LA LEYENDA DEL CABALLERO BLANCO (I)
I
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de una mujer?
—No, pero sospecho que vas a contármelo.
—La inocencia—dijo Felik—. La única vez que la ves es cuando se quita la ropa y no puede mirarte directamente a los ojos. Sí: solo ese instante de la primera vez. Luego ese efecto tan cautivador se esfuma y esa niña tan pura e inocente pasa a ser como todas las demás.
—Si tanto te gusta ese rollito, vete a Yawao. Es el lugar perfecto para tus desvelos. ¡Palabra que las mujeres yawa son encantadoras! Hasta las tías que llevan casadas más de veinte años actúan como tímidas colegialas que no han visto una polla en su vida.
—¿Tú has estado allí?
—¿En Yawao? No, pero he visto muchos... documentales.
Rieron profusamente, prolijos en su crueldad y en su falta de decencia. Yo los miré de muy mala manera, pues creedme cuando os digo que no daba crédito a lo que oía. ¿Cómo puede un hombre de ciencia, de conciencia, hijo de la más moderna filosofía, desplegar tanta maldad? A ti te lo digo. ¿Qué pasó con el respeto, la lealtad, el amor puro entre dos almas solitarias que solo se tienen el uno al otro? ¿Qué pasó con los ojillos tiernos, la campanilla temblorosa, el susurro resbaladizo sobre tu piel, las vivencias compartidas en un mundo donde solo estamos tú y yo, tú y yo, tú y yo? ¿Qué pasó con las lágrimas limpias, sin amargura, sin regomello, sin tristeza, la picazón repentina, el...?
—¡Eh, tú, gordo de mierda!—La voz aquella gritó tan alto que no pude evitar dar un respingo. Menos mal que solo fingía orinar, porque podría haberme mojado la coquilla—. ¿Qué coño estás mirando? ¿Quieres verme la polla o qué?
Abrí la boca para emitir un murmullo pausado y rítmico, pero carente de significado. No dije nada coherente ni consecuente. ¿Sabes por qué? ¡Porque no se lo merecían!
—Déjalo tranquilo—dijo Felik—. Es evidente que el jumento este no está bien de la cabeza. ¿Tú has visto cómo va? ¿Gorro de cazador, antifaz de lentejuelas y capa de franela? ¡Ja! ¿Quién puede ir así por la vida?—Me guiñó un ojo, mal rayo le parta—. ¡Con esas pintas nunca conseguirás mojar el churro, colega!
El amigo de Felik no pudo aguantarse la risa: salió del baño envuelto en un coro de maliciosas carcajadas, mas no me importó, pues no era él quien estaba en el Ojo del Huracán.
—¿Quieres algo?—Felik me miró a través del espejo. No se le veía preocupado, solo algo mohíno. Transpiraba zafiedad—. Lo siento, amigo, pero no atiendo a los de tu talla.
—¡No estoy gordo! ¡Tengo un problema de tiroides, bellaco hijo de puta!
Vive YaVeq que no importa lo alto y fuerte que seas, una patada bien dada en la corva tumba a cualquiera, y Felik no fue la excepción; y en cuanto lo vi tirado en el suelo, rezongando mil maldiciones, lo molí a palos hasta que se me fatigó la rodilla.
—¡Aprende! ¡A! ¡Respetar! ¡A! ¡Las! ¡Mujeres!
Quiero creer que aprendió la lección, que salió de aquel lavabo con el ánimo cambiado y con ganas de ser mejor persona.
II
En la calle, de camino a casa, experimenté un vago intento de aprehensión por parte de tres maricas repasados de drogas que se creían los nuevos tipos duros del barrio. Me habría gustado enfrentarme a ellos a puño limpio, a pecho descubierto, darles un poco de su propia medicina, pero parecían fuertes y no quería que me partieran la boca otra vez, así que decidí hundirme en las sombras de la oscura noche y desaparecer. Pero memoricé sus caras y por dónde se movían y juré que algún día, no muy lejano, ajustaríamos cuentas.
«Yo, Birginal Simperdick, lo juro. Lo juro por mi piel y mis dientes. ¡En nombre de la andante galantería, cuya escuela represento, os castigaré! No será hoy, ni tampoco mañana, pero tal vez el mes que viene...»
