Capitulo Í
Lady Abigail Williams había abandonado, por un instante, la compostura que debía guardar por su posición. Avanzaba con gran prudencia entre las grandes columnas que sostenían el amplio techo de mármol y adornaban todos los salones con sus líneas doradas.
Observó con detenimiento. Al no notar presencia alguna, corrió hacia las puertas traseras que conducían al patio; su fortuna: no está tan expuesto.
La risa escapó de sus labios cuando, impulsada por la adrenalina, se adentró a los grandes bosques y praderas que rodeaban toda la mansión. Aunque tarde había decidido huir, aun sabiendo que la ira de su padre, el duque Williams, sería inevitable si descubría su rebeldía.
Tras una larga carrera, llegó a una pradera rodeada de hortensias: rosas, azules y moradas se mezclaban bajo la inmensa claridad del cielo.
—¡Espléndido... —murmuró, asombrada.
Se refugió bajo aquel árbol frondoso que se ubicaba en medio de la pradera y empezó a leer el libro que llevaba consigo durante todo su trayecto. Y estando allí, leyó y leyó por horas. Se perdió tanto en la historia que ni siquiera pudo notar lo tarde que se tornaba el día.
(...)
—No, ¡ya está cayendo la tarde!—exclamó alarmada.
La joven se levantó con gran apresuramiento y empezó a correr, pero esta vez no pudo elegir el mismo camino. Ya que irse por los grandes bosques sería una ruta peligrosa. Así que eligió un sendero que ya estaba marcado, indicando que se aproximaba un camino. Al cansarse de correr, se detuvo, empezó a caminar sin fuerzas y jadeando a la vez.
—¡Mi padre jamás va a perdonarme!
Lady Abigail no se había dado cuenta, pero detrás de ella venía alguien. Sus pies estaban cansados y el camino se había extendido más de lo que la joven pensaba. Sin embargo, nota a un extraño hombre que se acercaba a ella por delante. Lady iba del lado izquierdo del camino y él venía del otro lado, pero según él se fue acercando, también estaba cambiando su dirección al lado izquierdo del camino. Ella lo nota y se alarma y de un momento a otro se gira para devolverse, pero al hacerlo aparece otro justo delante, haciendo que la joven tropezase con él.
—¿Qué hacéis una señorita como tú, por estos lados?
Ella percibe el tono hostil del hombre y se siente amenazada cuando el otro llega y se ve atrapada.
—¡Lady! —se defiende—. ¡Soy lady Abigail Williams! Hija del duque Emill Williams, lord y dueño de estas tierras —les grita, pensando que con aquellas palabras les dejarían en paz.
—¿Escucháis, Víctor? —ríe a carcajadas—. ¡Ay, sí, disculpe, mi lady... Abigail! Yo soy el lord Bruno de la casa Stirling... es un honor conocerle —exclamó, haciendo un gesto de reverencia—.
Ambos empiezan a burlarse, dejando al descubierto su borrachez.
—¿Qué es lo que queréis de mí? —pregunta alterada.
Uno de ellos le agarra por un brazo, tratando de detenerla.
—No pretendemos hacerle daño, mi lady. ¡Solo queremos divertirnos un poco!
Al sentir la fuerza con la que le apretaba el brazo y el peligro que estaba sintiendo, le arrojó el libro que llevaba en el otro brazo, rompiéndole la nariz al que la sostenía.
Tan pronto como sintió su liberación, trató de correr, pero el otro sujeto fue más audaz y la arrempujó, haciéndole que cayese.
—¡Ven aquí, insolente! ¿Creéis que puedes escapar de nosotros? —le dijo, lanzándosele encima.
—¡No! Soltarme... ¡Me hacéis daño!
—¡Ay! ¿De verdad, mi lady? —¡Permítame ser más delicado! —exclamó, tratando de desgarrarle la tela de su corpiño con brutal descuido.
Un grito de desesperación escapa de sus labios, vencido por el miedo. La tarde empieza a oscurecer y que pasara alguien por allí sería imposible. Pero para su fortuna y mucho antes de que estos hombres empiecen a hacerle daño, un chico repentinamente apareció, golpeando al sujeto que se encontraba encima de ella. El otro estaba demasiado borracho, tanto que no le dio tiempo ni a reaccionar, siendo golpeado también, por aquel pedazo de madera.
