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Max sabía, desde el mismo instante en que abrió los ojos al mundo, que algo en él no encajaba con lo que se esperaba.
No era algo que pudiera explicar con palabras de niño. Era una sensación profunda, como un susurro constante en el pecho: “no eres como los demás”. Intentó ignorarlo. Se esforzaba por ser el hijo que su padre deseaba ver, aunque cada día le costara un poco más de sí mismo.
Jos, su padre, lo notó mucho antes de que Max pudiera ponerle nombre a esa diferencia.
Desde los cinco años, el cuerpo de Max era delicado: hombros estrechos, cintura fina, mejillas suaves y redondas que las vecinas pellizcaban con cariño diciendo “¡qué niña tan preciosa!”. Sus pestañas largas proyectaban sombras suaves sobre sus ojos claros cada vez que parpadeaba. Hablaba con una voz suave, casi musical, y prefería los peluches de peluche gastados a los camiones de juguete que Jos le compraba con esperanza.
Cada vez que alguien lo confundía con una niña, Jos apretaba la mandíbula hasta que los dientes le dolían.
Sophie, su madre, lo defendía con una ternura cansada.
—Jos, es solo un niño. Déjalo ser. Necesita cariño, no golpes.
Pero Jos no escuchaba. Para él, la delicadeza era una amenaza. Un hijo “débil” era inaceptable. Así que, el mismo día que Max cumplió cinco años, tomó una decisión.
—Se acabaron los cariños.Mañana empieza boxeo.
La primera clase fue un infierno.
El gimnasio olía a sudor viejo, cuero agrietado y madera húmeda. Las luces fluorescentes zumbaban sobre el ring improvisado. Max, con guantes enormes que le llegaban casi hasta los codos, se subió temblando. El niño de enfrente era dos años mayor y mucho más grande. El primer golpe le dio directo en el pómulo. El dolor explotó, caliente y punzante, y Max cayó de rodillas con un grito ahogado.
—¡Deténganse! ¡Por favor, duele! —suplicó, la voz quebrada.
Nadie se detuvo. El entrenador gritaba instrucciones secas. Los otros niños se reían o miraban con esa mezcla de lástima y superioridad que los adultos llaman “endurecimiento”.
Cuando por fin terminó la sesión, Max tenía el labio partido, un ojo hinchado y las costillas latiéndole como si tuvieran vida propia. Caminó tambaleante hacia la salida, con lágrimas que se mezclaban con la sangre y el sudor.
Entonces Jos se acercó.
Se agachó frente a él, le limpió la cara con una toalla áspera y, por primera vez en mucho tiempo, lo abrazó fuerte. Sus manos grandes y callosas le acariciaron la espalda.
—Así se hace, campeón —murmuró Jos contra su cabello—. Hoy aguantaste como un hombre. Estoy orgulloso de ti, Max.
El abrazo era cálido. Max sintió que algo dentro de su pecho pequeño se acomodaba, como si por fin encajara en algún lugar.
Esa noche, en la camioneta de regreso a casa, Max iba sentado en el asiento trasero, dolorido pero extrañamente tranquilo. Sophie, desde el asiento del copiloto, miraba por la ventana con los labios apretados.
—¿Estás bien, mi amor? —preguntó en voz baja cuando Jos bajó un momento a comprar cigarros.
Max asintió, aunque cada movimiento le dolía.
—Mami… papi me abrazó hoy. Me dijo que estaba orgulloso.
Sophie cerró los ojos un segundo, como si le doliera oírlo.
—Maxie…
Pero él ya había tomado una decisión.
Si los golpes eran el precio para recibir ese abrazo, para oír esa palabra (“campeón”), para sentir que su padre lo miraba sin esa sombra de decepción en los ojos… entonces los aguantaría.
Todos.
Al día siguiente, antes de entrar al gimnasio, Max se detuvo frente al espejo del baño de la casa. Se miró las mejillas regordetas, las pestañas largas, la boca suave. Tocó con los dedos el moretón que empezaba a formarse bajo el ojo.
—Puedo hacerlo —se susurró a sí mismo, la voz temblorosa pero firme—. Si aguanto… papi me va a querer de verdad.
(Vayanse a la verga 😭)
Cuando Jos lo llamó desde la puerta, Max respiró hondo, ignoró el nudo en la garganta y salió con la mochila al hombro.
—Estoy listo, papá.
Jos sonrió por primera vez en semanas. Una sonrisa amplia, satisfecha.
—Ese es mi hijo.
Y Max, a pesar del miedo que le apretaba el estómago, sonrió también.
Porque había encontrado la fórmula:
dolor por amor.
Golpes por aprobación.
Silencio por ese abrazo que tanto necesitaba.
°•°•°•°•°•
Max creció con esa idea clavada en el pecho como una espina dulce y peligrosa: el dolor era la moneda con la que se compraba el amor de su padre.
A los seis años ya no lloraba cuando lo golpeaban en el ring. Aprendió a morderse el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre, a convertir el ardor de los puñetazos en combustible. Cada sesión terminaba igual: Jos lo esperaba fuera del ring, lo levantaba en brazos aunque Max ya empezaba a pesar más, y lo apretaba contra su pecho ancho y duro.
—Mi campeón —le susurraba al oído, la voz ronca de orgullo—. Hoy te comiste los golpes como un hombre.
Y Max, con la cara hinchada y los labios partidos, sonreía. Sonreía de verdad. Porque en esos brazos grandes, rodeado del olor a sudor, linimento y cigarrillos, por fin se sentía visto. Suficiente.
Sophie lo observaba todo desde la distancia, con el corazón cada vez más apretado.
Al principio intentaba curarle las heridas en silencio: hielo envuelto en una toalla, besos suaves en las mejillas golpeadas, cuentos antes de dormir para que olvidara el dolor. Pero Max llegaba feliz. Siempre feliz.
—Mami, ¿viste cómo me moví hoy? Papá me cargó todo el camino hasta el carro. Dijo que soy su fiera.
Sophie tragaba saliva y asentía, pero por las noches, cuando Max dormía, se quedaba mirando el techo con los ojos llenos de lágrimas. Su niño delgado, de pestañas largas y voz suave, se estaba convirtiendo en un pequeño adicto a los golpes. Cuanto más lo golpeaban, más brillaban sus ojos al contarlo.
Llegó el primer combate oficial cuando Max tenía solo siete años.
El gimnasio estaba lleno de voces roncas, olor a cuero viejo y adrenalina. Las luces blancas caían sobre el ring como un foco implacable. Max, con su cuerpo delgado y ágil, parecía casi frágil al lado de su oponente, un niño robusto de ocho años. Pero esa delgadez era su ventaja: se movía como agua entre los puños del otro. Esquivaba, giraba, entraba y salía con una rapidez que dejaba al público murmurando.
Ganó por puntos. Por técnica limpia , no por fuerza bruta.
Cuando el árbitro levantó su brazo, Jos saltó al ring como si tuviera veinte años menos. Lo levantó en vilo, lo abrazó con fuerza y lo hizo girar en el aire mientras la gente aplaudía.
—¡Ese es mi hijo! ¡Mi fiera! —gritaba Jos, la voz quebrada de emoción—. Estoy tan orgulloso de ti, Max. Tan jodidamente orgulloso.
Max se aferró a su cuello, enterrando la cara en el hombro de su padre. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. El dolor de los golpes recibidos se convirtió en algo lejano, insignificante. Solo existía ese abrazo, ese orgullo crudo y masculino que por fin lo envolvía entero.
Sophie, desde la primera fila, aplaudía con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Veía a su hijo radiante, con el labio hinchado y un moretón floreciendo bajo el ojo izquierdo, y sentía un miedo profundo, silencioso. Max no estaba bien. Lo notaba en la forma en que buscaba los golpes, en cómo su risa sonaba más ligera después de cada pelea.
Esa misma noche, cuando la casa quedó en silencio y solo se oía el tic-tac lejano del reloj de la sala, Sophie entró en la habitación matrimonial. Jos estaba sentado en la cama, quitándose las botas.
—Jos… —dijo ella en voz baja, cerrando la puerta con cuidado—. Creo que Max necesita ayuda. Terapia. Alguien que hable con él.
Jos soltó una risa seca, sin humor.
—¿Terapia? ¿Para qué? El niño está bien. Está fuerte. Está ganando.
—Está cambiando —insistió Sophie, sentándose en el borde de la cama—. Ya casi no juega con nada que no sea el boxeo. Llega molido a golpes y sonríe como si le hubieran regalado el mundo. Eso no es normal, Jos. Me asusta.
Jos se quedó callado un momento, frotándose la nuca.
—Sophie, no empieces con eso otra vez.
Ella respiró hondo, reuniendo valor.
—¿Y cuando se desarrolle? Cuando su cuerpo cambie… cuando ya no sea ese niño delgado y ágil. ¿Qué vamos a hacer? Tú sabes que Max no tiene un físico… normal para esto.
Jos levantó la mirada y la clavó en ella. Había algo frío y decidido en sus ojos.
—Ya lo tengo arreglado.
La frase quedó flotando en la oscuridad de la habitación, pesada, definitiva. Sophie sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no se atrevió a preguntar más. Jos apagó la luz de la lámpara y se acostó, dándole la espalda.
Max, en su habitación al final del pasillo, no podía dormir. Tocaba con los dedos el moretón nuevo en su mejilla y sonreía en la penumbra.
“Papá está orgulloso”, pensó, cerrando los ojos. “Y yo voy a seguir aguantando. Voy a ser su fiera para siempre.”
°•°•°•
Max creció, pero no creció en paz.
La idea que había plantado a los cinco años se volvió raíz profunda: el dolor compraba amor, y la violencia era la única forma que conocía de sentirse fuerte. Cuando entró a la secundaria, todo se desbordó.
El cuerpo que antes le daba ventaja en el ring ahora se convertía en blanco fácil. Era alto para su edad, pero seguía delgado, de cintura estrecha, hombros suaves y facciones finas. Las pestañas largas seguían proyectando sombras sobre sus ojos, y su voz, aunque más grave, conservaba un matiz suave que algunos compañeros no tardaron en notar.
—Muñequita —le decían en los pasillos, entre risas bajas y empujones.
Max no lo toleraba. Ya no.
Buscaba las peleas. Las provocaba. A veces bastaba una mirada equivocada, un comentario murmurado, para que se lanzara con los puños por delante. El ring le había enseñado a aguantar, pero también a golpear. Y golpeaba con una rabia que sorprendía incluso a los más grandes.
Al menos tres veces por semana sonaba el teléfono de la casa. Sophie contestaba con el estómago encogido, sabiendo de antemano lo que iba a oír:
—Señora, es Max otra vez. Está en la dirección. Tuvo otra pelea.
Ella dejaba todo, manejaba hasta la escuela con las manos temblando en el volante y recogía a su hijo con la cara marcada: labio partido, nudillos sangrando, ojos brillantes de adrenalina. Max subía al auto sin arrepentimiento, todavía respirando agitado.
—Se lo merecían, mamá —decía, mirando por la ventana mientras la sangre seca se pegaba a su mejilla—. Dijeron que parecía niña.
Sophie apretaba el volante hasta que los nudillos se le ponían blancos.
—Max… esto ya no está bien.
Lo expulsaron de dos escuelas en menos de dos años. Cada cambio de uniforme era un nuevo comienzo que terminaba igual: llamadas, moretones y Jos intentando poner orden con conversaciones cortas y duras.
Una noche, después de la tercera expulsión, Jos sentó a Max en la sala. La luz de la lámpara caía sobre el rostro golpeado de su hijo, resaltando los hematomas frescos.
—Hijo, no puedes seguir peleando con todo el mundo —dijo Jos, la voz baja pero firme—. El boxeo es en el ring, no en los pasillos. Si sigues así, vas a terminar mal. ¿Entiendes?
Max levantó la mirada, desafiante, pero con un hilo de vulnerabilidad que solo su padre podía tocar.
—Solo me defiendo, papá. No voy a dejar que me humillen.
Jos suspiró, pasándose una mano por la cara.
—Defenderte está bien. Pero no todo es una pelea que tienes que ganar. Tienes que aprender a elegir tus batallas.
Max asintió en silencio, pero ambos sabían que las palabras no calaban hondo. El hambre de aprobación seguía allí, ahora disfrazada de rabia.
Fue durante el segundo año de secundaria cuando todo cambió un poco… o se complicó más.
Conoció a Charles en el patio trasero de la nueva escuela, durante un recreo. Charles era un chico de su misma edad, alto, de cabello oscuro y ojos curiosos que brillaban con algo afilado. Max acababa de terminar una pelea corta pero intensa contra dos idiotas que le habían tirado el mochila. Estaba sentado en el suelo, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano, cuando Charles se acercó.
—Qué forma más limpia de partirle la cara a ese imbécil —dijo Charles con una sonrisa ladeada—. Me gustó cómo lo dejaste. Parecía que disfrutabas cada golpe.
Max levantó la vista, sorprendido. Nadie solía felicitarlo por pelear fuera del ring.
—Solo hice lo que tenía que hacer.
Charles se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Soy Charles.
Desde ese día se volvieron inseparables. Charles tenía una fascinación oscura por la violencia: le encantaba ver a la gente siendo golpeada, el sonido seco de los puños, la forma en que los cuerpos se tambaleaban. Para él, Max era como un espectáculo privado. Lo animaba, lo provocaba sutilmente, lo miraba con una intensidad que rayaba en admiración enfermiza.
—Otra vez, Max —le decía después de cada pelea, pasándole una botella de agua—. Eres una bestia. Me encanta verte así.
Sophie lo notó casi de inmediato. Cuando Charles empezó a venir a la casa, ella sintió un nudo en el estómago. El chico era educado con ella, pero había algo en su mirada cuando observaba a Max que la inquietaba profundamente.
—No me gusta esa amistad —le dijo una tarde a Max, mientras lavaban los platos juntos—. Charles parece… demasiado interesado en que te lastimes.
Max soltó una risa corta, seca.
—Es mi amigo, mamá. El único que no me mira como si fuera frágil. ¿Qué tiene de malo?
—Antes no eras así —contestó Sophie en voz baja, secándose las manos—. Antes eras mi Maxie… dulce, que jugaba con peluches y hablaba con esa voz tan suave. ¿En dónde quedó ese niño?