—¿Birgo?—La voz de Madre, tan áspera como el graznido de una urraca mañanera, me sacó de mis ensoñaciones caballerescas, interrumpió, con su carraspera habitual, el monólogo interior que había escrito con tanto cuidado en una servilleta de papel mientras esperaba la llegada del taxi—. ¿Eres tú? Ven aquí, muchacho. Deja que te vea.
—Sí, madre.
—¿No has visto qué hora es? Son casi las dos de la mañana.
—Lo sé, perdona que haya vuelto tan tarde...
—¿Tan tarde? Al contrario, hijo mío, has vuelto demasiado pronto. Y has vuelto solo. Otra vez. Ay, ay, ay... ¿Qué te pasa, Birgo? ¿Por qué no te buscas a una mujer que te dé lo que necesitas? Tú serías más feliz y yo me ahorraría tener que cambiar las sábanas tan a menudo.
—M-madre, p-por favor...
—De verdad, Birgo. A veces me pregunto si realmente te gustan las chicas.
—P-pues claro que me gustan...
—Acerca tu oído a mi boca, quiero susurrarte una cosa.
—S-sí, m-madre.
Me acerqué para escuchar.
Ella me dijo en voz baja:
—Maricón.
III
A la mañana siguiente recibí una nota de la orden en la que se me ordenaba que pusiera fin a las tropelías de un infame vejatorio llamado Somol Tobap, presentador de El Hervidero, un programa de televisión, muy banal, en el que reinaba la sexualización y la cosificación de la mujer, ese bello animal que tanta ayuda y protección necesita por parte de los andantes y galantes caballeros.
—Pagará por lo que ha hecho—dije ante mi figura de Njöll Rey, Edición Limitada para Coleccionistas—. Acabaré con él, tal y como acabé con su padre.
En realidad no había matado a su padre, por supuesto, pero sentaba bien decirlo.
—¿Vas a salir así?—preguntó Madre cuando vio que me había vuelto a poner la ropa de faena—. Que ya tienes una edad, hijoputa. De verdad te lo digo, Birgo. Ya podrías poner el mismo empeño a la hora de buscar trabajo.
La Voz de la Piedra respondió:
—Tengo un asuntillo del que ocuparme, madre. Puede que tarde un rato.
Madre agitó la peluca con resignación. Estaba demasiado cansada (y fumada) para discutir.
—Cómprame un paquete de tabaco cuando vuelvas, pequeño cabrón.
Me lanzó un billete de veinte urleks.
Lo miré fijamente, sin parpadear.
—¿Puedo... quedarme con el cambio?
Madre se colocó bien las gafas y me disparó una de esas miradas tan icónicas.
No me dolió, porque la carne que rodea una vieja herida no siente nada.
—Solo si prometes gastártelo en algo que te quite esa cara de amargao que me llevas, niñato de mi corazón.
—¿Droga?
—No, droga no, que es muy cara. Con lo que te sobre de ahí no te va a llegar, ya te lo digo yo.
—Pero para un canutillo o dos sí que me da.
—Sí, para eso sí.
—Todo correcto, pues.
Una espasmódica y ebullente y endogámica y agilipollada y amorcillada masa de carne fétida custodiaba la entrada del edificio donde se grababa El Hervidero. Junto a la montaña de carne pútrida se había instalado un guardia con abrigo de plumón, de quita y pon, fez perruno en la sien, ya lo ven, ya lo ven, ya lo veeen...
—Tú no puedes entrar, tú tampoco, tus senos son demasiado exiguos y lucen como dos huevos fritos clavados en una pared llena de hoyos y a ti no te dejaría pasar ni aunque me lo pidieras de rodillas y con mi polla en la boca. Lo siento, chavales, pero no dais la talla. No sois lo suficientemente interesantes.
—¡Elígeme a mí!—aulló un chaval con las entradas dibujadas sobre la frente con carboncillo, un bigotillo igualmente dibujado y los ojos maquillados de rojo—. Incineré el feto muerto de mi hermana muerta y esnifé las cenizas. Y soy necrófilo. Y necrófago. Y duermo en un sarcófago. ¡Auh, sí! ¡Auuh, mamá! Déjame pasar, tío. Te juro por el Hedor de las Moscas que puedo aportar muchísimo, lo más grande. ¡Mírame, joder! ¡Tengo un carisma difícil de igualar y se me da muy bien freír espárragos!
