PREFACIO
Siete años antes
Observo la lápida con el nombre de la mujer más hermosa, pura, buena y bondadosa que conocí en mi vida: «la única», mientras le doy una calada a mi cigarrillo, esperando pacientemente el momento de aplastar el último escalón antes de sentarme en el trono.
El recuerdo de ella, sus sonrisas, sus «te amo», la única luz que fue bienvenida en mi vida, nunca me abandona. Y la promesa que le hice en su lecho de muerte ha sido mi motor para llegar cada día más alto… tan alto, hasta ser intocable.
Justo como ahora.
Marcela. Su nombre grabado en mi mente, alma y en mi piel. A pesar de que nunca estuvo de acuerdo con el camino que tomé, siempre se sintió orgullosa de mí, repitiéndolo todo el tiempo.
Nunca dejó de recordarme, en cada momento de mi vida, lo mucho que me amaba, sin importar todo lo que vivió con mi llegada. Y aunque ella insistía una y otra vez en que no era mi culpa, ese sentimiento nunca me abandonó desde que supe la verdad.
Me siento culpable de haber llegado a su vida para arruinarla.
Por eso siempre me encargué de hacerla lo más perfecta y memorable posible. Quería que se llevara tantos recuerdos hermosos conmigo que jamás los olvidara… y, además, mi lado egoísta quería tantos recuerdos de ella siendo feliz como fuera posible, para apaciguar un poco la culpa.
Y funcionó.
Porque, con su último aliento, me dijo que la había hecho la mujer más feliz del mundo.
Pero ahora, lo único que eliminará la culpa de mi vida será la muerte… la sangre… y la muerte.
Al menos una media docena de pisadas sobre el pasto de aquella montaña escondida me hacen saber que se dirigen hacia mí. Me giro al reconocer que se detienen. Ese hecho me indica que el momento ha llegado.
Para apaciguar mi sed de sangre, termino mi cigarrillo, boto la colilla que piso y enciendo uno nuevo.
—¡Patrón! Aquí le tenemos su encargo —dice Pipo, uno de mis hombres de confianza, señalando al hombre que traen sometido.
—¿¡PATRÓN!? ¿CÓMO MIERDA, MANADA DE MALPARIDOS, SE ATREVEN A LLAMAR AL MOCOSO “PATRÓN”? YO SOY EL MALDITO JEFE AQUÍ. YO PONGO LAS REGLAS Y DOY LAS ÓRDENES, NO EL PUTO CULICAGADO AL QUE TIENEN LA OSADÍA DE LLAMAR PATRÓN —espeta iracundo Lalo, cabecilla del frente guerrillero que comanda la zona que ahora me pertenece.
O mejor dicho… comandaba. Porque ya no existen.
—¿Patrón de qué? —me burlo—. ¿De un frente guerrillero extinto? ¿De un cartel de drogas que manejo yo? ¿O solo recordás lo que fuiste para obtener algo de piedad antes de morir?
Bufa.
—Yo no le tengo miedo a la muerte, culicagado —responde—. Desde que me enfilé a la causa, siempre supe que la tendría respirándome en la nuca hasta que me alcanzara. A mí lo que me tiene ofendido es la puta traición del mocoso que acogí como mi hijo y al que le di todo. ¿Cómo me pagas? Dándome una puñalada en la espalda.
—¿Puñaladas? Eso es para los que no saben disparar, viejo amigo —me acerco a él, soplando humo en su cara—. Solo por lo mucho que te utilicé, por lo mucho que aprendí y por el respeto que te tuve una vez… tendrás una muerte piadosa.
Hago una seña a Pipo para que lo levanten y lo acerquen hasta donde quiero. Lalo los putea mil veces, pero para nosotros es tan insignificante que nadie le presta atención.
Lo dejan caer de rodillas frente a las piezas de fino mármol.
—¿Reconoces esos nombres, Lalo? —pregunto, y lo veo palidecer—. Si no los recuerdas, yo te hago el repaso con gusto.
Señalo la primera tumba.
—Lorena era la madre de Pipo.
Le da una patada en las costillas.
—Marina era la madre de Toro y Cheo. Paula era la madre del Gallo. Ania era la madre del Cuervo. Virginia era la madre de Caballo… y Marcela…
Tomo su cabello con fuerza y lo acerco a la lápida.
—Marcela era mi madre.
Lo digo en un susurro tan frío y oscuro que lo hace temblar.
Jodidamente está temblando.
—Yo… p-puedo explicarlo —balbucea.
—Oh, sí. Ya lo dejaste muy bien explicado aquella noche de copas —digo, dándole palmadas en el rostro—. Esto nunca se trató de tener poder para ser más que tú. Esto siempre se trató de pisarte… y hacerte ver lo insignificante que eres.
Suelto un silbido y los hombres se alinean.
—¿Sabes qué es un falso positivo, Lalo? —pregunto.
Niega, pero sabe perfectamente.
—Técnicamente, lo único falso aquí es que morirás a mis manos y no a las del ejército que dirá que abatieron al jefe guerrillero más importante.
Sonrío.
—Pero tu muerte… tiene marca. La de tu rey.
—P-podemos hablar… llegar a un acuerdo… —ruega.
—Agradece que solo vas a morir con siete tiros… y no serás torturado… mucho —tiro el cigarrillo al suelo—. Dije que tu muerte sería piadosa, no digna.
Uno a uno disparan.
Gritos. Sangre. Huesos rompiéndose.
Hasta que llega mi turno.
—Solo quiero que sepás que ni siquiera vos pudiste apagar la luz en mi madre. Ella nunca dejó de ser maravillosa. Pero vos… hoy morís en su nombre.
Disparo.
La bala atraviesa su frente.
Silencio.
Y por primera vez, a mis veintiocho años… siento que la culpa abandona mi cuerpo.
Mi madre descansa.
Y yo…
yo me convierto oficialmente en el Rey.