Primer Capítulo: Nada vuelve a sentirse igual
El cambio llegó sin aviso.
Mi piel ardió, mis huesos se tensaron… y, de pronto, todo se volvió más nítido. Los sonidos, los olores, incluso el latido constante que vibraba en el aire del claro. Todo era más intenso.
Como si el mundo entero respirara más fuerte.
Como si cada detalle exigiera ser sentido.
Y aun así… yo no sentía nada.
Sam...
Sámatos estaba ahí, conmigo.
Cerca. Demasiado cerca.
Su presencia me envolvía como siempre lo hacía: suave, familiar, predecible. Su olor —ese tono frío, casi azul que siempre me había resultado reconfortante— debería haber despertado algo en mí.
Antes lo hacía.
Recordaba perfectamente la primera vez. La intensidad, la necesidad, la forma en la que mi cuerpo había respondido sin cuestionarlo. Todo parecía inevitable entonces. Natural.
Ahora… solo era costumbre.
Nada me saciaba ya. Ni Sámatos, ni Edrien, ni ninguno de los otros con los que había compartido mi cuerpo durante años. Demasiadas veces. Demasiado igual.
Incluso podía nombrarlos sin esfuerzo, uno tras otro, como si fueran estaciones de un camino que había recorrido demasiadas veces. Diferentes rostros. Diferentes cuerpos.
La misma sensación al final.
Ninguna.
Había dejado de ser especial hacía mucho tiempo.
Nuestros cuerpos se movían como tantas otras noches, guiados por un instinto que ya no sentía mío. Todo era automático, casi mecánico, como si estuviera repitiendo una escena que ya conocía de memoria.
Como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar antes siquiera de empezar.
No había sorpresa.
No había deseo.
No había nada.
Cerré los ojos un momento, intentando encontrar, aunque fuera una chispa, una reacción, algo que justificara que seguía allí.
Algo que me recordara que no siempre había sido así.
Pero solo encontré silencio.
Un vacío espeso que parecía haberse instalado dentro de mí sin intención de irse.
No era reciente.
No era nuevo.
Pero esa noche… era más evidente que nunca.
—Kyra… —la voz de Sámatos llegó amortiguada, más baja de lo habitual.
Preocupación.
Siempre tan fácil de leer.
Siempre tan… correcto.
Abrí los ojos lentamente, obligándome a volver, aunque fuera a medias.
El bosque se extendía más allá del claro como si respirara por sí mismo. Siempre había estado ahí, pero ese atardecer parecía diferente.
Más vivo.
Más real que cualquier cosa que estuviera ocurriendo entre nosotros.
El viento movía las hojas con suavidad, creando un murmullo constante que, de algún modo, resultaba más interesante que cualquier otra cosa en ese momento.
Mi atención se quedó ahí.
Lejos.
Mi cuerpo reaccionó como sabía hacerlo. Terminó como siempre lo hacía.
Sin mí.
Cuando todo acabó, me aparté primero, sintiendo el contacto romperse con una facilidad que me resultó demasiado reveladora.
Demasiado sencilla.
Demasiado… insignificante.
El aire frío me golpeó la piel al recuperar mi forma humana, y esta vez sí lo noté. No como algo desagradable… sino como una confirmación.
Seguía viva.
Aunque por dentro no lo pareciera.
Respiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones más de lo necesario. Como si eso pudiera llenar algo más.
No lo hizo.
Sámatos tardó un poco más en cambiar. Cuando lo hizo, se quedó mirándome en silencio, con el pecho aún agitado.
—Te he perdido otra vez —dijo finalmente.
No era una pregunta.
Y no tenía respuesta.
Porque no sabía cuándo había empezado.
O quizá sí… pero no quería admitirlo.
Bajé la mirada por un instante, pero no hacia él.
Hacia el borde del bosque.
Hacia ese límite que siempre había estado ahí, marcando lo permitido de lo prohibido.
La carretera.
El territorio humano.
Un lugar del que solo hablábamos en susurros.
—Kyra… —insistió, ahora más tenso—. No mires ahí.
Pero ya era tarde.
Llevaba demasiado tiempo haciéndolo.
Demasiadas noches preguntándome qué habría al otro lado.
