Ăšnico capĂtulo
Cautivo
Reino de Siam. Año de 1767. (Sea 9 años / Jimmy 11años)
Cuando sus miradas se encontraron por primera vez, le pareció más un animal salvaje, feroz e indomesticable que un ser humano en realidad. Aquella criatura que estaba siendo sometida por los guardias del palacio no era más que un muchachito extremadamente delgado que intentaba por todos los medios liberarse del agarre de los implacables escoltas encargados de velar por la seguridad de los monarcas dueños de aquellas exóticas tierras.
Resultaba evidente que oponer resistencia no estaba siendo su mejor estrategia a seguir, la fuerza y vitalidad que gozaban los guerreros de Ă©lite del reino no podĂan compararse con la obvia fragilidad y languidez que aquel chiquillo presentaba a simple vista. Y, sin embargo, a sabiendas de sus propias desventajas, parecĂa no querer darse por vencido. Sus ojos reflejaban rabia… o tal vez miedo. Ambas, quizás. O probablemente tenĂa un espĂritu irremediablemente combativo.
- Lo mejor es que se mantenga alejado, joven prĂncipe – uno de los guardias se dirigiĂł a su alteza cuando notĂł que Ă©ste, movido por el alboroto y por una innata curiosidad, habĂa llegado hasta donde ellos se encontraban.
- ÂżPor quĂ© le están haciendo daño a ese muchacho? ÂżCuál es el crimen del que se le acusa? – preguntĂł el prĂncipe que, pese a su corta edad, tenĂa prácticamente la misma autoridad que su padre.
- En realidad lo hemos rescatado su alteza – replicĂł el guardia - los piratas que hemos abatido en el golfo de Siam lo tenĂan como un vil prisionero y sin embargo parece no sentirse agradecido con su liberaciĂłn – dijo con molestia al final. ParecĂa desear algĂşn tipo de reconocimiento o recompensa por su “favor”.
Cualquiera que viese dicha escena dirĂa que aquello no parecĂa ser precisamente un rescate. El muchacho permanecĂa encadenado de pies y manos y un enorme collar de hierro colgaba de su cuello. Además, iba descalzo y con la ropa prácticamente desgarrada. Se retorcĂa con brusquedad como deseando irse de ahĂ lo más pronto posible y su suciedad mezclada con sangre seca, bañaban casi por completo su cuerpo dejando ver el mal estado en el que verdaderamente se encontraba.
- Yo creo que tan solo está asustado – murmurĂł el prĂncipe mirando con cierta pena a aquel muchacho que no parecĂa ser mucho mayor a Ă©l. Sin embargo, cuando pronunciĂł aquellas palabras, el contacto visual que mantenĂa con el prisionero se rompiĂł con el Ăşltimo aliento de Ă©ste antes de desfallecer.
***
“La bestia”, como despectivamente habĂan decidido llamarlo los guardias, habĂa tardado varios dĂas en no representar una amenaza latente para todo aquel que lo custodiaba. Dicho ser ya no se abalanzaba sobre los guardias cada vez que los veĂa con la finalidad de hacerles daño, no obstante, en su mordaz mirada aĂşn podĂa apreciarse el recelo y la desconfianza que les tenĂa. Tal vez… y solo tal vez estaba esperando el momento preciso para dar su golpe de gracia.
El joven prĂncipe, no habĂa perdido la oportunidad de hablarle a su padre sobre la presencia de aquel misterioso muchacho que sus hombres habĂan “rescatado”. El primogĂ©nito del rey, de por sĂ curioso por naturaleza, estaba siendo demasiado insistente al siempre querer hablar del dichoso chico, asĂ que el rey decidiĂł verlo con sus propios ojos para saber por quĂ© aquel desconocido habĂa cautivado tanto a su sucesor.
Por lo que al enterarse el prĂncipe de que su padre habĂa solicitado que le llevasen al que más que rescatado parecĂa prisionero, se colgĂł de su brazo como una tierna sanguijuela ya que por nada del mundo querĂa perderse la oportunidad de ver al muchacho una vez más.
- Quiero que mantengas la distancia, Sea – advirtiĂł su padre – y por favor, por lo que más quieras, te pido que esta vez no desobedezcas mis Ăłrdenes – y es que el joven prĂncipe en ocasiones podĂa ser un “poco” rebelde desafiando la autoridad de su padre.
Entonces, las enormes puertas bañadas en oro del salĂłn principal donde se encontraba el trono del rey se abrieron de par en par. “El gran palacio”, era conocido por su arquitectura deslumbrante y detallada que combinaba elementos siameses y extranjeros. La edificaciĂłn se encontraba decorada con mosaicos de cerámica, tallas en madera, dorados intrincados y tejados adornados con figuras de nagas (serpientes sagradas de la mitologĂa tailandesa). La atenciĂłn al detalle y la artesanĂa en el palacio eran verdaderamente impresionantes.
Tanto el rey como el prĂncipe se encontraban sentados en un sitial igualmente bañado en oro y adornado con gemas preciosas que se encontraba sobre una especie de tarima que los colocaba por encima de los hombres del palacio que llevaban al chico rescatado, el cual los miraba con resentimiento y temor. Los guardias lo habĂan obligado a postrarse, pero por nada del mundo habĂan soltado sus cadenas. AĂşn era considerado “un animal” peligroso.
Sea estaba absolutamente fascinado. Por una parte, la actitud del chico lo mantenĂa sorprendido, pues nadie en su sano juicio estarĂa frente al monarca con aquella postura tan retadora y combativa. Por la otra, la apariencia de Ă©ste habĂa cambiado indiscutiblemente una vez que retiraron toda la suciedad de su cabello, cuerpo y ropa. El chico tenĂa un rostro impecable y una piel tan blanca como la porcelana. Su cabello ahora corto, cubrĂa parte de su frente y de sus ojos, los cuales eran lo más llamativo para el joven prĂncipe. Eran marrones, pero profundos, penetrantes y cautivadores.
- ¿Han logrado averiguar cómo se llama o de dónde viene? – preguntó el rey a uno de sus súbditos.
- No señor – respondiĂł el guardia que sostenĂa la cadena que iba directamente al cuello del prisionero – no hemos logrado que diga una sola palabra – añadiĂł mirando con repulsiĂłn al preso.
- Tal vez no entiende el idioma, ¿Han intentado que alguno de nuestros traductores hablé con él? – volvió a cuestionar el rey de forma calmada.
- Señor, más bien creo que fue entrenado como perro de pelea – informó un segundo escolta – es bien sabido que lo Indochinos capturan a los niños de los territorios que conquistan con ese fin – señaló como si nada.
- Es verdad señor, al final de cuentas tal vez solo de trate de un animal de pelea que pertenecĂa a las tierras de la Indochina francesa – confirmĂł el guardia que mantenĂa la cadena al cuello.
- ¡Pero ahora nos pertenece! – gritĂł Sea sintiendo molestia de que llamasen animal a aquel chiquillo – es hora de que le demos un nombre para asegurar que es nuestro – la inocencia del prĂncipe era evidente, pero con tan solo nueve años, aquello era algo normal.
- Bien, dejarĂ© que le pongas un nombre Sea, ÂżCĂłmo quieres que se llame? – preguntĂł el rey colocando una mano en el hombro de su hijo. Para el soberano del reino, aquello era solo un juego inocente, por lo que no tuvo problema en darle tan mĂnima tarea a su primogĂ©nito.
- No vale la pena darle un nombre a un animal – habló el escolta – de todos modos, no creo que dure mucho tiempo con vida – añadió en tono burlón.
Siguiendo a su comentario, intentó darle un golpe al prisionero, pero el pequeño Sea se lo impidió. Con la rapidez que lo caracterizaba, se dejó ir en contra del escolta de su padre con su krabi (sable de un solo filo) en mano conteniendo el impacto.
Aquel caos solo ocasionĂł que el prisionero reaccionara a tiempo para desarmar a los guardias que lo custodiaban y tomara como rehĂ©n al joven prĂncipe empuñando un cuchillo cerca del cuello de Sea. Un movimiento en falso y morirĂa por el corte de su garganta. Sin embargo, y a pesar de la situaciĂłn en la que se encontraba, Sea no sintiĂł temor alguno.
