La Metamorfosis del Deseo
De nuevo ese miedo extraño: una mezcla de nervios y deseo.
Al fin llegó; está vez viene en su camioneta. Me gusta más su coche amarillo, siento que es más cómodo para otras cosas.
Siempre que le preguntan qué tipo de cuarto quiere, me sonrojo y me volteo. Por eso me gusta que el cuarto tenga su propio estacionamiento. Él se baja, paga y cierra la puerta. Aún no ha pronunciado la palabra que lo cambia todo. Mientras no la diga, puedo negarme a todo.
Tan solo cruzo la puerta y el aire del cuarto cambia de densidad. Mis manos son ríos de nervios; miedo y excitación se mezclan en su corriente. Mi corazón acelera cuando él me susurra: —Gatita—. Para cualquiera es una palabra más, para mí es un conjuro. En un instante, mi voluntad se disuelve. Mi piel se eriza y cada poro queda atento a su presencia.
—Gatita —dice, con voz suave. —Ve a transformarte—su tono que me doblega.
—Sí, amo. Ya me voy a cambiar —contesto. Siento como si fuera mi primera vez. La transformación en mi versión más sumisa ha comenzado. Mis manos que antes buscaban excusas, ahora se mueven con la torpeza de quien aprende un gesto nuevo.
Con delicadeza, primero me pongo mis bragas blancas con forma de “V”; en la parte de frente tienen una malla con una rosa bordada en el centro. Resaltan contra mi piel canela; la rosa bordada parece flotar sobre mi tono. Subo las medias de red blanca, con bordado de rosas. La falda negra se ajusta a mi cintura y queda arriba de mis rodillas. Mis dedos tiemblan al anudar mi camisa.
—Gatita, aquí tienes.
Sobre la cama reposan los últimos escalones de mi metamorfosis: los juguetes que silencian a la mujer que soy para liberar la bestia doméstica que tanto desea. Una diadema que corona mi sumisión, la dejo en mi palma para apreciar las orejas. Un collar de cuero negro, con un dije de corazón. Aprieta lo justo, recordándome que alguien más tiene la llave. Sostengo un cetro de metal frío con una extensión de cola y lo inserto con cuidado; encaja a la perfección. El sello de mis decisiones está puesto.
Me acerco al espejo con pasos lentos. Respiro, el aire se me queda en la garganta. Me observo. Un pensamiento atraviesa mi pecho: ¿soy yo? no hay respuesta inmediata; solo una llama en mis ojos, una sonrisa que no es mía, un suspiro que se vuelve aceptación. Mi cabello largo, lacio, cae como un telón oscuro sobre mis hombros. Las yemas de mis dedos recorren todo mi cuerpo; todo se siente nuevo.
—Amo, estoy lista —digo y me volteo con cautela. Los nervios se disipan un instante; puedo apreciar su desnudez. Está de espaldas; la luz del cuarto recorta la silueta de sus hombros, anchos y tensos. Sus omóplatos se mueven con la respiración; la espalda erguida, parece esculpida. Sus glúteos invitan a morderlos. Se pone la máscara: ajusta la correa, pasa la hebilla, tira del cierre. Se voltea. La máscara le cubre la frente y los ojos; deja su boca al descubierto. El contraste entre la dureza del cuero y la suavidad de su piel me desconcentra. Sus ojos, ahora son un misterio impenetrable, me aterran tanto como me excitan.
—Qué hermosa te ves —dice
—Todo se moldea a la perfección en ti —Se acomoda en el sillón. Yo contengo la respiración.
—Mi gatita está lista —declara.
Su voz suena como un premio.
—Arrodíllate.
Lo hago. Mi corazón se acelera; las manos me tiemblan.
—Gatea hasta mí —ordena.
Avanzo. La respiración se acorta; la alfombra roza mi piel como brasas. El estómago se encoge. Los músculos se tensan. La cabeza me zumba; un calor nace en mi selva secreta y se extiende como un rito.
Él permanece sentado, inmóvil, esperando a su alumna. Su postura es calma, casi indiferente, y eso me desarma más que cualquier gesto brusco. La distancia se vuelve un susurro sagrado.
El temor se funde con la entrega; en ese cruce nace mi deseo de ser solo suya. Con su mano acaricia mi barbilla, hace que me levante un poco. Mis yemas se deslizan en sus rodillas. Bajo la mirada y muerdo mi labio inferior; un calor húmedo me recuerda lo cerca que estoy. La respiración se vuelve entrecortada; un hilo de saliva recorre mi cuello por el deseo de chupar su miembro.
Se acerca despacio hasta que nuestras narices rozan. Su mano sujeta mi cabello, me jala hacia atrás; la otra roza mi cuello antes de apretar. Sus besos son exactos; en cada uno siento la memoria de otra boca: la de ella, la de él, que se superponen como dos sombras que se rozan.
—Sé que extrañas mi verga —sonríe.
—Dale unos besitos de bienvenida —ordena.
Mi boca se abre al contacto. Su piel quema; su dureza llena mi boca. Lo recibo con hambre y cuidado. La lengua recorre la base y la corona; aprieto con los labios hasta que su respiración tiembla. Siento su mano en la nuca, firme; marca el ritmo. Cada empuje de mi mandíbula responde a su dominio.
—Ay, Yessica —susurra.
—Eso no fue lo que te pedí. Ya sabes qué pasa cuando no cumples —dice, su sonrisa es una sentencia.
Mi cuerpo tiembla.
—Te castigo.
Me acuesta en sus piernas. Acaricia mis nalgas y suelta una nalgada que enciende mi piel; las siguientes son más fuertes. Mis nalgas arden. El dolor se vuelve fuego y, con él, una corriente de placer que me atraviesa.