Max se quedó callado un momento, mirando el agua correr por el fregadero. Por un segundo, algo suave cruzó su rostro, como un recuerdo lejano que dolía.
—Ese niño no servía para nada, mamá —respondió al fin, la voz más baja—. Papá no lo quería. Este… este sí.
Sophie sintió que se le rompía algo por dentro. Se giró hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—Max…
Pero él ya había salido de la cocina, dejando atrás el eco de sus palabras y el silencio pesado que quedó entre los dos.
Esa noche, cuando la casa quedó e silencio, Sophie se quedó sentada al borde de su cama, mirando la fto que tenía en la mesita de noche: Max a los cinco años, con las mejillas regordetas y una sonrisa tímida. Pasó los dedos por el vidrio, como si pudiera tocar a ese niño perdido.
—¿En dónde quedó mi niño? —susurró en la oscuridad, la voz quebrada—. ¿En dónde quedó mi Maxie dulce?
La pregunta flotó en el aire sin respuesta, mientras en la habitación del fondo, Max dormía con los nudillos todavía lastimados y el recuerdo del último abrazo de su padre latiéndole en el pecho como un segundo corazón.
°•°•°°•
La preparatoria trajo un contraste brutal.
En el gimnasio, Max era una leyenda en miniatura. Una repisa entera estaba dedicada exclusivamente a él: trofeos dorados y plateados brillaban bajo las luces, placas con su nombre grabado, fotos donde levantaba el brazo en victoria con el rostro magullado pero triunfante. Jos iba cada semana a pulirlos personalmente, como si fueran trofeos suyos. “Mi fiera”, decía con orgullo cada vez que alguien preguntaba. En el ring, Max seguía siendo imbatible: ágil, técnico, feroz a pesar de su complexión delgada
Fuera del ring, su vida personal era un desastre absoluto.
Las peleas en la escuela se volvieron más salvajes, las expulsiones ya no sorprendían a nadie, y la distancia con Sophie crecía como una grieta silenciosa. Solo Charles parecía entenderlo. Charles, con esa fascinación oscura por la violencia y por él.
Una noche de viernes, se escaparon juntos. Subieron hasta la azotea de un edificio viejo en las afueras de la ciudad. El viento era frío y cortante, pero la vista era impresionante: las luces de la ciudad parpadeaban como un mar de estrellas caídas. Se sentaron en el borde, con las piernas colgando, compartiendo una cerveza tibia que Charles había robado.
Estaban hablando de tonterías cuando el silencio cayó entre ellos. Max tenía moretones frescos en los brazos y el cuello de la última pelea. Charles los miró fijamente, con esa intensidad que siempre ponía cuando veía marcas en su piel.
—Se ven… diferentes bajo la luz de la ciudad —murmuró Charles.
Extendió la mano y tocó uno de los moretones en el antebrazo de Max, presionando suavemente con los dedos. Max inhaló con fuerza. Charles apretó un poco más, hundiendo el pulgar en la carne sensible.
Un gemido bajo y ronco escapó de la garganta de Max.
Charles levantó la mirada, sorprendido. Max tenía los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos. Y debajo de los pantalones deportivos, su cuerpo reaccionaba de una forma que ninguno de los dos esperaba del todo.
—mierda… —susurró Charles, notando el bulto en su propia entrepierna. Estaba completamente duro.
Max se mordió el labio inferior, respirando agitado. Sentía la humedad caliente entre sus muslos, el coño mojado y resbaladizo, la viscosidad pegándose a la tela interior.
—Puedes tocarme —dijo Max en voz baja, casi desafiante—. Si quieres.
Charles no dudó. Se acercó más, sus manos subiendo por los muslos de Max, apretando cada moretón a su paso. Cada presión sacaba un jadeo ahogado de Max, que se arqueaba ligeramente hacia él.
—Quítate los pantalones —pidió Charles, la voz ronca.
Max obedeció. Bajó el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento. La luz tenue de la ciudad reveló su coño hinchado, brillante de excitación, labios suaves y mojados que brillaban con sus fluidos. No había verga. Solo ese sexo delicado, femenino, que contrastaba violentamente con los moretones masculinos que cubrían su cuerpo.
Charles se quedó mirándolo un segundo, respirando pesado.
—¿Te parece raro? —preguntó Max, con un hilo de vulnerabilidad en la voz.
Charles negó lentamente, bajando un poco su propio pantalón. Su verga salió, mediana, dura, no demasiado gruesa, pero palpitante de deseo.
—No,de hecho se ve bastante apetecible.
Se echó encima de Max con hambre. Sus manos volvieron a los moretones, apretando y masajeando mientras su boca buscaba la piel. Max se tocaba el coño con desesperación, los dedos deslizándose entre los pliegues húmedos, frotando el clítoris hinchado. Charles le levantó la playera, dejando al descubierto sus pechos pequeños, suaves, con pezones ya duros. Bajó la cabeza y los mordió con cuidado, chupando y dejando pequeños moretones nuevos alrededor de ellos.
Max gemía sin vergüenza, el sonido mezclándose con el viento de la azotea. Charles frotaba su verga contra el muslo de Max, luego contra el coño mojado, deslizándose entre los labios sin penetrar del todo, solo disfrutando la humedad caliente.
El placer subió rápido, intenso. Max se corrió primero, temblando, el coño contrayéndose alrededor de sus propios dedos mientras soltaba un gemido largo y quebrado. Charles lo siguió poco después, eyaculando sobre el vientre y los muslos de Max, manchando la piel marcada con semen caliente.
Se quedaron allí, respirando agitados, cuerpos pegajosos y satisfechos bajo las luces de la ciudad.
Después de esa noche, las cosas se volvieron más complicadas.
Se tocaban cada vez que podían: en baños de la escuela, en la azotea, en el auto de Charles. Siempre con esa mezcla extraña de violencia y placer, moretones y caricias, golpes y gemidos. No era amor. Era necesidad. Era una forma oscura de conexión que ambos entendían sin necesidad de explicarla.
Hasta que Charles anunció que se mudaba a Francia.
La despedida fue en el aeropuerto, un día gris y frío. Max lo acompañó hasta la fila de seguridad. Charles llevaba una mochila al hombro y una sonrisa ladeada que no llegaba del todo a sus ojos.
—Bueno… esto es todo —dijo Charles, deteniéndose frente a Max—. Francia va a ser una mierda sin alguien que sepa pelear como tú.
Max soltó una risa corta, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera.
—Allá encontrarás a alguien más interesante a quien ver sangrar.
Charles se acercó y le dio un abrazo fuerte, de esos que duran un segundo de más. Sus labios rozaron la oreja de Max.
—Cuídate los moretones por mí, ¿sí? Y sigue siendo esa fiera que me gusta mirar.
Max asintió contra su hombro, sintiendo un vacío extraño en el pecho. No era amor
—Te voy a extrañar —murmuró Max.
Charles se separó, mirándolo una última vez con esa fascinación oscura que nunca desapareció del todo.
—Y yo a ti, muñequita .
Se dio la vuelta y caminó hacia la fila de seguridad sin mirar atrás. Max se quedó allí, de pie en medio del aeropuerto, viendo cómo la figura de Charles se perdía entre la gente.
Solo otra vez.
(Que raro fue escribir esto jcjf)
°•°•°•°
Después de que Charles se marchara a Francia, el vacío en la vida de Max se volvió más ruidoso de lo que esperaba. El gimnasio seguía lleno de trofeos con su nombre, pero las noches se sentían más largas y frías.
Sophie lo notó. Poco a poco, con una paciencia que parecía inagotable, empezó a acercarse otra vez. Sabía que las hormonas a full estaban haciendo estragos en su hijo: momentos de sensibilidad repentina, ojos que se humedecían sin motivo aparente, una necesidad instintiva de contacto que Max intentaba esconder de Jos a toda costa.
A veces, cuando Jos salía a trabajar o se quedaba hasta tarde en el gimnasio, Max aparecía en la cocina o en la sala buscando a su mamá. Se dejaba abrazar en silencio, hundiendo la cara en el hombro de Sophie como cuando era pequeño.
—Solo un rato, mami —murmuraba, la voz baja y avergonzada—. No le digas a papá.
Sophie lo apretaba contra su pecho, acariciándole la espalda con ternura, sintiendo los moretones viejos bajo la camiseta.
—Mi Maxie… siempre que lo necesites. Aquí estoy.
Esos abrazos eran cortos, robados, pero suficientes para que Max respirara un poco más tranquilo. Sin embargo, el boxeo no daba tregua.
Pronto llegó la oportunidad de pelear por el título regional de peso ligero. Max, ya en plena adolescencia tardía, decidió exigirse al máximo. Una mañana, sentado en la mesa del desayuno, soltó la bomba:
—Voy a dejar la escuela. Quiero dedicarme solo al boxeo. El título viene pronto y no puedo dividirme.
Sophie palideció.
—Max, por favor… piénsalo. La escuela te da opciones. El boxeo es duro, riesgoso. No todo puede ser golpes.
Jos, desde el otro lado de la mesa, levantó la mirada con aprobación.
—Si el muchacho quiere ir en serio, que vaya. Yo lo apoyé desde los cinco años. Si siente que está listo, que lo haga.
Sophie intentó insistir, pero Max ya había tomado la decisión. Dejó los estudios y se entregó por completo al gimnasio. Las sesiones se volvieron más brutales: sparrings largos, saco hasta que los brazos le ardían, carreras al amanecer. Su cuerpo delgado y ágil seguía respondiendo, pero el precio era alto.
Cada sparring lo dejaba molido y, de forma inevitable, excitado.
El sudor le corría por la espalda, los moretones florecían frescos en los brazos, costillas y muslos. Al llegar a los vestidores, con el corazón todavía latiendo fuerte y la adrenalina recorriéndole las venas, Max se encerraba en una ducha apartada o en el bao del fondo.
Se bajaba los pantalones cortos con prisa, se sentaba en el banco con las piernas abiertas y escupía en sus dedos. Los llevaba directaente a su coño, ya húmedo y palpitante por la pelea. Dos dedos entraban con facilidad, resbaladizos, mientras con la otra mano apretaba fuerte los moretones recientes en sus muslos o en el vientre.
—que rico… —gemía bajito, mordiéndose el labio para no hacer ruido.
Apretaba más, hundiendo los dedos profundo, frotando el clítoris hinchado con el pulgar mientras recordaba cada golpe recibido, cada impacto que lo había hecho sentir vivo. El dolor y el placer se mezclaban hasta que su coño se contraa con fuerza y terminaba corriéndose a chorros, los fluidos calientes cayéndole por los muslos y mojando el piso de baldosas. Respiraba agitado, con las piernas temblando, y se limpiaba rápido antes de que alguien entrara.
Solo así lograba calmar esa tormenta que llevaba dentro.
Mientras tanto, en México, una nueva promesa empezaba a brillar con fuerza.
Sergio tenía veinte años, dos más que Max, y ya se hablaba de él en los gimnasios de la capital como “el próximo grande”. De sonrisa fácil, mirada directa y un gancho de derecha que noqueaba oponentes con una facilidad que asustaba, se estaba abriendo camino en la categoría de pesos medianos. Su físico era más robusto que el de Max: hombros anchos, cintura marcada, pero con una velocidad que desmentía su tamaño.
En casa, la discusión llevaba semanas.
—Papá, ya lo decidí. Quiero dejar la universidad y dedicarme full al boxeo. Hay una oportunidad para pelear por el título de pesos medianos en Europa. Es ahora o nunca.
Su padre, un hombre práctico y trabajador, cruzó los brazos.
—El deporte es un hobby, Sergio. La universidad te da un futuro real. ¿Qué vas a hacer cuando te rompas la cara o te lesionen?
Su madre intervenía con preocupación:
—Hijo, ya tienes veinte. Piensa en algo estable.
Sergio insistía, la voz cada vez más firme. Una noche, después de una cena tensa, se arrodilló frente a su padre en la sala. Sus hermanos menores, Toño y Paola, se asomaron desde el pasillo y no pudieron contener las carcajadas.
—Pinche ridículo—se burló Toño entre risas.
—Cállate, pendejo —respondió Sergio sin levantarse, pero con una media sonrisa.
—Papá, por favor. Esto es todo para mí. No es un capricho. He ganado los últimos cuatro combates por nocaut. Puedo llegar lejos. Solo dame esta oportunidad.
El padre lo miró largo rato, viendo la determinación en los ojos de su hijo. Suspiró profundamente, pasándose una mano por la cara.
—Está bien… —dijo al fin—. Tienes mi permiso. Pero si las cosas no salen como esperas, vuelves a la universidad sin quejarte. ¿Entendido?
Sergio se levantó con una sonrisa amplia, abrazando a su padre con fuerza.
—Gracias, viejo. No te voy a decepcionar.
Toño y Paola seguían riéndose desde la puerta, pero esta vez con un toque de orgullo.
—Que no te noqueen en el primer round, hermanito —bromeó Paola.
Sergio soltó una risa ronca.
—Tranquila, enana. Yo soy el que noquea.
La decisión estaba tomada.
°•°•°••
Dos meses después, Sergio aterrizó en Países Bajos con una maleta pesada y la adrenalina todavía latiéndole en las venas. El clima lo recibió como una bofetada fría y húmeda: viento cortante, lluvia fina que parecía no parar nunca y un cielo gris plomizo que hacía que todo se viera más pesado.
—Esto es una jodida mierda —murmuró Sergio mientras salía del taxi frente al gimnasio que le habían recomendado. Su entrenador, Toto, soltó una risa ronca y le dio una palmada en la espalda.
—Acostúmbrate, campeón. Vamos.
El gimnasio era grande, moderno y bien iluminado, con el olor característico a cuero, sudor y madera encerada. Varios rings ocupaban el centro, sacos pesados colgaban en fila y el sonido de guantes impactando contra carne y lona llenaba el aire. Toto señaló un banco cerca de la entrada.
—Espera aquí un rato. Voy a hablar con el dueño para arreglar lo de tu entrenamiento. No te metas en problemas.
Sergio asintió y se quedó de pie, observando. Sus ojos recorrieron el lugar con esa curiosidad afilada que siempre tenía antes de un combate importante. Los chicos que entrenaban allí tenían un nivel sorprendente: movimientos precisos, reflejos rápidos, una técnica pulida que se notaba a simple vista.