El sombrío guardia negó con la cabeza.
—No, hijo, no. A ti te falta algo, aparte de un hervor. No sé qué es. Pero te falta. Ya lo creo que te falta. La locura de la sinvergonzonería aún no ha hecho mella en ti.—La cara del guardia solo transmitía aburrimiento y tristeza, pero la expresión de su rosca se iluminó cuando me vio llegar—. Que mi santa madre me envíe a pastorear cabras con un látigo y un capote... Tú... ¡Tú eres perfecto! ¡Eres justo lo que necesitamos!—Con un gesto de su mano enguantada ordenó que abrieran las puertas—. Adelante, muchacho. El Salón de los Caídos te aguarda.
Llegué a tiempo para ver la entrevista que le hicieron a una mujer que estaba en plena crisis nerviosa.
O borracha perdida, resultaba difícil saberlo.
—Si es que yo ya no sé qué haser pa que el crío este se vaya de botellón con los colegah. El muy carapán siempre me dise que prefie quedarse en casa estudiando. Dise que quiere ir a la universidá. ¿Te lo puedes creer, Somo? A la u-n-i-v-e-r-s-i-d-á. Explícame tú qué coño se l’ha perdío al pánfilo este en la u-ni-ver-si-dá. Cucha, illo, ya te lo digo yo. Quiere irse a la universidá porque se cree millor que yo, que su mare, pero ya te digo yo que si no fuera por su mare, o sea, si no fuera por mí, digo, el apollardao este habría terminado poniendo el culo y lo que no es el culo en un orfelinato desos. De verdá, Somo, que yo no sé qué bisho m’ha picao pa mereser este castigo. Porque menudo calvario de crío, eh, no me da ni una sola alegría. ¿Te pues creer que el jodío crío de los cojones tiene trece años, trece, y sigue siendo más virgen que, no sé, que algo muy virgen? A su edad yo yabía abortao dos veses, dos, y acostumbrá estaba a vender los cogollicos que le sisaba a mi pare para costear las copas y el garrafón. Y alguna que otra polla me tuve que comer tamién pa cubrir, gastos, caro, porque asín es la vía, y el que no lo quiera ver, pos que no lo vea. Pero esta cagarruta pisoteá... Míralo. Che, tú, míralo. Si es que no vale pa ná. Es más inútil que un botijo agujereao. Tiene trece años, trece, y ni siquiera ha tocao teta. Una teta de verdá, quicir, porque luego bien que se la pela con los dibujiños esos pa pajilleros y demás gente inmunda que no sabe pasárselo bien. Es que te lo digo mu en serio, Somo, yo ya no sé qué haser pa que el puto crío espabile. Estoy desesperadita.
—Un testimonio inquietante y demoledor, señora Vellamyr—dijo Somol Tobap—. Gracias por compartirlo con nosotros.
Somol Tobap, un hombre gnómico y diminutivo cuya cabeza parecía un bote de salsa de tomate medio vacío puesto del revés, caminaba entre el público con una lata de boquerones en la mano. De vez en cuando sacaba un boquerón de la lata y lo arrojaba a la multitud, y las personas que formaban dicha multitud se peleaban por agarrarlo y llevárselo a la boca.
—Tú, el grandullón. ¿Qué opinas de todo esto?
—Er...Er... Pienso que... un hijo... debe obedecer siempre a... su madre... porque una madre... siempre sabe... qué es lo mejor... para su hijo... y si tu madre... te pide... que te bañes... en una piscina... llena de lejía... tú obedece... deja que ella... haga lo que quiera... porque la lejía... es el sello de nuestra devoción...y ella solo quiere... que estés limpio... y sano... y bien...purgadito... Aaargh... Aaargh... Gutarangah... Aaaaaaaaargh...
Este protohombre tan expresivo no fue el único que quiso dar su opinión, una señora de aspecto relamido comentó:
—Está escrito enLas tribulaciones del Santo Velemerio que el hijo debe honrar y respetar a su madre, y debe hacerlo bajo cualquier circunstancia, sea epónima o no. Y si tu padre te tunde el lomo, celébralo, niño, porque eso significa que tu padre te ama. Él solo quiere que seas más duro que la puta vida, pendejo.
