Las raíces del hambre

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Summary

Eliana, una joven sumisa de una familia adinerada y conservadora del interior, huye a la gran ciudad tras ser rechazada por su madre debido a su orientación sexual. Sintiéndose sola y desubicada, busca refugio en un taller de bienestar donde conoce a Helena, una carismática y manipuladora terapeuta holística veinticinco años mayor que ella. Lo que comienza como devoción y amor se convierte en una trampa psicológica. Helena, quien esconde un profundo clasismo y homofobia, utiliza a Eliana como sirvienta emocional y económica, relegándola a un segundo plano frente a su propio hijo. La disonancia cognitiva de Eliana crece al ver a Helena transformarse en una líder servicial dentro de una secta espiritual dirigida por Asdrúbal. Atrapada por el miedo a la soledad, Eliana soporta el maltrato y las contradicciones. La situación llega a un punto crítico cuando la secta decide aislarse en un pueblo andino. Manipulada para comprar una casa con su fideicomiso y designada para preparar físicamente a los fieles antes de consumir un "té sagrado", Eliana deberá enfrentarse a la telaraña en la que ha caído antes de que el culto y Helena terminen por disolver lo poco que queda de su identidad.

Genre
Lgbtq
Author
Yorman
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Lo que el cuerpo aprende a callar

El sonido llegó primero.

No el ruido de la ciudad —ese ya lo conocía, ya lo había aprendido a ignorar como se aprende a ignorar el dolor de una herida vieja—, sino el sonido de su propia respiración en un apartamento vacío. Eran las once de la noche y Eliana Montoya llevaba cuarenta minutos sentada en el suelo de su habitación de estudiante, con la espalda contra la cama y las rodillas contra el pecho, escuchando el silencio de un lugar que no era su casa.

Porque no era su casa. Eso lo sabía desde el primer día.

La habitación era pequeña, funcional y completamente impersonal: paredes blancas sin un cuadro, una ventana que daba a un patio interior donde nadie ponía flores, y una cama individual que crujía cada vez que se movía, como si hasta los muebles le recordaran que era provisional. Había llegado tres meses atrás con dos maletas enormes —las más caras de la tienda, porque su madre insistía en que “las apariencias importan”— y una certeza falsa de que la ciudad grande lo arreglaría todo. Que el ruido, la gente, el movimiento constante, serían suficientes para tapar lo que había dejado atrás.

Pero el ruido no tapa nada. Solo lo empuja hacia adentro, donde hace más daño.

Eliana tenía veintidós años, cabello castaño oscuro que llevaba recogido en una cola alta casi siempre, y el tipo de cuerpo que su carrera de Educación Física había moldeado con disciplina: ágil, fuerte, acostumbrado al esfuerzo. Era bonita de una manera que ella misma no terminaba de ver, con unos ojos grandes y oscuros que tenían la costumbre de buscar aprobación antes de que su dueña lo decidiera. Esa búsqueda era involuntaria, automática, como el parpadeo o la respiración. La había aprendido tan temprano que ya no sabía que la hacía.

Había crecido en una ciudad del interior, de esas que tienen plaza central con palomas y una catedral que da sombra a las cuatro de la tarde. Una ciudad donde la familia Montoya era conocida —el padre con su empresa de construcción, la madre con su nombre en el comité de la iglesia parroquial y en los labios de todas las señoras del club—, y donde Eliana había aprendido, desde muy niña, que ser hija de los Montoya tenía un precio. El precio era ser exactamente lo que los Montoya necesitaban que fuera.

Había pagado ese precio durante veintidós años. Hasta que no pudo más.

No fue una pelea dramática. No hubo portazos ni maletas lanzadas por la ventana. Fue una tarde de domingo, después del almuerzo, cuando su madre la llamó aparte al cuarto de costura —ese cuarto que olía a tela nueva y a perfume caro y a conversaciones que no debían salir de ahí— y le dijo, con la misma voz tranquila con la que pedía el café sin azúcar:

—Me contaron lo que pasó en la fiesta de los Restrepo, Eliana. Lo que hiciste con la hija menor.

Eliana no respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque en ese momento entendió que cualquier palabra que dijera sería usada en su contra. Era una habilidad que había desarrollado con los años: leer el momento en que el silencio era más seguro que la verdad.

—Las niñas de buena familia no sienten esas cosas —continuó su madre, sin levantar la voz, sin mirarla a los ojos, doblando un trozo de tela con una precisión que resultaba obscena—. Y si las sienten, tienen la decencia de no actuar en consecuencia. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Eliana entendió. Entendió perfectamente.