Su atención se detuvo en un rincón del ring principal.
Un niño de unos diez u once años, pequeño y ágil, seguía de cerca a un chico rubio más alto y delgado. El niño —al que todos llamaban Kimi— lanzaba preguntas sin parar mientras imitaba los movimientos.
—¿Cómo haces para bajar el hombro tan rápido en la defensa? —preguntó Kimi, jadeando un poco pero con los ojos brillantes.
El chico rubio, que respondía con paciencia y una sonrisa tranquila, esquivó un golpe imaginario y contestó sin dejar de moverse:
—Reflejos y anticipación. No esperes el golpe, léelo en los ojos del otro. El cuerpo habla antes que el puño.
Kimi lo miró con admiración pura.
—Cuando crezca voy a ser como tú, Max.
Max soltó una risa suave, genuina, y le revolvió el cabello al niño con la mano enguantada.
—Vas a ser mejor que yo, enano. Mucho mejor. Solo sigue entrenando así de duro.
Sergio se quedó observando la escena más tiempo del que pretendía. Max tenía una complexión delgada pero atlética, movimientos elegantes y precisos, cabello rubio que se pegaba a la frente por el sudor. Había algo en su forma de moverse —ágil, casi felino— que capturaba la mirada.
De pronto, Max levantó la vista y sus ojos se encontraron con lode Sergio a través del gimnasio.
La mirada fue directa, intensa. Sergio sintió un pequeño golpe en el pecho, algo que no supo identificar del todo. Max entrecerró los ojos ligeramente su rostro se endureció en una fracción de segundo: mandíbul tensa, expresión fría, distante. Fue como si hubiera levantado un muro invis
ible.
Sergio apartó la mirada primero, haciéndose el desentendido, y fingió interesarse en los sacos que tnía al lado.
Fue entonces cuando vio las repisas.
Una sección entera de la pared estaba dedicada a trofeos y fotos. Un letrero grande y elegante decía “De Nederlandse Leeuw” —El León Neerlandés—. En el centro había una foto grande de Max levantando un cinturón, con el rostro magullado pero victorioso. Alrededor, más trofeos, recortes de periódicos locales y placas con su nombre.
Sergio soltó un silbido bajo.
—Así que tú eres la joyita del lugar… —murmuró para sí mismo.
Toto regresó en ese momento, frotándose las manos.
—Ya está arreglado. Puedes entrenar aquí todo el tiempo qu necesites. El dueño dice que hay buen nivel. ¿Viste algo interesante?
Sergio sonrió de medio lado, todavía con la imagen de Max en la cabeza: esa mirada dura, el cuerpo delgado y ágil, la forma en que sonreía al niño.
—un par de cosas—respondió, la voz baja y cargada de algo que ni él mismo terminaba de entender.
°•°•°••
Sergio se adaptó más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado.
En solo dos semanas, los horarios extraños, el clima gris y húmedo y el ritmo implacable del gimnasio empezaron a sentirse casi normales. El olor a cuero , el golpe seco de los guantes contra el saco y el eco de las instrucciones en neerlandés e inglés se volvieron parte de su día.
Lo que más impresionó a los demás fueron sus sparrings.
Sergio era fuerte, casi peligroso. Tenía una potencia en los puños que contrastaba con su sonrisa fácil fuera del ring. En su primera semana ya había noqueado a dos chicos locales durante sesiones controladas: golpes limpios, precisos, que dejaban al oponente tambaleándose antes de caer. Los entrenadores murmuraban entre ellos, y pronto varios de los boxeadores más experimentados se acercaban a verlo entrenar, asintiendo con respeto.
A casi todos les caía bien Sergio. Era directo, trabajaba duro y tenía un sentido del humor seco que funcionaba incluso cuando el idioma era una barrera. Reía con los demás después de las sesiones, compartía agua y consejos sin presumir.
Con Max, sin embargo, era diferente.
Max lo trataba como si Sergio fuera radioactivo.
Desde el primer día, cada vez que sus miradas se cruzaban, el rostro de Max se endurecía. Lo evitaba con una precisión casi quirúrgica: cambiaba de ring, se iba al otro extremo del gimnasio o simplemente giraba la cara. Si Sergio se acercaba al área donde Max estaba entrenando, el rubio se tensaba visiblemente. Cuando Sergio intentaba usar el mismo ring que él, Max se molestaba de inmediato.
Una tarde, Sergio se acercó con las manos enguantadas todavía puestas, intentando romper el hielo.
—Oye, buen trabajo con las combinaciones de hoy. Tienes una defensa muy limpia. ¿Te molesta si observo un rato tu footwork?
Max ni siquiera lo miró de frente. Se quitó el protector bucal con un movimiento brusco y respondió con voz fría, cortante:
—Lárgate. Necesito el ring.
Sergio levantó una ceja, sorprendido por la hostilidad directa.
—Solo quería…
—Que te largues —repitió Max, más bajo pero igual de afilado—. No estoy aquí para dar clases.
Sergio sintió una punzada de molestia subirle por el pecho, pero se contuvo. Dio un paso atrás y asintió con la cabeza.
—Entendido.
Toto, su entrenador, lo vio desde lejos y se acercó después, poniéndole una mano en el hombro mientras Sergio se quitaba los guantes.
—No te lo tomes personal, Checo —dijo en voz baja—. Ese chico es la joya del gimnasio. Lleva aquí desde niño, tiene trofeos hasta en el techo. No le gusta que nadie le respire en la nuca, especialmente alguien que pega tan fuerte como tú. No te metas en problemas. Recuerda por qué estamos aquí: el título. No vale la pena pelearse por ego.
Sergio soltó el aire con fuerza, mirando hacia el ring donde Max seguía entrenando solo, con movimientos más agresivos que antes.
—Es que ni siquiera me conoce —murmuró Sergio—. Solo quiero entrenar en paz.
—Pues él parece pensar que tu presencia ya es una amenaza —respondió Toto con una media sonrisa—. Déjalo. Hay suficiente espacio para los dos.
Las cosas se calmaron un poco después de eso. Sergio se concentró en sus propios horarios y evitó cruzarse directamente con Max. Pero la tensión seguía allí, latente, como un cable suelto.
Hasta que un día, por error, Sergio no pudo evitar intervenir.
Max estaba trabajando en el saco pesado, practicando una secuencia de uppercuts y ganchos. Su posición era buena, pero Sergio notó que cargaba demasiado peso en la pierna delantera, lo que le restaba potencia y equilibrio en los giros. Sin pensarlo dos veces, se acercó por detrás y habló con voz calmada pero clara:
—Perdón, pero si corriges un poco la cadera hacia atrás en ese giro, vas a ganar más potencia en el gancho. Mira…
Extendió la mano y tocó ligeramente la cadera de Max para mostrarle el ajuste.
Fue como tocar un cable electrificado.
Max se giró con violencia, quitándose el guante de un tirón. Sus ojos claros ardían de furia .
—¿Qué carajos crees que estás haciendo? —siseó, la voz baja pero cargada de veneno—. No te atrevas a tocarme ni a corregirme. ¿Quién te crees que eres?
Sergio levantó las manos en señal de paz, pero su expresión también se endureció.
—Solo intentaba ayudar. Se veía que perdías…
—No necesito tu ayuda —lo cortó Max, respirando agitado—. Ni tu presencia. Lárgate de una puta vez.
El silencio cayó pesado alrededor de ellos. Algunos chicos que estaban cerca se detuvieron a mirar. Max dio un paso atrás, los puños todavía apretados dentro de el guante restante. Murmuró algo entre dientes y se dio la vuelta con brusquead.
Sin decir nada más, se dirigió a los vestidores con pasos furiosos, la espalda rígida y los hombros tensos. El eco de sus pisadas resonó en el gimnasio mientras desaparecía por el pasillo.
Sergio se quedó allí, mirando la puerta por donde Max se había ido. Sentía una mezcla extraña: molestia y ganas de partirle la cara.
Toto suspiró desde lejos y negó con la cabeza.
—Te lo dije, Checo… problemas.
Sergio no respondió. Solo se quedó mirando el pasillo vacío, con la imagen de Max alejándose todavía grabada en la mente.
°•°•°•°•°
Desde ese día, Sergio decidió que lo mejor era no prestarle atención a Max.
Si el rubio quería comportarse como si fuera el dueño absoluto del gimnasio y tratarlo como si fuera radioactivo, entonces perfecto. Él tenía su propio camino: el título de pesos medianos en Europa no se ganaba mirando de reojo a un chico problemático. Eso se repetía cada mañana mientras se vendaba las manos.
Pero la realidad era otra.
Max era imposible de ignorar.
El chico se exigía como si cada entrenamiento fuera una cuestión de vida o muerte. Sus sesiones eran interminables: combinaciones precisas contra el saco, footwork rápido sobre la lona, sparrings duros que terminaban con el rostro enrojecido y la respiración entrecortada. Había algo hipnótico en la forma en que su cuerpo se movía, en la forma con la que absorbía los golpes y devolvía otros aún más limpios. Sergio se sorprendía a sí mismo mirándolo más de lo que le gustaría admitir.
Una tarde vio a Jos por primera vez.
El hombre mayor, de hombros anchos y expresión dura, estaba de pie junto al ring principal. Gritaba instrucciones cortas y alentaba a Max con esa voz ronca que parecía salirle del pecho:
—¡Vamos, más fuerte! ¡No te guardes nada, carajo! Otra vez. Sube el ritmo.
Sergio observó cómo Jos exigía al menos dos sparrings completos en un solo día. Mientras la mayoría de los boxeadores entrenaban cuatro o cinco horas y luego se iban a casa, Max se quedaba casi todo el día metido en el gimnasio. Entraba temprano y salía cuando ya casi no quedaba nadie. Su cuerpo recibía castigo constante: moretones frescos que se superponían a los viejos, sudor que le empapaba la camiseta hasta pegársela a la piel.
Toto y Sergio lo notaron casi al mismo tiempo.
—No es normal —comentó Toto una noche, mientras guardaban las cosas—. Ese ritmo no es saludable a la larga.
Sergio asintió, ajustándose la gorra.
—Pega bien, pero se está exigiendo demasiado.… no es nuestro problema. Tiene sus entrenadores y a su padre empujándolo. Nosotros venimos a hacer nuesro trabajo.
Ninguno de los dos sentía lástima. Solo les parecía poco sensato, un camino que tarde o temprano cobraría factura. Pero intervenían cero. Cada quien cargaba con sus propias decisiones.
Por las noches, después de ducharse y volver al pequeño departamento que compartía con Toto, Sergio llamaba a casa. El teléfono marcaba y la voz de sus hermanos menores llenaba la línea.
—¡Checo! ¿Ya está nevand allá? —preguntaba Toño con esa energía inagotable.
—No nieva todavía, pero hace un frío de la chingada —respondía Sergio, recostado en la cama con una sonrisa—. La comida sigue siendo un asco, en serio. Todo sabe a cartón... extraño la comida de mamá
Paola se reía al fondo.
—¿Y las peleas? ¿Ya noqueaste a alguien famoso?
—Todavía no, enana. Pero estoy cerca. El gimnasio es de buen nivel. Hay un chavo aquí que es rapidísimo… aunque tiene un carácter de mierda —añadió con una risa corta.
Sus hermanos seguían preguntando por el clima, por la ciudad, por todo. Sergio les contaba lo que podía, manteniendo el tono ligero. En general, todo iba bien. El entrenamiento avanzaba, su cuerpo se adaptaba y la oportunidad del título se sentía cada vez más real.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Max llegaba a casa exhausto.
El departamento estaba en silencio cuando entraba, con el cuerpo adolorido y la mente todavía dando vueltas alrededor de combinaciones y golpes. Jos solía quedarse más tiempo en el gimnasio o llegaba tarde. Sophie, en cambio, siempre estaba allí.
Esa noche, Max dejó caer la mochila junto a la puerta y se dirigió directamente a la sala. Sophie estaba sentada en el sofá, leyendo con la lámpara encendida. Levantó la vista y sonrió con esa ternura que solo ella tenía.
—¿Cómo te fue hoy, mi amor?
Max no respondió con palabras. Solo se acercó, se dejó caer a su lado y apoyó la cabeza en su regazo como cuando era más pequeño. Sophie dejó el libro a un lado y empezó a acariciarle el cabello , todavía húmedo de la ducha.
—Estuvo pesado —murmuró Max al fin, cerrando los ojos—. Papá quería dos sparrings copletos. Me duele todo.
Sophie pasó los dedos suavemente por su sien, evitando los moretones recientes.
—Descansa un poco mi niño.
Max no contestó. Solo se acomodó mejor, rodeándole la cintura con un brazo. El calor de su madre, el olor familiar de su ropa y el ritmo lento de su respiración actuaban como un bálsamo. Por unos minutos, la exigencia del gimnasio, la mirada molesta de ese mexicano nuevo y toda la presión se desvanecían.
Poco a poco, su respiración se volvió más profunda y regular. Se quedó dormido allí mismo, abrazado a Sophie como si temiera que el mundo se fuera a mover si la soltaba.
Sophie siguió acariciándole el cabello en silencio, mirando el rostro cansado de su hijo bajo la luz suave de la lámpara. No dijo nada. Solo se quedó allí, sosteniéndolo mientras él descansaba por fin.
°•°•°•°•°
Un mes completo pasó con esa misma rutina tensa pero estable.
Sergio se integró aún más al gimnasio. Entrenaba con disciplina, mejoraba su juego de piernas y su potencia seguía sorprendiendo. Hizo una pelea de exhibición contra un local de peso medio y el resultado fue aplastante: ganó por nocaut técnico en el tercer round. Los entrenadores y boxeadores del lugar lo felicitaron efusivamente, palmeándole la espalda y reconociendo su talento crudo.
—Este chico tiene futuro —decía uno de los coaches más veteranos—. Potencia y cabeza fría. Buena combinación.
Sergio aceptaba los elogios con una sonrisa modesta, pero por dentro sentía que estaba en el camino correcto. Toto estaba satisfecho y la preparación para el título avanzaba bien.
Max, en cambio, empezaba a descontrolarse.
Su intensidad en el ring se volvía cada vez más errática. Entrenaba más horas que nadie, pero los errores pequeños se acumulaban: un paso mal colocado, una guardia que bajaba un segundo de más. Jos lo presionaba sin piedad, y Max respondía empujándose aún más fuerte, como si quisiea castigarse a sí mismo.
