Susurro de Luna y Copihue

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Summary

Rayen, una joven tejedora de diecinueve primaveras, ha sido anunciada por un sueño profético de su abuela, la machi Quintrala: el hijo del trueno llegará a romper su soledad. Ese guerrero es Küyen, lonko del lof de Llaima, de mirada profunda y corazón valiente. Cuando sus manos se unen junto al fogón de la ruka, el nütxam (diálogo ancestral) sella dos almas destinadas a amarse. Pero un rival celoso, Lef traru, desafía a Küyen a cruzar a nado el río Biobío durante la crecida más peligrosa. Solo el valor más grande y un amor verdadero podrán vencer a las aguas furiosas. Desde el guillatún de tres días hasta la noche sagrada del we tripantu, pasando por los lawen de la machi y el lazo de siete colores del compromiso, esta novela sumerge al lector en la cosmovisión mapuche más auténtica: el respeto por la tierra, el poder de los sueños y la certeza de que el amor verdadero lo tejen los espíritus desde el principio de los tiempos.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 – El sueño de la machi

En el valle cubierto de arrayanes, quilinejas y copihues rojos, la joven Rayen despertó sobresaltada cuando los primeros rayos del sol atravesaron el humo del fogón central de la ruka. Había tenido un sueño tan vívido que aún sentía el galope de su corazón contra las costillas. En el sueño, un guerrero de cabellos negros como la corteza del ñire y ojos del color profundo del lago Lanalhue la miraba desde la cima de un cerro coronado por lengas milenarias. Él extendía una mano y ella corría hacia él sin miedo, como si sus pies conocieran el camino.

Su abuela, la machi Quintrala, ya estaba sentada junto al fogón, tejiendo en su telar vertical las figuras de los volcanes y los rayos. La anciana tenía el cabello blanco como la espuma del río y los ojos claros que habían visto más de ochenta primaveras. Sin dejar de mover la lanzadera, habló con voz grave pero dulce: “Hija mía, esta noche tu pewma (sueño profético) me llamó desde el rehue. El espíritu del canelo me mostró que el hijo del trueno está cerca. Llegará a romper tu destino, que hasta hoy ha estado tejido con hilos de soledad”.

Rayen suspiró. Tenía diecinueve primaveras y su cuerpo era esbelto como una vara de colihue. Sus manos hábiles bordaban los más finos chamales del lof, y su trenza negra caía hasta la cintura adornada con semillas de peumo. Pero a diferencia de las otras doncellas de su edad, que ya habían recibido propuestas mediante el yewkín (el intercambio de regalos de compromiso), ella aún esperaba. No porque ningún guerrero la pretendiera, sino porque su corazón se mantenía callado, como el lago en mañanas sin viento.

Esa mañana, mientras molía piñones de araucaria en el kona (piedra de moler), sintió que algo cambiaba en el aire. El viento puelche, que bajaba de la cordillera trayendo olor a nieve derretida y a boldo silvestre, acarició su rostro con una suavidad desconocida. Levantó la vista y lo vio. Un jinete apareció en la loma, montado en un caballo overo de crines negras. El sol se posaba sobre sus hombros cubiertos por un chamanto negro tejido con figuras de rayos y estrellas. Llevaba una vincha de plumas de traro y, colgado del pecho, un medallón de piedra lahuén (ámbar mapuche) que brillaba como fuego.

Rayen dejó caer la piedra de moler. Su corazón latió como un kultrún en la ceremonia del guillatún, con un ritmo profundo que parecía llamar a los cuatro puntos cardinales. No era un extraño. Era Küyen, el lonko del lof vecino de Llaima, famoso en toda la comarca por su valentía en el palín, por su palabra justa en los nütram y por su mirada profunda que, según decían las viejas, había hecho llorar de amor a más de una doncella. Pero nunca se había fijado en ninguna. Hasta ahora.

Rayen quiso correr a esconderse dentro de la ruka, pero sus pies no obedecieron. Permaneció inmóvil, con las manos llenas de harina de piñón y el corazón desbocado. El jinete descendió lentamente por la ladera, y cuando estuvo cerca, desmontó con una agilidad felina. La miró a los ojos sin decir una palabra, y en ese silencio hubo más diálogo que en cien nütxam. El mundo se redujo a la tierra húmeda bajo sus pies, al canto del chucao en el bosque y a la certeza de que su abuela no se había equivocado. El hijo del trueno había llegado.