Tres semanas después, estaba en un bus interurbano con las dos maletas caras y una beca parcial para la universidad de la capital, que su padre había conseguido sin que nadie se lo pidiera, con la eficiencia silenciosa de los hombres que resuelven los problemas de la familia antes de que se conviertan en escándalos. Nadie la despidió en la terminal. Su madre le envió un mensaje de texto con el número de una pensión recomendada y el nombre de una prima lejana a quien podía llamar “en caso de emergencia”. Punto final.

El bus tardó seis horas. Eliana durmió las últimas tres, con la frente apoyada en el vidrio frío, soñando con algo que no recordó al despertar pero que la dejó con los ojos húmedos.

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La universidad era grande, ruidosa y completamente indiferente a su existencia.

Eso fue lo primero que aprendió: que la ciudad grande no te odia ni te ama. Simplemente no te ve. Eres uno más entre millones, y eso, que en teoría debería ser liberador —nadie sabe quién eres, nadie te juzga, puedes ser cualquier cosa—, en la práctica se sentía como caminar por un pasillo infinito donde todas las puertas estaban cerradas y nadie te había dado llave.

Sus compañeros de Educación Física eran, en su mayoría, personas extrovertidas y ruidosas que organizaban salidas los viernes, hablaban en el pasillo con una soltura que a Eliana le parecía casi sobrenatural, y formaban grupos con la facilidad de quien lleva toda la vida haciéndolo. Ella intentó integrarse. Lo intentó con una constancia que nadie vio porque nadie estaba mirando. Fue a dos salidas, sonrió en los momentos correctos, aprendió los nombres de todos. Pero había algo en ella —una reserva, una distancia que no sabía cómo cerrar— que la mantenía siempre un paso afuera del círculo. Como si hubiera una membrana invisible entre ella y el resto del mundo, y nadie más pudiera verla excepto ella.

Lo peor no era la soledad. Lo peor era que la soledad le resultaba familiar. Casi cómoda. Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.

Pasaba las tardes en la biblioteca o en el gimnasio de la facultad, donde al menos el cuerpo tenía algo concreto que hacer. Correr, levantar, estirarse. El cuerpo era honesto: le dolía cuando lo forzabas, descansaba cuando lo dejabas, respondía a reglas claras de causa y efecto. Las personas no funcionaban así, y eso era lo que las hacía difíciles.

Fue en uno de esos viernes solitarios, cuando el apartamento se le caía encima y la pantalla del teléfono no tenía ninguna notificación nueva, que vio el cartel pegado en el tablón de anuncios de la facultad. Era un rectángulo de papel color crema, con letras impresas en un tipo de letra que pretendía ser elegante:

"Taller de Bienestar Integral y Reconexión Ancestral.

Constelaciones Familiares y Sanación del Linaje.

Sábado, 10:00 a.m. Cupos limitados."

Eliana lo miró durante treinta segundos. Luego lo fotografió con el teléfono. Luego pasó tres días diciéndose que no iba a ir, que era una tontería, que esas cosas eran para personas con demasiado tiempo libre y demasiada credulidad.

El sábado a las 9:45 de la mañana, estaba parada frente a la dirección del cartel, con una mochila pequeña y la expresión de alguien que todavía no ha decidido si va a entrar.

Entró.

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El espacio era un salón alquilado en el segundo piso de un edificio de uso mixto, en un barrio que intentaba ser bohemio sin terminar de lograrlo. Había sillas dispuestas en círculo, una alfombra de yute en el centro, velas encendidas en los rincones y un olor a palo santo que Eliana asoció inmediatamente con algo que no supo nombrar. No era un olor religioso exactamente. Era más antiguo que eso. Más íntimo.

Había unas doce personas sentadas, de edades y apariencias variadas. Eliana eligió una silla cerca de la puerta —por instinto, siempre cerca de la salida— y se sentó con la mochila sobre las rodillas, mirando sus propias zapatillas.

Fue entonces cuando Helena entró al salón.

No entró como entra la mayoría de la gente: con disculpas por el ruido o una sonrisa nerviosa de llegada. Entró como si el salón hubiera estado esperándola. Como si el espacio se reordenara a su alrededor sin que ella lo pidiera. Era una mujer de unos cuarenta y cinco o cuarenta y siete años —Eliana no supo precisarlo en ese momento, y tampoco le importó—, de estatura media pero con una presencia que la hacía parecer más alta. Llevaba el cabello oscuro, apenas salpicado de gris, recogido en un moño bajo que no era descuidado sino deliberado. Vestía con una sencillez que costaba dinero: pantalón de lino, blusa de seda en color hueso, un collar de piedras oscuras que descansaba sobre su clavícula. Sin anillos. Sin pulseras. Nada que distrajera.