Una tarde del segundo mes, Sergio estaba terminando su sesión cuando vio a Max salir del gimnasio como una furia. El rubio caminaba rápido, con los puños apretados y la mandíbula tensa, sin siquiera cambiarse la sudadera del gimnasio.
—Voy a salir un momento —le dijo a Toto, invntando una excusa—. Tengo que atender una llamada importante.
Toto levantó una ceja pero no preguntó. Sergio se puso la chamarra y salió tras él.
Max caminaba sin rumbo aparente por las calles húmedas de la ciudad, el viento frío revolviéndole el cabello rubio. Sergio lo siguió a distancia prudente, curioso y un poco preocupado. De pronto, Max se detuvo en una esquina poco iluminada. Tres chicos de su edad estaban allí, riéndose y fumando. Uno de ellos lo vio y soltó una carcajada.
—Mira nada más quién está aquí. La muñequita del gimnasio. Sigues siendo tan follable como antes.
Los otros dos se unieron a las risas.
—Nada ha cambiado. Sigue pareciendo una princesita .
No terminaron de hablar cuando Max se les fue encima con una rabia ciega. Sus puños volaron sin técnica, solo con furia pura. Golpeó al primero en la cara, al segundo en el estómago. Los tres reaccionaron y la pelea callejera se volvió caótica: empujones, patadas, insultos.
Sergio corrió sin pensarlo.
—¡Ya basta! —gritó, metiéndose en medio. Agarró a Max por la cintura y lo jaló hacia atrás con fuerza, sacándolo del centro de la pelea.
Max se resistió como un animal acorralado, forcejeando y gritando con la voz quebrada:
—¡Suéltame, carajo! ¡Son unos imbéciles! ¡Déjame!
—Tranquilo —dijo Sergio entre dientes, sujetándolo con fimeza mientras lo arrastraba varios metros lejos de los tres chicos, que se quedaron maldiciendo pero sin perseguirlos—. Ya, cálmate. No vale la pena.
Cuando estuvieron a una cuadra de distancia, Sergio lo soltó contra una pared. Max respiraba agitado, los nudillos sangrando y los ojos brillantes de rabia.
—¿Quién carajos te crees que eres para meterte? —le espetó Max, la voz todavía temblorosa—. ¡Esto no es tu problema, idiota!
Sergio se pasó una mano por la cara, intentando mantener la calma.
—Las peleas callejeras dan muy mala imagen, especialmente si estás peleando por un título. Un video de esto y te pueden suspender o perjudicar tu carrera. ¿Quieres arriesgar todo por tres pendejos?
Max soltó una risa amarga, mirando hacia otro lado.
—Me importa una mierda.
Sergio lo observó mejor bajo la luz de una farola. Max estaba pálido, casi traslúcido. Sus manos temblaban visiblemente y tenía ojeras profundas. El contraste con el boxeador feroz del ring era evidente.
Queriendo cambiar el rumbo de la conversación, Sergio preguntó con tono más suave:
—¿Has comido algo hoy?
Max se puso inmediatamente a la defensiva.
—¿A ti qué te importa?
—Te lo pregunto porque pareces pinche Gasparín —respondió Sergio, intentando aligerar un poco el ambiente—. Blanco y con cara de no haber dormido en días.
Max frunció el ceño, claramente sin entender la referencia.
—¿Gasparín?
—El fantasma ese, el niño blanco y flaco —explicó Sergio con una media sonrisa—. Pareces que te vas a desmayar en cualquier momento.
Max bajó la mirada al suelo, la furia disminuyendo un poco. Se pasó una mano por la cara.
—Estaré bien…
Sergio aprovechó el pequeño momento de calma.
—Pues yo sí tengo hambre . ¿Sabes de algún lugar por aquí donde vendan algo rico? Algo que no sepa a cartón.
Max dudó un largo segundo, mordiéndose el interior de la mejilla. Miró a Sergio con desconfianza, pero algo en su expresión cansada cedió. Finalmente asintió con la cabeza.
—Si...
Sergio sonrió por dentro, aunque mantuvo el rostro neutral.
—¿Me puedes llevar?
Max volvió a dudar, per al final suspiró y empezó a caminar.
—Sí. Vamos.
Caminaron en silencio por unas cuantas calles hasta que Max se detuvo frente a un pequeño puesto callejero , iluminado con luces de neón suaves. El aroma dulce y cálido de waffles recién hechos flotaba en el aire frío de la noche, mezclándose con el olor a lluvia reciente sobre el asfalto. El puesto era modesto, con un toldo desgastado y un hombre mayor atendiendo con una sonrisa amable.
Max señaló el lugar con la cabeza.
—Es aquí.
Sergio se detuvo a su lado, observando el puesto con curiosidad mientras el viento frío les rozaba la cara.
°•°•°•°°•
Sergio no tardó en pedirle ayuda a Max frente al pequeño puesto .
El menú estaba escrito en neerlandés , con fotos algo borrosas. Sergio miró la cartulina y luego a Max con una media sonrisa avergonzada.
—No entiendo ni un poquito esto. ¿Me ayudas a pedir?
Max dudó un segundo, pero terminó acercándose al señor del puesto y tradujo con voz baja . Sergio pidió cuatro waffles completos: dos con Nutella y plátano, dos con crema y fresas. Max levantó una ceja, claramente sorprendido por la cantidad, pero no comentó nada.
Cuando terminó de pedir, Max se dio la vuelta, metiendo las manos en los bolsillos de la sudadera, convencido de que su parte ya había terminado. La convivencia forzada había llegado a su fin.
—Listo —murmuró, empezando a alejarse.
—Espera —dijo Sergio rápidamente.
Max se detuvo y lo miró por encima del hombro.
Sergio señaló al señor, que ya estaba preparando dos waffles más.
—También te pedí a ti. Dos con chocolate y fresitas. Están calientes, cómetelos antes de que se enfríen.
Max se quedó congelado. Sus ojos claros se abrieron con genuina sorpresa, como si nadie hubiera hecho algo así por él en mucho tiempo. El señor del puesto le entregó los dos waffles envueltos en papel grueso y caliente. Max los tomó con manos que todavía temblaban ligeramente por la pelea anterior.
—…Gracias —dijo en voz baja, casi inaudible.
Sergio sonrió, sincero pero sin exagerar.
—Come. Se enfrían rápido con este pinche frío.
Se sentaron en un banco cercano, bajo la luz amarilla de una farola. Comieron en silencio. El vapor dulce de los waffles se mezclaba con el olor a lluvia y asfalto mojado. Max devoraba el suyo con hambre real; el chocolate se le derramaba por las comisuras de la boca y una fresa pequeña se le quedó pegada en el labio inferior. Parecía un niño chiquito, concentrado y manchado, lejos del boxeador frío y furioso del gimnasio.
Sergio no pudo evitar sonreír. Sin decir nada, estiró la mano y le limpió suavemente la boca con el pulgar, quitando el rastro de chocolate.
— al parecer te gusta mucho lo dulce —dijo con tono ligero, casi bromista.
Max se tensó un instante, pero no se apartó. Solo bajó la mirada y siguió comiendo, más lento esta vez.
Terminaron los waffles en silencio. Ninguno de los dos habló mucho, pero el aire entre ellos se sentía un poco menos pesado.
Una hora después regresaron al gimnasio. Max se fue directo al ring sin mirar atrás, poniéndose los guantes con movimientos mecánicos. Toto, que estaba rev
isando unas vendas, jaló a Sergio del brazo en cuanto lo vio entrar.
—¿Qué pasó allá afuera? —preguntó en voz baja.
Sergio se encogió de hombros.
—Nada grave. Todo bien.
Toto lo miró un segundo más, como evaluando si insistir, pero finalmente asintió y lo soltó.
Sergio entrenó media hora más, aunque su mente seguía un poco dispersa. Cuando terminó, se duchó rápido y se cambió.
En el camino de regreso al departamento, le dijo a Toto:
—¿Podemos pasar al supermercado? Necesito comprar algunas cosas.
Toto levantó una ceja pero aceptó.
—Claro. De todos modos no vamos a sobrevivir eternamente a base de comida de restaurante. Esta mierda europea termina cansando.
En el supermercado, Sergio compró mucho más de lo habitual. Llenó el carrito con verduras frescas, arroz, filetes de salmón, frutas, toppers de plástico, barras de proteína y todo lo necesario para preparar comidas decentes. Toto lo miraba de reojo, divertido.
—Parece que vas a alimentar a un equipo completo, Checo.
Sergio solo sonrió.
Esa noche, al llegar al departamento, Sergio se puso manos a la obra en la pequeña cocina. Cortó verduras, puso arroz a cocer, sazonó el salmón con limón y hierbas, y preparó fruta picada que guardó en varios toppers para los próximos días. El olor cálido y hogareño empezó a llenar el espacio, contrastando con el frío que se colaba por las ventanas.
Toto salió de la ducha, todavía con el cabello húmedo, y se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.
—¿Qué pasó cuando saliste del gimnasio? —preguntó directamente esta vez.
Sergio siguió cortando una manzana sin mirarlo, pero con una sonrisa tranquila en los labios.
—Todo está bien, de verdad.
Toto lo observó dos segundos más, como si intentara leer entre líneas. Finalmente asintió, aceptando la respuesta.
Se dio la vuelta y se fue a su habitación a terminar de vestirse, dejando a Sergio solo en la cocina.
Sergio siguió cocinando en silencio, el cuchillo moviéndose con ritmo constante sobre la tabla. El vapor del arroz subía suave, el salmón chisporroteaba en la sartén y el olor de las especias flotaba en el aire. Por primera vez en semanas, el departamento se sentía un poco más como casa.
°•°•°•
Al día siguiente, la rutina del gimnasio siguió su curso.
Esa mañana preparó tres toppers más: arroz con verduras salteadas y salmón a la plancha en uno, fruta fresca picada con yogur en otro, y barras de proteína caseras envueltas junto con nueces y dátiles en el tercero. El departamento olía a comida caliente y fresca cuando Toto salió de su habitación.
—¿Vas a acampar o qué? —preguntó Toto, mirando el tamaño de la mochila con una ceja levantada—. Parece que llevas comida para medio equipo.
Sergio soltó una risa corta mientras cerraba la mochila.
—No. Solo… estoy harto de comer mierda procesada. Y el cuerpo rinde mejor cuando comes decente.
Toto lo miró un segundo más, pero no insistió. Conocía esa expresión en su pupilo: cuando Sergio decidía algo, lo hacía a su manera.
Al llegar al gimnasio, Max ya estaba allí, como siempre. Eran apenas las ocho de la mañana y el rubio llevaba más de una hora entrenando sin parar. El sonido seco de sus guantes contra el saco llenaba el espacio. Sudor le corría por la nuca y la camiseta se le pegaba al cuerpo delgdo, marcando cada línea de esfuerzo.
Sergio esperó las primeras dos horas. Luego, cuando Max hizo una pausa para beber agua, se acercó por detrás y le tocó suavemente el hombro.
Max se giró, sorprendido. Sus ojos claros se entrecerraron con curiosidad, pero sin la hostilidad habital de días anteriores.
—¿Necesitas algo? —preguntó, todavía respirando agitado.
Sergio sacó una barra de proteína envuelta y se la extendió con una sonrisa.
—Come. Te estás exigiendo demasiado. Si sigues así sin meterle combustible, vas a terminar en el piso antes de mediodía.
Max apretó los labios, mirando la barra como si fuera una trampa. Dudó varios segundos, pero finalmente la tomó. Sergio se quedó parado frente a él, sin moverse, hasta que Max le dio el primer mordisco. Solo entonces asintió satisfecho.
Max comió en silencio, masticando despacio. Cuando terminó, Sergio no se fue. Abrió la mochila y sacó uno de los toppers.
—Esto también. Arroz con salmón y verduras. Está recién hecho.
Esta vez Max levantó las cejas, visiblemente desconcertado. Miró alrededor: algunos chicos del gimnasio observaban de reojo, fingiendo que no. Pero Sergio no parecía importarle la audiencia. Le pasó un tenedor de plástico y se quedó esperando.
—…Gracias —murmuró Max al fin.
Se sentó en un banco cercano y comió todo. Cada bocado parecía costarle un poco de orgullo, pero lo hizo. Cuando terminó, cerró el topper vacío y se lo devolvió. Se levantó sin decir nada más y volvió al ring.
Sin embargo, algo había cambiado.
Sus movimientos en los siguientes rounds fueron más fluidos, más potentes. La comida le devolvió energía que ni él sabía que estaba perdiendo. Jos, desde fuera del ring, lo miraba con aprobación al verlo más afilado.
Max pensó que solo había sido ese día. Un gesto raro del mexicano. Nada más.
Pero no.
Al día siguiente, Sergio llegó otra vez con comida. Y al siguiente. Y al siguiente.
A veces era un topper con pollo a la plancha y quinoa. Otras, fruta cortada con un poco de miel. Snacks altos en proteína, batidos en un termo, incluso un pequeño paquete de almendras con chocolate oscuro. Siempre lo entregaba en momentos estratégicos: después de dos horas de entrenamiento, cuando Max empezaba a verse más pálido, o justo antes de un sparring duro.
Al principio Max aceptaba con desconfianza, casi a regañadientes. Luego empezó a esperarlo. No lo admitía en voz alta, pero cuando Sergio se acercaba con esa sonrisa radiante y la mochila un poco más llena, algo dentro de su pecho se suavizaba por unos segñundos.
—Otra vez tú —decía Max, intentando sonar molesto, pero su voz ya no tenía el mismo filo.
—Otra vez yo —respondía Sergio, extendiéndole el recipiente—. Come, León.
Max soltaba un bufido, pero comía. Y después entrenaba mejor. Más concentrado. Más vivo.
Poco a poco, esa pequeña rutina empezó a tejer algo invisible entre ellos: una tensión distinta, más cálida, más peligrosa que cualquier pelea dentro del ring. Ññ
Diario, sin falta, Checo llegaba con comida, snacks y un sinfín de pequeñas cosas que hacían que Max se sintiera raro. Raro de una forma que le aceleraba el pulso y le ponía nervioso el estómago, aunque todavía no se atreviera a preguntarse por qué.
