La Caja Gris

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Summary

La Caja Gris no es un cuento de hadas de oficina. Es una historia sobre máscaras corporativas, lealtades a prueba y el caos de enamorarse en el peor momento. La historia sigue a Rob, un gerente analítico y cínico que trata sus emociones como si fueran gastos no deducibles: bloqueándolas y eliminándolas del registro. Su ecosistema de indiferencia se sostiene gracias a su jefa y amiga, Carla, una mujer con una energía arrolladora que usa su autoridad para esconder sus propias inseguridades. Pero el balance perfecto se rompe con la llegada de Paula, una chica talentosa y con la carga emocional de empezar de cero lejos de casa. Un simple viaje en taxi, unos cachitos compartidos y un par de miradas mal interpretadas desatarán un efecto dominó que obligará a todos a quitarse sus corazas. Descubre qué pasa cuando los números cuadran, pero el corazón no.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

01 - El mensaje, la oficina y la decisión 1

[INICIO]

La luz azul y repentina de un teléfono iluminó el rincón de la mesita de noche. El sonido del sintetizador cortó el silencio. En la pantalla, una notificación cubría la luz: “Levántate, idiota. Ya van 5 alarmas”.

Aún con los párpados pegados y luchando contra el cansancio, no abrió los ojos. En su lugar, comenzó a tararear, con la voz pastosa de sueño, el tema musical que seguía a la voz de la alarma: Daddy! Daddy! Do! de Masayuki Suzuki.

Gruñó. —Mierda, ya tengo que levantarme.

Se movió rápido, brincando de esquina a esquina en el frío apartamento. Ya era tarde para Rob. “No puede ser que otra vez tenga que salir corriendo”, pensó mientras jalaba la camisa de su clóset.

El hecho de que su playlist matutina incluyera canciones de Kaguya-sama y otras de J-Pop solo confirmaba que su vida social no era precisamente la de un hombre de negocios típico.

Se puso su uniforme de batalla: una camisa de botones azul simple, una corbata negra, pantalones beige y un abrigo oscuro. El otoño estaba comenzando y, con él, el viento frío de la mañana.

Mientras se abrochaba la camisa frente al espejo, la pregunta se volvía a filtrar en su mente, como hacía casi todas las mañanas últimamente:

“¿Por qué nos gusta una persona?”

La pregunta lo hacía sentir tonto, pero era honesta. ¿Era acaso mera curiosidad? ¿El físico? ¿La forma de vivir tan diferente? ¿O se trataba de una mezcla imposible de descifrar?

Había algo más complejo.

“¿Por qué podíamos tener amistades del otro sexo sin sentir nada? ¿Era por un pacto de respeto... o simplemente por falta de química biológica? Y si no nos atraían, ¿por qué Paula...?”. Rob se quedó sin poder verbalizar internamente el final de esa pregunta.

Sin revisar mucho, abrió los mensajes que tenía sin leer, puso una canción y se fue rumbo al trabajo.

Salió del tren a toda prisa, esquivando a la multitud. Su caminata era una carrera constante contra el reloj y un esfuerzo por evitar a los peatones. “¡Son las ocho de la mañana, Dios! ¿No trabajan o son felices retrasando a los demás?”, gritaba en su mente, solo acompañado por un suspiro que sonaba como el pitido de una olla de presión.

Diez minutos después, Rob ya estaba en el lobby reluciente y climatizado de la torre de oficinas, una mole de acero y cristal que era el templo de su, a veces, triste vida profesional.

Al llegar al piso 6, se puso la “máscara de la oficina”. Una sonrisa educada, un paso firme, la compostura de un hombre que tiene todo bajo control. Saludó con un asentimiento rápido a la recepcionista, Elizabeth, una mujer amable de unos cuarenta años con un corte de pelo inmutable y un tono de voz un poco más grave de lo normal.

Aun así, algunos en la oficina la tenían en la mira. Rob no era uno de ellos.

