Cielo de Cristal

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Summary

Lo único que Gael necesita es un espacio privado para su mente, y que mejor espacio que un reino totalmente suyo para gobernar. Pero dirigir un reino no es nada sencillo cuando los cielos deciden enemistarse con el tuyo.

Genre
Fantasy
Author
Marinn A.
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Seis

Durante las últimas semanas de verano comenzaba la víspera de comienzos de clases, lo que se traducía a: fin al descanso, fin a los libros, fin al descanso intenso de mi cueva personal que era mi habitación.

Caminé tranquilamente con mis audífonos a un volumen considerable en dirección a la escuela. Era mi último año y yo solo sobrevivía con saber que ya no tendría que ver a ninguno de mis sofocantes compañeros de clases, tenía la teoría de que cada uno de ellos se negaba a consciencia a querer madurar y comenzar a pensar en sus futuros. Yo era diferente.

Estaba consciente de que después de pasar más de 10 años esclavizado en la misma escuela no pasaría mucho tiempo para tener que volver a estudiar otros 5 años más al escoger una carrera que me guste.

Caminé sin prisa por los pasillos casi vacíos del enorme establecimiento, sabía que no me iban a decir nada por llegar tarde, y tenía claro que a nadie podría importarle menos mi insignificante presencia, era mejor así, y yo así me sentía perfectamente cómodo. Que mejor que estar nadando en el vasto océano de mis propios pensamientos que se repetían una y otra vez sin dar tregua a la aburrida explicación de la profesora con cara de insomnio que estaba frente a la pizarra.

Por respeto a la profe miré la pizarra fingiendo un forzado interés por lo que sea que había escrito la docente. Matemáticas. Que martirio, de cierta forma admiraba a mis compañeros que se decantaban por la rama científica, aunque apenas podía entender ecuaciones de segundo grado los números nunca me gustaron. En eso pensaba, luego mis ojos se fijaron en el desgastado cartel de Bienvenidos que colgaba arriba de la pizarra, los carteles con información útil, los cumpleaños anotados, mi cumpleaños que apenas estaba visible y que parecía más una mancha desgastada, un borrón que a nadie le importaba.

5+1

Y en las esquinas por supuesto que había mensajitos románticos u odiosos dirigidos a compañeros de curso que pensaban que eran completamente relevantes solo por elevar más la voz o por ser el que más chistes vociferaba.

5-1

Suspiré ya del cansancio en plena clase, ni siquiera era la segunda del día y ya sentía el estrés a flor de piel, podría ponerme la capucha o arriesgarme a que me echen de la clase, que pensándolo una… dos… tres… y hasta una cuarta vez no era tan terrible.

5-1

Okey, ese número que en un principio se estaba sumando ahora se estaba restando, nada raro por supuesto, la profesora que estaba enseñando acerca de las asquerosas ecuaciones de segundo grado, evidentemente había escrito ese simple calculo en las cuatro esquinas de la pizarra.

Me aseguré de mirarlo fijamente en caso de que se añadiera otro número o su forma se alterara. Pero no pasó nada, estaba ahí como un ornamento más de la maltratada pizarra blanca… o debería decir gris por el incesante uso que ha recibido.

Saliendo de la extraña clase me dediqué a recibir mi buena dosis de vitamina D de mi mejor amigo el sol. Extendiendo mis brazos descubiertos para recibir lo máximo posible, me encantaba cuidar de mí mismo, recibir los nutrientes necesarios y luego detenerme, pero esta vez quise quedarme un rato más, necesitaría la energía para tolerar este día que había empezado de la mierda.

Luego de lo que podrían haber sido fácil treinta minutos en el sol de la mañana me acerqué a una sombra y me puse mis audífonos, o eso intenté.

-AH! ¡mierda!

Solté sin importarme realmente las miraditas que me lanzaron unas chicas que pasaban por el pasillo, sentí que algo me había quemado en mis brazos al rozarlos por mi capucha puesta, y después de alejarlos para ponerlos a mis lados seguían ardiendo en menor medida.

Un intenso dolor de cabeza surgió de la nada y apenas pude procesar un solo pensamiento que no sea dolor.

Subí cuidadosamente mi manga izquierda, consciente de que todavía me ardía bastante lo que fuera que tenía, para mostrar una marca rojiza que parecía palpitar y querer salir de mi piel.

Solté un leve tembloroso suspiro, traté de calmarme y respirar profundamente, “cálmate”, me dije a mi mismo mientras cerraba los ojos por un momento y pensaba en lo mínimo y lo más simple que pude imaginarme, y así asimilar la broma pesada que se dibujaba en mi antebrazo interior.

Sentía que la quemadura en cualquier momento podía comenzar a sangrar y cobrar vida propia para luego abandonar mi cuerpo y caminar por el pasillo del colegio. La cubrí muy cuidadosamente y pensé en dirigirme a la enfermería, pero pensé, ¿qué diría la enfermera al ver que me presento con una quemadura de segundo grado y que casualmente se ubicaba en mi antebrazo? Y no solo uno, sino que en los dos.