°•°•°•°•°•
Sergio ya no se conformaba solo con dejar comida en silencio. Quería acercarse a Max de verdad, de muchas formas distintas. La comida y los snacks eran el comienzo; ahora buscaba conversaciones, aunque fueran cortas y llenas de silencios incómodos. Quería ver si debajo de esa coraza fría había algo más que furia y exigencia.
Una tarde, después de un entrenamiento duro, mientras el gimnasio empezaba a vaciarse, Sergio encontró su oportunidad. Se acercó a Max, que estaba guardando sus guantes, y le habló con tono casual pero decidido.
—Oye, Max… ¿estás libre después?
Max levantó la vista, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—No.
Sergio no se rindió. Se apoyó contra la pared, sonriendo con esa mezcla de confianza y picardía que empezaba a ser habitual.
—Es que hay unos mercaditos nocturnos callejeros aquí cerca y no tengo ni idea de cómo llegar, ni del idioma, ni de nada. Me voy a morir de hambre o voy a terminar comprando algo rarísimo. ¿Me acompañas? Solo un rato.
Max frunció el ceño, claramente molesto por la insistencia.
—Dije que no.
—Vamos, hombre —insistió Sergio, bajando un poco la voz y haciendo un puchero exagerado, casi infantil—. ¿Cómo voy a pedir algo si no entiendo ni “hola”? ¿Me vas a dejar perdido en la calle como un turista idiota?
Max lo miró fijamente, los ojos claros entrecerrados. El puchero de Sergio era tan ridículo y sincero al mismo tiempo que, después d varios segundos, soltó un suspiro largo y derrotado.
—Está bien… pero solo un rato. Y no me estés hablando todo el tiempo.
Sergio sonrió ampliamente, victorioso.
—Prometido.
Se ducharon por separado en los vestidores. Sergio salió primero, con el cabello todavía húmedo y una chamarra ligera. Cuando Max apareció, caminaron juntos hacia la salida. El aire de la tarde era frío y húmedo, con ese olor característico de la ciudad europea después de la lluvia.
Durante el camino, Sergio no paraba de hablar, emocionado como un niño.
—¿Estos mercados son todos los días o solo los fines de semana? ¿Qué tipo de comida hay? ¿Hay algo picante o todo es dulce? ¿Tú vas seuido?
Max respondía con monosílabos o frases cortas, las manos metidas en los bolsillos de su sudadera.
—A veces… No sé… Depende.
Pero Sergio seguía, sin dejarse intimidar por la sequedad. Su entusiasmo era genuino y contagioso, aunque Max intentara resistirse.
Cuando las luces de los puestecitos callejeros aparecieron a lo lejos —colores cálidos, neón suave, humo dulce flotando en el aire—, Sergio se emocionó tanto que tomó a Max de la mano sin pensarlo y tiró de él.
—¡Mira eso! ¡Vamos!
Max se tensó un segundo por el contacto inesperado, pero no se soltó. Corrieron juntos entre la gente hasta detenerse frente a un puesto pequeño y aromático donde preparaban un postre caliente sobre una plancha.
Sergio soltó la mano de Max, pero se quedó muy cerca, los ojos brillañndo bajo las luces del mercado.
—¿Qué es eso? —preguntó curioso, señalando los discos dorados y crujientes que olían a caramelo y canela.
Max miró el puesto y luego a Sergio. Por primera vez en mucho tiempo, su expresión se suavizó un poco, casi divertida por el entusiasmo del otro.
—Son stroopwafels —explicó con voz calmada, pero con un toque de paciencia que no había mostrado antes—. Son como waffles delgados, pero se hacen con dos capas y se rellenan con sirope de caramelo caliente. Se ponen sobre una taza de café o té para que el caramelo se ablande un poco. Son típicos de aquí.
Sergio escuchaba atentamente, sonriendo mientras el vendedor empezaba a preparar dos porciones frescas.
Definitivamente sería una noche entretenida.
°•°•°•°•°
Pasaron toda la noche yendo de puesto en puesto.
Max se convirtió en su guía improvisado, señalando con paciencia qué valía la pena probar y qué era mejor evitar.
—Ese no. Es demasiado dulce y te va a empalagar —decía cuando Sergio señalaba algo con demasiado glaseado.
—Prueba este. Es salado pero suave, te va a gustar.
Sergio obedecía con una sonrisa, probando cada cosa que Max le recomendaba. A veces hacía caras exageradas al morder: ojos muy abiertos, cejas levantadas, o una mueca dramática cuando algo le gustaba demasiado. Esas reacciones sacaban risitas cortas y genuinas a Max, que intentaba disimularlas mordiéndose el labio o mirando hacia otro lado.
—Pareces niño de cinco años —murmuraba Max, pero la comisura de su boca se curvaba hacia arriba.
En los puestos más concurridos, cuando la gente los empujaba, Sergio lo tomaba por la cintura sin pensarlo dos veces y lo pegaba a su cuerpo para que no se separaran. Lo hacía de forma natural, como si fuera lo más lógico del mundo. Max se tensaba al principio, sorprendido por el contacto cálido y firme, pero no se apartaba. El calor de la mano de Sergio en su cintura se sentía extraño… y extrañamente agradable en medio del frío nocturno.
Entre tantos puestos luminosos y olores dulces, llegaron a uno lleno de artesanías tejidas: peluches suaves, animalitos de trapo y llaveros bordados a mano. Sergio se detuvo frente a una mesa y sus ojos se fijaron en uno en particular: un pez redondo, naranja brillante, con grandes ojos azules y una expresión medio tonta.
—Pff —soltó Sergio, soltando una risa baja.
Max lo miró confundido.
—¿Qué te da gracia?
Sergio tomó el llavero y lo levantó.
—Se parece a ti. Redondito, con ojos grandes y esa cara de “¿qué estás mirando?”.
Max abrió la boca, indignado.
—¿Perdón?
Buscó rápidamente entre los llaveros, decidido a vengarse. Revolvió entre conejitos, osos y gatos hasta que encontró uno: un conejito café, con orejas grandes, cejas gruesas y una expresión terca .
—Este —dijo Max triunfante, levantándolo—. Este eres tú. Cabezón, terco y cejón.
Sergio soltó una carcajada sincera.
—Touché.
Entre risitas, ambos compraron un llavero. Max colgó el conejito café en la correa de su mochila. Sergio hizo lo mismo con el pez naranja en la suya. Caminaron un rato más con los llaveros balanceándose suavemente, como un pequeño secreto compartido.
Cuando la noche empezó a enfriarse de verdad, Sergio insistió en acompañar a Max hasta su casa. El barrio era lindo, tranquilo, con casas bajas y farolas que proyectaban luz cálida sobre las aceras húmedas.
—Gracias por traerme —dijo Max cuando llegaron a la puerta.
—No hay de qué. Ahora tú ayúdame a pedir un Uber, porque yo sigo sin entender cómo regresarme.
Max sacó su teléfono y pidió el auto para Sergio, explicándole la dirección con voz baja. Se quedaron un momento en silencio frente a la entrada, el vapor de su aliento visible en el aire frío.
—Buenas noches, Checo.
—Buenas noches, León.
Cuando Max entró a la casa, Sophie estaba en la sala, leyendo con una taza de té. Levantó la vista y lo miró atentamente. Había algo distinto en su hijo: los ojos más brillantes, las mejillas ligeramente sonrojadas por el frío y una sonrisa pequeña que no lograba ocultar del todo.
—¿Quién era el chico que te trajo? —preguntó Sophie con una sonrisita curiosa.
Max se encogió de hombros, intentando sonar casual.
—Un chico del gimnasio. Es el extranjero… el mexicano.
Sophie abrió un poco más los ojos, sorprendida.
—¿El que te caía mal?
Max asintió y se acercó a ella. Le dio un abrazote fuerte, hundiendo la cara en su hombro como cuando era más pequeño.
—Estoy cansado —murmuró contra su suéter.
Sophie le devolvió el abrazo y le dio un beso suave en la frente.
—Ve a descansar, mi amor. Y… el llavero en tu mochila es muy lindo.
Max se separó un poco, sonrojándose. Soltó una risita avergonzada, tomó su mochila y corrió hacia su habitación.
—Buenas noches, mamá.
Cerró la puerta detrás de él, todavía con la sonrisa en los labios y el conejito café balanceándose en la mochila.
°•°•°•°
Desde ese día las cosas empezaron a fluir solas… o quizá Sergio las empujó con toda la intención.
Ya no era solo la comida que aparecía a media mañana o después de los sparrings. Ahora Sergio encontraba pretextos cada vez más creativos para robarle tiempo a Max fuera del gimnasio.
—Oye, Max, ¿me llevas a ese mercado de libros que mencionaste?
O
—Necesito comprar unos tenis nuevos para entrenar. ¿Vienes? Solo para que no me timen.
Max protestaba al principio, frunciendo el ceño y diciendo que tenía cosas que hacer. Pero terminaba aceptando. A veces con un suspiro resignado, otras veces con una media sonrisa que intentaba ocultar. Y cuando Max se negaba de verdad, Sergio lo arrastraba de todos modos, tomándolo del brazo con esa confianza que crecía día con día.
—Vamos, León. No me dejes solo como un turista perdido.
La confianza entre ellos se volvía más sólida, más cálida. Ya no eran solo dos boxeadores que compartían gimnasio. Eran dos chicos que caminaban juntos por las calles húmedas de la ciudad, compartiendo stroopwaffles calientes, riéndose de tonterías y hablando de todo y de nada.
Pero con la confianza también llegaron las dudas silenciosas.
A veces, mientras Sergio entrenaba en el ring, Max se quedaba mirándolo desde la esquina. Sus ojos seguían el movimiento de los hombros anchos, la forma en que los músculos se tensaban bajo la piel sudorosa, el golpe seco y controlado de sus puños. Entonces, sin poder evitarlo, las preguntas llegaban a su mente como un susurro peligroso:
¿Qué se sentiría ser follado por él?
¿Qué se sentiría estar debajo de ese cuerpo, con su peso encima, con sus manos sujetándolo?
¿Le gustaría rudo… o sería de los que van despacio, vainilla, besando cada moretón?
Max sacudía la cabeza con fuerza, molesto consigo mismo.
“Probablemente ni siquiera me ve de esa forma”, pensaba, y se obligaba a mirar hacia otro lado.
Pero no era el único que luchaba contra esos pensamientos.
Una tarde, Sergio vio a Max agachado recogiendo unas vendas del suelo. La sudadera se le subió un poco y los pantalones deportivos se ajustaron perfectamente a su cuerpo. Tenía unas nalgas redondas, firmes, que contrastaban con su cintura estrecha. Y esas piernas… jodidamente largas, tonificadas por años de footwork . Sergio se quedó mirando más tiempo del que debía, imaginando cómo se sentirían esas piernas rodeándole la cintura, cómo se abrirían para él.
Se le secó la boca. Sintió un calor traicionero subirle por el vientre.
“ puta madre ”, pensó, y apartó la mirada de inmediato, fingiendo que revisaba sus guantes.
No era solo atracción física. Sergio se dio cuenta de eso una noche, mientras hablaban de idioteces sentados en un banco del parque después de otro paseo improvisado.
Max estaba contando algo sobre una pelea ridícula que había tenido de niño, imitando con las manos cómo había intentado golpear a un chico más grande. Su risa salió suave, genuina, y por un segundo sus ojos se iluminaron bajo la luz de las farolas. Sergio se quedó mirándolo, el pecho apretado de una forma nueva y desconocida.
“Desde cuándo la sonrisa de Maxie es tan linda?”, pensó de pronto.
¿Maxie?
El diminutivo le había salido solo, en su cabeza, y eso lo golpeó más fuerte que cualquier gancho.
Quería hacer las cosas bien. Quería conocerlo de verdad, no solo desearlo. Quería que Max confiara en él, que lo dejara acercarse sin barreras. Por eso, cada vez que esos pensamientos cachondos aparecían —las imágenes de Max debajo de él, gimiendo, con las piernas abiertas y esas bonitas nalgas rebotando—, Sergio los alejaba con fuerza.
“Shu shu. Fuera de aquí”, se decía a sí mismo, respirando profundo y cambiando de tema rápidamente.
Esa noche, mientras caminaban de regreso, Sergio miró de reojo a Max, que iba con el llavero del conejito todavía colgando de su mochila.
—Oye… gracias por acompañarme otra vez —dijo Sergio en voz baja—. Sé que a veces te arrastro y tú solo quieres entrenar.
Max se encogió de hombros, pero su tono fue más suave de lo habitual.
—No pasa nada. Tampoco es que me desagrade tanto.
Sergio sonrió, sintiendo ese calor familiar en el pecho. Quería estirar la mano y tocarlo, pero se contuvo. Quería besarlo, pero sabía que aún no era el momento.
Por ahora, se conformaba con caminar a su lado, con robarle sonrisas y con seguir empujando suavemente esa puerta que Max empezaba a entreabrir.
Sergio solo esperaba tener la paciencia suficiente para hacer las cosas bien… aunque cada día le costaba un poco más alejar esas ideas que lo asaltaban cuando menos lo esperaba.
°•°•°•°•°
La cercanía entre ellos empezó a traer ventajas… y también algunas desventajas que Max no había previsto.
Una tarde libre —Jos le había dado permiso de descansar por primera vez en semanas— Max estaba en casa, tirado en el sofá con las piernas sobre el regazo de su madre. El olor a café recién hecho flotaba en la sala cuando Jos entró y se sentó frente a ellos con expresión seria.
—Ese mexicano… —empezó Jos sin rodeos—. Te estás distrayendo mucho con él.
Max se incorporó un poco, alerta.
—¿Qué pasa con él?
Jos lo miró directamente.
—Estás bajando el ritmo. Antes entrenabas como si te fuera la vida en cada golpe. Ahora llegas pensando en otra cosa, hablas más de lo necesario y tu intensidad no es la misma. No me gusta.
Por un segundo, los ojos de Max se abrieron con un miedo antiguo y conocido. Vio a su padre de años atrás, con esa misma mirada de decepción, esa misma voz que lo empujaba al ring para “endurecerlo”. El estómago se le apretó.
Antes de que el pánico lo arrastrara, Sophie intervino con voz calmada pero firme.