Su espalda permanecĂa apoyada en el pecho de “la bestia” mientras que el brazo de Ă©ste rodeaba peligrosamente su cuello, aun asĂ, extrañamente se sentĂa protegido y no amenazado. Algo en el fondo de su ser le decĂa que aquel muchacho no le harĂa nada malo, al menos no sin tener un motivo genuino para hacerlo.
- ¡Miserable animal! – gritĂł el guardia sintiĂ©ndose humillado de que un niño que no parecĂa ser mucho mayor que el prĂncipe, le hubiese quitado sus armas dejándolo en vergĂĽenza delante del rey.
- Jimmy… – murmurĂł de pronto Sea y de inmediato sintiĂł como su captor aflojaba el agarre que tenĂa sobre Ă©l – de ahora en adelante, su nombre será Jimmy y todos deberán dirigirse a Ă©l por su nombre, no quiero escuchar que vuelven a llamarlo bestia nunca más – reafirmĂł el prĂncipe con autoridad.
El haberle dado un nombre, fue para el joven prĂncipe como apropiarse de Ă©l. Y a pesar de la duda y la reserva de su padre para “quedarse con Ă©l”, Sea prácticamente no le dio opciĂłn. Jimmy habĂa demostrado poseer unas increĂbles habilidades al haber derrotado a dos adultos cuando era tan solo dos años mayor que Sea. No utilizar ese inaudito talento serĂa un verdadero error del cual tal vez en el futuro se podrĂan arrepentir.
AsĂ que el rey dio la orden para que Jimmy estuviera bajo el cuidado de su jefe de armas para que le enseñase disciplina, orden, lealtad y, sobre todo, le enseñase el idioma. Aunque Sea tenĂa la ligera sospecha de que Jimmy entendĂa mucho más de lo que en realidad parecĂa.
***
Reino de Siam. Año 1773. (Sea 15 años / Jimmy 17 años).
Por supuesto que “domesticar” a Jimmy habĂa resultado más fácil decir que hacer. Estando bajo la tutela del maestro de armas, todas sus condiciones habĂan mejorado significativamente. Ya no andaba con ropa andrajosa y roĂda sino con un traje de guerrero tradicional del reino. Además, tenĂa garantizada sus tres comidas diarias, que si bien no eran un banquete como los que Sea solĂa tener, era comida que le proporcionaba los nutrientes necesarios para ser un soldado de elite.
Fue precisamente la mejora en su alimentaciĂłn lo que le permitiĂł a Jimmy aventajar y superar a muchos de sus compañeros que incluso lo superaban en edad. Era habilidoso, nadie podĂa negarlo, su dominio en las artes marciales y en las armas era magistralmente extraordinario, parecĂa haber nacido para ser un digno guerrero de la fuerza imperial de Siam. Además, Jimmy poseĂa una mente analĂtica y un espĂritu absolutamente combativo. Siempre estaba listo para la batalla.
No obstante, a pesar de tener el perfil de un guerrero perfecto y superar muchas de las expectativas que se tenĂan sobre Ă©l en combate, Jimmy seguĂa siendo un chico indomable con un grado cero en el nivel de vocaciĂłn para servir a alguien. “No está hecho para servir” decĂan algunos, lo que representaba una pĂ©rdida de tiempo si es que el rey lo querĂa enlistar en sus filas para proteger el reino.
De ese modo, Jimmy convirtiĂł los calabozos de palacio en su nuevo hogar. SĂ, seguĂa encerrado en una celda, pero era la mejor celda en la que habĂa estado. A comparaciĂłn del lugar en el que lo tenĂan antes de ser “rescatado” por los hombres del reino de Siam, ese pequeño espacio de dos por dos con un catre viejo y un par de cobijas era lo mejor que habĂa tenido en su vida.
Sea conocĂa muy bien todos y cada uno de los recovecos de su fastuosa residencia. Desde los elegantes y siempre bien cuidados jardines hasta las lĂşgubres y solitarias mazmorras. Su curiosidad lo habĂa llevado a ser un explorador en su propia casa y no habĂa lugar alguno que no hubiese sido visitado por Ă©l antes. Con o sin autorizaciĂłn del rey.
- Hola Jimmy, te he traĂdo la cena – anunciĂł Sea con una brillante sonrisa en el rostro.
La expresiĂłn hostil de Jimmy no cambiĂł, por lo que, si le sorprendiĂł la visita del prĂncipe en su celda a esa hora de la noche, sencillamente no lo demostrĂł y permaneciĂł sentado en el rincĂłn más alejado de la puerta con las piernas dobladas y sus brazos descansando sobre sus rodillas. Sea dejĂł de sonreĂr.
- Le han informado a mi padre que has intentado huir nuevamente – Sea habló con calma y sin temor – es la quinta vez en lo que va del mes, eso sin contar las otras veces que lo has hecho antes, ¿Por qué quieres irte? – cuestionó, pero como se esperaba, el otro chico no respondió a tal cuestionamiento.
Sea puso la charola de comida en el suelo y la deslizó por la pequeña ranura que separaba las rejas del piso. Una vez que la comida estuvo dentro de la celda, tomó asiento afuera de la misma como si aquello fuera lo más normal del mundo.
- Ahora tienes comida y un techo en el cual refugiarte, además hay maestros que te están entrenando como se entrenan a los mejores guerreros del reino, deberĂas estar agradecido por ello – susurrĂł Sea sin apartar la mirada del muchacho.
Entonces Jimmy lo miró a los ojos con intensidad. Su mirada era penetrante y Sea quedó atrapado en ella sin saber por qué. Era como si aquel muchacho hubiese lanzado un hechizo en su contra.
- ¿Eres tonto? – preguntó Jimmy en un perfecto siamés.
Sea abriĂł la boca, pero de ella no saliĂł ninguna palabra. Estaba perplejo, seis años habĂan pasado desde que habĂan llevado a Jimmy a su palacio y jamás lo habĂa escuchado hablar. Nunca habĂa tenido la oportunidad de apreciar su grave voz. Realmente era una verdadera sorpresa. Incluso llegĂł a pensar que tal vez era mudo. Y, sin embargo, lo primero que escuchĂł de Ă©l habĂa sido un insulto. BufĂł molesto.
- En todo este tiempo, lo único que he hecho es ser amable contigo – replicó Sea dejando ver su molestia - ¿Y aún asà te atreves a insultarme? -
- Solo quieres que te dĂ© las gracias para vanagloriarte por tu buen acto del dĂa – hablĂł Jimmy con violencia – no pierdas tu tiempo niñito, tus migajas no significan nada para mĂ, yo sigo estando en una prisiĂłn, no lo olvides – escupiĂł hacia un lado y desviĂł su mirada hacia la pared.
La furia del joven prĂncipe aumentĂł. ÂżCĂłmo se atrevĂa aquel sujeto a hablarle de esa manera? ÂżCĂłmo podĂa decir que seguĂa siendo un prisionero cuando lo habĂa rescatado de los piratas? VivĂa con lujos que nunca nadie le hubiese dado antes.
- ¿Entonces quieres volver y ser un esclavo de los piratas? – cuestionó Sea poniéndose de pie y mirando a Jimmy con rabia.
Lo habĂa hecho enojar en serio y ni siquiera podĂa entender por quĂ©. Su padre le decĂa que necesitaba relajarse un poco y dejar de interpretar comentarios, crĂticas o situaciones de forma intensamente personal y que no permitiera que le afecten profundamente en sus emociones, aunque tambiĂ©n decĂa entenderlo pues era lo normal de la adolescencia, no era fácil tener quince años y ser el prĂncipe de una naciĂłn floreciente y prospera. Pero Jimmy… ¡Ash! Ese Jimmy lo sacaba de quicio. Tanto tiempo estando en silencio para que de sus labios las primeras palabras en salir solo fueran ofensas hacia Ă©l. HabĂa esperado tanto que hablase, pero al final todo habĂa sido una decepciĂłn total.