—¿Estáis bien? Dime... ¿Te han hecho algún daño?—preguntó arrodillándose.
Lady Abigail se encuentra aturdida, su corazón late rápido y sus lágrimas no dejan de brotar. Ella tapa rápidamente su corpiño con las partes que fueron rasgadas, sintiendo cómo el miedo aún la invade.
—¡Mírame! Os estoy hablando... ¡Señorita! —Él le mira con desesperación.
Ella voltea hacia él, mirándole fijamente a los ojos. Él nota el miedo que transmite su mirada y siente como algo dentro de él se quebranta.
—¡Dime... si estáis bien! —apenas pudo susurrar nuevamente al verla a los ojos.
Se quebrantó por completo, sus lágrimas inundaron su rostro y solo cayó en los brazos de aquel chico que la había salvado, y él la abraza haciéndole que se sintiera segura en su presencia.
(...)
—No le digáis nada a tu lord; si se entera de que lady Abigail no está... será toda una guerra —exclama la duquesa Beatriz a la dama de compañía de la lady.
—¿Qué cosas no se me podéis decir? —preguntó el duque, mientras aparece repentinamente en el aposento.
—¡Mi lord! ¿Qué hacéis tan temprano de vuelta?
—¡Contesta mi pregunta, mujer! — No he visto a Abigail por ningún lado... ¿Dónde está?
—Ah... Abigail, ella... no ha aparecido desde la tarde —expresa con gran temor.
El duque Williams se acerca rápidamente hacia ella.
—Me podéis explicar cómo osáis no saber dónde se encuentra Abigaíl. Pero juro que desde que la encuentre me las pagará. Le enseñaré que cuando se juega con fuego... quedan quemaduras.
—Mi lord... ¡Por favor, calmaos! Ella aparecerá.
—¡Preparad los caballos! Partiremos en busca de lady Abigaíl.
El duque salió presuroso de la habitación, mientras que la duquesa se quedó lamentándose en la cama. Los caballeros alistan los caballos y encienden antorchas para iluminar el camino. Y justo cuando iban a salir, informó uno de ellos que se encontraba abriendo el portón.
—¡Lady Abigail ha regresado!—exclamó a gran voz.
La duquesa escuchó aquellas palabras desde el aposento y corrió hacia la ventana. No se veía con exactitud si era Abigail, así que bajó rápidamente las escaleras gritando su nombre una y otra vez.
El duque fue hacia el portón y por su aspecto no se veía tan comprensivo.
—¿Quien sois, y qué le habéis hecho a mi hija?—preguntó con tono severo al ver la condición de la joven.
—Le he salvado de unos sujetos que querían ultrajar su honor—respondió jadeante por la fatiga.
Lady nota el desprecio en los ojos de su padre tras su desobediencia y no dijo ni una sola palabra.
Varios de los hombres llevaron a la lady, cuando apareció su madre dando voces desgarradas, como si la joven temiese de que la vida la abandonara.
—¿Dónde estáis esos hombres?—preguntó el duque, sonando sombrío.
El joven le mira con temor y tartamudea, pero finalmente responde.
—A pocos minutos, si vais a caballos... están borrachos y tal vez por el golpe aún estén tendidos en el suelo.
El duque sale montando en su caballo, llevando consigo una espada, dos de sus hombres le siguen. Los caballos iban a gran velocidad, mientras que las antorchas alumbraban el camino que se tornaba cada vez más oscuro.
(...)
—Súbanle a su aposento—ordenó—la duquesa.. ¡Ana! ¡Ana!—grita desesperada.
—!Si mí lady¡
—Prepara un baño con agua caliente, ahora mismo... y tú, trae toallas y vestidos limpios... ¿Qué hacéis ahí? ¡Vayan ya!
Mientras lady Abigail era llevada a su cuarto y su padre salía tras los hombres que le habían hecho aquello, el joven entró a la mansión y se sentó allí para esperar al duque.
(...)
—¡Allá... hay dos hombres tendidos!—indicó uno de sus acompañantes.
