HERMOSA PESADILLA

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Summary

Sus sueños tienen estrellas que se deshacen en cenizas. Su realidad tiene manos que no pidió. Ha olvidado cómo llamarse. Alguien, entre susurros, se lo recuerda. Entonces todo duele más.

Genre
Thriller/Lgbtq
Author
ana
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPITULO 1 || HERMOSA PESADILLA||

• HERMOSA PESADILLA•

Las luces salían de la oscuridad emanando un brillo muy grande, me guiaban hacia un hueco. Al caminar podía ver en el cielo toda la Vía Láctea. El piso se volvía cada vez más suave, podía sentir que volaba.

Unas luciérnagas me acompañaban a mi alrededor, alumbrando más el espacio vacío y alegrando el silencio con sus chillidos. Podía sentir una paz al encontrarme ahí. Quería tocar un planeta que estaba muy cerca, pero tan pronto mis yemas lo hicieron, el planeta se desvaneció en cenizas.

Miré mis dedos con miedo. Todo el espacio empezó a volverse negro. Tenía miedo de caerme al no ver correctamente. Las luciérnagas, una por una, fueron desapareciendo. Un vacío inexplicable inundó mi corazón.

Unas sombras se hicieron presentes, listas para molestarme. Una por una empezaron a tocar mi cuerpo sin mi permiso: empujones, gritos ininteligibles. Quería ver quiénes eran, quería saber qué querían de mí. Las sombras eran demonios. Quería escapar. Se subían encima de mí, me querían llevar.

—Ven. Ven —pude escuchar por fin.

Pero yo aún no estaba listo para irme. Aún no era mi momento. Yo lo sabía, y ellos también. Puse todas mis fuerzas para gritar y decir:

—Aún no, por favor, por favor.

Respiré hondo para alejar sus gritos.

—Despierta. Despierta, estás soñando —alguien susurró.

(---)

Salté de un brinco de la cama. El sol entraba por la ventana, era algo hermoso. Salí de la habitación tan rápido como una avispa. El pasillo hacia las gradas me parecía interminable. El brillo de mi pieza solamente eran ilusiones mías.

Bajé despacio, sin ganas.

Un hombre me observaba. Hizo un recorrido con esos ojos asquerosos por todo mi cuerpo. Hizo un ademán con la mano y la señora de la cocina me señaló que volviera a mi habitación otra vez.

Di media vuelta. Olvidé por completo que esta era mi realidad. Al entrar pude sentir una sombra. Ella me guiaba hacia mi ventana, pero yo solo la ignoré. Me senté en mi cama hasta que el hombre llegara.

En unos minutos mi cuerpo quedó en pausa. Mi mente dejó de funcionar. Solo era un juguete siendo usado. El juguete fue usado por varias personas ese día. Como no tenía dueño, podía ser manejado por quienes quisieran.

La oscuridad llegó y nadie lo notó. Adentro era brilloso, como si todos los días hubiera fiestas.

Mi cerebro y mi mente volvieron a funcionar tan pronto alguien encendió el foco del pasillo, dando unos pequeños destellos por el hueco de la puerta. Me sentía tan cansado que solamente dejé que mi cuerpo se entregara nuevamente al sueño.

---

Una montaña llena de golosinas y comida chatarra se visualizaba desde el lejano pueblo donde me encontraba. Quería comerla, pero sentía que mis pies estaban pegados al piso. No podía moverme. Por más que intentaba, me era difícil salir de ese suelo chicloso y pegajoso.

Estoy soñando otra vez... ¿verdad?

El tiempo en el sueño fue estresante. Aunque intentara de mil maneras, yo no podía despegar mis pies. El estrés se hacía presente, por supuesto. Sentía que sudaba y nadie me ayudaba.

—Mamá, mamá —pronuncié con una melancolía que me vaciaba.

Mis pulmones se sentían sin aire. Estaba más vacío cada vez que la recordaba. Quería despertar, quería dejar de sentir esto, esta cosa dolorosa que me hacía picar los ojos.

El tiempo pasó así, pero como cada sufrimiento empieza, siempre tiene su final. O eso quiero creer.

El brillo anaranjado invadió mis párpados. Ya era otro día. Desperté.

—Gracias, Dios.

Cuando me di la vuelta, vi un plato de comida y unas cuatro botellas de agua encima del mesón. No lo pensé. Agarré el plato y lo devoré enseguida. Procuré tomar agua también para no atragantarme. Tenía mucha hambre.

Cuando ya estaba en mi último bocado, la señora de la casa apareció sin previo aviso, empujando la puerta sin temor a hacer bullicio.

—¿Ya despertaste? Date un baño y prepárate —ordenó.

Solo pude asentir, ya que mi boca aún tenía restos de comida. Tragué lo más rápido posible para responder, para que ella no se enojara. Ella me miraba esperando a que dijera algo, con una ceja arqueada y un brazo en la cintura.