No obstante, a partir de ese dĂa, todas las noches le llevĂł la cena a Jimmy. Solo se ausentaba cuando estaba enfermo o cuando salĂa con su padre en alguna diligencia de la naciĂłn. En ocasiones solo se presentaba frente a la celda y dejaba la bandeja sin decir una sola palabra, otras tantas, se sentaba a “platicar” con Jimmy sobre lo que le habĂa pasado en el dĂa o cualquier cosa que estuviera cruzando por su cabeza en aquel momento. Jimmy, nunca dio indicios de querer mantener una conversaciĂłn con Ă©l, Ă©ste solo permanecĂa sentado en su rincĂłn favorito y lo observaba con atenciĂłn como si no tuviera nada mejor que hacer. Y tal vez, asĂ era.
Y aquellos eran sus momentos juntos.
***
Reino de Siam. Año 1776. (Sea 18 años / Jimmy 20 años).
Antes de decir una sola palabra lanzĂł un suspiro al aire y negĂł con la cabeza. HacĂa más de un año que no pisaba aquel lugar, y no porque no quisiera, sino porque sencillamente no tenĂa nada que hacer ahĂ.
- ÂżEncerrado otra vez? – preguntĂł Sea llegando a la celda que años atrás habĂa sido testigo de sus interminables monĂłlogos con Jimmy – habĂas roto tu propio record de un año, supongo que era demasiado bueno como para que durase – un gruñido hosco fue la respuesta que recibiĂł del cautivo - ÂżQuĂ© fue lo que hiciste ahora Jimmy? – cuestionĂł con toda la paciencia del mundo.
Tan testarudo… pensĂł Sea. Con el tiempo y sus casi diarias visitas por la noche, habĂa aprendido a “conocer” a Jimmy. Siempre permanecĂa sentado en el rincĂłn más alejado de puerta con lo que parecĂa la mirada perdida. Cualquiera podrĂa pensar que el cuerpo de ese guerrero estaba ahĂ, pero su mente no. Y quizás habĂa cierta razĂłn en aquel predicamento, no obstante, Ă©l mejor que nadie sabĂa que Jimmy, por más perdido y ausente que pareciera siempre estaba alerta de lo que ocurrĂa a su alrededor. AsĂ mismo, sabĂa perfectamente que sin importar que, le prestaba la suficiente atenciĂłn como para recordar todo lo que le habĂa dicho.
Por supuesto que en un principio habĂa sido toda una odisea predecir el comportamiento de Jimmy. No era un tipo fácil de leer y mucho menos fácil de entender. Además, estaba el hecho de que prácticamente no sabĂa nada de su pasado, salvo que habĂa sido esclavo de piratas y que tal vez era dos años mayor que Ă©l. Jimmy jamás reaccionaba a como Sea esperaba, pero, aun asĂ, habĂa aprendido a sobrellevarlo y de alguna manera a considerarse alguien cercano a Ă©l.
Un ruido hizo que ambos chicos se pusieran en guardia. Sin embargo, no parecĂa ser que alguien fuese a acercarse a ellos. Aun asĂ, Sea llevĂł su mano hacia su cintura en donde descansaba su sable, y Jimmy cogiĂł su cuchillo pues era el arma que mejor sabĂa usar. Era el arma que lo convertĂa en un ser verdaderamente mortal.
- Tus hombres son unos idiotas – mascullĂł Jimmy saliendo de la oscuridad que le regalaba el rincĂłn de la celda – si esto es lo mejor que pueden hacer, deberĂas echarlos a todos – señalĂł los golpes que Ă©stos le habĂan propinado en la cara. ÂżEl motivo? Ni siquiera importaba. AhĂ, nadie lo querĂa de todos modos.
Sin decir nada más, Jimmy se sentĂł cerca de los barrotes y tomĂł entre sus manos el tazĂłn humeante de sopa que esperaba a ser degustado. Era delicioso. Y sabĂa que no era un platillo que normalmente se le diera a un prisionero. Aquello era cosa del prĂncipe, otro presuntuoso acto de caridad, desde su particular punto de vista.
- Tú… - susurrĂł Sea sin salir de su estupor… - tú… - repitiĂł con asombro – ¡Por todos los nagas del Siam, tĂş estás comiendo! – y aunque comer era una actividad de lo más comĂşn, parecĂa que Sea no podĂa procesar la imagen de un Jimmy ingiriendo bocado alguno.
- Es normal comer cuando tengo hambre – replicó Jimmy como si nada – además, tal parece que te encanta consentirme, asà que solo me aprovecho de eso – apuntó mientras señalaba el tazón de sopa.
Jimmy se encogiĂł los hombros y en sus labios se dibujĂł una sonrisa burlesca que Sea no habĂa visto nunca. En realidad, jamás habĂa visto a Jimmy sonreĂr. Era un gesto que le pareciĂł fascinante, pero al mismo tiempo caldeĂł su humor porque sabĂa que aquel muchacho mayor se estaba burlando de Ă©l. El prĂncipe.
- ¡Eres un atrevido! – gritó Sea enojado.
- ÂżUn quĂ©? – preguntĂł Jimmy manteniendo el mismo tono de burla en su voz – Por favor prĂncipe, sĂ© que puedes hacerlo mejor que eso – la forma en la que Jimmy enmarcĂł la ceja hizo que Sea se sintiera ridĂculo.
- ¡Eres un desvergonzado insolente! – exclamó Sea sintiéndose un ganador por haberle dicho aquellas palabras. Pero poco pudo disfrutar de su aparente victoria pues el rostro de Jimmy no mostró molestia alguna.
- Eso es demasiado suave, prĂncipe – el tĂtulo de Sea lo decĂa de manera desdeñosa – te recuerdo que vivĂ con piratas y ellos me solĂan llamarme desde animal salvaje, alimaña, fiera, sabandija, bicho, bicharraco, granuja, rufián, palurdo… y hasta tus soldados me apodaron la bestia – Jimmy enumeraba con sus dedos cada uno de los sobre nombres que habĂa recibido a lo largo de su vida – lo que tĂş me dices, en realidad me parecen palabras bonitas – añadiĂł al final.
- ¿Palurdo? ¿Qué es palurdo? – cuestionó Sea dejando pasar todo lo demás.
- Es lo mismo que necio –contra todo pronĂłstico, Jimmy respondiĂł la inocente pregunta de Sea – aunque creo que eso te queda más a ti, prĂncipe – agregĂł con burla.
- No puedo contigo Jimmy, eres detestable… y ¡Te odio! – le dijo, aunque no sonaba muy convincente y eso lo notó el otro.
- Lo creerĂa si lo dijeras con más convicciĂłn y seguridad – retĂł el joven guerrero – y si no te empeñaras en otorgarme mejores condiciones que a todos los demás aquà – añadiĂł al final con aire triunfal.
- ¡Lo estoy diciendo en serio! – alegĂł Sea acercándose peligrosamente a Jimmy, sin embargo, aĂşn existĂa la seguridad de los barrotes entre ellos.
- ¡Oh, claro! Y eso hiere profundamente mi corazĂłn, prĂncipe – indicĂł Jimmy con sarcasmo.
- ¡Suficiente, deja de llamarme asĂ! – Sea querĂa borrarle de la cara esa sonrisita de suficiencia que lo molestaba mucho. Un par de puñetazos no estarĂa mal, despuĂ©s de todo se lo estaba ganando a pulso.
- ÂżCĂłmo quieres que te llame entonces? – preguntĂł el guerrero a sabiendas que el otro chico estaba verdaderamente molesto - ÂżSu alteza real, su alteza serenĂsima, querido y adorado prĂncipe de Siam? – siguiĂł con ironĂa.
- ¡Lo dices como si mi tĂtulo no importase! – vociferĂł el prĂncipe y entonces Jimmy, dejando de lado su actitud burlona se acercĂł a los barrotes y colocĂł sus manos por encima de las Sea. Era la primera vez que lo tocaba y el prĂncipe sintiĂł lo cálidas que eran.
