Chapter 1
A veces pienso que la vida no es justa.
No lo digo desde el enojo… lo digo desde el cansancio.
Porque, aunque he hecho todo lo posible por salir adelante, hay una palabra que parece perseguirme, como si estuviera escrita en cada intento, en cada paso, en cada decisión:
Fracaso.
Fracaso.
Fracaso.
Es curioso… porque si alguien viera mi vida desde afuera, probablemente no lo entendería.
No vería un fracaso.
No vería a alguien que se ha caído tantas veces.
Pero yo sí lo siento.
No porque crea que todo ha sido un error, sino porque hay momentos en los que no sé cómo logré salir de ciertas cosas. Momentos que, si los miro con calma, todavía me pesan. Todavía me cuestionan.
Y aun así… sigo aquí.
Eso es lo más extraño de todo.
Sigo aquí, tratando de entender cómo fue que sobreviví a situaciones que, en su momento, parecían imposibles de superar. Tratando de encontrarle sentido a una historia que no siempre ha sido amable conmigo.
Tal vez por eso hoy quiero contarla.
No para justificar nada.
No para que alguien me entienda.
Sino porque, por primera vez, necesito escucharla completa… incluso yo mismo.
Cuando uno nace, o al menos eso quiero creer, imagina que llega a un lugar seguro.
A una familia que te cuida, que te protege, que te quiere sin condiciones.
Como si, desde el primer momento, ya estuviera todo definido:
el amor, la atención, la pertenencia.
Claro… no todos nacen en una vida perfecta, ni en una familia llena de comodidades. Eso lo entiendo ahora. Pero hay algo que, durante mucho tiempo, me costó aceptar:
que no todos nacemos sintiéndonos parte de algo.
A veces pienso —y sé que suena absurdo— que mi historia debió haber sido otra.
Que hubo un error en algún punto.
Llegué a imaginar, incluso, cosas que solo pasan en las películas.
Historias que parecen ridículas cuando se dicen en voz alta, pero que, en silencio, llegan a tener sentido.
Como si alguien me hubiera arrancado de donde realmente pertenecía.
Como si, en algún momento, alguien hubiera decidido cambiar mi destino por completo… y simplemente dejarme en un lugar que nunca terminó de sentirse mío.
Tal vez era una forma de explicarme lo que no entendía.
Una manera de darle lógica a una sensación constante: la de no encajar del todo.
Porque cuando no encuentras respuestas, empiezas a inventarlas.
Y a veces, esas historias inventadas duelen menos que la realidad.
Pero la vida no es una película.
No hay giros mágicos, ni verdades ocultas que, de pronto, lo expliquen todo.
Solo hay preguntas… y el peso de tener que vivir con ellas.
Mi historia no empezó mal… pero tampoco empezó bien.
Fue, más bien, ese tipo de comienzos que no sabes cómo clasificar.
Ni lo suficientemente duros como para romperte de inmediato, ni lo suficientemente buenos como para hacerte sentir seguro.
Simplemente… fue.
Crecí en una casa hogar.
Ahí empezó todo.
Y aunque no era el lugar ideal, fue el escenario donde conocí a muchas personas, donde aprendí a observar, a adaptarme… donde, sin darme cuenta, comenzó a formarse la historia que hoy intento entender.
Hay algo extraño con la infancia:
no recuerdas todo, pero lo poco que recuerdas… se queda para siempre.
Son fragmentos.
Imágenes sueltas.
Sensaciones que no sabes explicar, pero que siguen ahí, intactas.
Recuerdo uno en particular.
Debía tener cuatro, tal vez cinco años.
Aunque, siendo honesto, a esa edad nadie sabe con certeza cuántos años tiene cuando algo lo marca.
Solo sabes que eras pequeño… y que algo no estaba bien.
Había una familia encargada de cuidarnos.
Un matrimonio que, en teoría, debía ser una figura de orden, de guía… incluso de protección.
Pero no lo era.
Su forma de tratarnos no tenía nada que ver con una familia.
Era más cercana a una disciplina rígida, casi militar.
Fría. Distante. Automática.
Como si no fuéramos niños… sino algo que había que controlar.
Recuerdo el garaje.
El calor.
El silencio incómodo entre nosotros.
Nos tenían formados, bajo el sol, durante horas.
Sin una explicación clara. Sin un motivo que, al menos para mí, tuviera sentido.
