Dos monedas de una misma cara

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Summary

Durante una cálida mañana, Jorge recibe en casa la visita de su hermano Salomón, desaparecido desde hace años. Nadie sabe nada de él, ni siquiera de su existencia, pero su presencia frente a la puerta parece hacer temblar los cimientos de su tranquilidad. ¿Quién es ese que, como un alma gemela frente a un espejo, le mira y sonríe plácidamente? ¿Quién, en su sano juicio, podría reaparecer después de un largo periodo de tiempo en la oscuridad? El regreso a casa de un hermano gemelo ausente durante años, puede ser el comienzo de una nueva vida junto a su familia; una nueva vida de sueños y pesadillas.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

PRÓLOGO

De: Salomón Fuentes Santana [[email protected]]

Enviado el: jueves, 27 de febrero. 19:55 pm

Para: Jorge Fuentes Santana [[email protected]]

Asunto: ¡estoy de vuelta!

¿Sigues teniendo el mismo correo electrónico? Hace mucho tiempo que no uso este trasto y quizá ya no dispongas de este email para localizarte, de todos modos lo intentaré. Deberías observar a la velocidad que muevo los dedos por el teclado, ahora ya no me río de mamá por la lentitud con la que lo hacía. Es increíble cómo he perdido tanta velocidad con los dedos.

Parece que fue ayer cuando me encerraron, ¿verdad? Desde luego para mí no lo parece; ha sido eterno. Hoy siento tanto por lo que os hice pasar a ti, a papá y a mamá, que casi me avergüenza enviarte este email, no sé si como medio de disculpa o únicamente por sentirme bien y creer que no estoy tan solo.

Espero que puedas leer este correo y contestarme. Creo que desde la cárcel me van a proporcionar uno de esos teléfonos móviles de los que hay ahora con todo tipo de cosas, para hacer más fácil mi reinserción en la sociedad. Parece que en la actualidad ya no eres nadie si no llevas una cosa de esas pegada a ti todo el tiempo. Puede que me obliguen a trabajar en algún supermercado que el estado tenga concertado para presos recién liberados, no sabes la ilusión que me hace. Es ironía, por supuesto.

Las cosas no han sido nada fáciles entre rejas, Jorge; no te puedes llegar a imaginar las cosas que ves aquí dentro a diario. Es una jungla de cemento y barrotes de hierro, donde los humanos se pudren y se corrompen hasta sus últimos días de vida. ¿Quién dijo que esta mierda servía para reinsertar a los criminales en la sociedad? Es incomprensible. Esto te vuelve cada vez más loco y violento. Nadie debería poder juzgar la libertad de un ser humano con una varita mágica solo porque haya estudiado una, dos o cien carreras, pero esto es otro tema que no me atañe en este momento.

Los funcionarios nos pegaban tan fuerte en la espalda que las palizas producían eco en el pabellón. Era insoportable el dolor. Cuando uno de ellos gritaba, el resto nos tapábamos los oídos y nos hacíamos los dormidos, pero a veces eso no bastaba. Algún día te enseñaré las marcas que esos cabrones me han dejado por todo el cuerpo.

Por suerte todo ha terminado. Te escribo mis últimas palabras como preso desde la misma cárcel donde he estado encerrado los últimos doce años porque, al fin y al cabo, es el único medio del que dispongo para hacerme notar. No tengo a nadie fuera esperándome y cuando me dieron esta oportunidad, solamente se me vino a la cabeza mi hermano.

Creo que es justo y necesario que yo entrara en prisión y que tú vivieras tanto tu vida como la mía ahí fuera, casándote con una maravillosa esposa a la que amas y disfrutando de una familia. Espero que todo te vaya bien y que la vida te haya tratado como crees que te mereces. No seré yo quien juzgue tus actos ni tu ausencia en estos doce años. Entiendo que tienes una mujer y probablemente también un hijo o una hija, a quienes no quieres meter en todo esto y obviamente lo comprendo. No es plato de buen gusto presentar a un hermano delincuente. Nunca lo es.

