Flores marchitas bajo lluvia
La noche caía como una sentencia.
Las nubes, negras y pesadas, vomitaban una lluvia helada sobre los callejones olvidados de la ciudad. Las luces parpadeaban como si también tuvieran miedo de mirar. Allí, en medio del lodo y los restos de basura, yacía un cuerpo apenas cubierto por una manta empapada. Un bulto tembloroso, desfigurado por la sangre, la suciedad y la desesperación.
Un Omega.
El joven respiraba con dificultad, su cuerpo temblando más por fiebre y el dolor que por frío. Sus brazos, delgados y débiles, se aferraban con desesperación al pequeño cuerpo que sostenía contra su pecho. Se mecía lentamente, con los labios resecos, murmurando palabras de súplica.
-Sora... Por favor, mi amor, no me dejes...
El bebé no lloraba. Solo emitía un quejido bajo, casi imperceptible. Su piel estaba tan fría como la de su madre.
Pero dentro de su mente, los gritos eran imposibles de callar.
"¿Crees que alguien te va a querer así?"
"Nadie quiere a un omega inútil como tú."
"Eres patético. Nadie va a salvarte."
Izuku no sabía cuánto tiempo había pasado allí. Minutos. Horas. Días. Todo era una mancha borrosa de dolor. Y entonces lo sintió. Un aroma a agua de mar y arena. El pequeño omega abrió sus ojos grandes, su mandíbula comenzó a temblar, su respiración se volvió más y más frenética.
Fuerte. Abrasador. Dominante. Un alfa
Su cuerpo reaccionó al instante.
Feromonas agrias. Cargadas de terror puro. Su mente gritó peligro. Su piel se tensó como si pudiera volver a romperse. La memoria del pasado regresó como una bofetada.
Manos sujetándolo.
Voz de comando.
Gritos.
Escaleras.
Sangre.
Silencio.
"No, por lo que más quieran."
"No otro alfa. No otra vez."
Izuku quiso huir, pero sus piernas no respondían. Solo pudo apretar con más fuerza a su pequeño bebé, como si pudiera protegerlo con el calor que ya no tenía.
-¿¡Hay alguien ahí!? -la voz retumbó, firme, seca, poderosa.
Pasos rápidos. Firmes. Decididos. Izuku jadeó. Intentó gritar. Pero lo único que salió fue un sollozo ahogado.
La figura emergió de entre la lluvia. Un hombre alto, de cabello rubio cenizo revuelto, ojos encendidos como brasas, chaqueta impermeable del cuerpo de emergencias, y un botiquín médico colgando de su hombro.
Katsuki Bakugo, un alfa de 26 años, paramédico nocturno del equipo de respuesta rápida de Musutafu. Tenía un historial impecable en casos de alto riesgo, y un temperamento que espantaba a más de un colega. Pero todos sabían una cosa: Katsuki jamás dejaba morir a alguien si podía evitarlo.
Se detuvo en seco al ver la escena.
-Pero... Qué mierda...
Sus ojos se clavaron en el omega caído. En el bebé casi inmóvil. En la sangre. En la mirada rota.
Y en la flor tatuada en el lado izquierdo del pecho, justo en donde está el corazón. Una Lotus. Negra con tonos violetas. Delicada. El símbolo que muchos fingían no ver. Una marca de posesión. De esclavitud. De haber sido comprado.
Katsuki la reconoció de inmediato.
No era solo un tatuaje.
Era el emblema de la Ghost Flower Society, una organización mafiosa tan secreta que incluso los archivos oficiales evitaban nombrarla. Tráfico de omegas. Venta de niños. Manipulación genética. Un cáncer en las sombras.
Katsuki sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.
Sabía lo que significaba. Lo había visto antes. En reportes clandestinos. En cuerpos sin nombre. Y ahora estaba frente a él.
-¿Cómo te llamas? -susurró, arrodillándose junto a él.
Pero el pequeño omega no respondió. Sus ojos verdes lo miraban como si fuera un monstruo más.
Katsuki extendió una mano, lento, sin acercarse demasiado. No quería provocarlo más. No quería que ese miedo siguiera en su aroma y en su rostro.
-No te voy a hacer daño -murmuró-. Déjame ayudarte.
Izuku parpadeó. El mundo giraba a su alrededor. Y por primera vez... algo distinto cruzó su pecho.
No era confianza.
No era esperanza.
Era agotamiento.
Rendición.
-Mi bebé... - susurró con un hilo de voz - ... por favor... sálvalo...
Soltó un suspiro tembloroso y se desmayó. El alfa atrapó su cuerpo antes de que tocara el pavimento.
Con una mano sujetó al omega y al bebé contra su pecho; con la otra, tomó su radio portátil.
-Unidad 7, llamando a base. Tengo un omega en estado crítico y un bebé hipotérmico. Necesito ambulancia de respaldo en el sector 4B, ya. Y manda un informe directo a seguridad: marca de la Ghost Flower. Repito, marca confirmada.
El silencio duró apenas un segundo. Luego, la voz nerviosa del operador respondió:
-Confirmado. Enviando apoyo inmediato.
Katsuki sacó una manta térmica de su equipo y cubrió al omega. Con delicadeza, sujetó al bebé contra su pecho, compartiendo el poco calor que podía ofrecer.
-Resiste, chiquitín -dijo entre dientes-. Ya los tengo. Están a salvo.
Se levantó, cargando a ambos. Y mientras la lluvia seguía cayendo, su paso fue firme. Determinado.
Katsuki Bakugo no era un héroe con capa. No era amable. No era compasivo. Pero esa noche, al ver ese pequeño cuerpo en sus brazos... algo se rompió dentro de él. Y aunque aún no lo sabía, aunque el aroma a muerte aún impregnaba el aire, esa noche marcaría el principio de todo.

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