Sus rostros, a pesar de estar separados por los barrotes, nunca habĂan estado tan cerca como hasta ese momento. Sea tragĂł saliva cuando se percatĂł de que Jimmy ya era varios centĂmetros más alto que Ă©l.
- Porque en realidad tu tĂtulo, no significa nada – hablĂł Jimmy en voz baja pero con un deje de rabia – prĂncipe es solo una estĂşpida palabra más – continuĂł hablando en el mismo tono – y tĂş no eres más que un mortal más, como todos los que pisamos esta tierra, morirás algĂşn dĂa, como todos lo haremos, solo que fuiste más afortunado al nacer en cuna de oro donde todo se te ha dado en bandeja de plata – hizo una pausa y se acercĂł más a Sea – nunca has tenido de preocuparte de nada, ni de tu ropa, ni de un techo bajo el cual dormir, ni por llevar comida a tu boca, siempre has vivido en una esfera de cristal creyendo que ayudas a los demás cuando solo quieres reconocimiento social – Jimmy no pudo evitar mirar los carnosos labios de Sea y pasĂł su lengua por los propios – y eres lo suficientemente estĂşpido como para no darte cuenta de quien verdaderamente está cautivo… eres tú… -
Aquellas palabras sacaron a Sea el ensimismamiento en el que habĂa caĂdo debido a la cercanĂa de Jimmy. Dio un paso atrás y lo mirĂł a los ojos. Eran palabras mordaces, dichas con toda la intenciĂłn de hacer daño. Sea lo confirmĂł cuando Jimmy le dedicĂł una sonrisa burlona antes de volver a su esquina favorita dentro de la celda.
- ÂżQuiĂ©n es el que está dentro de la celda? – preguntĂł Sea con rabia – Yo no soy, asĂ que no digas tonterĂas –
- No todas las prisiones tienen rejas y cuatro paredes – replicĂł Jimmy y Sea supo que en esa conversaciĂłn no habĂa tenido la Ăşltima palabra.
Se alejĂł enojado maldiciendo a todo y a todos. La ira nublaba su razĂłn, pero muy en el fondo sabĂa que, por inverosĂmil que pareciera, Jimmy tenĂa razĂłn. Y durante varias noches, aquel pensamiento no lo dejĂł dormir.
***
Reino de Siam. Año 1778. (Sea 20 años / Jimmy 22 años)
Sea sonriĂł complacido cuando uno de los hombres que lo escoltaba emitiĂł un gruñido de desaprobaciĂłn. Ambos estaban en el salĂłn de entrenamiento de las fuerzas de Ă©lite que cuidaban a los monarcas del reino observando con atenciĂłn la pelea entre dos miembros de dicha legiĂłn. Era solo una práctica, pero no por ello reprimirĂan sus tĂ©cnicas, conocimientos y habilidades para vencer al otro.
Jimmy habĂa ganado. Y lo habĂa hecho cuando todos los pronĂłsticos estaban en su contra. Al principio de la pelea, parecĂa que Ă©ste no tendrĂa la menor posibilidad de ganar, pero Jimmy era paciente, observador, analĂtico, metĂłdico y organizado. Además de un excelente estratega. Él esperaba el menor error en sus adversarios para asestar el golpe de gracia.
A sus ya veintidĂłs años, Jimmy era uno de los mejores guerreros del reino. Superaba por mucho a veteranos que le doblaban la edad y que eran mucho más corpulentos que Ă©l. Algunos le temĂan a su fuerza y a su carácter, otros sencillamente lo menospreciaban y unos pocos preferĂan ignorarlo.
- Joven prĂncipe, no creo que sea una buena idea el elegirlo a Ă©l – comentĂł su escolta con desdĂ©n – hay guerreros que de verdad son leales a usted y al reino – añadiĂł tratando de convencer a Sea.
- Es una decisiĂłn que ya tomĂ©, y con esto – señalĂł hacia el área donde se habĂa realizado la contienda – solo reafirmo mi resoluciĂłn, tráelo – ordenĂł Sea y le dio la espalda a su custodio.
No pasĂł mucho tiempo para que el hombre que estaba con Ă©l regresara con Jimmy. El guerrero estaba sudado y sucio, un estado normal si se tomaba en cuenta la batalla a la que se acababa de enfrentar, pero a Sea no le disgustĂł verlo asĂ, lo habĂa conocido en peores condiciones.
- ¡Felicidades! – exclamó Sea y luego le dio un ligeramente golpe en el hombro.
- ¿Eso es todo? – cuestionó Jimmy mientras se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo.
- ÂżAcaso no te hace feliz ganar? – preguntĂł Sea quien levantĂł la mano con la intenciĂłn de tomar la mejilla algo hinchada de Jimmy, pero Ă©ste lo detuvo a centĂmetros de su objetivo.
- SĂ, pero no necesito que su majestad real venga personalmente a felicitarme – replicĂł el guerrero. Y contrario a que lo esperaba Sea, que fuera que lo soltara, Jimmy lo atrajo hacia su cuerpo de un tirĂłn.
Ciertamente no era la primera vez que ellos estaban asĂ de cerca. Cada uno podĂa sentir el calor del cuerpo ajeno, percibir el olor de su esencia y temblar ante la cercanĂa de sus rostros. Tal vez Jimmy lo ocultaba mejor que Sea, pero ese tipo de acercamientos perturbaba a ambos. Jimmy se limitaba a observarlo fijamente con esa mirada tan impasible y penetrante, dejándole muy en claro al prĂncipe el poder que tenĂa sobre Ă©l. Sea, habĂa aprendido a controlar sus nervios y se mantenĂa firme sosteniĂ©ndole la mirada. Claro que habĂa sido complicado esconder el estremecimiento que le provocaba aquel rebelde guerrero, pero con el tiempo, supo tapar aquello o al menos eso creĂa.
Sea se preguntaba si con toda esa frialdad que lo caracterizaba, Jimmy era capaz de ver lo que producĂa en Ă©l. Le molestaba su fortaleza al mismo tiempo que la admiraba. Odiaba que ese tipo tan solo dos años mayor que Ă©l lo tildara de prĂncipe mimado y niñito consentido. Sin embargo, a veces sentĂa Jimmy lo llamaba asĂ solo para molestarlo por el placer que le producĂa hacerlo y muchas veces quiso decirle que lo intentara con mayor convicciĂłn. No estaba mal regresarle sus propias palabras ÂżO sĂ?
El agarre de Jimmy se aflojĂł y Sea reprimiĂł un gemido, no obstante, el guerrero no lo soltĂł y el calor que le producĂa aquel agarre iba propagándose por todo su cuerpo.
- ¿Cuál es la razón real de tu llamado? – cuestionó Jimmy sin apartar la mirada de sus ojos.
El joven prĂncipe debĂa haber sabido que un simple “felicidades” no iba a cubrir la verdadera razĂłn de lo que habĂa ido a decirle. De alguna forma Jimmy habĂa aprendido a leer el comportamiento de Sea y actuaba en base a ello. Algunas ocasiones debĂa hablarle con rudeza para que sin temor le dijera lo que realmente pensaba y otras más hablaba con más suavidad intentando sacarle una verdad que podrĂa no ser para tanto.
Sea se sentĂa confundido cada vez que Jimmy tenĂa para con Ă©l, una actitud suave y accesible, aquello lo conmovĂa más incluso que sus roces suaves y contacto discreto.
- Seguramente ya escuchaste que tendré que ir al Raj británico de la India, a Indochina y a las colonias del estrecho como embajador del reino de Siam – empezó a decir Sea a lo que Jimmy solamente asintió con la cabeza – asà como también debo elegir al hombre que se hará cargo de mi seguridad – explicó al final.
Jimmy lo soltĂł de inmediato porque sabĂa lo que significaba aquello. Era por mucho, lo más absurdo que habĂa escuchado en su vida.
- No estarás diciĂ©ndome que yo soy ese hombre ÂżVerdad? – tras su pregunta, Jimmy solo querĂa escuchar un “no” como respuesta.
