𝙽𝚘 𝚜𝚘𝚢 𝚎́𝚕 𝚌𝚑𝚒𝚌𝚘́ 𝚚𝚞𝚎́ 𝚌𝚛𝚎𝚎́𝚜

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Summary

Todos creen conocerlo. Fuerte. Frío. Intocable. En el gimnasio, nadie lo cuestiona. En el instituto, pocos se atreven a acercarse. No porque sea perfecto… sino porque nadie sabe realmente lo que hay detrás. Hasta que alguien aparece… y empieza a mirarlo como si pudiera ver más de lo que él permite. Y eso… lo cambia todo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

No soy el chico que crees

El sonido de las pesas chocando contra el suelo se mezclaba con la respiración pesada de los que entrenaban. Para muchos era ruido… para mí, era orden.

El chico frente a mí llevaba rato dudando. Lo noté desde la primera repetición mal hecha, desde la forma en que evitaba mirarme cada vez que pensaba en rendirse.

—Te quedan dos —le dije con calma, sin levantar la voz.

Negó con la cabeza, soltando el aire con frustración.

—No puedo más…

No respondí de inmediato. Solo lo observé. A veces la gente no necesita que la motives… necesita que no le des una salida fácil.

—Entonces vete —le dije al final, sin cambiar el tono—. Aquí nadie te obliga.

El silencio se quedó entre nosotros unos segundos. Dudó… pero volvió a tomar la barra.

Esa era la diferencia.

Subió una repetición, luego otra. Cuando terminó, dejó caer el peso con fuerza, como si se estuviera quitando algo de encima. Yo asentí apenas.

No sonrío. No felicito de más. La gente se acostumbra rápido a que la aplaudan… y después no sabe exigirse sola.

Tomé mi botella de agua y recorrí el gimnasio con la mirada. Todo estaba como debía estar: cada quien en lo suyo, sin perder el enfoque. Había respeto. Siempre lo hay.

O casi siempre.

Porque fue entonces cuando la vi.

No estaba entrenando ni hablando con nadie. Tampoco parecía perdida. Solo estaba ahí, apoyada contra la pared, observando. Pero no miraba el lugar como lo haría alguien nuevo… miraba como si estuviera tratando de entender algo.

Y ese “algo” parecía ser yo.

Nuestros ojos se cruzaron por un segundo que se sintió más largo de lo normal. La mayoría aparta la mirada rápido cuando pasa eso. Es automático. Pero ella no lo hizo.

Se quedó ahí, sosteniendo la mirada con una tranquilidad extraña. Sin incomodidad, sin reto… pero tampoco con interés evidente.

Solo firme.

Fruncí un poco el ceño, más por curiosidad que por otra cosa. No era una reacción común. Aquí la gente suele comportarse de cierta manera cuando me ve: mantienen distancia, bajan la voz, o simplemente evitan llamar la atención.

Ella no.

Y eso, por alguna razón, rompía el equilibrio del lugar.

Fui yo quien apartó la mirada primero. No porque no pudiera sostenerla, sino porque no tenía sentido alargar algo que ni siquiera había empezado.

Seguí con lo mío, como siempre.

Pero mientras caminaba entre las máquinas, corrigiendo posturas y revisando rutinas, no pude evitar notar que seguía ahí.

Observando.

Sin moverse.

Como si estuviera esperando… algo.

Y no sabía por qué, pero tenía la sensación de que ese “algo” iba a terminar involucrándome.