forma de entender la magia.
Algunos la veneraban, otros la temían.
Pero todos… dependían de ella.
Porque la magia no solo habitaba en el mundo.
Habitaba en cada ser.
Y así nació la ley universal:
A los veintiún años, todo individuo debía ser juzgado.
No por su fuerza, no por su linaje.
Sino por la magia que llevaba dentro.
El ritual de revelación.
Un instante donde el universo decidía quién eras realmente.
La mayoría despertaba uno de los cuatro elementos. Algunos… ninguno.
Y unos pocos… algo más.
Porque en ciclos tan lejanos que los mundos olvidaban su existencia… nacía un monarca.
No un rey. No un gobernante.
Un eje.
Un portador absoluto de una de las dos fuerzas primordiales.
El monarca de la oscuridad…o el monarca de la luz.
Nunca ambos.
Nunca juntos.
El universo no lo permitía.
Porque donde uno existía… el otro debía esperar.
Así se mantenía el equilibrio. Así sobrevivía la existencia.
Los monarcas no nacían en un solo mundo. Podían surgir en cualquier rincón del universo: en un reino olvidado o en el imperio más poderoso.
Pero siempre… eran encontrados.
Porque existía un lugar que los llamaba.
La Torre.
No pertenecía a ningún mundo. No tenía origen conocido, ni creador.
Existía entre dimensiones, anclada en el tejido mismo de la realidad… observando y esperando.
No aparecía para todos.
Solo para aquellos aceptados por la magia.
Desde afuera, su forma cambiaba según quien la mirara: para algunos era una estructura infinita que atravesaba el cielo; para otros, un abismo sin fondo.
Pero todos coincidían en algo:
No tenía cima. Y nadie conocía su final.
Dentro de ella… la magia no obedecía reglas.
Los elementos se volvían más intensos, más puros y más peligrosos.
Los elegidos eran llevados allí por entidades conocidas como sirvientes dimensionales, guardianes del tránsito entre mundos.
Y una vez dentro…
la Torre no enseñaba.
Probaba.
Cada nivel era un juicio. Cada ascenso… un privilegio.
Los débiles quedaban atrás. Los fuertes evolucionaban.
Y los excepcionales…
trascendían.
Pero incluso entre ellos…
los monarcas eran diferentes.
No ascendían.
Dominaban.
Eran fuerzas vivas, capaces de alterar la Torre misma y cambiar el destino de mundos enteros.
Por eso, cuando uno nacía…
el universo lo sabía.
Cuando uno despertaba…
la existencia se inclinaba.
Y cuando uno caía…
todo temblaba.
Así había sido por eras.
Por siglos incontables. Por ciclos que ningún sabio podía medir.
Hasta ahora.
Porque por primera vez, desde la creación misma del universo…
algo imposible estaba por ocurrir.
El equilibrio…
iba a romperse.
Y cuando la luz y la oscuridad caminen al mismo tiempo… no habrá mundo que no arda. No habrá cielo que no se quiebre. No habrá destino que permanezca intacto.
Y en el centro de todo…
la Torre espera.