Sea en realidad esperaba cualquier reacciĂłn por parte del guerrero. Una sonora carcajada burlesca, algĂşn comentario lleno de sarcasmo e ironĂa e incluso una rotunda y ferviente negativa, no aquel desconcierto que nunca habĂa visto antes en su rostro.
- Eres el mejor militar de Ă©lite que existe en el reino, no hay nadie que pueda vencerte – respondiĂł el prĂncipe con obviedad – además, no quiero a un hombre que obedezca mis Ăłrdenes al pie de la letra, necesito a una persona que vea más allá de mi autoridad y sea capaz contradecirme si alguna de mis decisiones pone en riesgo no solo mi vida sino la de toda la comitiva que me acompañe – explicĂł finalmente.
- Es por mucho, la peor idea que has tenido en años – indicó Jimmy y Sea se frunció el ceño.
- ÂżPuedes explicarme porque dices eso? – cuestionĂł el prĂncipe cruzándose se brazos.
Jimmy apretĂł la mandĂbula y desviĂł su mirada. Por supuesto que aquella pregunta no era de respuesta opcional, era una orden directa del muchacho que era su gobernante, y de alguna manera, su dueño. Pero no querĂa responderla, aunque tampoco podĂa rehusarse. Y mentirle… ¡Nunca! Jamás habĂa mentido y no empezarĂa a hacerlo ahora.
- ÂżTe has puesto a pensar cĂłmo reaccionarĂan tus hombres más veteranos cuando sepan que estarán bajo mis Ăłrdenes? – preguntĂł Jimmy con seriedad – eso podrĂa provocar incluso un golpe de estado – explicĂł – además, ÂżCĂłmo crees que tomaran los jefes de estado de los otros reinos cuando se den cuenta de que un niño de veinte años es el responsable de representar a su reino, promocionar el diálogo, fomentar el intercambio comercial y cultural y reforzar las relaciones y alianzas entre reinos? – volviĂł a cuestionar el guerrero – lo tomaran como una burla, su alteza, y si le sumas que otro joven apenas dos años mayor es su jefe de seguridad, eso lo verán como algo definitivamente insultante – sentenciĂł al final.
Bien, Jimmy tenĂa un punto. Y por mucho que Sea intentase debatir sus palabras, no le encontraba fallas a su razonamiento. BajĂł la mirada porque se sentĂa derrotado.
- IrĂ© contigo – dijo Jimmy de pronto – serĂ© el hombre que te desobedezca y te rete, pero tendrás que llevar tambiĂ©n a alguien de confianza de tu padre y al jefe de armas del reino, de otra manera no hay forma de que te acompañe en tus viajes – sĂ, el guerrero habĂa establecido las reglas del juego, pero no por eso habĂa resultado ganador.
No cuando un disconforme Sea se acercó a él y lo abrazó por la cintura recargando su cabeza en el hombro y escondiendo el rostro en su cuello. Jimmy se tensó en el acto, pero no hizo nada para alejarlo de su lado.
Quizás, tiempo atrás le hubiese gustado tomar por sorpresa al estoico guerrero, sin embargo, se decepcionĂł un poco de su reacciĂłn inicial. SuspirĂł y tratĂł de no pensar en ese sentimiento de desencanto, despuĂ©s de todo, Jimmy siempre era el que propiciaba los extraños, pero para nada molestos acercamientos y Ă©l mismo rompĂa dicho encanto de la nada, como si nada hubiese pasado. Ya era hora de que recibiera una cucharada de su propia medicina.
Pero parecĂa que Jimmy jamás lo dejarĂa ganar o disfrutar su victoria por mucho tiempo. La descarga elĂ©ctrica que sintiĂł recorrer su cuerpo cuando Jimmy pasĂł el brazo por su cintura, no tenĂa comparaciĂłn con nada. ÂżMariposas en el estĂłmago? No, lo suyo era más bien un enjambre de abejas alborotadas y, sin embargo, aquello lo hizo sentir más que bien.
***
Reino de Siam. Año 1781. (Sea 23 años / Jimmy 25 años)
La arquitectura de aquel palacio Indochino, no se parecĂa en nada a la del palacio de su reino. Era linda, pero no impresionante como las de Siam.
- Creo que en realidad nunca me acostumbrarĂ© a estas reuniones – dijo Sea mientras estiraba su cuerpo y caminaba por los pasillos del palacio de los anfitriones que lo habĂan recibido en aquella jornada de reuniones.
Jimmy lo seguĂa en silencio. Observando todo a su alrededor. No perdiendo detalle de nada, el más mĂnimo cambio, lo ponĂa en estado de alerta. Se habĂa hecho de nuevas armas y algunos escudos para proteger puntos importantes en su cuerpo. Siendo el escolta personal del prĂncipe, era normal que se cuidase tanto asĂ mismo como cuidaba a su protegido.
El rey, por nada del mundo le hubiese permitido utilizar algĂşn tipo de equipamiento que no fuese autorizado por Ă©l o que no fuese el reglamentario en su reino, pero Sea le permitĂa hacer prácticamente de todo si aquello no perjudicaba a nadie. Y no lo hacĂa. Además, Ă©l tambiĂ©n se preocupaba por la seguridad de su más leal y noble guerrero, pues con el tiempo, Jimmy se habĂa convertido en su mano derecha velando siempre por sus intereses y por su seguridad.
- Como se nota que estamos lejos de Siam, esto, aunque es bonito, no es tan hermoso como nuestro hogar – susurró Sea con cierto aire de nostalgia.
Y nuevamente, Jimmy permaneciĂł en silencio. Era normal que no lo siguiera mucho en sus conversaciones, Sea estaba más que acostumbrado a ello, sin embargo, cuando se girĂł para hacerlo hablar, notĂł aquella tensiĂłn en su aparente calma. HabĂan llegado a un punto en el que ambos se entendĂan con solo mirarse. Hablaban a travĂ©s de sus ojos y el joven prĂncipe jamás de preguntĂł cĂłmo es que habĂan desarrollado esa clase de comunicaciĂłn cuando Jimmy no era bueno manteniendo una charla a viva voz con Ă©l.
Sea entendiĂł el mensaje y siguiĂł caminando hasta la habitaciĂłn que se le habĂa asignado sin decir una sola palabra. CaminĂł con completa normalidad, de alguna manera sabĂa que no debĂa alertar a quien lo estuviera espiando de que ya sabĂa que era observado. EntrĂł a la alcoba, pero se quedĂł a un lado de la puerta, Jimmy le hizo una seña para que permaneciera en ese lugar hasta que Ă©l hubiese revisado todo.
- No hay nadie en la alcoba, pero sin duda alguna alguien entró – dijo Jimmy con seriedad – no toques nada, tendré que revisar todo minuciosamente – ordenó.
Sea asintió permaneciendo en su sitio, sin embargo, un sutil ruido proveniente de la cama los puso en alerta a ambos. Instintivamente, Jimmy se colocó frente a Sea, pues cuidarlo era su deber… y un pacto consigo mismo.
Saliendo de entre las sábanas, una cobra real, serpiente de gran tamaño con capucha no tan pronunciada y de coloraciĂłn parda se erguĂa imponente siseando con enojo. MedĂa cerca de cuatro metros y haciendo cálculos, Jimmy pudo deducir que aquel ejemplar fácilmente podĂa pesar de entre diez a doce kilos.
- Creo que has hecho enojar a alguien, su alteza – comentó Jimmy con sarcasmo.
- Si, eso parece – dijo Sea como si nada – aunque en realidad no creo que solo sea a una persona, puede que haya hecho enojar a muchos por aquà – y aquello era una verdad inminente.
Jimmy lo observĂł con reproche y negĂł con la cabeza. ÂżAcaso aquel ingenuo, pero adorable prĂncipe no pensaba en su seguridad? Al parecer, y con aquella actitud tan despreocupada, su seguridad era en lo Ăşltimo en lo que pensaba. ÂżQuĂ© pensaba Sea realmente? Muchas veces se habĂa hecho esa pregunta, más de las que quisiera admitir.
El guerrero se acercó a la serpiente y con un ágil movimiento, lanzó un cuchillo el cual atravesó al animal. No murió, pero la dejo lo suficientemente confundida para que Jimmy se acercara más para tomarla en sus manos y cortar su cuerpo en varios fragmentos.