Al acercarse el duque los mira y escupe con desprecio.
—Traerlos... le daremos una lección que jamás olvidarán—les ordenó.
(...)
—Mi padre no me perdonará... mi padre no me perdonará—repetía una y otra vez lady Abigail, desolada.
—¡Queréis callarte! Esto no hubiese pasado si no habéis salido de casa. Ahora tendrás que aceptar las consecuencias.
—¡No, madre! Por favor... tenéis que ayudarme—le suplicó entre lágrimas.
—Mejor agradece que esos hombres no llegaron hacerte nada, o mejor aún... que tu padre no acabara con tu vida tan pronto cuando te vio así.
—¡Mamá!—ella le mira con arrepentimiento.
—No me mires así Abigail... ya no eres una niña, sabes que vuestro comportamiento fue muy inmaduro y os puedo asegurar de que tu padre no lo dejará pasar por alto.
—¡Por favor!—susurra.
—No digas una sola palabra más, Lady Abigail. Cuando terminen de lavarte, ponte ropa limpia y descansa. Es mejor que estéis dormida para cuando regrese Emill.
La duquesa salió del aposento de lady Abigail y se dirigió a bajar las escaleras, vio al chico sentado en uno de los muebles, pero cuando se iba a dirigir hacia él, llegó una de sus criadas.
—El lord ha vuelto, y trae consigo a los sujetos que intentaron hacerle daño a lady Abigail—le informó.
—Sígueme muchacho—le ordenó la duquesa al joven, al oír la información de su criada.
—¡Como ordene, mi lady!—levantándose deprisa.
Ambos salen y ven al duque desmontarse del caballo, sus hombres tiran a los sujetos al piso como si fuesen sacos de arena y lo arrastran hacia el establo de los caballos de la mansión.
—¿Estos son los hombres?—le preguntó el duque.
—Si mi lord. ¡Son ellos!
—Amárrenlos, mañana temprano le daremos una pequeña visita.
En cuanto se marcharon de aquel sitio, el duque ordenó reunirse con aquel joven que había salvado a su hija de tal deshonra. Sus intenciones no eran agradecerle del todo. Más bien, era conocerlo, saber porque se encontraba allí, qué lo había llevado a aquel lugar y por qué precisamente en ese momento.
—Seré directo con vos—le miró fijamente estando de frente y prolongando su desconfianza ante el muchacho.
—¡Sí... mí lord!—exclamó con sensatez—mientras todas las miradas se posaban sobre él.
—¿Vos quien sois? ¿De dónde os venís y adonde vais?
—¡Disculpe si mi presencia os ha causado alguna desconfianza... no ha sido mi intención! Y en cuanto a quien soy... pues, soy Arthur Beckham. Vengo de las casas de los barones del Norte; apellidados Beckham y Millers.
—¿De las casas del norte, os decís?—preguntó el duque inquietado.
—Así es mi lord. Sé que he venido desde muy lejos, pero, son por razones que lo ameritan, las cuales... me gustaría hablarlas con usted mi lord... en privado.
El silencio se apoderó de aquella sala, los presentes notaron la perplejidad en el rostro del duque. Haciendo que se preguntaran: ¿por qué tanto misterio en aquel joven?
—Os podéis quedar... mañana seguiremos esta conversación en privado—indicó rompiendo el silencio.
—¡Le agradezco mi lord, será un honor quedarme bajo vuestro techo!
El señor solo le sonrió, pero la confusión o las dudas se notaban en su semblante. Ordenándoles a todos los presentes que se retirasen del lugar.
Saliendo del salón, Arthur avanzaba por los pasillos con gran cautela, observando cada detalle con detenimiento cada parte de aquella gran mansión.
Al día siguiente Arthur salió al balcón de su habitación, y después de varios minutos ella salió al jardín.
Su presencia llamó la atención de él al instante, Su vestido que parecía una inspiración antigua, abrazaba su cuerpo con una elegancia artesanal: llevando un corsé bordado, cargado de filigranas florales y tonos envejecidos, sus mangas largas y de telas finas que caen con suavidad, como un velo listo para volar al ser tocado por el viento. La falda, en capas de marfil y esmeralda profundo, abriéndose con una dignidad serena, recordando los jardines iluminados por el sol en los amaneceres.