—Creo que te equivocas, Jos. De hecho ha mejorado. Sus movimientos son más limpios, tiene más energía en los últimos rounds y se ve más fuerte. La comida decente y el descanso que está tomando le están haciendo bien.
Max giró la cabeza hacia su madre, sorprendido. Sophie le dedicó una sonrisa suave y le apretó la rodilla.
—Le hacía falta alguien que lo obligara a parar un poco, aunque sea para comer como persona normal.
Jos se quedó callado unos segundos, meditando.
—Está bien. Solo mantén el ritmo, Max. No quiero que nada te distraiga del título.
Max asintió, pero por dentro sintió un alivio cálido que le subió hasta el pecho. Cuando Jos salió de la sala, se dejó caer otra vez en el sofá y miró a su madre con ojos brillantes.
—Gracias, mamá.
Sophie solo le acarició el cabello.
En los días de descanso, la ausencia del otro se sentía extraña. Sergio se aburría tanto en el departamento que terminaba molestando a Toto sin piedad: le robaba el control remoto, le ponía música a todo volumen o se tiraba encima de él en el sofá como si fuera un niño grande.
—Quítate de encima, animal —gruñía Toto, empujándolo mientras Sergio se reía a carcajadas.
—Solo quiero compañía, viejo. Max no está y me aburro.
Al día siguiente, cuando volvían a verse en el gimnasio, parecían inseparables. Sergio estaba siempre detrás de Max: entrenaban juntos, compartían el mismo ring, murmuraban tonterías entre round y round.
—Oye, León, si sigues moviendo las caderas así de bien voy a pensar que lo haces a propósito —bromeaba Sergio en voz baja mientras corregía la postura de Max.
—Cállate y golpea —respondía Max, pero con una sonrisa pequeña que no podía ocultar.
Una tarde, durante un descanso, Sergio se acercó más de lo necesario para explicarle un ajuste en la guardia. Bajó la mano con naturalidad y le tocó el trasero, un roce firme y breve justo donde la curva se encontraba con el muslo. Max se puso rojo hasta las orejas, el calor le subió por la nuca y el corazón le latió con fuerza.
Sergio retiró la mano como si nada, pero sus ojos brillaron con algo más oscuro por un segundo.
—Perdón, se me fue la mano —dijo con una sonrisa ladeada que no parecía arrepentida en absoluto.
Max no dijo nada. Solo tragó saliva y siguió entrenando, pero su mente ya no estaba en el ring.
El pensamiento que había tenido tantas veces —“Checo no me ve de esa forma”— se rompió de golpe y fue reemplazado por uno nuevo, más intenso y confuso.
¿Checo era solo amable porque se lo quería follar?
¿Era por eso que lo buscaba todo el tiempo, que lo tocaba “sin querer”, que lo arrastraba a todas partes?
La idea no le disgustaba. Al contrario. Le provocaba un calor bajo en el vientre, una curiosidad que le humedecía el coño solo de imaginarlo. Pero también le generaba preguntas que no sabía cómo responder.
¿Checo sería así de imbécil? ¿Solo estaba jugando? ¿O de verdad quería algo más?
Ahora tenía preguntas que no tenían respuestas fáciles, y eso lo ponía nervioso. No le gustaba sentirse expuesto, no le gustaba que su cuerpo reaccionara tan rápido ante la sola idea de las manos grandes de Sergio sujetándolo, de su peso encima, de su verga abriéndolo despacio o follándolo fuerte contra las cuerdas del ring.
Pero tampoco podía negar que, cada vez que Sergio aparecía con esa sonrisa tranquila y esa mirada que se detenía un segundo de más en su boca o en sus piernas, Max dejaba que se acercara. No lo alejaba. No lo rechazaba.
Dejaba que Sergio estuviera cerca.
°•°•°•°•
Las preguntas seguían acumulándose en la cabeza de Max como golpes que no lograba esquivar del todo.
Checo cada vez se tomaba más libertades. Pequeños roces que duraban un segundo de más, miradas que se quedaban fijas en su boca o en la curva de su cintura, bromas que sonaban demasiado cerca del deseo. Max lo notaba todo y, aunque una parte de él se tensaba, otra parte… se calentaba.
Una noche, cuando ya casi todos se habían ido del gimnasio, se quedaron solos. Hasta Toto había salido temprano. El lugar estaba en silencio, solo se escuchaba el zumbido lejano de las luces y el sonido ocasional de un guante contra el saco.
Estaban jugando, tirándose golpes suaves y esquivándose entre risas. De pronto, Checo se acercó por detrás, rápido y seguro. Sus manos grandes agarraron las nalgas de Max con fuerza, apretando la carne firme y redonda entre sus palmas.
—Son tan gorditas y suaves… —murmuró contra su oído, la voz ronca y baja.
El apretón fue fuerte, posesivo. Max soltó un gemido vergonzoso, agudo y entrecortado, que reverberó en el gimnasio vacío. El sonido salió sin permiso, directo desde su garganta, y el calor le subió hasta las orejas.
Checo abrió los ojos, sorprendido. Max, rojo como nunca, se soltó de un tirón y salió corriendo hacia los baños sin decir una palabra.
—Mierda… —susurró Checo, sintiendo que la había cagado.
Fue tras él casi de inmediato. Empujó la puerta del baño con cuidado.
—Max… perdón. Creo que me pasé. No quería hacerte sentir incómodo.
Cuando entró, Max estaba frente al lavabo, enjuagándose la cara con agua fría. Tenía las mejillas y el cuello completamente rojos, la respiración agitada. El agua le corría por la barbilla y goteaba sobre la camiseta.
Checo se acercó despacio y le puso las manos en los hombros, con suavidad esta vez.
—Ey… de verdad lo siento. No sé qué me pasó, yo…
Max se giró de golpe. Su rostro había cambiado: esa expresión dura y fría que Checo conocía tan bien de los primeros días estaba de vuelta. El nudo en la garganta de Sergio se apretó.
Max respiró hondo, la voz temblorosa pero decidida.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro… lo que sea.
Max lo miró a los ojos.
—¿Solo eres amable conmigo porque me quieres coger?
Checo parpadeó, sorprendido.
Max siguió, las palabras saliendo rápido, como si tuviera miedo de arrepentirse.
—No era necesario que hicieras todo esto… la comida, los paseos, los pretextos. Si solo querías follarme, pudiste decírmelo directamente. No tenías que fingir que te caigo bien.
Checo se quedó helado un segundo. Luego, horrorizado, le tapó la boca con la mano, suave pero firme.
—¿Qué carajos estás diciendo, Max? —susurró, la voz grave—. No digas eso.
Quitó la mano lentamente. Suspiró, pasándose los dedos por el cabello húmedo.
—Me gustas. De verdad me gustas. Por eso te jalo a todos lados, por eso te busco todo el tiempo. No es por fllarte y ya. Me gusta estar contigo. Me gusta cómo te ríes cuando probamos algo nuevo, me gusta cómo te exiges en el ring, me gusta… todo de ti.
Max lo miró con los ojos muy abiertos, incrédulo.
—Deja de bromear…
Checo soltó una risita baja, casi nerviosa, y negó con la cabeza.
—Si fuera broma no estaría siguiéndote como perrito faldero todos los días. No estaría inventando exusas solo para pasar cinco minutos más contigo.
El espacio entre sus cuerpos se fue cerrando sin que ninguno de los dos lo decidiera conscientemente. Podían sentir el calor del otro: el pecho de Checo subiendo y baja
ndo, el aliento de Max rozándole los labios. Checo levantó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar, admirando la piel suave, las pestañas largas, la boca entreabierta.
—No sabes cuánto me gustas… —murmuró, la voz ronca y sincera.
Se inclinó despacio, dándole tiempo para apartarse.
Max no se movió.
Sus labios se encontraron en un beso lento, cuidadoso al principio. Suave. Caliente. Checo sintió cómo Max se tensaba un segundo y luego se relajaba, correspondiendo el beso con una timidez que contrastaba con la fuerz que tenía en el ring. Los labios de Max eran suaves, ligeramente húmedos por el agua fría, y respondían con una dulzura que hizo que a Checo se le acelerara el corazón.
El beso se profundizó poco a poco. Max levantó las manos y las apoyó en el pecho de Sergio, no para apartarlo, sino para sentirlo más cerca. Sus bocas se movían con hambre , explorando, probando. El sabor de Max era dulce y salado al mismo tiempo, como el caramelo de los stroopwaffles que tanto les gustaba compartir.
Ninguno de los dos quería que terminara.
°•°•°•°•
La respiración de ambos era un desastre: jadeos entrecortados, irregulares, que llenaban el baño vacío. Sus lenguas se enredaban con hambre creciente, explorando, saboreándose. Max gemía suavemente contra la boca de Sergio, sonidos dulces y necesitados que lo hacían aferrarse con más fuerza a su camiseta. Checo sentía cómo u verga empezaba a endurecerse rápidamente, presionando contra la tela del pantalón solo por esos lindos gemiditos que escapaban de su Maxie.
Sus manos grandes bajaron por la espalda de Max, recorriéndolo con lentitud , hasta deslizarse bajo la cinturilla del pants. Metió las palmas entro y agarró las nalgas desnudas, apretando la carne suave y firme.
—Joder… —gruñó Checo contra sus labios.
Max soltó un gemido más chillón, agudo, que reverberó en las baldosas.
—Checo… —susurró, la voz temblorosa.
La erección de Sergio ya era completa, gruesa y dura, rozando insistentemente contra el muslo de Max. El calor entre ellos era casi insoportable.
Nervioso y desesperadamente necesitado, Max separó apenas los labios y murmuró contra su boca:
—¿Podemos… seguir afuera? El calor aquí me está sofocando…
Checo respondió con un bso más profundo, mordiéndole suavemente el labio inferior.
—Vamos.
Sin separarse del todo, lo sacó del baño entre besos torpes y urgentes. Lo guió a través del gimnasio oscuro hasta el ring principal. Las luces exteriores apenas entraban por los grandes ventanales, pero desde afuera era imposible ver hacia dentro. Estaban completamente solos.
Contra las cuerdas del ring, Max se volvió más valiente. Sus manos bajaron temblando hasta el pantalón de Sergio, lo desabrochó y lo bajó lo suficiente. La verga de Checo saltó libre, grande, gruesa, pesada, con la cabeza ya brillante de precum. Max abrió los ojos, la boca entreabierta y la saliva acumulándose.
—Dios… qué vergón tienes —susurró, casi sin voz.
Checo soltó una risa ronca, baja, y correspondió el gesto. Bajó los pantalones y la ropa interior de Max de un solo movimiento. Cuando vio lo que había debajo, se quedó quieto un segundo, procesando. No había verga. Solo un coñito depilado, gordito, hinchado y completamente mojado, los labios brillantes de excitación.
Max se tensó, inseguro.
—Si te parece raro… o asqueroso… podemos detenernos ahora mismo —dijo en voz baja, la vulnerabilidad clara en su tono.
Checo negó lentamente, los ojos oscuros fijos en ese coño perfcto. Acarició con los dedos el interior del muslo de Max, subiendo hasta rozar los labios hinchados.
—No es raro —murmuró, la voz grave y cargada de deseo—. Me gusta. Me gusta mucho.
Se inclinó y besó a Max otra vez, profundo y lento, mientras sus dedos exploraban con cuidado la humedad caliente. Luego, ansioso, le quitó la sudadera por la cabeza. Otra sorpresa lo golpeó: los pectorales de Max no eran solo músculo. Eran pechos llenitos, redondos, con pezones ya duros y sensibles.
— Maxie… —susurró Checo, casi reverente.
Bajó la cabeza y empezó a besar desde el cuello, dejando un camino de besos húmedos y mordidas suaves hasta llegar a esos pechos. Tomó uno en la boca, chupando con hambre, lamiendo el pezón mientras su mano apretba el otro con cuidado. Mordió suavemente, jugó con la lengua, succionó hasta que Max se retorció entre gemidos ahogados, arqueando la espalda contra las cuerdas del ring.
—Checo… ah… —gemía Max, una mano enredada en el cabello oscuro de Sergio, la otra aferrada a la cuerda detrás de él.
Checo siguió dándose un festín con aquellas tetas ricas y suaves, alternando entre besos, lamias y pequeños mordiscos que hacían que Max temblara y soltara gemidos cada vez más desesperados. El coño de Max goteaba, mojando el interior de sus muslos, mientras su cuerpo respondía con una necesidad que ninguno de los dos podía ya ignorar.
°•°•°•°
Sergio sabía que, para tener buen sexo de verdad, necesitaba una habitación donde su Maxie se sintiera completamente cómodo y seguro. El ring del gimnasio era caliente, excitante y prohibido… pero no era el lugar ideal para dejarse llevar del todo. Aun así, la necesidad era demasiado grande para esperar.
Con la verga palpitante y dura como piedra, Checo tomó una decisión rápida. Bajó un poco más los pantalones de Max y metió su miembro grueso entre aquellos muslos suaves y tonificados. La cabeza ancha de su verga rozó directamente el coño empapado de Max, deslizándose entre los labios hinchados y cubriéndose de sus fluidos calientes.
Max soltó un chillido agudo, sorprendido y lleno de placer.
—Ah… Checo… —gimió, las piernas temblándole.
Sergio empezó a mover las caderas con ritmo lento pero firme, follando los muslos de Max como si estuviera penetrándolo de verdad. La cabeza gruesa de su verga rozaba una y otra vez el clítoris hinchado y la entrada resbaladiza del coño, empapándolo todo. Cada embestida hacía que los labios de Max se separaran y se cerraran alrededor de su grosor, dejando un rastro brillante de excitación.
—Qué rico… —gruñó Checo contra su cuello, mordiéndole suavemente la piel—. Estás empapado, Maxie. Todo mojado por mí.
Max se retorcía, aferrado a las cuerdas del ring, soltando gemidos cada vez más altos y desesperados.
—Checo… por favor… bésame… —rogaba entre jadeos, buscando su boca como un cachorro necesitado.
Se veía tan tierno así: rostro enrojecido, labios hinchados, ojos brillantes de placer. Sergio no pudo evitar pensar, por un segundo fugaz, cómo se vería Max llorando de gusto debajo de él, con las lágrimas corriendo mientras lo follaba profundo y duro.
Sacudió la cabeza rápidamente.
“No. Todavía no. No quiero asustarlo.”