- ¿De quién sospechas? – cuestionó Jimmy mientras limpiaba el lugar.
- De los Indochinos – respondió Sea que observaba a su guerrero desde una de las sillas – ellos siempre han tenido rencillas con nuestro reino, pero con la nada agradable reunión que tuvimos hoy, puede ser cualquiera – añadió al final.
- ÂżQuĂ© has hecho para hacerlos enfadar tanto? – Jimmy por lo general no cuestionaba nada con respecto a las reuniones que tenĂa Sea, pero ahora era un asunto de seguridad urgente pues sus vida corrĂan peligro.
- Todo se trata de acuerdos comerciales – contestĂł el prĂncipe despuĂ©s de soltar un suspiro – nuestro reino quiere expandirse y tener más socios comerciales, los indochinos evidentemente no quieren porque les quitarĂamos a muchos clientes, sin embargo, nuestros anfitriones tampoco estaban muy contentos con nuestra postura – los del Raj británico de la India se habĂan ofrecido a ser la cede para dicha reuniĂłn.
Jimmy lo miraba con atenciĂłn, escuchaba atentamente cada palabra para poder sacar alguna conclusiĂłn coherente, no obstante, mientras lo veĂa, a su vista saltĂł un pequeño detalle. La ventana que estaba cerca del prĂncipe estaba sellada por dentro, aunque cuando habĂan llegado no estaba asĂ, por lo que dedujo que habĂan tenido ayuda… ayuda de alguien de ese reino… ayuda de alguien de la familia del Raj británico.
Sea girĂł su vista y entonces vio lo que su guerrero observaba con recelo. LanzĂł una maldiciĂłn al aire y se reprochĂł el haber sido tan ingenuo por confiar en que los anfitriones estaban de su lado solo por el antecedente de la larga y estrecha relaciĂłn que tenĂan con su familia. HabĂa sido un grave error, más aĂşn cuando por cuestiones de logĂstica habĂa decidido ir solo con Jimmy. Era menos gasto para el reino y al ser solo dos, podĂan moverse con mayor rapidez.
Sin embargo, aquella no era la primera vez que viajaban solos. La primera vez que lo hicieron, fue cuando el rey le habĂa dado algunos dĂas de descanso a Jimmy y Ă©ste decidiĂł viajar por algunas providencias del reino de Siam. Sea, asustado de que su fiel guerrero no volviese, se escapĂł de palacio y lo siguiĂł, segĂşn Ă©l sin que Ă©ste se diera cuenta. ¡Pero se trataba de Jimmy! Nada se escapaba de su escrupulosa mirada y su mente analĂtica. El joven escolta siempre notaba su presencia, y en más de una ocasiĂłn habĂa tenido que ir a su rescate, no obstante, nunca lo mandĂł de vuelta casa, más bien, en un acuerdo tácito, le permitiĂł ser su compañĂa.
Aunque Sea creĂa que lo hacĂa por mera diversiĂłn. Por muchos era conocido que Jimmy deambulaba por lugares poco decentes de dudosa reputaciĂłn e incluso ilegales, absolutamente inadmisibles para un guardia de elite del reino de Siam. Pero Sea habĂa descubierto que le encantaba explorar aquello lugares con Jimmy lejos de los preceptos que le habĂan sido impuestos desde su niñez. En ese instante no era más un prĂncipe sino un viajero cualquiera en compañĂa de su mejor amigo… ÂżAmigo? ÂżCuál era exactamente la relaciĂłn que mantenĂan ellos dos?
De alguna manera, aquello lo habĂa acercado más a las personas humildes, podĂa apreciar de cerca sus necesidades, sus deseos, sus sueños, pero sobre todo sus carencias. Jimmy venĂa de ahĂ, por eso sus padres lo habĂan vendido como esclavo a los piratas cuando apenas tenĂa seis años. Conocer el pasado de su guerrero lo hizo actuar en consecuencia, asĂ que ahora velaba por aquellas personas que no habĂan tenido la oportunidad de tener todo al alcance de sus manos.
Pero tratar de mejorar las condiciones de los más pobres le hizo ganarse muchos enemigos pues Sea deseaba que los acuerdos comerciales involucrasen a artesanos humildes y los gobernantes por supuesto que no querĂan aceptar tal idea. De ninguna manera querĂan codearse con gente “mugrosa” y “maloliente”.
- No debiste cortar a la serpiente en miles de pedazos – se quejĂł Sea cuando vio que Jimmy metĂa los restos del animal en un saco de patatas. ÂżDe dĂłnde lo habĂa sacado por cierto?
- ÂżLa querĂas como mascota? – cuestionĂł el otro con ironĂa.
- No, pero pude haber extraĂdo su veneno, nos hubiera servido como arma en el futuro – alegĂł Sea con tono de elemental.
Y es que incluso a la hora de pelear Jimmy y Sea no podĂan ser más dispares. El primero tenĂa genio marcial y un excelente dominio en un sinfĂn de armas tanto de su reino como de reinos extranjeros. Además, era un maestro en combate cuerpo a cuerpo y su fuerza, a pesar de su apariencia nada tosca, parecĂa ser insuperable. En cambio, el prĂncipe, era más sistemático y mental. Sigiloso, prudente y silencioso. La contraparte de Jimmy. Y no es que el guerrero no pensase, lo hacĂa y muy bien, sin embargo, desde la perspectiva de Sea se podĂan vislumbrar otros horizontes.
- Tenemos que irnos – susurró Jimmy en voz baja cuando estuvo cerca de Sea - ¿Estás listo? – preguntó mirándolo a los ojos.
- Siempre - respondiĂł el prĂncipe y sonriĂł con malicia.
No pensaba caer ahĂ. Y tampoco dejarĂa que Jimmy lo hiciera. No supo exactamente que le dio el valor necesario o si solo era una osadĂa propia de la supuesta jerarquĂa que tenĂa sobre su guerrero, pero con cuidado colocĂł una mano sobre la nuca de Jimmy y lo acercĂł a Ă©l para depositar un suave beso en sus labios. Aunque ese no era el primero.
Sus labios se unieron por un par de segundos en los que ninguno hizo ningĂşn movimiento. Sea se sentĂa complacido ante la actitud de Jimmy que no hizo nada más que corresponder el gesto. El guerrero no estaba ni sorprendido, ni molesto y mucho menos asqueado. Entonces, tal vez Ă©l querĂa tanto eso como el propio Sea.
Dos horas más tarde…
- Creo que en verdad los hice enojar – murmurĂł Sea escondido entre troncos y arbustos – han enviado a nuestra cacerĂa a sus mejores guerreros – añadiĂł con orgullo.
Jimmy lo mirĂł con antipatĂa. ÂżCĂłmo podĂa sentirse orgulloso de aquello? SĂ, estaban vivos, pero los habĂan herido. A Ă©l más que al prĂncipe, por cierto, pues siempre se interponĂa entre los soldados enemigos y Sea para protegerlo de cualquier daño.
- ÂżPuedes recordarme por quĂ© sigo contigo? – cuestionĂł el guerrero con ironĂa mientras limpiaba una de sus heridas.
Sea sonriĂł. SabĂa perfectamente por quĂ© Jimmy habĂa hecho esa pregunta. Para ser sinceros, ellos estaban vivos de puro milagro, pero preferĂa sonar altivo y altanero que llorar como un niño por la situaciĂłn en la que se encontraban.
No les habĂa costado nada salir del palacio del Raj británico. Y por supuesto que iba a ser asĂ, esas personas no iban a exponerse en su propio suelo como los traidores que eran. Pero nada más pusieron un pie fuera de aquella residencia, empezĂł su persecuciĂłn.
- En ocasiones tambiĂ©n me lo pregunto – Sea se acercĂł a Jimmy y colocĂł su mano sobre la del guerrero – tambiĂ©n me pregunto si habrĂa sido mejor dejarte ir – habĂa melancolĂa en su voz. A veces sentĂa que habĂa obligado a Jimmy a estar a su lado, aunque Ă©ste le demostraba que en realidad sĂ querĂa estar ahĂ.