Mi cabeza palpitaba, pero el dolor se fue pasando con el rato y su neblina que no me dejaba pensar bien se disipó.

Al final me dirigí al baño, una opción un poco más segura que no me traería problemas con un futuro psicólogo, no era normal tener este tipo de lesiones, pero tampoco podían ser casos tan excepcionales.

Entré y me cercioré de que no hubiera nadie, subí lenta y cuidadosamente mis mangas y abrí la llave para dejar salir el agua. Suspiré y supe que dolería, pero me faltó un poco más de imaginación y realismo, era una quemadura bastante seria y si ya de por sí me dolía, esto era brujería disfrazada de broma.

El grito que salió de mi boca debería haber alertado a más de un auxiliar o alumno correteando por los pasillos de no ser porque había cerrado la puerta. Ahora yacía pegado de espaldas contra la pared cubierta de azulejos blancos, con mis brazos temblando del dolor, apreté instintivamente mis manos tratando de apaciguar el daño hecho en mis brazos.

Quise llorar… y lo hice, en silencio claro está. Vi cómo se liberaba un poco de vapor de la herida y una poco de olor a carne quemada que me recordó a los domingos de asados en mi casa.

En medio del dolor decreciente sonreí un poco, reí un poco. Era cien por ciento seguro de que me tildarían de loco si cualquiera me viera en esa situación, y eso sin agregar la lesión encarnada en mi brazo.

No hice nada y asumí que, si el agua no ayudaba, tampoco lo haría algún medicamento, la herida parecía alérgica a cualquier cosa que se atreva a tocarla.

Durante el día no pude concentrarme a ninguna clase debido al dolor que me provocaba la quemadura, pero por suerte era la primera semana de clases, y en la primera semana no se hace absolutamente nada.

Llegando a casa saludé rápidamente a mis padres y subí a mi habitación, tiré mi mochila a donde sea y me quité el uniforme para poder ver bien la marca que se ubicaba mis brazos.

6

Aún seguía ardiendo, pero en menor intensidad, aparte de su alarmante color, la forma era fluida y tenía un acabado que parecía incluso elegante. Me quedé observándola por un buen rato y decidí tratar de vendarla.

Dolió bastante y punzaba todo el rato, pero ahora al menos no se veía y me ahorraría varios inconvenientes.

A la semana solo sentía una leve comezón y la forma tenía un color rosita bastante único en contraste con mi piel morena.

Traté de pensar en una explicación lógica a la marca, pero solo llegué a la conclusión de que las matemáticas me odiaban. Parece que amar los libros de textos y todo lo relacionado con ello era una maldición para nosotros.

—… jeje

Mientras me reía yo solito de mi razonamiento caminé por un pasillo rascándome el antebrazo hasta que sentí un leve piquete en los hombros. Percibí como mi piel se erizaba y un agudo dolor de cabeza que llegó de súbito me hizo trastabillar hasta chocar con un cuerpo ajeno. Quise vomitar por todas las sensaciones que llegaron en conjunto, tuve una arcada, fue demasiado.

Pero la persona con la que choqué no se veía muy bien tampoco. Era un chico un poco más alto que yo y pelirrojo, que tenía una mueca pálida de molestia dibujada por toda la cara. Nuestros ojos conectaron y percibí cierto… “vacío” dentro de sus pupilas que además de ver rojo, no supe cómo interpretarlo, pero me sentí bastante intimidado.

— Perdona!… no me fijé por donde pasaba!

Sostuve mi cabeza con una mano y extendí la otra para que la sostuviera.

Pero no dijo nada en respuesta, de hecho, comenzó a respirar más pesadamente y por la forma en que me miraba parecía querer matarme justo ahí en el pasillo. Y su mirada… estaba inyectada en sangre.

— H-Hey… te sientes bien?

Volví a hablarle por educación con mi mano estirada en el aire, pero solamente se quedó ahí, en el suelo mientras su cara se deformaba cada vez más a cada segundo que pasaba. Su horrible cara llena de pecas se convirtió en una máscara de Halloween y esa fue la señal para irme de ahí al instante.

No sin antes atisbar como sostenía su antebrazo izquierdo.

Con esa última inspección fugaz me fui de ahí sin mirar hacia atrás.

Y comencé a sobre pensar.

¿Era mucha casualidad que se sostuviera el brazo? Probablemente cuando se cayó sostuvo su caída con ese brazo en específico, pero se lo estaba frotando también, ¿que indicaba eso? ¿Dolor o comezón?, podría ser cualquier cosa… y esa cara con la que me miraba, ¿quién se enoja tanto por una caída? Entiendo que yo estaba distraído y podría haber mirado mejor por donde caminaba, pero…

Y sus ojos, que parecían haber estado abiertos por una semana entera sin descanso. Podría ser malicioso y pensar que era un adicto a alguna sustancia como varios de mis compañeros, pero no era una teoría muy plausible.

¿Tendrá el mismo número que yo?

Y el dolor de cabeza de nuevo. Me pasó lo mismo la vez en que la marca se formó en mis brazos, y pasó ahora cuando choqué con él.