(Oilooooo al perro)
Siguió moviéndose, frotando su verga gruesa entre los muslos y contra el coño empapado, mientras su boca no dejaba de atender el cuerpo de Max. Chupaba y lamía aquells pechos llenitos, mordiendo los pezones sensibles hasta que Max arqueaba la espalda y soltaba gemiditos chillones que lo volvían loco.
—Checo… ah… más… —suplicaba Max, la voz rota.
Los movimientos se volvieron más desesperados. Sergio frotaba el clítoris hinchado con la cabeza de su verga mientras sus caderas empujaban con más fuerza. Max temblaba entero, el coño contrayéndose de necsidad, goteando sobre los muslos de ambos.
Cuando sintió el orgasmo acercándose, Sergio metió solo la cabeza gruesa de su verga dentro del coño de Max, estirándolo apenas, mientras su pulgar frotaba el clítoris con movimientos rápidos y precisos.
—Así… córrete para mí, Maxie —gruñó contra su oído.
Max se deshizo con un gemido largo y quebrado, el coño apretando la cabeza de la verga de Sergio mientras se corría con fuerza, temblando violentamente en sus brazos. Segundos después, Checo sacó su miembro y se corrió entre los muslos de Max, pintando la piel suave y el coño hinchado con chorros calientes y espesos de semen.
Ambos se quedaron jadeando, abrazados contra las cuerdas. Sergio admiraba el espectáculo frente a él: Max con las mejillas rojas, los labios entreabiertos, el coño y los muslos completamente manchados de su semen, brillando bajo la luz tenue del gimnasio. Se veía absolutamente precioso.
Cuando sus respiraciones empezaron a estabilizarse, Sergio besó suavemente la frente de Max, luego sus labios hinchados.
—Ven aquí —murmuró con voz ronca pero tierna.
Lo levantó con cuidado en brazos, como si no pesara nada. Max estaba exhausto, las piernas temblorosas, pero sonreía como tonto, con esa sonrisa suave y satisfecha que le iluminaba toda la cara.
Checo lo llevó hasta el baño, todavía sosteniéndolo contra su pecho. Abrió el agua tibia de la ducha y empezó a limpiarlo con cuidado: pasó una toalla suave por sus muslos, limpiando su propio semen de la piel y de la vagina sensible, besando cada zona que tocaba. Luego lo ayudó a ponerse ropa limpia que encontró en su mochila.
Max se dejaba hacer, medio dormido, con los ojos entrecerrados y esa sonrisa tonta todavía en los labios.
—Eres precioso… —susurró Sergio mientras le acomodaba el cabello húmedo.
Max solo soltó una risita bajita, cansada y feliz, y escondió la cara en el cuello de Checo.
°•°•°•°•°
Después de esa noche en el gimnasio, todo cambió entre ellos de forma rápida y natural.
Sergio se volvió más atento, más presente. Llegaba temprano al gimnasio solo para entrenar con Max, ajustaban juntos las combinaciones, se corregían mutuamente y terminaban los sparrings con besos robados en las duchas, bajo el agua tibia que caía sobre sus cuerpos sudorosos. Besos lentos, húmedos, que sabían a esfuerzo y deseo contenido.
Toto lo notaba todo y no se quedaba callado.
—Checo, déjalo respirar un poco. El chico necesita entrenar, no solo que le comas la boca cada cinco minutos —le decía con una sonrisa burlona mientras guardaban las cosas.
Sergio solo se reía, rascándose la nuca como niño regañado.
—Es que no puedo evitarlo. Es mi Maxie.
En las noches que se quedaban solos en el gimnasio, todo se volvía más intenso. Entrenaban entre risas y caricias que poco a poco se convertían en algo más. Checo lo besaba lentamente contra las cuerdas del ring, una mano enredada en el cabello rubio de Max, jalándolo con suavidad para tener mejor acceso a su boca. A veces se le iba la mano y jalaba un poco más fuerte de lo que pretendía. Entonces se separaba preocupado, buscando cualquier signo de dolor en el rostro de Max.
—¿Te lastimé? —preguntaba en voz baja, acariciándole la mejilla con el pulgar.
Max negaba con la cabeza, sonrojado y con los labios hinchados.
—No…
Pero Sergio también quería demostrarle que no buscaba solo sexo. Quería más. Quería citas, momentos fuera del ring, conocerlo de verdad. Después de pensarlo varios días, investigó lugares bonitos en la ciudad y eligió uno especial: un pequeño restaurante con vistas a un canal iluminado, rodeado de luces suaves y ambiente tranquilo. Se preparó mentalmente como si fuera una pelea importante.
Ese sábado por la tarde, Sergio se presentó en la casa de Max. Se había perdido casi media hora dando vueltas por el barrio
—Si está va para acá....y yo voy para alla—mur.uraba señalando calles—que pendejo voy al revés
Cuando por fin encontró la dirección correcta, tocó la puerta con el corazón latiéndole fuerte.
La mujer que abrió era hermosa: cabello castaño suave, mirada cálida y una sonrisa amable que inmediatamente lo hizo sentir en casa. Le recordaba mucho a su propia madre.
—Buenas tardes —dijo Sergio, intentando sonar seguro—. Soy Sergio, vengo por Max.
Sophie sonrió con calidez.
—Ah, tú eres Checo. Max me ha hablado de ti. Pasa, por favor. No te quedes ahí.
Lo invitó a entrar con naturalidad. La casa olía a café y a algo dulce recién horneado. Sophie era cariñosa y conversadora; le preguntó cómo iba el entrenamiento, si se estaba adaptando al clima frío y si extrañaba México. Hablaba con una ternura que relajó a Sergio casi al instante.
De pronto, se escucharon pasos rápidos bajando las escaleras. Max apareció casi corriendo, todavía terminando de acomodarse la ropa: unos shorts depotivos negros y una playera de tirantes blanca que dejaba ver sus hombros delgados y la suave curva de su pecho. El cabello rubio estaba un poco revuelto, las mejillas ligeramente sonrosadñas por la prisa. Se veía fresco, natural y absolutamente lindo.
Sergio se quedó con la boca abierta un segundo, sin poder disimular.
Max se detuvo al pie de la escalera, sorprendido.
—¿Qué haces aquí?
Sergio tragó saliva, nervioso, y soltó una sonrisa torcida.
—Vine a buscarte. Quería… preguntarte si quieres tener una cita conmigo. Una de verdad. Hoy. Si quieres....claro.
Max abrió mucho los ojos, claramente sorprendido. Antes de que pudiera responder, Sophie intervino desde la cocina con una sonrisa divertida y cariñosa.
—Claro que acepta. Pero ve a cambiarte primero, Maxie, porque te ves fatal con esa ropa.
Max se puso rojo hasta las orejas, mirando a su madre con vergüenza.
—¡Mamá!
Sophie soltó una risa suave, guiñándole un ojo a Sergio.
—Anda, ve. No hagas esperar al chico.
Max murmuró algo ininteligible, todavía sonrojado, y subió las escaleras casi corriendo de nuevo, dejando a Sergio solo con Sophie en la sala.
Sergio se pasó una mano por el cabello, todavía con el corazón acelerado, pero con una sonrisa grande y genuina en los labios. Por primera vez, sentía que todo empezaba a encajar de verdad.
°•°°•°•°
Max subió las escaleras casi corriendo, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Una vez en su habitación, se quedó parado frente al armario abierto, completamente perdido.
Tenía ropa deportiva para dar y regalar: pants, sudaderas del gimnasio, shorts de entrenamiento, playeras técnicas… pero nada que pareciera decente para una cita de verdad. Rebuscó con desesperación, sacando prendas y volviéndolas a meter. Después de varios minutos de puro caos, encontró algo que le gustó: unos pantalones negros ajustados pero cómodos, una camisa blanca de botones con las mangas ligeramente arremangadas y una chaqueta ligera gris que le quedaba bien al cuerpo.
Se miró en el espejo. Se acomodó el cabello rubio con los dedos, intentando domar algunos mechones rebeldes. Se puso un toque de perfume suave que Sophie le había regalado hace tiempo y, por último, se colocó el pequeño arete plateado en la oreja perforada. El detalle brilló discretamente cuando giró la cabeza.
Respiró hondo tres veces, mirándose fijamente.
—Está bien… puedes hacerlo —se susurró a sí mismo.
Bajó las escaleras más despacio esta vez, intentando no parecer tan nervioso. Cuando llegó ma la sala, Sergio levantó la vista y se quedó sin palabras.
Max se veía precioso. La camisa blanca contrastaba con su piel clara y el cabello rubio, la chaqueta le daba un toque casual pero elegante, y ese pequeño arete le añadía un detalle que lo hacía aún más atractivo. Sus pestañas largas proyectaban sombras suaves sobre sus mejillas ligeramente sonrojadas.
Sergio tragó saliva, la boca abierta por un segundo antes de poder reaccionar.
—Mi amor.... —murmuró, casi sin voz.
Sophie, que observaba desde la puerta de la cocina, sonrió con ternura. Se acercó un poco y le habló a Sergio con esa calidez que lo hacía sentir en casa.
—Cuídalo mucho, ¿sí? .
—Lo haré, señora. Se lo prometo —respondió Sergio con sinceridad, mirándola a los ojos.
Salieron juntos de la casa. El aire de la tarde era fresco y suave. Max caminaba a su lado, nervioso, sin saber si tomar su mano o simplemente seguir caminando. Antes de que pudiera decidir, Sergio fue más rápido: entrelazó sus dedos con los de Max y tiró de él suavemente para acercarlo.
Luego, sin previo aviso, se detuvo, lo giró hacia él y le plantó un beso grande, cálido y lleno de sentimiento. Max soltó un sonido suave de sorpresa contra sus labios, pero correspondió casi de inmdiato.
Cuando se separaron, Sergio apoyó su frente contra la de Max y murmuró:
—Te ves precioso. De verdad. No tengo palabras.
Max se sonrojó todavía más, bajando la mirada con una sonrisa tímida.
—¿Qué clase de cita vamos a tener? —preguntó en voz baja.
—Es una sorpresa —respondió Sergio, guiñándole un ojo—. Solo déjame llevarte.
Caminaron ,y luego tomaron el transporte mientras hablaban de todo y de nada. Sergio estaba especialmente empalagoso: le decía lo bien que le quedaba la camisa, lo mucho que le gustaba su perfume, cómo se veía el arete brillando cada vez que movía la cabeza. Max se reía encantado, negando con la cabeza pero sin soltarle la mano.
—Eres un exagerado —decía Max entre risas.
—Exagerado no. Honesto —contestaba Sergio, apretándole los dedos—. Si fuera por mí, te lo diría cada cinco minutos.
El camino se sintió corto gracias a la charla ligera y las miradas constantes. Cuando finalmente llegaron al lugar, Max se detuvo en seco.
El restaurante era hermoso. No solo bonito… era mágico. Un edificio antiguo restaurado junto a un canal, con luces cálidas que se reflejaban en el agua oscura, mesas en la terraza cubiertas por enredaderas suaves y velas parpadeando en cada mesa. El ambiente era íntimo, elegante pero sin pretensiones, con el sonido lejano del agua y una música suave d
e fondo.
Max abrió mucho los ojos, claramente impresionado.
—Dios… —murmuró, todavía mirando el lugar como si fuera un sueño.
Sergio sonrió, orgulloso de haber elegido bien, y apretó suavemente su mano.
—¿Te gusta?
Max giró la cabeza hacia él, los ojos brillantes y una sonrisa genuina asomando en sus labios.
—Me encanta.
°•°•°•°•°•
Sergio ya tenía reservación. Cuando dio su nombre en la entrada, el maître sonrió con cortesía y los guio directamente hacia la mejor mesa del lugar: una esquina en la terraza cubierta, justo al borde del canal. Las luces doradas de las farolas se reflejaban en el agua oscura, creando un juego de brillos que parecía sacado de una postal. Desde allí se veía todo el puente iluminadoo, envuelto en una atmósfera tranquila y mágica.
Max se quedó quieto un segundo antes de sentarse, mirando alrededor con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo conseguiste esto? —preguntó en voz baja, casi incrédulo.
Sergio se encogió de hombros con una sonrisa modesta, pero sus ojos brillaban de satisfacción.
—Investigué un poco. Quería que fuera especial.
La cena transcurrió con una lentitud deliciosa. La comida era excelente, pero lo mejor era la conversación. Sergio se esforzaba por conocer más a Max, preguntándole con genuino interés sobre su vida, sus gustos, sus rutinas fuera del boxeo. Max respondía… pero siempre con cuidado. Hablaba del presente, de entrenamientos, de la ciudad, de películas que le gustaban. Cada vez que Sergio intentaba tocar algo de su infancia o de su relación con Jos, Max desviaba el tema cn suavidad, como quien cierra una puerta con delicadeza.
En cambio, cuando Max preguntaba, Sergio respondía sin reservas.
Le contó de su infancia en México, de las calles de su colonia, de los partidos de fútbol improvisados hasta que oscurecía. Le habló del famoso juego “tin-tin corre”, cómo tocaban timbres y salían corriendo entre risas y gritos de los vecinos.
—Una vez mis primos me dijeron que yo era adoptado —contó Sergio, riendo por lo bajo mientras cortaba su filete—. Me lo creí tanto que me escapé de la casa. Tenía como siete años. Caminé como seis cuadras con una mochila que solo tenía dos galletas y un jugo. Iba buscando a mi “verdadera mamá”. Me encontraron dos horas después sentado en una banqueta, llorando porque tenía hambre.
Max soltó una carcajada, tapándose la boca con la mano. Sus ojos claos brillaban de diversión.
—¿En serio hiciste eso?
—Claro. Y cuando llegué a casa mi mamá me dio una chanclazo y luego me abrazó llorando. Nunca volví a creerles a mis primos tan fácilmente.
Max seguía riendo, negando con la cabeza, completamente encantado con las historias. Sergio lo observaba con una ternura que no podía ocultar: cómo se le formaban pequeñas arrugas en los ojos cuando reía, cómo el arete plateado brillaba cada vez que movía la cabeza, cómo su risa sonaba más ligera cuando estaba relajado.
La conversación fluía fácil entre risas, silencios cómodos y miradas que duraban un segundo más de lo necesario. Sergio le contaba anécdotas graciosas de sus hermanos, de las comidas familiares, de lo mucho que extrañaba el picante de verdad. Max escuchaba con atención, apoyando la barbilla en su mano, claramente disfrutando cada palabra.