—Yo soy un alcohólico en rehabilitación y estoy reñido con mi ex. Ella, que también tiene un pasado complicado, por así decirlo, aún no me ha perdonado que vendiera las joyas de su madre para comprar cervezas.
—Se está desviando del tema, señor...
—Yo he venido aquí a contar mi historia. Me llamo Bearl, por cierto. Intento ser mejor persona y pienso que todo esto es un engaño, como toda la televisión, que es putrefacta...
La siguiente oradora iba a ser una sexadora de pollos de Albacerca, pero el gorro azul que vive en mi bota decidió que era un buen momento para realizar una intervención.
—¡Alto!
Al oír esta cálida interjección, la cara de Somol se puso tan roja como bermejo era su pelo. La falsa sonrisa que había mostrado durante todo el programa fue sustituida por la rabiosa mueca de una comadreja adicta a los anabolizantes creados a partir de los testículos de un tiburón dopado.
—¡Os tengo dicho que no hagáis chistes con mi altura! ¡En El Hervidero no son bien recibidos!
—¡No era un chiste, Tobap! Si te hubiera contado un chiste, te habrías reído. Habrías terminado en la moqueta, rodando como una croqueta.
Como era incapaz de alzar una ceja sin ayuda, Somol Tobap le pidió al becario que le echara una mano.
—Con que esas tenemos, ¿eh? Pues venga, pimpollo, ponme a prueba.
—No...
Nos miramos muy fijamente. La tensión era tal que podía cortarse con el cuchillo de la mantequilla.
—¿Y tú quién eres, muchacho?
—Yo soy... la Justicia.
—Ah, vale. ¿Y a qué has venido?
—Pues... a impartir justicia.
Era evidente, ¿no? Y un tanto redundante, quizá.
—Ahora súbeme la otra ceja..., ¡estúpido becario!—susurró Somol Tobap. Luego dijo—: ¿Ah, sí? ¿Y a ti quién te ha nombrado Juez, Jurado y Verdugo, fatuo enmascarado? No, no me lo digas. Respóndeme a esto: ¿qué escondes detrás de esa máscara? ¿Qué trauma enturbió tu entendimiento? ¿Quién te abandonó? ¿Quién se fue a por tabaco y no volvió?
—Qué dices. Nadie se fue. Mi padre...
—Aaaah... Ya veo. Tu padre. Sí, claro. Cómo no. Es tan... típico. Ay... ¿Qué pasó con tu papi, bebé? ¿Se fue porque no fuiste capaz de cumplir con sus expectativas? ¿Se fue porque no le hizo mucha gracia tener que lidiar con un hijo maricón?
—¿Quéééé? Oiga, yo no soy...
—La otra ceja..., ¡maldito escupitajo!... ¿Por eso te vistes como un superhéroe? ¿Por eso golpeas tan duro, con tanta inquina, a esos pobres vendedores de polvo de bruja que no hacen daño a nadie? ¿Les pegas a ellos porque no puedes pegar a tu padre? Es eso, ¿verdad? En tus fantasías tú eres el protagonista, el titán de bronce que todo lo puede, el héroe mitológico que nunca falla y siempre se queda con la chica...
—No, eso no es lo que...
—¡Calla! Deja que el público dé su opinión sobre estos hechos que me acabo de inventar.
Un hombre envuelto en una capa de retales se puso en pie y clamó:
—Sepan todos ustedes que a los ocho años fui secuestrado por un tío abuelo de mi madre, con el que mantuve una relación sentimental muy especial basada en la confianza y el respeto. Fuimos muy felices hasta que descubrí que yo no era el único niño que había secuestrado y hendido. Fue duro descubrirlo, y más duro aún fue superarlo, pero gracias a esta dura recesión económica obtuve los poderes mágicos-cuánticos que me permiten combatir a los monstruos de la Dimensión Salchichera que intentan invadir nuestros televisores.
Una yap con un ojo vago fue la siguiente en hablar:
—¿Veis? Esto es lo que pasa por abolir el servicio militar obligatorio y por permitir que los sapos y las ranas y demás animales del zoológico tengan los mismos derechos que las razas originales de Yiaaargh. Coño.
Un hombre con barba de morsa y estómago de ballena también quiso aportar su granito de arena:
—¡Por el Palíndromo de Baballabab, no me estoy coscando de naaaaada! ¡De naaaaaada! Necesito contexto. ¡Lo necesito!