—Yessica, sé que te gusta que te castigue, pero tienes que seguir todas mis órdenes —advierte.
Nos acomodamos en la cama, en cucharita. La calidez de su cuerpo me envuelve como un manto; cierro los ojos y me dejo llevar por el latido compartido. Su pene entre mis nalgas impide que me duerma. Parece perdido. Se acerca, casi sin prisa. Me penetra con delicadeza; su cadera marca un ritmo lento y seguro. Nuestras piernas se entrelazan y, en ese vaivén, siento como llega hasta el fondo. Giro para poder besarlo; con su mano acaricia mi mejilla y gira mi cabeza. Besa mi oreja; mi cuello; mi espalda. Mantiene el ritmo. No es la crudeza de mi amo; es la ternura de mi príncipe.
Me pone en cuatro. Sus manos aprietan mis caderas. Me penetra con lentitud, midiendo, hasta que su grosor llena mi centro; luego aumenta la intensidad. Un empuje afirma su dominio; mi respuesta confirma mi entrega.
—¿Quién es mi puta? —pregunta; su voz, menos firme que otras veces, parece necesitar mi respuesta más que imponerla. Por un instante siento que su poder depende de mí. Una nalgada borra mis pensamientos.
—¿Quién es mi puta? —insiste.
— Yo, amo… ¡Yo soy tu puta! —jadeo.
—¿Quién es mi perra? —dice.
—Yo, amo… ¡Yo soy tu perra! —respondo; me penetra más duro, más profundo. Hablar se vuelve difícil, gemir también. La simultaneidad de dos presencias — la de su pene y la del plug— crea una presión que me eleva a otra dimensión de placer.
—¿Quién es mi puta perra? —grita.
—Yo... amo… —digo entre gemidos; me penetra con una fuerza que me deja sin aliento. Sé que si no le contesto se va enojar. —Yo, amo, yo soy tu puta perra.
Una mano aprieta mi cintura; la otra recorre mi torso hasta mis pechos, pellizcando mis pezones hasta encenderlos. Me ordena jugar con mi clítoris. Él se queda quieto. Alzo la mirada y lo veo en el espejo: inmóvil, sudoroso, recuperando su energía. Me ha regalado un instante para descansar; para apreciar su cuerpo.
—¿Eres solo mía, Yessica? ¿Todo tu cuerpo me pertenece? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta; quiere oírla de mi boca.
—Sí, amo. Soy solo tuya. Solo tú me posees. Solo tú me acaricias —respondo.
Su pecho, cálido y sudado, presiona mi espalda. Se acerca a mi oreja y la lame. Me besa con cuidado y susurra —Tu cuerpo ha sido concebido para que yo te coja.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, desde mi dedo pequeño del pie hasta mi cabeza. Cada centímetro de mi piel se eriza. Experimento un vacío en mi estómago. Una gran sensación de miedo, al mismo tiempo una humedad que me traiciona. Adelante y atrás. Retoma el ritmo; es más rico, más delicioso. Mis pezones se endurecen. Su presencia ocupa cada rincón de mi cuerpo; su impulso me atraviesa como marea y deja suspendida entre latidos y niebla. Él no se detiene.
Repite las preguntas. Sin tiempo para contestar, con cada pregunta me embiste más duro.
—Yo, amo… soy tu puta… tu perra… ¡yo soy tu puta perra!… Me encanta cómo me coges. Me enloquece cómo me dominas, cómo tienes el poder… soy solo tuya, amo —pienso y lo digo. Él responde con más vigor.
—¡Yessica! Es hora. Pídemelo —grita, con desesperación. Por fin. Llega el momento esperado.
—Amo, estoy lista para sentir su fluido caliente recorriendo mi garganta, escurriendo por mis nalgas o untado en mi cara —suplico. Su esencia se desliza por mis nalgas y me marca como suya.
—Voltéate. Abre tu boca —ordena.
Obedezco. Su fluido caliente inunda mi boca. Viscoso y sabroso; parte se escapa, resbala por la comisura de mis labios. Lo limpio con mis dedos. Lo unto en mis pezones y en mi mejilla.
Se quita la máscara de cuero para que aprecie su rostro: su barba completa y negra, sonrisa de oreja a oreja, sus ojos negros cambiando de una mirada de dominio a una de ternura. Se recuesta sobre la cama. Soy la sumisa, pero no me ha dicho que hacer. Hay algo duro que me tienta a seguir. Muerdo para comprobar la firmeza; su pene recorre mi paladar, roza mis dientes, explora cada centímetro de mi boca. Esa sensación de asfixia cuando toca mi garganta; lo chuparé hasta que quede flácido. Por cómo se mueve sé que le encanta; sus gemidos lo confirman. Me fascina saber que le doy placer.
Poco a poco cae. Mi cuerpo me duele, un temblor me recorre. Mi vagina arde. El mundo se reduce a su presencia y a la sensación de ser solo suya. Agotada, me dejo caer en su pecho. Es tan suave; escuchar su corazón me arrulla.
El sonido de la alarma me regresa. Mi frente pasa de la calidez de su pecho a la frialdad de la tecnología. El rastro de la tormenta onírica es visible: una humedad que no era lluvia, un naufragio de seda entre mis piernas que delataban el viaje de mis sentidos. Mi cabeza está entumida. Mi cuello truena. Nuevamente me quedé dormida frente a mi computadora.
—Rayos, mi teclado tiene manchas de saliva. ¿Mis bragas húmedas? —digo en voz baja para que no me escuche.
—Ay, amor, otra vez te venció el sueño —susurra mi novia.