—Vas un poco tarde, ¿no es así, Rob? —preguntó ella.

Con prisa, marcó la entrada con su carnet y le respondió cariñosamente. —Un poco, Eli. ¡Feliz día!

Apenas cruzó el pasillo, Álex lo interceptó, como de costumbre.

—¡Rob, llegaste en el límite! —exclamó, golpeándolo amistosamente en el hombro y caminando a su lado—. Otra vez. ¿Estuviste despierto hasta tarde viendo alguno de esos muñequitos que me dices que vea?

—Álex, ¿hablamos de las dos veces que te recomendé anime? Además, ¿por qué tienes que gritar? ¿Quieres que todos sepan lo que conversamos?

—¡No me veas con esa cara! Te he dicho que no me gustan esas cosas y tú insistes en que debo ver muñequitos —lo regañó Álex, casi bromeando.

—Solo te he recomendado en dos ocasiones y fue porque me preguntaste sobre el manga que estaba leyendo. Y no, no estuve viendo nada anoche, solo estuve resolviendo algo.

Inconscientemente, Rob decidió mentir.

Sintió un calor en las mejillas. “No me digas que me sonrojé, no puede ser. No puede ser, qué ladilla”.

El algo se llamaba Paula. Rob se sorprendió cuando, al recordar la noche anterior, se sonrojó un poco, ya que él había cerrado las puertas a esos sentimientos.

—Claro, claro —se burló Álex, sin darle importancia—. Oye, tu jefa está de buen humor. Y hablando de buen humor... ¿viste a Paula? Se ve aún mejor que de costumbre. Yo no sé cómo lo hace, ese cabello a medio recoger me pone a pensar cosas.

Álex aprovechó para acercarse más a Rob. —Me han dicho que se han ido juntos en el taxi de la empresa. ¡Ahhh, qué suerte la tuya! Pero eso no me detendrá. Espera a que me la consiga en el comedor, tendré su número.

El nombre de Paula actuó como una descarga eléctrica que le recorrió la espalda hasta la punta de los dedos, obligándolo a mantener la calma ajustándose el nudo de la corbata.

—No, eso del taxi ha sido pura coincidencia. Si te interesa tanto, ¿por qué no le dices algo ahora? Está justo en su puesto. —Rob ya se estaba irritando.

—No apresures al maestro del amor, ya verás los resultados —respondió suavemente Álex mientras se iba y hacía un gesto vulgar con las manos, alejándose por el pasillo hacia el lado opuesto de la oficina.

Mientras Rob caminaba, sus ojos, sin querer, recorrieron la sala. Por tercera vez en el día perdió la compostura. Paula estaba allí, justo al otro lado de la sala, ya que eran de diferentes áreas operativas. Concentrada en su monitor, sintió que alguien pasaba, levantó la mirada y, al ver que era él, enseguida tuvo la reacción de bajar la cara y meterla en el monitor. Llevaba una blusa de un tono pastel suave, y su cabello, generalmente recogido, caía ligeramente sobre sus hombros.


Rob se preguntaba por qué ella había hecho eso y se dio cuenta de algo:

¡Con el apuro, abrí el mensaje saliendo del departamento y no le respondí! ¿Por eso fue su reacción? ¿Se arrepentiría de haberme respondido? ¿O era simplemente su manera de mantener las cosas estrictamente profesionales?”.

Era la primera vez que se escribían.

“Maldición. Qué torpe fui. Pero nada, ahora le escribo y me disculpo por lo tarde”. Sus pensamientos eran muy ruidosos.

Se apresuró a terminar de llegar a su escritorio. Dejó el bolso y se sentó, ignorando el encendido de su computadora. Solo tenía ojos para el teléfono.

Con una mezcla de pensamientos que iban desde no querer cortar esta posible conexión, hasta sentir que no podía hacer más nada si ella se molestaba, abrió el chat y leyó bien lo que puso Paula para ver su próximo plan de acción.