- Si claro, como si pudieras vivir sin mà – Jimmy le dedicó una sonrisa burlona.
- Creo que no es el mejor momento para bromear – dijo el prĂncipe absolutamente sonrojado porque, aunque no lo admitiera aquello era verdad y le dio un golpe suave en la cabeza al otro.
- ¿Entonces qué, esperas que te diga que te amo? – cuestionó el guerrero con seriedad.
Sea se quedĂł quieto y lentamente levantĂł su mirada hacia los ojos de Jimmy. De alguna manera sabĂa que, si bien no era amor, tal vez Jimmy sentĂa por Ă©l algo de aprecio. El suficiente incluso para compartir las noches entre sus sábanas. Pero escuchar de sus labios que lo amaba era… en pocas palabras… alucinante.
- ¿Cómo es que llegamos a esta conversación? – preguntó Sea – es un radical cambio de tema por si no te has dado cuenta – aceptó aun sin salir de su estupor.
- Lo sé – fue lo único que atinó a decir Jimmy.
- ÂżAcaso estás esperando a que te diga que tambiĂ©n te amo? – fue la siguiente pregunta del prĂncipe. Sin embargo, la primera respuesta de Jimmy fue una risa suave.
- Pero si eso es muy evidente, Sea – el prĂncipe, secretamente amaba que lo llamase asĂ, solo Sea – llevas años detrás de mĂ, siempre buscando la excusa perfecta para tenerme cerca, imponiĂ©ndote incluso a tu padre cuando se trata de mà – ahora quien se mostraba orgulloso era Jimmy – eres capaz de hacer cualquier cosa por mĂ, incluso si aquello representa una amenaza para ti – señalĂł al final.
El joven prĂncipe solo pudo cruzar los brazos y hacer un adorable puchero. No habĂa forma alguna de rebatir aquello. No obstante, el sonido de alguien acercándose los hizo tirarse al suelo. Los habĂan descubierto.
- Pero si es el prĂncipe de Siam y su fiel perro faldero – dijo uno de los hombres que lo apuntaba con una espada.
- Otro perro que sabe hablar – alegĂł Sea con rabia. Nadie llamaba perro a Jimmy. Nadie – al menos el mĂo entiende de lealtad y no se vende por unas cuantas monedas y ataca a sus invitados –
El hombre se abalanzó contra Sea, pero este saltó lejos tratando de alejarse de Jimmy. Estaba herido y no iba a dejar que nadie lo lastimase más, tal vez él no era un digno guerrero como lo era Jimmy, pero iba a darlo todo con tal de cuidar y defender al otro.
Su enemigo caminaba hacia Ă©l blandiendo la espada a diestra y siniestra. Sea contestaba los ataques como podĂa y como Jimmy le habĂa enseñado, aunque era más que evidente que no podĂa compararse con Ă©l. TenĂa que disculparse con su guerrero por todas las veces en las que se quejĂł del duro entrenamiento.
Entonces Sea decidiĂł usar su mejor arma: ser escurridizo. Y no solo por su bien sino por el bienestar de Jimmy. Su plan era llano y simple, Ă©ste consistĂa en alejar a ese hombre del lugar en el que estaban para que no le prestase la más mĂnima atenciĂłn a su herido guerrero, además de esa manera tambiĂ©n evitaba que los refuerzos llegasen a donde estaba un muy lastimado Jimmy.
- ¡No intentes escapar! – el gritĂł el enemigo mientras corrĂa detrás de Ă©l - ¡No seas cobarde! – volviĂł a gritar con furia.
- No es como que emboscar dos invitados extranjeros te haga muy valiente que digamos ÂżLo entiendes, Âżverdad? – replicĂł Sea corriendo delante del hombre alejándose del área en la que habĂa dejado a Jimmy.
No obstante, el hombre que estaba tras sus pasos le arrojĂł su adarga (escucho hecho de cuero de forma ovalada) lo que lo hizo tropezar y caer bruscamente de espalda contra el suelo. Sin embargo, parecĂa que la fortuna le sonreĂa a Sea o tal vez su contrincante no esperaba tener tan excelente punterĂa pues no reaccionĂł a tiempo cuando Sea quedĂł en el suelo y cayĂł prácticamente encima de Ă©l, cosa que el joven prĂncipe aprovecho para empuñar su krabi y cortarle el cuello.
Un jadeante Sea se quitĂł de encima al hombre arrojándolo violentamente hacia un lado. Nadie excepto Jimmy podĂa estar sobre Ă©l, aunque evidentemente bajo otras circunstancias. Se limpiĂł la sangre del hombre que habĂa ensuciado su rostro y solo para estar seguro de que aquel sujeto ya no representarĂa una amenaza para ellos, le arrojĂł una enorme piedra sobre la cabeza.
- No me gusta pelear, yo una persona pacifista que vino con buenas intenciones a estas tierras – susurró en voz baja – pero intentaron matarme y también a Jimmy y eso jamás se los voy a perdonar, conocerán entonces la venganza de Siam – y sin decir más, se alejó del sitio.
No estaba seguro si estaba yendo por el camino correcto. La pelea y el haber matado a aquel hombre lo habĂan desorientado un poco. Era la primera persona que asesinaba y esperaba que fuese la Ăşltima. Jimmy llevaba ya varias en su lista y parecĂa no tener remordimiento alguno. Y no deberĂa, lo habĂa hecho para protegerlo y proteger el reino.
De pronto, el gritĂł de alguien pronunciando su nombre lo puso en alerta.
- ¡Sea! – escuchĂł nuevamente en la direcciĂłn a la que se dirigĂa.
- ¡Jimmy! – contestĂł de vuelta cuando notĂł que aquella voz que lo llamaba era la de su fiel guerrero - ¡Estoy aquĂ! – y entonces, Jimmy apareciĂł detrás de los arbustos.
- ¿En qué demonios estabas pensando? – fue lo primero que le dijo el guerrero cuando lo tuvo cerca - ¿Cómo se te ocurre hacer algo as� ¿No pensaste que quizás pudo haberte matado? – estaba agitado, pero era por la preocupación al saber que Sea estaba en peligro.
- No deberĂas haberte movido de tu lugar Jimmy – fue lo Ăşnico que dijo Sea – estás herido, y tus heridas pueden… –
- ¡Cállate Sea! – Jimmy acabĂł con el poco espacio que los separaba y lo envolviĂł en un fuerte abrazo - ¡Cállate, maldita sea! y más te vale que no vuelvas a hacer algo asĂ ÂżMe oyes? Nunca vuelvas a hacer algo asĂ o te encerrarĂ© en tu habitaciĂłn y tirarĂ© la llave en el golfo de Siam - el alma le habĂa vuelto al cuerpo al saber que su prĂncipe estaba bien.
- Aceptaré con gusto el encierro si te quedas conmigo – alegó Sea dejando caer todo su peso en aquel abrazo apretado en el que se encontraba.
- Siempre estarĂ© contigo Sea – respondiĂł Jimmy y besĂł el cabello del chico que tenĂa en brazos agradeciĂ©ndole a Buda por mantenerlo con bien y a salvo.
***
Reino de Siam. Año de 1786. (Sea 28 años / Jimmy 30 años).
SuspirĂł con cansancio despuĂ©s de estampar el sello del reino de Siam sobre el informe de gastos y ganancias del territorio que aĂşn era gobernado por su padre. Llevaba más de dos horas revisando aquellos nĂşmeros y sentĂa que el amplio lugar que habĂa sido designado como su despacho habĂa reducido su tamaño considerablemente.
MirĂł con frustraciĂłn la enorme pila de papeles que esperaban ser revisados al dĂa siguiente e irremediablemente supo que aquel tambiĂ©n serĂa un larguĂsimo dĂa. GirĂł su cuello en señal de cansancio y entonces escuchĂł como la puerta se abrĂa para cerrarse segundos despuĂ©s. No se molestĂł en abrir los ojos, sabĂa perfectamente quiĂ©n era la Ăşnica persona que entraba a su oficina sin pedir permiso y sin anunciarse.
