Único
No es solo verte.
Es lo que pasa
cuando sostengo la mirada
un segundo más.
Ahí empieza todo.
El mundo sigue,
pero más lento,
como si el tiempo
también quisiera quedarse
a observarte conmigo.
Hay una tensión suave
en ese cruce de ojos,
algo que no se nombra
pero se entiende.
Como si entre nosotros
existiera un lenguaje
hecho de pausas
y respiraciones contenidas.
Tu mirada no empuja,
pero atrae.
Se queda justo lo necesario
para que mi pulso cambie,
para que el aire pese distinto,
para que mi cuerpo recuerde
que está vivo.
Y entonces lo noto.
ese calor leve,
esa electricidad mínima
que no toca la piel
pero la recorre igual.
No hace falta acercarse.
No hace falta decir nada.
El deseo vive ahí,
en ese espacio invisible
donde dos miradas
se reconocen
y no retroceden.
Hay algo íntimo
en observarte así,
como si cada gesto tuyo
fuera un secreto abierto
solo para mí.
La curva tranquila de tu rostro,
la calma engañosa de tus ojos,
esa forma tuya
de quedarte
sin moverte
y aun así
moverlo todo.
Quisiera apartar la mirada,
romper el hilo,
volver a lo seguro.
Pero no.
Porque hay un placer profundo
en esa tensión que no se resuelve,
en ese instante sostenido
donde el deseo no pide más
que existir.
Y sigo mirándote.
Como si en ese acto pequeño
se escondiera algo inmenso,
algo oscuro y hermoso,
algo que no necesita manos
para sentirse real.
Solo esto.
tu mirada,
la mía,
y todo lo que arde
en silencio entre ambas.
R.
Seonghwa nunca imaginó que su vida académica perfecta terminaría convertida en esto: un juego de poder y deseo que lo tenía al borde de la locura desde hacía meses.
Era la profesora estrella del departamento de Artes Visuales en la Universidad Nacional de Seúl.
Park Seonghwa, 29 años, fémina de apariencia impecable y perfecta. Su cabello negro, largo y sedoso le caía hasta la mitad de la espalda, ojos grandes y felinos detrás de unas gafas de montura negra gatuna y labios pintados de rojo oscuro que hacían que los alumnos suspiraran cuando hablaba.
Su cuerpo era un pecado oculto bajo la fachada profesional, significado de la elegancia femenina. Usaba blusas de seda ajustadas que apenas contenían sus pechos llenos y pesados, faldas lápiz que marcaban sus caderas anchas, y unas piernas largas que terminaban en tacones altos. Seonghwa era la definición de una mujer hermosa, decidida, amable y paciente.
Y entonces llegó Kim Hongjoong.
Maldito Kim Hongjoong.
El alumno problema. Tenía tan solo veintidos años, siendo genio del diseño gráfico y líder indiscutible de su salón.
Su cabello era rubio platino, tenía piercings en la ceja y la lengua, tatuajes que asomaban por el cuello y los antebrazos, sonrisa de diablo y una mirada que prometía que te iba a follar hasta que olvidaras tu propio nombre. Desde el primer día de clases.
Y Seonghwa no estaba para nada feliz con la llegada de este alumno.
No la malentiendan, amaba su profesión, pero Hongjoong no le permitía avanzar.
No si la miraba como si fuese a comérsela en ese mismo instante.
La tensión empezó sutil… y se volvió insoportable.
Y Seonghwa jamás iba a olvidar como empezó todo.
—Profesora Park —le había dicho Hongjoong la primera semana, acercándose al escritorio después de la clase, inclinándose tanto que su aliento le rozó el cuello— Su blusa está un poco abierta, lo noté a mitad de clase. ¿Es para que todos veamos su hermoso encaje violeta o solo para mí?
Seonghwa había respondido con frialdad profesional, pero por dentro se había puesto húmeda al instante.
Ese Hongjoong era un descarado del demonio.
Cada clase era una guerra silenciosa. Hongjoong se sentaba siempre en la primera fila, con las piernas abiertas, mirándola fijamente mientras Seonghwa daba su lección.
A Seonghwa le jodia que Hongjoong no tenga escrúpulos en sus palabras y decencia en su mirada, pero la prendía a la vez.
Y a Hongjoong le jodia que Seonghwa no le siguiera la mirada, porque Dios, esa mujer era totalmente su tipo.
Le encantaba que lo ponga en su lugar, que sea difícil, incluso se arrodillaria frente a ella si se lo pidiera.
Una vez, durante una revisión de proyectos, Hongjoong había deslizado la mano por debajo de la mesa y le había rozado el muslo tan cerca del borde de la falda que Seonghwa había tenido que fingir un ataque de tos para no gemir.
