1 prólogo
Hoy era un día tan molesto. Salía apenas de la universidad y, para colmo, comenzó a llover; el transporte me dejó y ya era tarde.
—Rayos, ¿qué más me podía pasar? Qué día de mierda —dije para mis adentros mientras caminaba buscando un lugar donde esperar a que la lluvia parara.
Traía los zapatos mojados y la ropa, hasta la interior, estaba húmeda. Me estaba congelando, sentía que me daría una neumonía.
—¡Maldita sea! —grité.
Nadie pasaba y mi celular ya tenía la batería baja.
—Dios, sé que soy una perra, pero ayúdame una vez; no quiero hacerme paleta en esta lluvia.
Me quedé unos minutos más, pero la lluvia no cedía, al contrario, se arreció. Miré los autos pasar y, en los últimos minutos, intenté parar a alguno para que me dieran un aventón, pero nadie se detuvo. El único que lo hizo fue para ganarme un insulto de su esposa y un balde de agua helada que me lanzó; según ella, yo era una "trepadora" y una "víctima" que quería seducir al idiota de su esposo.
—Maldita vieja antipática. Solo quiero largarme de aquí, no seducir a un viejo arrugado como su estúpido marido, que está más seco que una pasa de tienda.
En días como hoy necesitaba a mi manita linda, pero mi celular ya estaba apagado. Cuando quería pedir ayuda para llamar, la gente me miraba como a una loca de la calle; pensaban que los quería robar. Pero no los juzgo, yo haría lo mismo si viera a una loca mojada, despeinada y con cara de matar intentando parar mi auto. Y así mismo estaba yo.
¿Qué más podía hacer? ¿Correr hasta llegar a casa? Mi casa está tan lejos que en días como este hubiera deseado vivir más cerca de la puta universidad o de la parada.
—Ay, Saya... eres tan jodidamente salada.
No aguantaba el maldito sueño. Mañana tenía que madrugar para unos malditos exámenes, ya que los profesores adoran explotar a una pobre becada inteligente; les encanta quemarme el cerebro con proyectos y exámenes diarios solo por ser "la pobre". En esa universidad de niños ricos, vanidosos y fresas, se burlan de mí, pero no me importa en lo absoluto. Sin el dinero de sus padres no sabrían ni cómo ganar el pan; solo saben quejarse porque les recortan el dinero o porque la ropa es de marca o repetida. Gracias a Dios soy una perra que sabe pasar invisible.
—Bueno, ya fueron muchas quejas. El agua ya está bajando, será mejor correr. Tal vez en el camino tenga suerte de encontrar a una buena persona que me dé un aventón a mi casa... —me reí de mi propio pensamiento—. Qué tonta, ¿qué loco estúpido llevaría a una desconocida en su auto? Ja.
Salí apenas la lluvia bajó un poco. Caminé unas cuadras; qué frío hacía. En ese momento, un auto se detuvo. Yo andaba perdida en mi sueño y ni siquiera volteé a ver; ni tiempo tenía. Pero entonces, sentí un paraguas tapándome y un abrigo calentándome. Una voz grave y agradable me habló.
Volteé a ver: era un hombre rubio, joven, como de mi edad. Tenía unos ojos esmeralda que iluminaban la noche y la lluvia. Me quedé como una babosa viéndolo un buen rato; eran los ojos más lindos que había visto en todo el maldito día de mierda.
Él volvió a preguntar:
—¿Estás bien? Sube al auto, no te vayas a enfermar.
"Ay, Dios santo, gracias. Escuchaste mis plegarias y me mandaste a un ángel tan sexy", pensé. No sabía si me iba a robar, pero no me importaba; era tan hermoso que, aunque me robara, ya se había llevado mi corazón.
Cuando estuve en el auto, me preguntó cómo me sentía o si necesitaba algo más caliente. Qué generoso era este guapo; mucho más que los chicos fresas de mi universidad, que son puros idiotas. Él era un ángel amable y sexy. ¿Sería un sueño o una ilusión por la calentura de la lluvia?
Me reí como loca, no sé por qué razón se preocupaba tanto por mí. Sus ojos no se apartaban de mí y no paraba de preguntar si me sentía mal. Con el paso de los minutos me fui perdiendo viendo las calles.
—Eres muy linda cuando te distraes —me dijo, mientras sus ojos volvían a la carretera.
Casi al llegar a casa —ni sé cómo sabía mi dirección, tal vez se la dije entre sueños—, se detuvo. Eran las diez de la noche; por primera vez llegaba tarde. Él se bajó y me abrió la puerta para ayudarme a bajar. Sus palabras fueron tan cálidas y suaves:
—Duerme bien y ten más cuidado. Pero no te preocupes, bonita... de alguna forma, siempre llegaré a tiempo para ayudarte.
Ni siquiera lo escuché bien, solo le dije adiós y gracias. En mi mente, ya nunca lo iba a volver a ver. Me alegraba haber conocido a un chico al que no odié ni ofendí; me alegraba que no fuera un riquiño mimado. No sabía quién era, ni cómo se llamaba, ni por qué ayudó a una extraña en la lluvia. No tenía sentido preguntarlo, porque estaba segura de que nunca más lo volvería a mirar.
¿Para qué saber su nombre?