La noche anterior, Paula llegaba agotada luego de un día extenuante y lleno de demasiadas pautas para las nuevas promociones que saldrían la semana que viene. Luego de luchar con la cerradura de la reja, abrió la puerta de su apartamento. Eran las 1:00 a. m.

El eco de la cerradura al deslizarse era el único sonido en el silencio de su hogar. Al entrar, la sonrisa perfecta que mantenía con sus colegas y jefes durante horas en la oficina, la presión de las insinuaciones de los hombres que ni siquiera trataba y el desprecio de las chicas, se desvanecían con cada paso que daba.

Se paró frente al espejo del cuarto mientras se quitaba los zarcillos. Sus ojos, que en el trabajo brillaban con energía, se percibían ahora apagados y cansados. —Qué difícil ser una extranjera que vive sola —dejó el comentario en el aire, como si alguien fuera a seguirle la conversación.

Se dejó caer en la cama por un instante, cerrando los ojos. Recordaba la última reunión que tuvo con su familia antes de emigrar, las risas y el calor que emanaba de cada cosa allí. —Tsk, no me puedo poner emocional. —Respiró hondo y se obligó a levantarse.

“Ducha. Solo la ducha y luego a dormir”. Ya no tenía fuerzas para hablar y terminaba conversando en sus pensamientos.

—Humm, humm —salió de la ducha tarareando.

Tomó el teléfono y le bajó el volumen a la nueva canción de Hikaru Utada que estaba sonando mientras se bañaba. Desde hace un tiempo era una gran fanática del J-Pop. “Quién pensaría que todo fue por culpa de Ari. ¿Qué estará haciendo ahora? Quizás le escriba mañana”.

Ella no se había dado cuenta, pero tenía un nuevo mensaje.

—¿Ah, número desconocido? De seguro es algún raro de la oficina, o será que Carla volvió a usarme como moneda de cambio... ugh. Espero que al menos sea chistoso para aligerar la noche.

Era un mensaje de Rob.

No entendía por qué, pero se sorprendió al leerlo. Luego, como si las olas que estaban detenidas comenzaran a moverse, una sensación de calor le recorrió la cara, desde los las mejillas hasta las orejas, logrando ahuyentar esa pesadez nocturna que la acechaba.

Ella era consciente de que era objetivamente atractiva; en la oficina, todos le escribían para ligar o alabar alguna foto en redes. Pero este... este mensaje era diferente.

Era, en principio, una simple preocupación de un compañero. Esa preocupación genuina era de lo que más extrañaba.

Soltó el teléfono delicadamente en la cama, sonriendo, y notó una pequeña lágrima en el rabillo del ojo, la cual limpió rápidamente. No era tristeza, sino un alivio abrumador.

Ahora era su turno de responder.

01:20 p.m Rob - Buenas noches, soy Rob. Era tarde y la calle estaba muy sola, espero que hayas llegado bien a casa.

Rob ya se había duchado, estaba acostado y con las luces apagadas. En el cuarto oscuro solo se veía la luz de la ciudad filtrándose por la ventana y su teléfono. El cansancio era demasiado grande: no tardó en dormirse.

Por ello, no se percató del mensaje que entró en silencio unos minutos después.

01:50 p.m Paula - ¡Hola, Rob! Sí, llegué bien al depa, espero que tú también. Gracias por el mensaje y la preocupación. Descansa.


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¡Hey! Sobreviviste a otro día en La Caja Gris. 🗃️ Espero que hayas disfrutado la lectura. Mantener a raya a Carla, sacar a Rob de su coraza y lidiar con los chistes de Alex en la oficina requiere mucho esfuerzo. Si te gusta hacia dónde va la historia y quieres apoyar a este autor independiente para que siga escribiendo el próximo capítulo, tu aporte hace toda la diferencia. ¡Gracias por leer!