Será Dios o lo que haya ahí arriba quien juzgue todos nuestros actos, ¿verdad? Eso mismo nos enseñaron en aquel colegio de mierda donde vestíamos con pajarita verde y pantalon gris marengo. Prefiero estar aquí dentro a recordar mi traumática infancia rodeado de gilipollas.

Espero de igual modo que un día podamos charlar tranquilamente bajo el cálido sol de la misma ciudad que por suerte nos une, tomándonos una cerveza y viendo correr a nuestros hijos juntos. ¡Porque me he propuesto tener un hijo con la primera mujer que me aguante! Es broma... bueno aunque no del todo.

Ojalá que este email te haya llegado y no esté escribiendo todo este párrafo para nada. He cronometrado cuánto tardaría en hacerlo y han sido exactamente 56 minutos. Quizá eche de menos este sitio; hay un funcionario ahora mismo que me mira con ojitos tristes, está molesto porque me voy. ¿Será gay?

Todos me quieren aquí dentro. Tal vez pida quedarme un par de años más, ¿te imaginas?

Yo desde luego no.

No puedo parar de mirar todo lo que hay a mi alrededor, sabedor de que será la última vez que respire este aire viciado. Es triste, pesado y lúgubre.

¡Que os den!

Digo adiós a mi pasado y doy las gracias a mi nueva vida, ojalá llena de paz y prosperidad.

P.D: Te quiere, tu hermano y clon, Salomón. ¡Nos vemos pronto!

1

Previo a las malas noticias

Málaga, España.

El día se desperezaba apacible, cálido y dorado como siempre desde que parecía haber llegado el buen tiempo. La primavera estaba a la vuelta de la esquina y las fosas nasales de los más alérgicos comenzaban a sentir cómo pequeñas hormigas trepaban hacia dentro, haciéndolos estornudar en reiteradas ocasiones.

Jorge era uno de ellos y siempre llevaba un pañuelo consigo.

Prefería que lo sorprendieran sin papel higiénico en una urgencia intestinal antes que la alergia le atacara sin pañuelo donde depositar sus bacterias. —Se acerca la primavera— solía decir con firmeza, recio, emulando a Ned Stark, admirando las exultantes y verdes montañas que flanqueaban por detrás su chalet adosado de dos plantas. Ellas elevarían unos metros a ras de la tierra todo aquel polen que más tarde le haría estornudar mil veces durante un día. Las miraba con fascinación y, al mismo tiempo, con terror por lo que se avecinaba.

El aire ya traía el aroma de perfumes afrutados.

Frente a su casa, cruzando una carretera sin asfaltar, polvorienta y con poco o nulo tránsito, tenía el placentero mar, raso como un plato de cerámica y salvador de muchos de sus ataques de asma. El agua lo tranquilizaba.

Sus fosas nasales se abrían y el oxígeno entraba perfectamente en sus pulmones. Cuando sus constantes ataques de alergia y asma le oprimían el pecho, él salía de casa y caminaba por la arena de la playa hasta introducirse en el mar, donde se cubría hasta el cuello y se podía quedar allí, inmóvil, sin que nadie le molestara, durante más de una hora. Fuera invierno o verano.

Jorge era un hombre —pese a que detestaba que lo llamaran así, pues aún se sentía joven y ocurrente— correcto, cortés, amable y educado, quizá demasiado educado cuando no necesitaba serlo. Había esquivado durante su vida varias disputas violentas gracias a su forma de preservar su admirable educación, continuamente procurando aclararlo todo de manera inconcusa y que no prestara a la violencia. En ocasiones había conseguido apaciguar los ánimos y en otras, esta misma reacción, había hecho caldear aún más la cólera de su espontáneo adversario. No todos necesitaban hablar tanto como él, había quien se saltaba uno o dos pasos de afabilidad y rápidamente soltaba el puño con cualquier sonido estridente de un claxon dirigido hacia su vehículo.

Él nunca lo hubiera hecho.