Solo estábamos ahí.
Parados.
Esperando algo que nunca terminaba de llegar.
Mientras tanto, ellos permanecían sentados, observando.
Tranquilos. Como si aquello fuera completamente normal.
Tenían hijas.
Y ellas… vivían otra realidad.
No es que no lo entienda ahora. Claro que lo entiendo.
Eran sus hijas.
Pero en ese momento, desde los ojos de un niño que solo quería entender por qué se sentía fuera de lugar… la diferencia dolía.
Porque no era solo una cuestión de trato.
Era la forma en la que se notaba, sin necesidad de palabras, que nosotros no pertenecíamos.
Que no éramos prioridad.
Que no éramos… realmente importantes.
Y entonces empiezas a preguntarte cosas que ningún niño debería preguntarse.
¿Qué hicimos para estar aquí?
¿Por qué se siente así?
¿Esto es lo normal?
Con el tiempo entendí que no.
Pero en ese momento… no había forma de saberlo.
A veces me pregunto por qué sigo recordando ciertas cosas.
No porque quiera…
sino porque simplemente no se van.
Es curioso cómo funciona la memoria.
Puedes olvidar días enteros, etapas completas… pero hay momentos que se quedan atrapados, como si el tiempo hubiera decidido no tocarlos.
Y, si soy honesto, mi infancia —o al menos lo que recuerdo de ella— se resume mucho en eso:
castigo tras castigo,
reglas sin explicación,
palabras que no deberían decirse a un niño.
“No vas a lograr nada.”
Esa frase, entre otras, se repetía.
Y no es que yo me la creyera.
A esa edad, ni siquiera entiendes del todo lo que significa fracasar en la vida.
Pero algo dentro de ti lo guarda.
No lo procesas…
solo lo absorbes.
Como si se quedara ahí, esperando el momento en el que finalmente puedas entender por qué dolía tanto.
Aun así, no todo fue oscuridad.
Eso también es importante decirlo.
Porque incluso en medio de todo eso… hubo momentos que, de alguna manera, se sintieron distintos.
Confusos, sí.
Difíciles de interpretar, también.
Pero distintos.
Recuerdo a una persona.
Alguien que formaba parte del entorno de quienes nos cuidaban.
No sé exactamente cómo definir su papel, ni su intención… y quizá hoy tampoco tenga todas las respuestas.
Solo recuerdo fragmentos.
Me invitaba a comer.
A veces me daba cosas, pequeños detalles que, para un niño, significaban más de lo que uno puede explicar.
Recuerdo, por ejemplo, un carro de control remoto.
En ese momento, era todo.
Y recuerdo también la sensación de cercanía.
De atención.
De algo que, en medio de un entorno tan frío, parecía… diferente.
No sé si eso era cariño.
No sé si eso era lo que yo entendía como afecto en ese momento.
Tal vez sí.
Tal vez no.
A esa edad, uno no tiene las herramientas para ponerle nombre a las cosas.
Solo siente.
Y se queda con eso.
También recuerdo noches en las que el silencio era distinto.
Momentos en los que, mientras todo parecía detenerse, yo encontraba una pequeña forma de escapar.
Una pantalla.
Una historia.
Un mundo completamente ajeno al mío.
Ahí fue donde conocí algo que, sin saberlo, se volvió importante:
la idea de que existían otros mundos posibles.
Historias donde las cosas tenían sentido.
Donde había magia, orden… incluso justicia.
Tal vez por eso me quedaba ahí, mirando, como si por unos minutos pudiera salir de todo lo demás.
No puedo decir que todo lo que viví en ese momento fuera completamente claro.
De hecho, hay partes que, incluso hoy, siguen siendo confusas.
No todo lo que uno recuerda de la infancia se entiende de inmediato.
Hay cosas que toman años… incluso toda una vida.
Pero sí puedo decir algo con certeza:
fueron experiencias que me marcaron.
No necesariamente de la forma en que otros lo interpretarían.
No necesariamente de una forma que yo mismo pueda explicar por completo.
Pero se quedaron.
Formaron parte de mí.
Y, de alguna manera, también fueron el inicio de algo más.
Porque después de todo eso… vino un cambio.
Otro lugar.
Otra casa hogar.
Y, con ella, una nueva etapa.
Una que, por primera vez, empezaba a parecerse un poco más a lo que siempre imaginé que podía ser la vida.