—Dicen que cazan —añadió—. Que usan armas. Que matan por miedo.
Mis padres siempre habían dicho lo mismo. Las mismas palabras, el mismo tono, la misma advertencia repetida una y otra vez desde que era pequeña.
No vayas.
No cruces.
No vuelvas.
Nunca explicaban realmente por qué.
Solo miedo.
Siempre miedo.
Pero el miedo… nunca había sido suficiente para detenerme del todo.
Solo para retrasarme.
Di un paso hacia la oscuridad, sintiendo cómo algo dentro de mí se alineaba por primera vez en mucho tiempo.
Como si, por fin, una parte de mí dejara de resistirse.
Sámatos se tensó al instante.
—No es buena idea —dijo, más firme—. No eres como ellos.
Una leve sonrisa, casi amarga, rozó mis labios.
Ese era precisamente el problema.
Me giré lo justo para mirarlo una última vez, intentando encontrar una razón para quedarme.
Algo.
Lo que fuera.
Pero en su expresión solo vi algo que ya conocía demasiado bien.
Conformidad.
Aceptación.
Una vida ya escrita.
Un camino que no cambiaba.
Yo no quería eso.
No podía.
Así que me fui.
El bosque cambió a cada paso.
El aire se volvió más frío, más seco, y cada sonido parecía más claro, más definido. Era como si, al alejarme de la manada, todo lo demás cobrara sentido.
Como si, por primera vez en mucho tiempo… estuviera prestando atención de verdad.
Y entonces ocurrió.
Me detuve en seco.
Un olor atravesó el aire.
Mi respiración se cortó.
No era lobo.
Pero mi cuerpo reaccionó como si lo fuera.
Más fuerte. Más profundo. Más inmediato.
Mi pulso se aceleró sin control, y una sensación desconocida empezó a extenderse por mi pecho, bajando lentamente por mi cuerpo.
No era el calor del ritual.
Era algo distinto.
Algo nuevo.
Algo que no entendía… pero que me llamaba.
No como una orden.
Como una necesidad.
Mis pies comenzaron a moverse solos, guiados por ese rastro.
Una vez. Y otra. Sin pensar.
Como si detenerme ya no fuera una opción.
Hasta que lo vi.
Un hombre.
Alto. Fornido.
Inclinado sobre una moto negra, con las manos manchadas de grasa, concentrado en algo que parecía completamente ajeno a mi presencia.
Llevaba una camisa de cuadros rojos y negros, abierta lo justo para dejar ver su pecho, y unos vaqueros gastados que se ajustaban a su cuerpo de forma natural. Botas pesadas, firmes contra el suelo.
Cabello rubio, ligeramente largo, cayendo sin cuidado.
Nada en él era como los de mi especie.
Nada.
Ni su postura.
Ni su olor.
Ni la forma en la que ocupaba el espacio.
Y aun así…
Nunca había sentido algo tan inmediato.
Tan físico.
Tan inevitable.
Mi lobo reaccionó antes que yo.
Un aullido escapó de mi garganta, rompiendo el silencio.
El hombre se giró de golpe.
Sus ojos me encontraron al instante.
Y en ese momento, el pánico me atravesó.
Mi cuerpo cambió sin control, devolviéndome a mi forma humana demasiado rápido.
Demasiado expuesta.
Demasiado consciente.
—Yo… —mi voz salió más baja de lo que esperaba—. Soy Kyra.
Él no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo lentamente, sin prisa, sin sorpresa, como si estuviera evaluando algo que aún no terminaba de decidir.
Como si yo no fuera lo más extraño que había visto.
Como si, de algún modo… ya lo supiera.
Se incorporó despacio, limpiándose las manos con un trapo, sin dejar de mirarme.
Luego arrancó la moto.
El motor rugió entre nosotros, vibrando en el aire.
Y entonces habló.
—No sabía que las leyendas eran reales.
Su voz era grave, rasposa, con un matiz que no supe identificar pero que hizo que mi cuerpo reaccionara de nuevo.
Hizo una pausa.
Sus ojos no se apartaron de mí.
—Las de los lobos...
El aire entre nosotros se tensó.
Su expresión no cambió.
—... o las de las perras.