Sus ojos eran lo primero que uno notaba y lo último que olvidaba. Oscuros, intensos, con esa cualidad específica de las personas que han aprendido a mirar de una manera que hace sentir al otro que es la única persona en la habitación. Era una habilidad. Eliana lo supo después. En ese momento, solo supo que cuando esos ojos la encontraron —brevemente, de pasada, mientras Helena recorría el círculo con la mirada— algo en su pecho se apretó y se soltó al mismo tiempo.

—Bienvenidos —dijo Helena, y su voz tenía esa textura grave y pausada de quien nunca tiene prisa porque sabe que la gente espera—. Hoy no vamos a hablar de ustedes. Vamos a hablar de lo que ustedes cargan sin saber que lo cargan.

Eliana no soltó la mochila de las rodillas. Pero dejó de mirar sus zapatillas.

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La sesión duró tres horas.

Eliana no participó activamente. Observó, escuchó, tomó notas mentales con esa atención silenciosa que era su forma de estar en el mundo. Vio a una mujer de mediana edad llorar mientras representaba a su madre en una constelación familiar. Vio a un hombre joven quedarse inmóvil en el centro del círculo, con los ojos cerrados, mientras Helena le ponía una mano en el hombro y le decía algo en voz baja que Eliana no alcanzó a escuchar. Vio cómo el grupo respondía a Helena con una deferencia que no era miedo sino algo más parecido a la gratitud. La miraban como se mira a alguien que sabe cosas que uno no sabe. Como se mira a alguien que tiene respuestas.

Helena no tenía título universitario. Eso lo mencionó ella misma, con una despreocupación que Eliana encontró, en ese momento, admirable. “Los títulos son mapas”, dijo Helena, mientras reorganizaba las sillas al final de la sesión. “Y los mapas no son el territorio. Yo trabajo con el territorio.”

Eliana no supo qué significaba eso exactamente. Pero sonaba bien. Sonaba a algo que una persona segura diría.

Al terminar, mientras la gente recogía sus cosas y algunos se quedaban conversando en pequeños grupos, Helena se acercó a ella. No fue casual. Eliana lo entendió después: Helena nunca hacía nada de manera casual. Pero en ese momento, la atención le cayó encima como luz después de mucho tiempo en la oscuridad.

—Tú no dijiste nada hoy —observó Helena, sentándose en la silla contigua con una naturalidad que no pedía permiso—. Pero escuchaste todo.

—Soy más de escuchar —respondió Eliana, encogiéndose levemente de hombros.

—Lo sé. —Helena la miró con esa intensidad suya que no incomodaba sino que atraía, como la gravedad—. Hay personas que procesan el mundo hablando y personas que lo procesan observando. Las segundas suelen ser más profundas. Y más solas.

Eliana no respondió. Porque era verdad, y la verdad dicha así, de frente y sin anestesia, la dejó sin palabras.

—¿Cómo te llamas?

—Eliana.

—Eliana. —Helena repitió el nombre como si lo estuviera pesando

—. ¿Eres de aquí?

—No. Soy del interior.

Algo cruzó por el rostro de Helena. Algo rápido, casi imperceptible. No fue desagrado exactamente. Fue más parecido a una evaluación que se resuelve en décimas de segundo. Pero Eliana no lo vio. O lo vio y no supo qué era.

—¿Y qué te trajo a la ciudad?

—Estudiar. —Una pausa—. Y otras cosas.

Helena asintió, como si “otras cosas” fuera una respuesta completa y suficiente. Como si supiera exactamente qué eran esas otras cosas sin necesitar que se las dijeran.

—Ven la semana que viene —dijo Helena, poniéndose de pie con esa fluidez suya de persona que nunca hace movimientos bruscos—. Tengo un grupo más pequeño. Más íntimo. Creo que te haría bien.

No fue una pregunta. Tampoco fue exactamente una orden. Fue algo intermedio, dicho con la seguridad de quien ya conoce la respuesta antes de preguntar.

Eliana dijo que sí.

Por supuesto que dijo que sí.

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El grupo pequeño se reunía los martes por la noche en el apartamento de Helena.

Era un apartamento en el piso doce de un edificio en uno de los barrios más caros de la ciudad. Amplio, silencioso, decorado con esa austeridad calculada que solo pueden permitirse las personas que tienen mucho dinero y han decidido que el lujo verdadero es la discreción. Muebles de madera oscura, libros ordenados por color en estanterías altas, una cocina que olía a especias importadas y a algo más dulce que Eliana tardó en identificar como el mismo palo santo del taller, quemando en un difusor eléctrico junto a la ventana.