Me hubiera encantado levantarle la manga y descubrir un secreto que podríamos haber compartido entre él y yo. Saber si el conoce lo mismo que yo. Después de todo, lo que yo sabía era que había recibido una quemadura de segundo grado con forma de seis porque me expuse al sol en plena mañana de marzo.

Un regusto metálico pasó por mi garganta.

Durante la jornada de clases no me volví a topar con el mismo chico—por suerte—, y de camino a casa estuve a punto de ponerme los audífonos para aislarme de tanto ruido, pero escuché una voz detrás de mí. Era un murmullo, apenas perceptible y que pasó como un mosquito volando por encima de mi cerebro, no distinguí bien si el tono era femenino o masculino.

Me detuve por unos segundos y el murmullo se convirtió en susurro.

Una señora de lentes con una bolsa de supermercado pasó por mi lado casi arrollándome por su camino.

Arrugué el entrecejo, mirando de un lado a otro a la vez que me rascaba la nuca. ¿Qué había sido eso?

Me quedé unos segundos después más de confusión y seguí mi camino a casa.

Mis días pasaban de lo normal a lo extraordinario en un chasquido de dedos… era eso o mi ansiedad estaba evolucionando al nivel de escuchar voces por las esquinas.

Luego los dolores de cabeza pasaron a mayores.

Me encontraba en clases de lenguaje y literatura, dándolo todo de mí en un extracto sacado del don quijote, era un tanto complejo y mi concentración estaba completamente focalizada en una línea que era un tanto enrevesada. Había progresado bastante en comparación a los burros de mis compañeros que por poco y no sacaban humo de sus oídos.

Pero el único oído afectado era el mío.

Sentí como un líquido caliente fluyó a través de mi conducto auditivo y pasaba como agua por una alcantarilla, solo que este parecía más espeso y sentía que ardía por donde pasaba. Vi como la hoja de texto que con tanta concentración estaba leyendo se teñía con unas gotas de color carmesí oscuro. El hilillo rojizo había bajado desde mí oído hasta mi mandíbula para llegar hasta mi mentón y bajar en pequeñas gotas hasta mi lectura.

Mis oídos sangraban y el mundo se había silenciado.

No lograba escuchar nada, miré con pánico a mis compañeros y algunos estaban dormidos, otros con el celular, y unos pocos estaban concentrados leyendo. El profesor movía la boca, pero ningún sonido salía de ella. Llevé mis manos a mis orejas y tapé mis oídos para evitar que el fluido siguiera cayendo como cascada por mi quijada.

Comencé a hiperventilarme, hablarme a mí mismo no funcionaría, Mi corazón… saltaba queriendo salir eyectado de mi pecho.

Cerré lo ojos y respiré a la fuerza.

1

2

3

4

Repetí varias veces el proceso, instruí un mantra en mi mente y lo seguí como si mi vida dependiera de ello. No me di cuenta, pero aparte de la sangre que se solidificaba en mi mentón, de mis mejillas bajaban espesas lágrimas que pasaban a mezclarse con el otro líquido.

Miré a mi derecha y mi “compañera” me miraba con asco.

… e Asco

No le tomé atención y desvié mi atención a la ventana que estaba a mi izquierda.

Me concentré en la calle y en los pocos autos que pasaban por ahí. Conté cuantos pasaban y traté de distraerme con lo poco que se veía a través de la ventana. Sin embargo, vi pasar una cabellera pelirroja a un callejón e involuntariamente destapé mis manos y el mundo había vociferado.

—Agh!

Volví a tapar mis orejas con torpeza, inconscientemente apreté mis dientes, esperando aplacar el dolor agudo, pero esta vez sentí una mano posarse en mi hombro.

—Gael, tienes que ir a la enfermería, ahora.

Dijo el profesor con una mirada muy preocupada, me extendió un pañuelo y solo pude murmurar un “gracias”. Me levanté e ignoré todas las miradas que venían por parte de mis compañeros y salí rápidamente de allí. Por suerte era la última clase del día.

“Debería tomar algún medicamento y prevenir este tipo de situaciones” pensé.

Fui al baño a limpiar el desastre sangriento y luego de asearme un poco ya me sentía un poco mejor.

No supe que hacer.

Pero recordé al chico enojado del otro día, El pelirrojo raro. Estaba entrando a un callejón y parecía ir con prisa.

Y pensé, si mi condición iba a empeorar, entonces al menos debería saber porque me pasa, y el único indicio de una pista que tenía era el simple agarre de su mano a su antebrazo que el chico demostró. Podía arriesgarme a que me pegara una paliza, pero al menos sabré algo.

Salí y lo seguí.

Aceleré el paso por el mismo sendero que había tomado hasta el callejón. Era más largo de lo que parecía. La basura se acumulaba a los costados, desbordándose. De los contenedores escurrían líquidos oscuros que serpenteaban por el suelo. Hice una mueca y desvié la mirada. Apreté los puños y avancé, respirando lo justo.

No había nadie.