Su mujer, Nerea, dos años más joven que él, apuesta y de buen ver, le había procurado hacer comprender la incompatibilidad de su sosegada personalidad con la actual sociedad, cada vez más corrompida y putrefacta, preparada para que solo unos pocos pudieran emerger. Y entre esos pocos no se encontraban los moderados ni los comedidos, más bien justo lo contrario. No podía entrar a una sucursal bancaria con una sonrisa de oreja a oreja y firmar todo lo que le ponían por delante; no debía aceptar cualquier oferta que le propusieran sin negociar, ni tenerle tanto respeto a su jefe, quien era el único que le arrancaba la sonrisa de su cara varias veces a la semana. Tendría que actuar con vehemencia y austeridad ante las adversidades, era lo único que le pedía ella. Un hombre tenía que vestirse por los pies y mirar al mundo con altitud.

Él por su parte solamente le pedía más sexo.

Jorge había nacido en el año setenta y cinco, en un tiempo donde el país cerraba uno de sus capítulos más detestables de su historia moderna y donde la democracia comenzaba a dar sus primeros y pequeños pasos. Franco murió un día después de su nacimiento, lo que le llevó a ser considerado en la familia como el elegido para guiar un país a la deriva —es lo que decía su padre con sorna, quien a una corta edad le había enseñado los valores de la vida, tanto a él como a su hermano gemelo Salomón, quien nació unos segundos después— pero no fue el de gobernar y enderezar de rumbo el país su camino, más bien fue instruido en el noble arte de regentar la taberna junto a Salomón y su padre, quien la había heredado igualmente de su progenitor y así sucesivamente desde un par de generaciones más. Tirar cañas y servir tapas iba a ser su apasionante futuro desde el momento en que cumpliera los dieciocho años.

La conocida taberna estaba situada en el centro de la ciudad junto a otras cervecerías y bares de menor solera, otorgándole suculentos privilegios y beneficios mensuales, los cuales sirvieron para que tanto Jorge como su hermano Salomón pudieran asistir hasta la mayoría de edad a un colegio privado, tan arcaico como severo e impasible. Parecía que las vidas de ambos hermanos fueran a ir orientadas hacia el mismo negocio que, en aquellos dorados años noventa, funcionaba de maravilla.

Pero aquello definitivamente no iba con él. Había despachado tantas cervezas y presenciado tantas peleas de borrachos a diario, que no vio un futuro esplendoroso detrás de la barra de aquella cantina, la cual se había convertido en algo más parecido a la consulta de un psicólogo —quien tenía que lidiar con diferentes historias y problemas de diferentes clientes a diario— que a un negocio de hostelería. No iba con su personalidad. No mientras sintiera algún tipo de gusto por la vida.

Pronto, con la edad suficiente como para beber alcohol legalmente y estudiar una carrera, Jorge entró en la universidad, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación y, a la edad de veintitrés años, acabó su formación como periodista, donde conoció a su actual esposa y madre de su única hija. A la pequeña la habían llamado Alicia.

Tras un par de años trabajando como becario en la revista de sucesos paranormales más famosa y vendida del país, Límite, Jorge consiguió hacerse con un puesto como columnista y poco a poco fue sumergiéndose en las oficinas de la empresa, donde conoció los tejemanejes necesarios que le permitieron escalar un par de niveles más, haciéndose valedor de sus propias fuentes de información y, con una edad madura, escribir libremente en la revista sin tener que consultar con un rango superior. Era lo que llevaba soñando desde hacía años. Su futuro era el que siempre había deseado. Solo el propietario de la revista, Fernando Alarcón, podía hacer tambalear los cimientos de su estabilidad en cualquier momento en el que entraba por la puerta de la redacción. Jorge lo temía, sabedor de su mala fama y de las decenas de despidos echados a su espalda.

Su vida, o la vida que conocía hasta tropezarse con la siguiente historia que está a punto de ocurrir, era la que había dibujado en sus sueños más optimistas; una odisea fantasmagórica sin precedentes, era todo por lo que había luchado desde hacía años, y, únicamente un desastre familiar o la aparición de sus pasados fantasmas pegando en la puerta de su casa podrían borrar toda la felicidad que albergaba en su interior.

Y ambas cosas estaban a solo unos segundos de suceder.