El Observador
Desde hace algunas noches el sueño se me escapaba por la ventana. No por el calor del verano. No por el ruido de la ciudad lo que me mantenía alerta, sino ella: mi nueva vecina, Cassidy.
La primera vez que la vi fue en la entrada, el día que se mudó a mi edificio, momento que aproveché para darle la bienvenida. Me dedicó una sonrisa breve, de esas que no revelan nada pero que quedan en la memoria, y subió las escaleras con una elegancia que contrastaba con el caos de las cajas de mudanza a su alrededor.
Era impactante. Su piel, de una blancura casi irreal, resaltaba contra el azabache de un cabello lacio que caía por su espalda. Un flequillo milimétrico enmarcaba unos ojos verdes que parecían saber más de lo que decían. Siempre estaba maquillada, incluso en la intimidad; el delineado impecable y los labios carmín la hacían lucir como una figura escapada del cine clásico. No era una joven inexperta, sino una mujer hecha y derecha, con esa madurez que impone respeto y despierta los instintos más oscuros. Su baja estatura solo realzaba la generosidad de sus curvas.
Desde su llegada, las noches comenzaron a cambiar. La cortesía pronto dio paso a la sospecha. Inicialmente intenté convencerme de que todo era producto de la casualidad, una serie de coincidencias domésticas que en un edificio con demasiados cristales pueden ser inevitables. Sin embargo, a través del abismo que separaba nuestros departamentos, las escenas empezaron a repetirse con una frecuencia inquietante.
Al principio parecían descuidos: era normal verla cruzar la sala en lencería o cambiarse la ropa frente a la ventana abierta y la luz encendida. Pero dejó de parecer casual. Una noche la vi salir del baño, envuelta apenas en un toallón blanco que amenazaba con resbalar a cada paso. Hasta que la gravedad hizo lo suyo y la prenda cayó sin resistencia. No le importó demasiado el incidente, caminó hasta el ventanal, sin pudor. No se tapó ni se apuró. Se quedó ahí secándose el cabello, con una parsimonia que cortaba el aliento, mirando en dirección a la oscuridad de mi ventana. Me preguntaba, oculto en la penumbra de mi cuarto, si ella sabía que yo estaba allí. En ese instante surgió la duda que apresó mis pensamientos ¿Eran sus movimientos una invitación silenciosa o era mi propia imaginación transformando un descuido en un juego de seducción?
A la noche siguiente esa duda se disipó de golpe. El resplandor de su lámpara se encendió de nuevo. Cassidy llevaba puesto un baby doll negro de seda que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Desde la oscuridad, distinguí el corte perfecto de su flequillo mientras caminaba hacia la mesita de noche. El sonido de su teléfono detuvo su marcha, ella contestó y fue breve, casi distante. Su mirada denotaba una concentración fría. Colocó el aparato sobre la mesa, activó el altavoz y se dirigió directamente hacia el ventanal.
Vi cómo extendía las manos hacia las telas espesas, como si fuera a cerrarlas. Pero se detuvo, miró hacia la penumbra de mi ventana, la brisa hacía bailar las cortinas de mi habitación, delatando que la ventana estaba abierta de par en par, y… las dejó abiertas. No fue un error. Fue una decisión, ella quería que yo fuera el observador.
Se dio la vuelta y, dándome la espalda por un momento, se agachó para sacar algo del cajón de su mesa de luz. Cuando se giró de nuevo hacia su teléfono, sostenía un juguete íntimo: negro y brillante que mostró con osadía al que estaba del otro lado de la pantalla. Se acercó a su celular, quizás para confirmar algo con su interlocutor, y comenzó el espectáculo.
Una danza lenta, rítmica y cargada de una sensualidad dominante fue el primer acto. Sus manos recorrían su cuerpo con la delicadeza de quien conoce cada milímetro de su piel. Con un movimiento sutil deslizó los breteles de seda negra por sus hombros dejando que su atuendo cayera a sus pies, revelando la plenitud de su busto de 110 centímetros. Se quedó allí desnuda bajo la luz cálida, ofreciéndome una vista que superaba cualquier fantasía que yo pudiera haber tenido.
Luego dio comienzo al segundo acto, se subió a la cama. Tomó el juguete y, con los ojos fijos en la ventana de mi habitación comenzó a lamerlo, lo succionó con la elegancia que solo la experiencia puede dar, simulando un acto de sexo oral con una intensidad que me hizo contener la respiración. Sus labios carmín se cerraban alrededor del objeto, mientras su mirada desafiante enmarcaba el deseo.
El tercer acto no se hizo esperar, colocó el dildo sobre el colchón, en posición vertical. Se acomodó sobre él, con las piernas abiertas, y comenzó a cabalgarlo. Sus movimientos eran rítmicos, controlados, una coreografía perfecta de placer y exhibicionismo. Su espalda se arqueaba con cada embestida, mientras sujetaba sus pechos con ambas manos para apaciguar el rebote. El contraste entre su pelo lacio negro y la piel pálida se volvió hipnótico. El teléfono seguía sobre la mesa, alguien del otro lado escuchaba, pero ella con la mirada fija en la oscuridad de mi habitación parecía decirme: que sus gemidos eran para mí, no para esa persona. El ritmo aumentó. Su respiración se volvió más intensa, más audible, más… consciente. El juego había subido de nivel, y yo era su espectador de lujo.
Me quedé allí, inmóvil en la oscuridad de mi cuarto, con el eco de su grito al lograr el orgasmo. Las luces por fin se apagaron, el silencio que siguió no fue de despedida, fue de tregua.
Ahora me queda bien claro de que no había malentendidos, la ventana abierta de mi vecina no era un descuido. Nunca lo fue.
Era su forma de jugar, al cerrar mis propias cortinas, sentí la adrenalina de quien ha sido reclutado para una misión clandestina. Ella me había elegido, me había convertido en su cómplice silencioso y, con este último gesto de desafío, me había dejado claro que este era solo el principio. El juego había quedado abierto a nuevas aventuras con Cassidy, y yo no tenía la menor intención de perderme ninguna de ellas.