—Entendí, tía.

Ella arqueó más la ceja y arrugó la cara.

—No me llames tía, maldito mocoso. Es tu culpa que vivamos así.

Salió protestando e insultando sin parar. Se escuchaba todo.

Me equivoqué.

En el baño, encerrado y con la ducha tibia, me sentía seguro. A salvo. Tenía que quedar muy limpio para que nadie sospechara que estuviera sucio y marcado.

Cuando terminé, intenté mirarme al espejo. Pero apenas mis ojos se posaron ahí, empecé a llorar.

¿Cómo me llamaba? ¿Ya no me acordaba?

O quizá: nunca tuve un nombre para ser nombrado.

---

El camino a mi habitación no era largo. El baño estaba al frente. No fue difícil llegar a mi cárcel.

Los minutos se fueron acortando con cada paso que daba.

Mi tío llegó.

Solo me miró y luego se lanzó sobre mí, como si fuera su presa. Temblando, porque el miedo nunca se fue: aprendí a vivir con él. El abrazo indecoroso, sus manos pasando por todo mi abdomen. Este sentimiento era distinto. El asco que me dio con tan solo oler su aliento. Quería vomitar, pero me contuve. Si lo hacía, tal vez me molería a golpes, como antes.

Ahora que cedo, ya no siento tanto dolor. Cuando llegue el día de poder sentirme libre, quiero desconectarme, como es mi rutina de siempre. Pero él me lo impide. Me habla al oído impidiendo que me duerma despierto.

—Mi hermana me dijo que te devolviera si no le pagaba toda la otra mitad del dinero... Amorcito, hazme olvidar su grito chillón de esa gruñona.

Su respirar tan agitado, las palabras salidas de su boca movían mi corazón, lo hacían partir más de lo que ya estaba.

—Bésame, vamos... Lucas, bésame.

Lucas.

Lucas. Sí, ese era mi nombre. Fue tanto lo que olvidé, que olvidé por completo ese nombre. Tuvo que recordarme esa persona ese “nombre”. Mi nombre.

Evitarlo o sentirlo como mío eran preguntas que rondaban mi cabeza mientras él acababa encima de mí. Cuántas veces lo habrá hecho. Ya no sentía dolor; simplemente un asco, y el deseo de sentir ese calor con otra persona, una que de verdad me... amara.

Pasadas las horas, él se fue. Estar en la ducha otra vez para sacar esa cosa pegajosa se me hizo costumbre.

Quiero irme —pensé.

(---)

El tiempo pasó y el otoño llegó. La casa donde vivía se fue volviendo aún más fría. Las personas que llegaban, algunas veces dejaban ropa olvidada, cosa que yo utilizaba para no morir de frío. Qué irónico: “morir de frío”.

Ese día algo raro pasó. La persona que entró a mi habitación no era un hombre mayor, sino uno más joven. No era de mi edad, pero tampoco llegaba a la vejez.

Se sentó en la cama, justo a mi lado.

—Es mi primera vez —dijo—. Por favor, guíame bien. Y dime si te lastimo.

También era mi primera vez que alguien me preguntaba. Me sentía como si estuviera experimentando algo distinto. Me gustaba. Era algo muy fuera de lo habitual.

Ese día lo guié. Y así, esos encuentros se fueron repitiendo. Cada vez que veía su rostro asomar por la puerta, una sonrisa se formaba en mi cara.

Esa noche que estuve con él, no pude evitar dormir. Soñar.

Era un pájaro, estoy muy seguro. Intentaba ver mis brazos, pero solo podía sentir puras plumas suaves y calientes. Como estaba volando, pude ver un atardecer hermoso. Vi montañas, vi árboles y un mar infinito.

Las sombras estaban ahí, paradas, mirándome y diciéndome si sentía el valor de ir con ellas. Un pájaro también estaba ahí, esperando a que aterrizara.

Pero nunca llegué.

Simplemente desperté del sueño por un dolor horrible.

Mi tío me despertó a golpes. Los insultos y las patadas en mi cuerpo. El chico a mi lado no estaba.

No entendía por qué.

Ese fue mi último día con ese chico. Sentía que la rutina volvería como antes. ¿Por qué? Por primera vez quería tener una rutina distinta.

Pasaron días, sueños y pesadillas, hasta que al fin encontré la solución.

Dormir profundamente. Soñar. También quería eso. Quería dormir sin pesadillas.

Ese día, un hombre olvidó una corbata. Era mi oportunidad.

Ese día no tuve el valor. El miedo me invadió. Pero en la noche, el miedo se complementó conmigo y, sin previo aviso, me lancé al vacío desde la ventana.

Dando la espalda a la muerte, miré el cielo y, por primera vez, vi la luna. Preciosa.

Poniendo fin a mi hermosa pesadilla.

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FIN