Un viejo malmandado y levantisco le concedió la réplica a este caballero:
—¿Contexto? ¿Para qué lo quieres con texto? Esto no es una novela, gilipollas. Estamos en la televisión, lo que necesitamos es ritmo. ¡Ritmo, ritmo, ritmo! ¡No subestiméis el poder de la narrativa audiovisual, hermanos míos!
—Tú a mí no me dices lo que necesito o dejo de necesitar. Ni tú, ni nadie. ¡Será posible!
Tuve que intervenir para restablecer el orden constitucional, o lo que es lo mismo, para impedir que el bullicio se convirtiera en una bullanga:
—Presten atención, damas y caballeros, pues os traigo algo que no puede ser vencido, ni doblado, ni olvidado.
—Lo qué.
—Os traigo... la Verdad.
Acorté la distancia que me separaba de Somol Tobap y con un raudo movimiento, entre felino y ratonil, introduje los pulgares debajo de los pliegues que se le acumulaban bajo la barbilla, y tiré hacia arriba. Gracias a este incuestionable acto de bravura pude mostrar al público su auténtico rostro: el de una babosa informe y cárdena, de piel roñosa, con un par de bocas llenas de afilados dientes y una multitud de ojos protuberantes sin párpados de los que emanaba una sustancia negruzca y volutas de color hollín.
—¿Perro qué haces, malandrrín?—preguntó el ser que se hacía llamar Somol Tobap.
—¡Un compañero de clase me contó lo que eres, villano!
—¡Puedo explicarrlo!
—¡Qué vas a explicar tú! Eres un ente maligno proveniente de Mundo Pescadilla que se alimenta de emociones negativas, y por esa razón montaste todo este tinglado, para tener barra libre. Y si lo que digo no es verdad, desmiéntemelo.
—¡Haces que suene mucho peorr de lo que rrealmente es!
—¿Es este vuestro ídolo?—le pregunté a la masa palpitante y enfervorizada.
—El mío, sí—respondió una voz tímida.
Admito que esa no era la respuesta que esperaba.
—Perdona, ¿cómo dices?
—A mí me da igual lo que haga este señor en la intimidad de su casa. No es asunto mío, ¿te enteras? Su programa me gusta y me entretiene, y eso es lo único que importa.
—No deberías meter el hocico en vida ajena, borrico—dijo una señora con el pelo muy rizado. Era idéntica a mi madre, pero creo que no, que no lo era—. Eso no está bien.—Asintió, con énfasis. Un poco por la cara, también te digo—. No, no lo está.
—Pero si yo solo quería...
—¡El Herrvidero es un prrogrrama muy diverrtido y es parra toda la familia! ¡Puede serr disfrrutado por el nielo y el abueto!
El público rompió a aplaudir.
—¡SÍ!
—¡Te queremos, Somol!
—¡Y yo os quierro a vosotrros! ¡Sois tan sabrrosos! ¡Tan jugosos! Solo de pensarr en lo rrico que está vuestrro dolorr emocional... ¡Ay! ¡Se me cae la baba y me rrechinan los dientes! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Yo no daba crédito a lo que veía, de verdad que no.
—¿Pero no os dais cuenta de que este improcedente bellacuelo es un ser malvado que utiliza vuestro sufrimiento de entrecot?
—Bueno, nadie es perfecto—dijo el viejo levantisco—. Soy consciente de que nadie me lo ha preguntado, pero a mí no me gustaría que le cancelaran el programa. A mi señora y a mí nos gusta verlo mientras hacemos la digestión, y por señora me refiero a la cabra que me ha acompañado durante todos estos años de apacible senectud.
Estalló otra salva de aplausos, lo cual provocó el sonrojo del anciano.
—Yo tampoco soy lo que veis y oís—dijo el hombre de la capa de retales—. En realidad soy un duende reticulado proveniente de la Disconformidad y he sido enviado por los Supervisores Superiores para juzgar si sois dignos de sobrevivir al Cataclismo Requetecósmico que se avecina...
El tipo siguió y siguió y siguió, y la gente escuchó con atención todo lo que dijo, pero ya no tenía la cabeza para más historias.
—Si alguien me necesita, estaré en el bar de la esquina, porque no hay mal que cien años dure, sobre todo si lo riegas con cerveza y un buen café...