- ¿Has terminado por hoy? – preguntó el recién llegado.
- Lo correcto serĂa preguntar si el trabajo no ha acabado conmigo – respondiĂł Sea con una mueca de cansancio.
- Cierto, olvidĂ© lo difĂcil y complicada que es la vida de un prĂncipe – expresĂł Jimmy con burla.
Sea se recargĂł en su asiento y observĂł con sagacidad.
- Ya lo ves, tengo que lidiar con una montaña de papeles y con guerreros descarados que entran a mi oficina sin permiso alguno, pobre de mĂ, no tengo tiempo ni de respirar – se quejĂł el prĂncipe.
Jimmy sonriĂł. Era una sonrisa pequeña que Sea tanto amaba. Jimmy no era un hombre de sonreĂr mucho, de hecho, Ăşnicamente le dedicaba aquel gesto a Ă©l, asĂ que atesoraba dicho gesto como su mayor tesoro.
- Si no descansas como deberĂas, provocarás otra guerra – advirtiĂł Jimmy.
- No es necesario que recuerdes aquel incidente en territorio del Raj Británico, eso fue hace años y no puede considerarse como una guerra, fue solo una pelea sin mucha importancia en realidad – se quejĂł Sea – al final todos vieron que yo tenĂa razĂłn y no tuvieron de otra que aceptar nuestras condiciones – alegĂł con orgullo.
- De igual manera, mi trabajo es velar su seguridad, su alteza – Jimmy podĂa burlarse de Ă©l todo lo que quisiera, eso habĂa dejado de importarle hace mucho tiempo de hecho, le encantaba – y que descanses es parte de eso – sentenciĂł el guerrero.
- Lo sé – afirmó Sea con seguridad – pero esto – señaló al montón de papeles que descansaba sobre su escritorio – es obra de mi padre, es una especie de castigo, el cual por cierto me tiene sin cuidado – añadió con una sonrisa maliciosa.
Sin embargo, el semblante de Jimmy se llenĂł de preocupaciĂłn. Él mejor que nadie sabĂa porquĂ© el rey querrĂa castigar a su hijo.
- Sea, creo que… -
- Si lo siguiente que salga de tu boca tiene que ver con que debo replantear mi postura, te jurĂł que te harĂ© dormir en el suelo durante un año completo – amenazĂł el prĂncipe interrumpiendo el discurso del otro.
- Sea… -
- También puedo hacer que duermas en la tina de baño, tú decides – volvió a advertir a lo que Jimmy bufó molesto.
- JimJim – Sea lo llamó con suavidad – ya hemos hablado de esto en más de una ocasión – se puso de pie y caminó hasta él para abrazarlo por detrás – no me importa lo que la gente diga de mà a mis espaldas, pueden decir todo lo que les plazca porque a mà no me quita el sueño – aseguró para después depositar un fugaz beso en el hombro del guerrero – no pienso casarme solo porque la gente dice que casi llego a los treinta, tú ya los tienes y no pasa nada – quiso bromear pero Jimmy no estaba de humor para eso.
- El pueblo no se preocupa por mĂ, tĂş eres el sucesor el monarca – se apresurĂł a remarcar Jimmy.
- Y en lo que deberĂan pensar es que soy un sucesor capaz de tomar el cargo, no en si tengo a mi lado a una mujer e hijos – Sea soltĂł a Jimmy y lo hizo girarse hacĂa Ă©l – y si nos les gusta, tengo primos que pueden hacerse cargo del reino ÂżPor quĂ© te preocupas tanto? –
- No puedo creer que lo manejes de esta manera, haces que todo parezca tan simple – Jimmy no podĂa evitar sentirse preocupado.
- Porque lo es JimJim – Sea amaba llamarlo asĂ - ÂżNo eres tĂş Ă©l que siempre me ha hablado sobre la falsedad e hipocresĂa de nuestra sociedad y los tĂtulos nobiliarios? –
- Pero esto se trata de ti… - y cuando se trataba de su prĂncipe, las cosas eran diferentes, no querĂa causarle problemas ni más discusiones con su padre.
- ¿Y qué? – preguntó Sea alzando las cejas divertido.
- El pueblo va a pedir tu cabeza como mĂnimo – dijo Jimmy con seriedad – dirán que estás loco o que te ha poseĂdo el espĂritu de algĂşn naga maligno – agregĂł al final.
Sea sonriĂł. Jimmy realmente estaba preocupado por Ă©l y aquello conmoviĂł más su corazĂłn. ÂżQuiĂ©n dirĂa que varios años despuĂ©s, aquel muchacho el cual la primera palabra que le dijo fue “tonto” estarĂa tan preocupado por Ă©l? Mucho menos imaginĂł que acabarĂa asĂ: completa y absolutamente enamorado del prisionero su reino habĂa rescatado y al cual siempre defendiĂł. Y por supuesto nunca vislumbrĂł que Ă©ste corresponderĂa sus sentimientos. Aquello era todavĂa más insĂłlito.
- JimJim, si en el futuro las cosas se complican, sencillamente dejaré mi cargo y abdicaré a favor de alguno de mis primos que éste dispuesto a cumplir con el cargo – informó Sea.
Jimmy lo observĂł en silencio y con seriedad. En algĂşn punto del camino se habĂa enamorado de Sea y ahora Ă©l era su todo. SabĂa que lo de ellos era prácticamente prohibido, no estaba bien visto que el prĂncipe saliera con uno de sus lacayos, mucho menos siendo ambos hombres, pero Sea era terco, obstinado, testarudo y un completo cabezota que habĂa desafiado a todos con tal de tenerlo a su lado. Sea habĂa puesto siempre su amor como prioridad y de alguna manera lo agradecĂa, pero no dejaba de pensar que tal vez estar juntos no era tan buena idea.
- No me digas que te has acostumbrado a esta vida y que no serás capaz de vivir conmigo como un simple plebeyo – comentĂł Sea a manera de broma – ¡Ay no! ÂżEstás solo conmigo por mi estatus? ÂżAcaso te quedarĂas con la persona que tome mi lugar si yo renunciĂł al cargo? –
- ÂżSabes? Ni siquiera pienso responder a tus tonterĂas – replicĂł Jimmy evidenciando molestia. ÂżDe verdad Sea pensaba eso de Ă©l despuĂ©s de todo lo que habĂan pasado juntos?
- Tonto, sabes que solo estoy bromeando – Sea rodeó el cuello de Jimmy con sus brazos y su tono de voz cambió a uno más meloso – a estas alturas no tengo ninguna duda sobre nuestro amor JimJim – dejó un fugaz beso en los labios del otro y le regaló una sonrisa de oreja a oreja.
- Siempre estarĂ© a tu lado Sea – asegurĂł el guerrero con seguridad – sin importar si eres un prĂncipe o un ciudadano comĂşn y corriente -
- Entonces no volvamos hablar del tema – pidiĂł el prĂncipe – entiendo lo estĂşpidos que pueden ser el resto de las personas, pero tĂş estás siendo absolutamente ridĂculo, sabes que para mĂ eres mucho más importante que mi corona y mi posiciĂłn social, no hay nada que me importe más que tĂş, y nunca voy a renunciar a ti – Jimmy apretĂł su agarre y lo acercĂł más a Ă©l – nunca podrás deshacerte de mĂ, me tendrás contigo el resto de tu vida – y aunque Sea trataba de sonar amenazador, Jimmy sencillamente lo encontraba adorable.
Era feliz. Como nunca lo habĂa sido en su vida. BesĂł a Sea sin reparos ni miramientos, sin importar incluso que alguien pudiera verlos. Ya todos sabĂan de la relaciĂłn que mantenĂan y aunque era un secreto a voces, ellos iban a luchar contra viento y marea con tal de estar juntos. Si el futuro se mostraba incierto ante ellos, al menos tenĂan la convicciĂłn de que sin importar nada estarĂan uno al lado de otro, apoyándose, cuidándose y sobre todo amándose como desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron por primera vez.
FIN.








