Capítulo 1
—Te gusta, ¿verdad?
«Scorpius necesita un pantalón nuevo, el que tiene ya empieza a quedarle chico. Creo que lo llevaré mañana temprano al centro a conseguirle al menos un par de pantaloncillos y una camisa. Con suerte pueda comprarle algún juguete con lo que saque de aquí».
—Vamos, gime para mí, yo sé que te gusta.
«Aunque tendrá que ser algo barato, se acerca el pago de la renta y este mes no ha sido tan bueno».
—Date la vuelta.
Draco se incorporó lentamente, sin perder la sensualidad y se dio la vuelta, presentándose ante el hombre que le había pagado por una hora de placer. Gimió sonoramente como ya se había acostumbrado, cuando el hombre ligeramente pasado de peso volvió a tomarlo por detrás y comenzó con su tradicional secuencia de sonidos automáticos, aunque su mente seguía en otros pensamientos.
«El domingo es su cumpleaños. Cinco años. Quizás podría llevarlo al zoológico como tanto me lo ha pedido, por suerte cae en domingo. Las entradas no son tan caras y nunca lo he llevado. Sí, creo que eso haré».
Escuchó al hombre a sus espaldas gemir ruidosamente y asumió que estaba a punto de terminar. Tomando el “asunto entre sus manos”, se complació a sí mismo evocando recuerdos inolvidables y placenteros para terminar casi al mismo tiempo, eso les encantaba a sus clientes.
Lo que siguió fue un ritual practicado en incontables ocasiones. Vestirse de nuevo. Cobrar su escasa paga. Tirar los condones usados. Salir de esa habitación y con suerte no volver a ver a ese hombre jamás...O al menos hasta el siguiente pago de colegiatura...
Caminó por las oscuras calles de Bristol, un pequeño condado al sur de Londres, siguiendo su tradicional ruta de una hora de camino a pie hasta su hogar. Eran esos momentos solitarios en los que se ponía a pensar en lo que había resultado de su vida.
La guerra había terminado hacía tiempo. Harry Potter, “el niño que vivió”, se había convertido en Harry Potter, “el hombre que vivió y nos salvó a todos de nuevo”. El señor oscuro había sido derrotado, junto con un puñado de los mortífagos que apoyaban su causa. Uno que otro seguía suelto, pero estaba seguro de que el cuerpo de aurores los encontraría pronto.
Hacía demasiado tiempo que no se había respirado tanta paz en el mundo mágico y, sin embargo, Draco no había podido disfrutarlo. Su madre había sido asesinada por Voldemort y su padre sentenciado al beso del dementor.
Después de la caída de Voldemort, las redadas para atrapar a los mortífagos prófugos habían sido implacables. Ni siquiera había podido regresar a su mansión en Wiltshire, pues había sido de las primeras en caer al estar infestada de seguidores oscuros.
Su padrino Severus, lo había ayudado a mantenerse oculto mientras todo sucedía. A él y a su más preciada carga. Había sido muy difícil. En cuanto se había enterado, su padre le había dicho que tenía que deshacerse de él, pero no había podido hacerlo. No cuando ese milagro había sido fruto de su más grande amor hacia otra persona y era lo que había logrado mantenerlo con vida.
Severus le había explicado que era un raro fenómeno que surgía puramente de la magia veela que residía en él. Al saber que probablemente nunca podría estar junto a su alma gemela elegida, su veela se había encargado de encontrar otra manera de preservar su vida. Llegar a término fue difícil, el alumbramiento aún más, pero no se arrepentía. En cuanto había tenido entre sus brazos al fruto de su amor por alguien excepcional, toda preocupación había abandonado su cuerpo y decidió que haría lo que fuera para sacarlos adelante.
Era su viva imagen. Un pequeño de cabellos rubios platinados y ojos tan grises como los suyos. A veces se ponía a pensar que hubiera deseado que tuviera alguna característica de su otro padre, aunque luego pensaba que era lo mejor. Había menos probabilidades de que los relacionaran si se diera el caso.
Pero había tenido que huir. Su incapacidad para asesinar a alguien lo había salvado de recibir la marca tenebrosa, pero su cercanía con el señor oscuro lo habría sentenciado a una vida en Azkaban que, sabía, no sería ni de cerca lo mejor para su joven retoño.