Un collar de perlas reposa en su cuello con discreta nobleza, sin imponerse, como si no necesitara anunciarse. Su cabello castaño, suelto en ondas naturales enmarcaban su rostro con una delicadeza casi pictórica, como si hubiese sido peinada por el viento y no por manos humanas.
Pero su semblante fue lo que más le cautivó: aquella calma profunda habitaba en su mirada, mezclada con dulzura y determinación. Los ojos, claros y atentos a las flores que adornaban el jardín, pareciendo guardar silencios antiguos y promesas no dichas.
Él descendió al patio para encontrarse con ella, se apresura por los pasillos para no encontrar alguna presencia que le impida llegar a la joven. Y al final lo consigue.
No se acercó a ella por completo, sino que fue caminando lentamente fingiendo que no había percibido su presencia.
—¡Disculpe, mí lady! ¿Me concedería un instante de vuestro tiempo?
Ella se gira hacia él, sin reconocerle.
—No debió estar allí tan tarde... sola—le dijo, mientras le ofrecía el libro que había dejado tirado.
—La joven le mira detenidamente, parece estar sorprendida y entre el intercambio de miradas y el silencio del momento, ambos parecían perderse en los reflejos de sus ojos.
Ella sostuvo el libro entre sus manos sin apartar la mirada de él, recordando aquel rostro, del cual le había salvado del infortunio.
—Os agradezco, señor—respondió finalmente, con voz tierna.
Arthur inclinó levemente la cabeza, en un gesto respetuoso.
—¿No os parece que el jardín invita al descuido?—dijo—. Incluso... a los más prudentes.
Ella esbozó una sonrisa apenas perceptible, una que no alcanzó del todo a sus ojos.
—No sois de este lugar—observó con cautela.
—No, mí lady—admitió—. Soy un huésped... reciente.
Hubo una breve pausa. El viento agitó las hojas y, por un instante, pareció que el mundo se detenía solo para ellos dos. Las miradas discretas se cruzaban con timidez y los nervios inocentes resultaban evidentes en ambos.
—Espero no haber sido imprudente al dirigirme a vos—añadió él—. Comprendo que no siempre es adecuado...
—¡No habéis sido!—le interrumpió ella con sinceridad—. Aunque debo pediros que guardéis distancia. Mi padre es... estricto con las normas.
Arthur asintió, y su mirada se suavizó.
—Entonces no os retendré más de lo debido. Solo deseaba asegurarme de que os encontrabais bien esta mañana.
Ella bajó la vista, como si aquella simple frase pesara más de lo que debería.
—Lo estoy—respondió—. Al menos... eso intento creer.
—¡Disculpad, mí lady!—exclamó una de las siervas al aproximarse—. Os esperan en el comedor, tanto a vos como al barón Beckham.
Ella asintió, y él le hizo un leve gesto para cederle el paso.
Ambos caminaron por los pasillos guardando una prudente distancia. Él deseaba acercarse una vez más; ella se contenía para no mirarle. Sus pasos eran firmes, y la delicadeza de la joven se reflejaban en cada movimiento, atrayendo miradas allí por donde pasaba.
El comedor se hallaba en el gran salón al final del pasillo principal, al llegar, ella le pidió que guardase unos instantes antes de entrar, petición que aceptó sin objeción.
—¡Buenos días!—saludó ella al ingresar, con la mirada baja.
El duque, la duquesa y la madre del duque respondieron a su saludo. Abigail tomó asiento junto a su madre. La mesa, amplia, y generosa, estaba dispuesta con frutas, jugos, panecillos, carnes, vinos y especias.
Arthur entró unos minutos después.
—¡Mi lord, mis ladies!—dijo con respeto—. Disculpad mi retraso; espero no resultar inoportuno.
—¡Tomad asiento, barón!—ordenó el duque—. Espero que hayáis descansado bien.
—Sí, mí lord. El descanso fue muy placentero.
El duque asintió.
Arthur tomó asiento frente a ella, y aunque por momentos su mirada se posaba discretamente sobre Abigail, la joven jamás le devolvió la vista.