Seonghwa sabía lo que ocasiona, sabía que volvía loco a ese chiquillo, y le encantaba, le encantaba que fuese prohibido.
Le encantaba que Hongjoong no sea uno del montón, que le dejara cosas simples en su escritorio después de clases, que lo mirara con deseo y admiración.
A veces lo llamaba a su oficina “para revisar proyectos” y lo hacía esperar de pie mientras él corregía exámenes, cruzando las piernas lentamente para que la falda se subiera un poco más, dejando ver el encaje de las medias.
Le hablaba con esa voz baja y autoritaria que usaba en clase.
—Kim, si sigue mirándome así, voy a tener que reportarlo. Aunque… ambos sabemos que no lo hará, ¿verdad? Porque le encanta que lo ponga en su lugar.
Hongjoong respondía con una sonrisa lenta y peligrosa.
—Me encanta que solo sea usted el que me ponga en mi lugar.
Era un tira y afloja constante. Seonghwa lo provocaba con miradas y palabras cortantes; Hongjoong respondía con toques “accidentales” y susurros sucios cuando nadie miraba.
La tensión era tan densa que los compañeros de Hongjoong empezaban a notar que algo pasaba entre el profesor y el alumno estrella.
Y ahora, viernes por la noche, casi las diez. El edificio de Artes estaba completamente vacío. Solo quedaba la oficina de Seonghwa en el tercer piso, con la puerta cerrada con llave y las persianas bajas.
Seonghwa estaba sentada en su sillón de cuero negro, con las piernas cruzadas y la falda negra subida intencionalmente hasta medio muslo, su blusa blanca estaba desabotonada hasta el tercer botón para que se viera el sujetador de encaje rojo que apenas contenía sus pechos. Tenía una regla en la mano, golpeándola suavemente contra su palma mientras revisaba el proyecto de Hongjoong en la pantalla.
Hongjoong estaba de pie frente al escritorio, con la mochila tirada en el suelo y la camisa negra sin los tres primeros botones. Sus ojos brillaban con esa mezcla de hambre y desafío.
—Profesora… —empezó Hongjoong, voz grave y lenta— Lleva tres meses jugando a esto. Provocándome en clase, llamándome a su oficina, cruzando las piernas para que vea lo bonitas que son. ¿Hasta cuándo va a fingir que no quiere que la doble sobre este escritorio y la folle hasta que grite?
Seonghwa levantó una ceja, sonriendo con superioridad.
—Kim Hongjoong… eres un alumno insolente. Si sigues hablando así, voy a suspenderte el semestre. ¿O prefieres que te haga arrodillarte y pedir perdón con esa boca sucia que tienes?
Hongjoong dio un paso adelante, apoyando las manos en el escritorio y acercándose tanto que sus rostros quedaron a centímetros.
—Arrodíllese usted primero y chúpeme la polla mientras maldice a todos los Dioses y demonios del universo por mandarle un alumno como yo. Porque ambos sabemos que debajo de esa fachada de profesora perfecta hay una perra que se muere por que la use.
Seonghwa sintió un latigazo de calor entre las piernas, sentía como empezaba a mojar el tanga.
—Eres un maldito arrogante… —susurró, pero su voz salió ronca— Crees que porque tienes una polla grande puedes venir aquí y hablarme así.
Hongjoong sonrió, mostrando el piercing de la lengua lentamente.
—Y usted cree que porque es la profesora puede seguir provocándome con esos pechos que se le salen de la blusa. ¿Cuántas veces se tocó anoche? ¿Pensó en mí follándola en este mismo escritorio?
Seonghwa se levantó de golpe, rodeando el escritorio con pasos lentos y deliberados. Se detuvo frente a Hongjoong, tan cerca que sus pechos rozaron el torso del chico.
—Tal vez sí —admitió, voz baja y peligrosa— Tal vez me corrí tres veces imaginando cómo te iba a hacer suplicar. Pero no creas ni por un segundo que vas a controlarme, Hongjoong. Yo decido cuándo, cómo y cuánto me das.
Hongjoong soltó una risa oscura. De repente, agarró a Seonghwa por la cintura y lo empujó contra el escritorio, pero Seonghwa no se dejó. Lo agarró del cabello rubio y tiró con fuerza, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Escúchame bien, Kim. —gruñó Seonghwa, sus ojos brillantes llenos de lujuria— Vas a follarme. Pero yo te voy a decir exactamente cómo. Y si no lo haces como quiero, te voy a dejar con la polla dura y me voy a correr sola mientras tú miras.