Sin varita y muy pocos recursos, justo antes de la batalla final, Severus le había dado unos cuantos fondos para salir de Londres e instalarse en los suburbios de Bristol, una ciudad a casi tres horas de Londres en auto. A pesar de la insistencia de su padrino en que saliera del Reino Unido, Draco sabía que no había manera de hacer un viaje internacional sin atraer atención hacia su persona, mucho menos cuando el Ministerio de Magia lo tenía bajo la mira y lo estaba buscando en el mundo mágico hasta por debajo de las piedras para encarcelarlo. Nunca nadie se esperaría que el último heredero de la gran familia Malfoy estaría viviendo como un muggle.
Poco tiempo después, cuando fue anunciada la muerte del señor oscuro, Draco escuchó también que su padrino había muerto, y gracias a declaraciones de varias personas, había sido condecorado como héroe de guerra y miembro de la Orden de Merlín, primera clase, enterrado junto a la tumba de Dumbledore. Sin embargo, eso también significaba que ahora se encontraba totalmente solo, sin nadie que respaldara su inocencia. Sintiéndose entristecido por la pérdida, Draco se había jurado a sí mismo que sacaría a su pequeño adelante. Scorpius era su todo, lo único que tenía y lo haría sólo.
Aislado por completo del mundo mágico, y sin conocimiento del mundo muggle, Draco se vio orillado a hacer lo que menos hubiera deseado para subsistir: vender su cuerpo. Era lo único que tenía ya que ni siquiera un oficio muggle sabía. Había sido difícil al principio, su veela interno se lo recriminaba, pero con el tiempo se resignó a que, por el momento, era la única manera de subsistir. Al menos no pasaba hambre y podía darle a Scorpius lo que necesitaba.
Aún con todos los gastos, Draco había sido capaz de ir ahorrando poco a poco para la educación de su bebé. Había pensado en muchas ocasiones, qué sucedería cuando Scorpius cumpliera once años y fuera el momento de entrar a una escuela mágica. Ni siquiera había podido hacerle un acta de nacimiento mágica por temor a ser rastreado. Conseguir una del mundo muggle no había resultado tan sencillo tampoco, pero la tenía, y con ella había podido inscribir a Scorpius a un preescolar donde, al menos durante una parte del día, no estaba sólo. Aún faltaba mucho para eso, pero no podía evitar cuestionarse, cuál sería el mejor curso de acción.
Eran casi las tres de la mañana cuando llegó a su hogar en el distrito de Hartcliffe, un pequeño departamento en un edificio que había tenido mejores otoños. Subió las escaleras lentamente como todas las noches. Al llegar al tercer piso, recorrió el austero pasillo, pasando por viejas puertas hasta el número 3B. Sacó la llave de sus pantalones y abrió lentamente la puerta.
Dejó su cartera y su llave en una pequeña mesa en la entrada y caminó a través de la pequeña sala-cocineta hacia un corto pasillo que dirigía a la única habitación. Necesitaba urgentemente una ducha.
Ahí, acostado entre las cobijas estaba la luz de su vida. Su pequeño Scorpius. Como siempre, estaba ocupando toda la cama, con media cobija sobre el suelo, abrazando un peluche en forma de dragón. Sonrió. Una acostumbrada nota en la mesita de noche lo distrajo un poco.
“Cenó bien, quería mostrarte unos dibujos que hizo en la escuela, así que pregúntale por ellos en la mañana, antes de que te vayas a trabajar. Abrazos. Maggie”
Margaret, su vecina, había sido de gran ayuda cuando había llegado a ese barrio con un pequeño Scorpius de sólo dos meses en brazos y muy poco dinero. Enfermera de preescolar en sus veintes, lo había sacado de muchos apuros y se había convertido en una gran amiga. Durante el día, cuando él estaba trabajando en una cafetería a pocas calles de su casa, Maggie recogía a Scorpius del Jardín de Niños y le daba de comer, por lo que para cuando él llegaba a casa poco después de las cuatro de la tarde, Scorpius ya estaba haciendo su tarea. Durante la noche, en que iba a trabajar a aquel bar, Draco le daba de cenar a su pequeño, entonces, Maggie le leía un cuento y lo acompañaba hasta que ya estuviera dormido.