Era evidente que Sergio se había esmerado muchísimo con esa cita: había elegido el lugar perfecto, había reservado la mejor mesa, había planeado cada detalle para que Max se sintiera especial. Y lo había logrado. Max, que rara vez se permitía bajar la guardia, se encontraba riendo con libertad, mirando a Sergio como si estuviera descubriendo una versión de él que le gustaba cada vez más.
Cuando terminaron el postre y el mesero retiró los platos, Sergio se recostó ligeramente en su silla, observando a Max bajo la luz cálida de las velas.
—Gracias por aceptar venir —dijo en voz baja, con una sonrisa —. Quería que tuviéramos un momento solo nuestro…
Max lo miró un largo segundo, los ojos brillantes y la expresión más suave de lo habitual.
—Ha sido… realmente bonito —respondió, casi en un susurro—. No estoy acostumbrado a esto.
Sergio estiró la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de Max.
—Pues vas a tener que acostumbrarte —dijo con ternura—. Porque tengo planeado repetir esto muchas veces.
Max bajó la mirada, sonrojado, pero no soltó su mano.
La noche seguía siendo perfecta, y Sergio se sentía el hombre más afortunado del mundo por tener a Max frente a él, riendo, confiando, dejando que poco a poco entrara en su mundo.
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Después de esa cita tan bonita, las cosas entre ellos se volvieron más dulces y al mismo tiempo más intensas.
Dos días después, el gimnasio entero se enteró de la noticia: ya tenían fecha oficial para los títulos. Cuatro meses. Solo cuatro meses para prepararse a fondo. Eso significaba más horas de entrenamiento, más sparrings, más sacrificio. Jos estaba eufórico y presionaba a Max sin piedad. Toto hacía lo mismo con Sergio. El ambiente se volvió más serio, más pesado.
Pero Max y Sergio se las ingeniaron para robarse momentos.
A veces eran citas cortas después de entrenar: un café rápido, un paseo por el centro, o simplemente sentarse en un banco a hablar de cualquier cosa. Otras veces era dar vuelts por el centro comercial, donde Sergio descubrió que adoraba ver a Max probarse ropa. Le encantaba cómo se veía con todo: jeans oscuros, camisas ue marcaban sus hombros delgados, sudaderas oversized que lo hacían parecer aún más pequeño y adorable.
Un martes por la tarde, después de una sesión particularmente dura, ambos decidieron escaparse un rato para despejarse. Llegaron al centro comercial con la excusa de “comprar ropa cómoda para entrenar”. Sergio, como siempre, se volvió loco eligiendo prendas para Max: pantalones negros ajustados, camisetas de algodón suaves, una chaqueta ligera que según él “le quedaba perfecta al cuerpo”. Incluso entró solo a una tienda de lencería y compró un conjunto erótico negro (bragas y una camisola transparente) sin que Max se diera cuenta. Lo guardó en su mochila con una sonrisa traviesa.
Pero más allá de la ropa, Sergio tenía una urgencia mucho mayor.
Extrañaba tocarlo. Extrañaba escuchar esos gemiditos suaves y chillones que solo él lograba sacarle. Extrañaba sentir el cuerpo de Max temblando contra el suyo. Llevab días con entrenamientos intensos y apenas habían podido robarse besos
rápidos en las duchas.
Estaban en una tienda de ropa deportiva, revisando prendas, cuando Sergio ya no aguantó más. Miró alrededor, se aseguró de que nadie los observara y tomó a Max de la mano.
—Ven —murmuró.
Lo arrastró con discreción hacia los probadores del fondo. Max lo miró sorprendido cuando entrron juntos a uno de los cubículos y Sergio cerró la cortina con rapidez.
—Checo, ¿qué haces? —susurró Max, nervioso.
Sergio no respondió con palabras. Hundió la cara en el cuello de Max, respirando su olor a sudor limpio y perfume suave. Sus manos grandes bajaron hasta la cintura del rubio y lo pegaron contra su cuerpo.
—Te extraño tanto… —gruñó contra su piel, besándole el cuello con urgencia—. Extraño tocarte, sentirte, hacerte soltar esos ruiditos tan ricos que me vuelven loco.
Max soltó un jadeo bajito cuando sintió los labios calientes de Sergio en su cuello.
—Es peligroso… alguien podría entrar —murmuró, aunque su cuerpo ya se estaba rindiendo.
—No me importa —respondió Sergio, la voz ronca de deseo—. Te necesito ahora.
Con calma pero sin pausa, comenzó a besar a Max profundamente, metiendo la lengua en su boca mientras una mano bajaba hasta el pantalón de Max. Desabrochó el botón con habilidad y deslizó la mano dentro, rozando el coño ya húmedo por encima de la ropa interior.
—Estás mojado… —susurró contra sus labios—. Siempre tan listo para mí.
Max gimió bajito, las piernas temblándole.
—Tócame tú también —pidió Sergio, tomando la mano de Max y llevándola hasta su verga dura que ya prsionaba contra el pantalón.
Max obedeció, nervioso pero ansioso. Bajó la cremallera de Sergio y sacó su verga gruesa, caliente y palpitante. Empezaron a masturbarse mutuamente con desesperación: la mano de Sergio frotando el coño hinchado de Max, deslizando dos dedos entre los labios resbaladizos mientras su pulgar jugaba con el clítoris; la mano de Max subiendo y bajando por la verga gruesa de Sergio, apretando justo como sabía que le gustaba.
Los besos se volvieron más sucios, más húmedos. Max intentaba ahogar sus gemidos contra el hombro de Sergio, pero cada caricia l hacía temblar.
—Checo… ah… más rápido —suplicó en un susurro entrecortado.
La necesidad era demasiada. Max terminó frotándose descaradamente contra el muslo de Sergio, buscando más fricción mientras su mano seguía trabajando la verga gruesa. Sergio gruñía bajito, mordiéndole el cuello, los dedos hundidos en el coño caliente y empapado.
Ambos llegaron al clímax casi al mismo tiempo: Max contrayéndose alrededor de los dedos de Sergio con un gemido ahogado, temblando entero; Sergio corriéndose con fuerza sobre la mano de Max, manchando sus dedos y parte de su abdomen.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados en el pequeño probador, respirando agitados, cuerps pegajosos y corazones latiendo con fuerza.
Definitivamente eso más tarde le daría muchísima vergüenza a Max.
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Con los meses contados y después de varias “aventuras” en vestidores, probadores y rincones oscuros del gimnasio, ambos tuvieron una conversación seria una noche, sentados en el borde del ring con las luces ya apagadas.
—Tenemos que parar —dijo Max, con la voz baja pero firme—. Si seguimos así, vamos a quemarnos antes de llegar a la pelea. Tú tienes tu título de pesos medianos y yo el mío de ligero. Prometámonos que vamos a dedicarnos de lleno. Cuando los dos tengamos los cinturones… entonces seremos libres. Podremos hacer lo que queramos, cuando queramos.
Sergio lo miró un largo rato, la mandíbula tensa. Sabía que Max tenía razón, pero eso no hacía que fuera más fácil. Finalmente suspiró y asintió.
—Está bien....
Sellaron la promesa con un beso lento, casi triste, como si ya supieran lo difícil que sería cumplirla.
Y lo intentaron. De verdad lo intentaron.
Ambos pusieron mucha voluntad. Entrenaban más duro, se quedaban más horas, controlaban la alimentación y el descanso. Pero mientras Max parecía tener un control casi férreo, Sergio estaba jodidamente frustrado. El pobre no lo decía en voz alta, pero se le notaba: miraba a Max demasiado tiempo durante los entrenamientos, se acercaba más de lo necesario para “corregir” su postura y, cuando nadie los veía, rogaba en voz baja.
—Solo un beso… uno chiquito —susurraba contra el oído de Max en la esquina del ring.
Max le daba golpecitos suaves en la mejilla, riendo.
—No.. Compórtate.
Sergio gruñía, pero terminaba asintiendo a regañadientes, aunque sus ojos decían claramete lo mucho que le costaba.
Lo que nadie veía era que Max tampoco estaba bien.
Aunque mostraba más disciplina por fuera, por dentro se estaba descontrolando otra vez. La presión del título, la exigencia constante de Jos, el cansancio acumulado y la abstinencia de Sergio lo estaban afectando más de lo que quería admitir. La vieja necesidad regresaba con fuerza: esa hambre de dolor que había usado durante años para sentirse vivo, para excitar su cuerpo cuando todo lo demás fallaba. Empezaba a necesitar los golpes no solo para entrenar, sino para sentir algo fuerte, algo que lo hiciera vibrar.
Una tarde, durante un sparring intenso entre los dos, Sergio lo noyyó.
Max estaba raro. Demasiado agitado. Sus movimientos eran más agresivos de lo normal, casi desesperados. Sudaba más de lo habitual y su respiración era irregular. Cuando Checo conectó un golpe limpio en sus costillas —no fuerte, pero preciso—, Max soltó un chillidito agudo, ese mismo sonido chillón y entrecortado que Checo conocía demasiado bien de sus encuentros más íntimos.
Sergio se quedó congelado un segundo, los guantes todavía en alto. Reconoció el tono inmediatamente: no era dolor puro. Era placer.
Max, por su parte, sintió un calor traicionero subirle por el vientre. El impacto del guante de Sergio contra su cuerpo, la fuerza controlada, el sudor brillando en los hombros anchos de su novio… todo se mezcló de forma peligrosa. Su coño se contrajo involuntariamente, húmedo de repente, y tuvo que morderse el protector bucal para no gemir otra vez.
“carajo…”, pensó, excitado y avergonzado al mismo tiempo.
Su lindo Checo golpeaba tan exquisito…
Sergio prefirió no decir nada en ese momento. Solo lo miró un segundo más de lo necesario, con una mezcla de preocupación y deseo que no pudo ocultar del todo, antes de continuar el sparring como si nada.
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Max luchaba con toda su fuerza contra esa necesidad antigua.
Intentaba enterrarla bajo más entrenamientos, más repeticiones, más kilómetros corriendo al amanecer. Se repetía una y otra vez la promesa que habían hecho: nada hasta después de los títulos. Pero su mente traicionera no cooperaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Sergio siendo duro con él: sujetándolo fuerte contra las cuerdas, follándolo profundo mintras le daba golpes controlados que lo hacían vibrar. La fantasía era tan vívida que le dolía el cuerpo.
Después de cada sparring intenso, Max salía casi corriendo hacia los baños. Se encerraba en el último cubículo, se bajaba los pantalones con manos temblorosas y se tocaba con desesperación. Dos o tres dedos hundidos en su humedad, frotando el clítoris hinchado mientras mordía su propio brao para no gemir demasiado fuerte. A veces terminaba con moretones nuevos en las costillas o los muslos que no venían del sparring, sino de sus propias manos apretando donde más le dolía.
Sergio no tardó en notarlo.
Veía cómo Max huía después de cada round, cómo se ponía rojito durante los sparrings y onreía como tonto cada vez que recibía un golpe limpio. También notba que, cuando se acercaba demasiado, Max se ponía nervioso, las mejillas encendidas, y le recordaba con voz temblorosa:
—No olvides la promesa, Checo…
Una tarde, después de un sparring especialmente duro, Sergio vio a Max dirigirse de nuevo a los baños con paso rápido y agitado. Esta vez no lo dejó ir solo.
Lo siguió en silencio, el corazón latiéndole fuerte. Se quedó fuera de la puerta del baño varios minutos, intentando convencerse de que solo estaba preocupado. Pero entonces los escuchó: gemidos chiquitos, entrecortados, ahogados. Esos mismos sonidos que conocía demasiado bien.
El estómago se le revolvió. Por un segundo horrible imaginó lo peor: que Max estuviera con alguien más, que hubiera roto la promesa con otro. El pensamiento le dolió tanto que empujó la puerta sin pensarlo dos veces.
Lo que vio lo dejó completamente paralizado.
Max estaba sentado en el banco del fondo, sin pantalones ni ropa interior, las piernas bien abiertas y los pies apoyados en el borde. Tenía una mano hundida enre sus muslos, follándose el coño con tres dedos sin piedad, mientras con la otra se apretaba el cuello con fuerza, cortándose la respiración. Su rostro estaba rojo, los ojos cerrados con fuerza, la boca entreabierta soltando gemiditos chillones y desesperados.
—Ah… ah… por favor… —susurraba entre jadeos, perdido en su propio placer.
Sergio se quedó en la entrada, la boca abierta, el pulso retumbándole en los oídos. No podía moverse. Ver a Max así —tan excitado, tan necesitado, tan hermoso en su desesperación— lo golpeó como un uppercut directo al pecho.
Max seguía sin notar su presencia. Sus dedos entraban y salían rápido, el coño brillando de humedad, los labios hinchados y rojos. Su cuerpo se tensaba más y más, los pechos subiendo y bajando con cada respiración entrecortada.
De pronto soltó un gritito agudo, el cuerpo arqueándose violentamente. Su orgasmo llegó con fuerza: un chorro caliente y claro salió disparado de su coño, salpicando el piso y mojando los tenis de Sergio. Max siguió frotándose el clítoris con desesperación, prolongando el placer, haciendo que el chorro se dispersara en varios chorritos más mientras temblaba entero.
Cuando por fin abrió los ojos, todavía jadeando y con las piernas temblorosas, se econtró directamente con la mirada de Sergio.
Ambos se quedaron congelados.
Max con el coño todavía palpitando, los dedos brillantes de sus propios fluidos, el cuello marcado por sus propias uñas. Sergio de pie en la puerta, la respiración agitada, la expresión sorprendid.
Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos eternos.
Max fue el primero en reaccionar. Sus ojos se llenaron de pánico y vergüenza. Intentó cerrar las piernas, pero todavía temblaba demasiado. Las palabras salieron atropelladas, trabadas, la voz ronca y nerviosa:
—Checo… yo… esto no… no es… quería explicarte… es que… la presión… y tú… yo no… por favor no pienses que…
Se trabó completamente, las mejillas ardiendo, incapaz de formar una frase coherente mientras intentaba cubrirse con las manos temblorosas.
Sergio seguía mirándolo, sin moverse, el pecho subiendo y bajando con fuerza.
S.k.☆