La primera vez que entró, Eliana tuvo la sensación de haber cruzado una frontera. No física. Algo más sutil. Como si el apartamento tuviera sus propias reglas y ella acabara de aceptarlas sin leerlas.

El grupo era de seis personas. Mujeres, en su mayoría, de edades distintas, con esa apariencia de personas que han buscado algo durante mucho tiempo y creen haberlo encontrado. Hablaban de sus “procesos”, de sus “ancestros”, de “sanar el linaje”. Usaban un vocabulario que Eliana fue aprendiendo semana a semana, como quien aprende un idioma nuevo: constelación, campo mórfico, representante, alma del sistema. Palabras que sonaban a ciencia y a misterio al mismo tiempo, y que Helena manejaba con una fluidez que hacía que todo pareciera coherente.

Lo que más le llamó la atención a Eliana no fue la doctrina. Fue Helena.

En su apartamento, Helena era diferente al salón del taller. Más relajada en apariencia, pero también más reveladora. Caminaba descalza por el parquet, servía el té con una lentitud ceremonial, y cuando hablaba, lo hacía mirando a cada persona como si en ese momento fuera la única que importaba. Era una habilidad extraordinaria: hacer sentir a cada uno que era el centro, sin que ninguno notara que el verdadero centro siempre era ella.

Eliana la observaba con una atención que empezó siendo analítica y terminó siendo otra cosa.

Fue en la cuarta sesión cuando Helena la eligió para una constelación.

—Eliana, ¿puedo trabajar contigo esta noche?

Era una pregunta. Pero el tono no dejaba espacio para el no.

—Claro —respondió Eliana, sintiendo que el corazón le subía al cuello.

Helena la hizo ponerse de pie en el centro del círculo. Le pidió que cerrara los ojos. Luego, con una voz que bajó de tono hasta volverse casi un murmullo, comenzó a hablar.

—Quiero que pienses en tu madre. No en lo que te dijo. No en lo que hizo. En el peso que ella carga. En el peso que cargó su madre. Y la madre de su madre. Generación tras generación, cargando algo que ninguna supo nombrar.

Eliana tenía los ojos cerrados. Sentía las manos de Helena sobre sus hombros, una presión firme y cálida que la anclaba al suelo.

—Ese peso no es tuyo, Eliana. Tú lo heredaste. Pero puedes elegir devolverlo.

Algo se rompió. No fue dramático. Fue silencioso, como cuando una presa cede despacio antes de que el agua empiece a moverse. Eliana sintió que los ojos se le llenaban sin que pudiera evitarlo, y el llanto que salió no fue el llanto controlado que había aprendido a usar en público. Fue el otro. El de adentro. El que no tiene forma.

Helena la sostuvo. No dijo nada más. Solo la sostuvo, con esa firmeza suya de persona que no se asusta de las emociones ajenas, y Eliana lloró apoyada en el hombro de una mujer que acababa de ver, en tres minutos, lo que su propia madre no había querido ver en veintidós años.

Esa noche, en el bus de regreso a su apartamento, Eliana supo que estaba perdida. No en el sentido malo de la palabra. En el sentido de quien ha encontrado algo tan grande que ya no sabe cómo era su vida antes de encontrarlo.

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Lo que vino después fue rápido. Las cosas importantes siempre lo son, aunque uno no lo note en el momento.

Helena comenzó a invitarla a quedarse después de las sesiones. Primero con el grupo, luego sola. Conversaban durante horas sobre filosofía, sobre el cuerpo, sobre la memoria celular y los patrones que se repiten en las familias. Helena hablaba y Eliana escuchaba, y en esa dinámica había algo que a Eliana le resultaba profundamente familiar: el rol de quien recibe, de quien absorbe, de quien no ocupa demasiado espacio.

Un martes, mientras recogían las tazas de té, Helena le rozó la mano. No fue accidental. Eliana lo supo por la forma en que Helena la miró después: directamente, sin disculparse, con esa seguridad suya que no pedía permiso.

—¿Tienes miedo? —preguntó Helena.

—Sí —respondió Eliana.

—Bien. El miedo significa que algo importa.

Y la besó.

No fue el primer beso de Eliana. Pero fue el primero que no tuvo que esconder. El primero que ocurrió en un lugar donde nadie iba a entrar al cuarto de costura a decirle que las niñas de buena familia no sienten esas cosas. El primero que, en el momento en que ocurrió, se sintió como una respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndose.

Eso fue suficiente para Eliana. Eso fue, durante mucho tiempo, suficiente.

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