Margaret lo había ayudado en aquellas ocasiones en que Scorpius había enfermado, y cuando no había tenido suficiente dinero para comprar alimento. Lo bueno de vivir entre muggles, era que Scorpius no estaba en contacto con otros niños que pudieran contagiarlo de enfermedades mágicas cuyos síntomas serían difíciles de explicar a una enfermera que desconocía su mundo, y llevarlo con un medimago estaba totalmente fuera de discusión.
No sabía si algún día podría regresar al mundo mágico, pero de momento, esto era todo lo que tenía. Su pequeño pero seguro hogar junto a su hijo.
Se dio una ducha rápida y se cambió de ropas a algo más cómodo para acostarse junto a su hijo, no había probado alimento desde el desayuno, pero prefería guardar lo poco que tenía para Scorpius. Debía levantarse temprano para ir a su trabajo matutino.
***
—Vaya redada, jefe.
Harry sólo suspiró mientras uno de sus subordinados terminaba de juntar los cuerpos de los mortífagos que habían colapsado.
Estaba muy cansado. Habían sido tres días de persecución. Tres días en los que había estado tras la pista de unos cuantos mortífagos que seguían prófugos desde la caída del señor oscuro que los había arrastrado hasta el distrito de Hartcliffe.
Ya eran cada vez menos y menos. Casi cinco años después de haber vencido a Voldemort y apenas empezaba a sentir que el mundo estaba en paz. Después de aquella batalla en la que Dumbledore había muerto a manos de Snape, todo parecía irreal.
La búsqueda de los horrocruxes, la muerte de Sirius, Dobby, Fred, Ojoloco, Lupin, Tonks y otros tantos que lo habían apoyado y habían creído en él, al fin habían sido vengadas. Enterarse de las verdaderas intenciones de Snape había sido una gran impresión.
—Ya faltan muy pocos de los prófugos, señor.
Harry asintió. Su equipo se acercó a él. Cuatro de sus mejores hombres.
—Llévenselos a Azkaban. Asuntos internos se encargará de sus sentencias —indicó—. Quiero sus reportes en mi escritorio para el lunes.
—¡Sí, señor! —exclamaron al unísono.
Con una agitación de sus varitas, uno a uno fue desapareciendo, llevándose con ellos a los prófugos apresados que esperarían su sentencia en Azkaban.
Harry suspiró y levantó la vista al cielo. La luna llena iluminaba la noche de forma etérea. Suspiró de nuevo. Necesitaba un descanso, las últimas semanas habían sido una locura.
―¿Todo bien, compañero? ―preguntó Ron, acercándose a él.
―Sí, ya se los llevaron a todos, creo que podemos concluir la redada.
―Bien, regresaré a la central, hermano. Hermione me espera temprano para cenar ―dijo Ron, guiñando un ojo, lo que le dijo a Harry que no tendría su reporte hasta varios días despues, pero no importaba, Ron era el mejor auror de su división.
Ser el jefe de una de las divisiones de aurores más joven en la historia del Ministerio no había sido una sorpresa para nadie. Después de demostrar que había sido capaz de derrotar al señor oscuro, el ministro lo había instado a terminar sus estudios y postularse para la academia. Había terminado todos sus cursos con honores al cabo de un año y había sido postulado como una joven promesa. En menos de dos años ya contaba con el puesto de jefe de división, y los rumores decían que estaba cerca de obtener el nombramiento de jefe de aurores.
La única retribución positiva que consideraba tener aparte de toda la fama y sus consecuentes favores que podría obtener, era que estaba cazando a todos aquellos mortífagos que habían logrado escapar durante la batalla de Hogwarts y que aún intentaban atentar contra la paz que comenzaba a respirarse en el mundo mágico.
La larga lista de mortífagos fichados, seguidores de Voldemort iba haciéndose cada vez más y más pequeña, pero había un nombre que aún se le escapaba.
Draco Malfoy.
Los últimos Malfoys habían sido catalogados como mortífagos. Los reportes indicaban que Narcisa había sido asesinada antes de que los aurores hubieran podido llegar a la batalla final, presuntamente bajo la misma mano de Voldemort. Lucius había sido apresado en esa misma redada e inmediatamente había sido sentenciado al beso del dementor sin opción a juicio, justo después de asesinar a unos cuantos estudiantes, pero Draco... Draco había desaparecido.