Hongjoong gruñó, pero sus ojos se oscurecieron de deseo.
—Me encanta cuando se pone así de mandona.
En un movimiento brusco, Hongjoong la levantó y la sentó en el borde del escritorio.
Le subió la falda hasta la cintura de un tirón, revelando la tanga roja empapada. Seonghwa abrió las piernas, apoyando los tacones en los hombros Hongjoong, y lo miró desde arriba.
—Quítamelo con los dientes —ordenó.
Hongjoong obedeció, arrodillándose. Tomó la tela con los dientes y tiró lentamente, bajando la tanga por los muslos mientras su aliento caliente rozaba el coño expuesto de Seonghwa. Cuando lo tuvo en la boca, lo escupió al suelo y miró hacia arriba.
—Está chorreando, profesora.
Seonghwa agarró a Hongjoong del cabello otra vez y empujó su cara contra su intimidad.
—Lámeme. Y no pares hasta que yo te diga.
Hongjoong gruñó contra su carne y se lanzó. Su lengua bailó en su intimidad, saboreando cada gota. Metió dos dedos gruesos de golpe, curvándolos para golpear ese punto que sabía que la volvería loca. Seonghwa echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, pero no soltó el cabello de Hongjoong.
—Así… más profundo, joder, cómeme toda.
Hongjoong obedeció como un animal. Metió la lengua dentro del coño junto con los dedos, follándolo con la boca mientras su nariz rozaba el clítoris. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos, gemidos ahogados junto a saliva y jugos corriendo por la barbilla de Hongjoong.
Seonghwa estaba temblando, sus pechos subian y bajaban rápido.
—Eres bueno con la boca… pero todavía no te mereces follarme —jadeó— Sigue. Quiero correrme en tu cara primero.
Hongjoong añadió un tercer dedo, follándolo más rápido, chupando el clítoris con fuerza. Seonghwa se corrió con un grito ahogado.
Hongjoong no esperó. Se levantó, bajó la cremallera de su pantalón y liberó su miembro, el cual Seonghwa miró deseosa.
—Ahora me toca a mí, profesora —gruñó — Abra bien las piernas.
Seonghwa lo miró con ojos vidriosos pero desafiantes. Lo agarró de la camisa y lo atrajo para un beso sucio, mordiéndole el labio inferior.
—Fóllame —ordenó contra su boca—
Hongjoong rio contra sus labios y empujó.
Entró de un solo golpe hasta el fondo.
Seonghwa arqueó la espalda, sus uñas color vino se clavaron en los hombros de Hongjoong.
—¡Joder! ¡Hongjoong, tan grande!
Hongjoong empezó a embestir con fuerza, sujetándole las caderas con manos firmes.
El escritorio crujía. Cada embestida era profunda, brutal, haciendo que los pechos de Seonghwa rebotaran dentro de la blusa abierta.
—Tan apretada… —gruñó Hongjoong— Se ve tan hermosa así, solo para mi.
Seonghwa le arañó la espalda, tirando de su cabello otra vez.
—Más duro, maldita sea. Quiero que me destroces. Quiero sentirte mañana cuando dé clase.
Hongjoong aceleró como un animal. Cambió de ángulo, levantándole una pierna sobre su hombro para entrar más profundo, quedándose embobado viendo sus pechos rebotar.
—Dígalo —exigió Hongjoong entre embestidas— Diga que es solo mía.
Seonghwa soltó una risa rota de placer.
—Soy tuya, y tú eres un alumno tan insolente. Vas a llenarme cada vez que yo quiera. ¿Entendido?
Hongjoong gruñó y lo folló más salvaje. El sonido de piel contra piel era ensordecedor, húmedo, sucio.
Hongjoong se corrió con un gruñido animal, y Seonghwa le siguió.
Se corrieron juntos, Seonghwa gritando el nombre de Hongjoong y éste gimiendo el nombre de la mujer de sus sueños.
Hongjoong salió y ayudó a Seonghwa a limpiarse, haciendo todo su trabajo.
Seonghwa estaba exhausta, pero le sorprendió la caballerosidad con la que Hongjoong la trató.
Cuándo por fin estaban limpios, Hongjoong ofreció.
—Déjeme llevarla en mi auto a su departamento, por favor, déjeme demostrarle que soy digno de usted.
—Siempre lo demostraste, Kim.
—Pero esta vez voy mucho más enserio.
—Soy tu profesora.
—Y yo soy un adulto que está pleno de sus decisiones y completamente enamorado de la mujer que es.
Seonghwa rió, Hongjoong nunca dio un paso atrás, y le encantaba eso.
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