Donde Todo Comienza… y Termina
Desperté.
Abrí los ojos lentamente y lo primero que vi fue a varias chicas a mi alrededor. Vestían de forma sencilla, pero elegante: tonos marrones y crema, corpiños ajustados con cordones que marcaban sus figuras, mangas largas y suaves, y faldas amplias que caían hasta el suelo.
Parecían… pueblerinas. De otro tiempo.
Fruncí el ceño.
¿Qué hacía yo en un carruaje… con tantas chicas?
Conté rápidamente.
Éramos diez.
El recuerdo llegó de golpe.
El hospital.
La cama.
El sueño.
Me llevé las manos al rostro, luego al cabello. Seguía igual: castaño oscuro, ligeramente ondulado, sin arreglar pero con su textura natural. Bajé la mirada a mis manos… mi ropa… todo seguía siendo mío.
Entonces, esto no era un sueño.
Levanté la vista.
Algunas chicas lloraban en silencio.
Otras temblaban.
Y unas pocas… se arreglaban el vestido, el cabello… como si estuvieran a punto de competir por algo.
Eso fue lo que más miedo me dio.
El carruaje se detuvo bruscamente.
El silencio cayó como un golpe.
Miré hacia afuera: bosque. Espeso. Cerrado. Y, aun así… hacía calor. Demasiado calor.
Nadie se movía.
Hasta que—
toc.
Un golpe seco en la puerta.
El seguro se deslizó lentamente.
La puerta del carruaje se abrió de golpe.
Un hombre alto, vestido de negro, con una expresión fría y completamente indiferente, nos observó una por una como si contara ganado.
—Bajen.
Su voz no fue fuerte… pero nadie se atrevió a desobedecer.
Y en ese momento…
Lo supe.
Esto no era un traslado.
Era una selección.
Entonces bajamos.
Al poner un pie fuera del carruaje, el aire caliente me golpeó el rostro.
Levanté la vista.
No era el único carruaje.
Había cuatro.
Y junto a ellos… tres hombres más, vestidos exactamente igual que el primero. Negro absoluto, impecable, como si la luz no pudiera tocarlos. La misma insignia dorada en el pecho. La misma expresión vacía.
No eran guardias.
Eran algo peor.
De los otros carruajes comenzaron a bajar más chicas. Diez por cada uno.
Cuarenta en total.
Nos alinearon en filas, sin cuidado, sin palabras… como si fuéramos ganado.
Entonces las vi.
Tres mujeres se acercaban.
No vestían como nosotras.
Sus ropas eran más sobrias, más oscuras, más… elegantes. Cada paso que daban imponía silencio.
Matronas.
La del centro parecía liderar. No debía tener menos de cuarenta años. Su mirada era fría, calculadora… como si ya hubiera visto a cientos como nosotras.
Nos observó una por una.
Sin prisa.
Sin emoción.
Como si decidiera… quién servía.
Y quién no.
Más allá, pude ver parte del complejo.
El palacio era enorme… pero no estábamos allí.
Nos encontrábamos en una sección apartada.
El harén.
Había más mujeres, pero no eran como nosotras. Sus vestidos eran más finos, sus posturas más seguras.
Ellas ya pertenecían aquí.
Nosotras… aún no.
Las matronas comenzaron la inspección.
Observaban la belleza, la salud… y algo más.
El comportamiento.
Algunas chicas eran apartadas sin explicación, dirigidas a otra fila.
Nadie decía a dónde iban.
Eso era lo peor.
Tragué saliva.
Rápidamente llevé una mano a mi cabello. Aunque tenía su forma natural, estaba desordenado.
Lo acomodé como pude.
No sabía qué estaban buscando exactamente…
Pero sí sabía algo.
No podía llamar la atención.
Pero entonces…
Un sollozo rompió el silencio.
Una de las chicas comenzó a llorar. No en silencio… sino de verdad. Desesperada.
El sonido se sintió fuera de lugar. Incorrecto.
La matrona líder frunció ligeramente el ceño.
No levantó la voz.
No hizo falta.
—Deja de llorar.
Silencio.
—Nombre.
La chica no respondió.
Solo siguió llorando, cubriéndose el rostro.
Un error.
La matrona ladeó apenas la cabeza.
—Abra la boca cuando se le habla.
Nada.
Solo llanto.
Entonces…
La matrona no repitió la orden.
No gritó.
No se acercó.
Simplemente levantó dos dedos.
Un gesto mínimo.
Las otras dos matronas se movieron de inmediato.
Tomaron a la chica por los brazos.
Ella intentó resistirse.
—¡No, por favor—!
Nadie reaccionó.
Nadie la ayudó.
La arrastraron hacia la otra fila.
La fila equivocada.
El llanto se convirtió en súplica.
Y luego… en silencio.
Tragué saliva.
No hacía falta preguntar qué significaba.
Porque algo dentro de mí ya lo entendía.
Aquí…
no era el miedo lo que te condenaba.
Era perder el control.
Cuando una de las matronas se acercó a mí, el aire pareció volverse más pesado.
Se detuvo justo frente a mí.
No dijo nada al principio.
Solo me miró.
De arriba hacia abajo.
Evaluando.
Midiendo.
Como si ya estuviera decidiendo algo.
Entonces habló.
—Nombre.
Mi mente se quedó en blanco.
¿Mi nombre?
El pánico subió de golpe.
Este no era mi mundo.
Este no era mi cuerpo.
No sabía nada.
Ni siquiera eso.
Tragué saliva.
Tenía que decir algo.
Lo primero que viniera.
—Elise.
La palabra salió más firme de lo que me sentía.
Pero fue suficiente.
La matrona no respondió.
Pero lo notó.
Notó la duda.
Lo supe por la forma en que sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario.
Aun así… no dijo nada.
No le importaba.
O peor.
Ya lo había tomado en cuenta.
Se acercó un paso más.
Demasiado cerca.
Sentí su presencia como una presión en el pecho.
Sus manos, cubiertas por guantes, tomaron mi barbilla sin suavidad.
Levantó mi rostro.
Giró ligeramente mi cabeza.
Observó.
Mi piel.
Mis facciones.
Luego bajó.
Mis manos.
Las tomó, examinándolas como si buscaran defectos invisibles.
Después mi cabello.
Lo apartó con precisión, evaluando su textura, su estado.
Nada escapaba a su mirada.