Su cuerpo no había sido encontrado entre las pilas de cadáveres resultantes de la batalla final. Tampoco había sido encontrado en los escondites mortífagos que habían logrado destapar desde el fin de la era oscura, incluyendo la Mansión Malfoy. Era como si se hubiera desvanecido todo rastro de él.
¿Por qué le importaba tanto? No estaba seguro. Pero algo sí sabía. Había algo importante que había sucedido y que no lograba recordar. Siempre lo acompañaba esa sensación de saber que sabes algo, que tienes ese conocimiento almacenado en tu memoria, pero no logras sacarlo a flote. Tenía esa sensación de que algo le faltaba. Y era lo que él sentía cada vez que el nombre de Draco Malfoy salía a colación. Más aún cando cada que trataba de recordar, lo atacaba un dolor de cabeza.
Además, había dos hechos que lo desconcertaban, aunque ambos estaban envueltos en una neblina de confusión que los hacía irreales.
El primero había sido esa corta frase que había salido de los labios de Draco antes de desaparecer en el portal junto a Snape al final de su quinto año: “Perdóname Harry... te amo...”. Había tantas interrogantes que asechaban su mente. ¿Había leído bien sus labios? Estaba oscuro e iba corriendo, aunque para ese momento ya se había desplomado en el césped. ¿Traía sus lentes? No lo recordaba. ¿Perdonarlo? ¿Perdonarlo por qué? Él no había sido quien había asesinado a Dumbledore. No había podido hacerlo y él lo había visto todo. Desde su prisión en la torre por la magia de Dumbledore había podido presenciar la lucha interna de Draco al tener que obedecer órdenes. ¿Por qué no lo había hecho? Parecía que estaba sufriendo al empuñar la varita contra Dumbledore. ¿Qué lo había detenido? Y después... ¿Harry? ¿Lo había llamado Harry cuando toda la vida había escupido su apellido como si fuera escoria?
Las últimas dos palabras habían sido las más desconcertantes. ¿Lo amaba? ¿Había estado hablando en serio? ¿Por qué lo había dicho en ese momento? ¿Le estaba pidiendo perdón por eso? ¿Por amarlo? ¿Quién pide perdón por amar a alguien? Tantas preguntas que no podía responder.
El segundo hecho había sido justo antes de la batalla final, cuando Snape le había concedido sus últimos recuerdos antes de morir. Entre la maraña de recuerdos de Dumbledore y su madre, había una imagen difusa que hasta la fecha no había podido borrar de su mente.
Una habitación envuelta en penumbras. Una cama al centro de ésta a un lado de un amplio ventanal. En el centro de la cama, un Draco Malfoy acurrucado durmiendo tranquilamente, abrazando a un pequeño bebé en sus brazos.
¿Qué significaba eso? ¿Por qué Snape le había dado ese recuerdo en particular? ¿Habría sido un error al tratar de pasarle sus recuerdos mientras agonizaba o en realidad había querido que Harry viera ese recuerdo? ¿Significaba que Draco había tenido un hijo? Si hubiera sido así, ¿dónde estaba la madre? ¿Dónde estaba él?
Maldición. Nuevamente estaba pensando demasiado las cosas y empezaba a dolerle la cabeza.
Con un pase de su varita, se desvaneció y apareció en su oficina. Era algo que ya se había acostumbrado a hacer. Redactar sus propios reportes cuando las memorias aún estaban frescas. Tomó un trozo de pergamino, su pluma y un tintero. Humedeciendo un poco la pluma, comenzó a escribir. Con suerte terminaría pronto y podría ir a casa.
***
—¡¡Mira papi!! —chilló Scorpius al ver por primera vez un león.
Draco estaba feliz; su pequeño estaba radiante. Traerlo al zoológico había sido una excelente idea. En cuanto le había dicho a Scorpius el día anterior que lo iba a llevar al zoológico por su cumpleaños, el pequeño había estallado de emoción, chillando que quería conocer todos los animales del mundo.
El sábado había planeado todo. Se levantaría temprano, haría un delicioso desayuno y un pequeño pastel para los dos y después lo llevaría a pasar todo el día al zoológico. Afortunadamente, después de tanto trabajar podía permitírselo.
Su trabajo de mesero de medio tiempo en la cafetería de lunes a sábado y el turno nocturno que tenía en aquel bar de mala muerte, más los clientes ocasionales a los cuales les podía proporcionar un servicio “extra”, pocas veces le permitía ahorrar, y ganaba lo justo para pagar el alquiler y la escuela de Scorpius. Trataba de mantener los gastos al mínimo para poder darle a su pequeño todo lo que pudiera. Y ahora no se arrepentía.
