Esclavo arcano
El grupo de reclutas marchaba por la espesura del bosque.
Su misión era simple: dividirse en grupos de 20 y llegar al campamento del otro lado con la mayor cantidad de sobrevivientes posible.
Solo los que sobrevivan pasarán a la siguiente parte del entrenamiento.
Esta era la primera prueba del ejército de Pecus.
El país recluta jóvenes de todos los pueblos y ciudades para la guerra; aunque aclamaban que el deber era igual para todos, para algunos era más igual que para otros.
Los asignados a la prueba del bosque eran los más desafortunados: huérfanos, criminales, hijos de deudores… personas sin nombre ni respaldo.
Todos ellos eran enviados al campamento Pastium.
El grupo se encontraba en silencio.
Apenas unas horas atrás estaban en el puesto de avanzada donde les asignaron al azar grupos y les dieron de comer papilla caliente para llenar el estómago.
Ahora caminaban por el bosque siguiendo la ruta marcada por el mapa que les entregaron.
—¿Seguro que este es el camino? —preguntó un joven de larga cabellera.
—Eso dice el mapa; además, ¿ves eso? —señaló al suelo—. Esas partes sin vegetación son indicios de que esto es un camino, solo que está tapado en su mayoría por la maleza —agregó.
—Wow! ¿Cómo sabes eso? —respondió sorprendido otro del grupo.
—Solía ser ayudante de un grupo de caza, antes de ser conscripto claro—
—Impresionante, sabes yo...—
—Algo no anda bien —interrumpió abruptamente.
Todos los reclutas se detuvieron abruptamente y lo miraron atentamente.
—Pues no se escucha nada...
—Exacto, no se escu... —
Se detuvo a la mitad de la oración.
Una sombra salió de los arbustos y arremetió contra su cuello, derribándolo al suelo.
La sangre salpicó por todas partes. Especialmente en la cara del recluta de cabello largo.
Nadie tuvo tiempo de gritar.
Cuando múltiples más aparecieron de la maleza, atacando a varios de los jóvenes, el caos se desató.
El chico de cabello largo corrió con todas sus fuerzas, sin mirar atrás.
Las criaturas eran ratas de gran tamaño, cubiertas de pelaje oscuro, con ojos rojos y pupilas amarillas que brillaban resplandecientes.
Sus dientes eran afilados como cuchillas; con ellos arrastraban lentamente los cuerpos, algunos aún con vida, hacia los arbustos.
Los que tuvieron la suerte de no ser atacados no dudaron.
Corrieron.
Cinco de las criaturas, incapaces de llegar a sus presas en el primer intento, se lanzaron en persecución.
Sus movimientos al correr eran implacables; se desenvolvían por el bosque sin que las ramas ni los árboles bajaran su velocidad.
Dos de los reclutas, uno de cachetes rellenos y otro de cabello carmesí, que estaban más atrás en la formación, fueron acorralados por una de las ratas.
—Tú corre para la izquierda y yo hacia la derecha, solo puede seguir a uno de los dos —gritó el de cabello carmesí.
El chico asintió con la cabeza a la proposición. Se giró para correr y bajó la mirada sin querer, del horizonte al suelo.
—Thud —su compañero lo empujó al suelo y escapó—.
—Mejor tú que yo, gordito —dijo.
A lo lejos se escuchaban los gritos de aquellos que no pudieron correr lo suficientemente rápido.
Uno de los reclutas atravesaba desesperadamente el bosque.
A sus espaldas solo podía ver esos ojos brillantes y terroríficos.
Su respiración se volvía errática. Un sudor frío bajaba por su espalda. Su pecho latía con la intensidad de un tambor de guerra.
El bosque a su alrededor se volvía borroso.
—Hiiiiiik —el chillido de la criatura resonaba a sus espaldas.
Sus piernas le fallaban.
Nunca había sido el más fuerte.
Apoyó el peso de uno de sus pasos sobre una roca y cayó al suelo.
Intentó levantarse, pero ya era tarde.
—Thud —su pecho golpeó otra vez el suelo—.
Las garras se clavaron en su espalda.
—AHHHHH —gritó de dolor.
Giró el cuello para ver hacia atrás y ahí estaban.
Esos ojos amarillos y rojos penetrantes, sin alma.
En ellos veía su propio reflejo, asustado, cubierto de barro.
Luego un intenso dolor y todo se tornó negro.
Su cuerpo tembló por unos segundos mientras la sangre manchaba la boca de la criatura.
—Fiiiiiii —un sonido agudo cortó el aire.
La rata se paró en sus patas traseras, tragando el pedazo de cuello y lamiéndose los labios.
Miró el cuerpo por un segundo, casi como si dudara.
—Fiiiii —al segundo llamado, se retiró dejando atrás el cuerpo.
En un pequeño claro, a cientos de metros de la masacre, sentados sobre unos árboles caídos, dos figuras encapuchadas analizaban el resultado de la caza, mientras las grotescas alimañas devoraban los cadáveres aún tibios.
—Veamos, catorce cuerpos, no está mal, supongo —comentó la figura más robusta.
—Esa cantidad está bien; se te castiga si matas demasiados. El mes pasado, los aprendices en tareas de reducción mataron a la mayoría de aspirantes y los pusieron a limpiar todas las catacumbas por dos semanas —dijo el otro.
—Odio esta tarea; si no necesitara tan desesperadamente puntos de contribución, no la hubiese aceptado.
—Mira el lado positivo, puedes darles de comer a tus ratas gratis y practicar un poco con ellas.
—No es suficiente; si este año no logro que alguna de las ratas avance a criatura de rango medio, no servirá para mi transmutación.
—Bueno, vamos al siguiente grupo, que ahora es mi turno; ya deben estar a medio camino de su campamento.
Levantó el brazo hacia uno de los árboles; la manga de la túnica se deslizó hacia su codo, revelando un brazo repleto de escamas verdes.
Del árbol descendió un lagarto café, de 2 metros de largo y uno de alto, con dos rayas amarillas horizontales y ojos completamente negros.
—Llama a los demás escincos, mi pequeño, es hora de comer.
El cadáver abandonado yacía inerte en el suelo.
La sangre de su cuello se abrió paso lentamente por el suelo.
Entre la maleza se encontraba una flor negra casi imperceptible.
Sus pétalos negros como perlas se abrían majestuosamente. Sus estambres blancos comenzaban a brillar tenuemente.
Del cuerpo sin vida absorbió un orbe blanco aluzado.
La flor tembló; sus estambres brillaron con un rojo intenso.
Un orbe de mayor tamaño se manifestó sobre ella y entró en el cuerpo.
Sus dedos se tensaron.
Y abrió los ojos.