El día había comenzado con despertar a Scorpius en la cama que compartían con un pequeño pastel con cinco velitas verdes. Su sonrisa había sido inigualable. Había saltado a sus brazos diciéndole cuanto lo amaba, aunque no pudiera regalarle algo material. Draco casi se había puesto a llorar. Aún más cuando le había contado que tenía boletos para el zoológico y el pequeño había gritado extasiado.
—¡¡Vamos por allá, papi!! —chilló Scorpius, señalando un camino que llevaba a un reptilario.
—Está bien.
Caminaron por los amplios y soleados parajes del zoológico, admirando los animales en sus hábitats artificiales hasta llegar a la entrada del reptilario, una zona delimitada, techada y climatizada para el confort de los reptiles de sangre fría.
Recorrieron los pasillos lentamente, Scorpius fascinado con cada uno de los pequeños reptiles que ahí habitaban.
—¡Mira la lagartija papi!
—Es un gecko, Scorpius —explicó Draco.
Era un día perfecto y ni siquiera el extremo cansancio que tenía por las extenuantes noches anteriores podría arruinarlo.
***
Harry estiró las piernas mientras se terminaba su malteada y suspiró. El clima era perfecto para estar paseándose en un zoológico en domingo. Solo. Ligeramente fresco, como cuando solo es necesario una chaqueta no muy gruesa.
Cuando la guerra terminó, Ginny había insistido en que lo intentaran de nuevo, ya sin las presiones de muerte inminente sobre sus cabezas, pero al poco tiempo se había dado cuenta de que una relación con Ginny no era lo que estaba buscando. Con el tiempo se había dado cuenta de que solo la veía como una amiga más, como la hermana de su mejor amigo, como la chica que le había dado su primera relación seria y se había dado cuenta de que no era nada fuera de lo común.
Después de ese intento fallido de relación, había salido con unas cuantas chicas e incluso intimado con algunas de ellas, pero todas las relaciones habían terminado en fracaso, hasta que había salido con un chico. Había sido algo un poco más placentero en el terreno íntimo, pero seguía sin encontrarse compartiendo su vida con ninguno de ellos. Después de un tiempo, había decidido que se daría un descanso en el área de las relaciones.
El profeta y la revista Corazón de Bruja, se habían dado un festín con su vida, como siempre había sido, más cuando se había declarado bisexual, pero trataba de quitarle importancia al asunto. Era su vida y la viviría como quisiera.
Después de la última redada en Hartcliffe, había ubicado un pequeño zoológico y había decidido que, en su día de descanso, haría algo que tenía mucho tiempo sin hacer.
Se terminó su deliciosa malteada de vainilla, un placer culposo que empezaría a frecuentar, y tiró el envase vacío a la basura levantándose de la banca donde había estado descansando y tomando el sol.
Era un día tranquilo. Domingo familiar. Familias de todos tipos recorrían el zoológico. Niños entusiasmados de la mano de sus madres, niñas chillando emocionadas desde los hombros de sus padres. Suspiró. El quisiera algo así para él.
Caminó tranquilamente por el zoológico, admirando los animales que ahí se encontraban hasta la puerta del recinto que desde un principio era su objetivo: el reptilario.
Una de las pocas cosas que le agradecía al “señor oscuro” era su capacidad para hablar con las serpientes. Aquellos seres tan fascinantes e incomprendidos con una mentalidad simple y a la vez, perspicaz.
El recinto, envuelto en un ambiente de misticismo propio de las localidades de origen de alguno de sus habitantes lo hizo sentirse curiosamente a gusto. Recorrió los pasillos, observando las distintas especies de reptiles y arácnidos que reposaban en sus ambientes artificiales hasta que llegó a la sección de serpientes y víboras. Ubicó una pitón burmés albina de gran tamaño que reposaba bajo el calor de su foco infrarrojo. Probaría ahí.
Observando sutilmente a su alrededor y constatando que de momento ningún muggle lo estaba observando, sacó su varita y conjuró un círculo de silencio a su alrededor, de manera que él pudiera seguir escuchando todo lo que le rodeaba, pero los demás no pudieran escucharlo a él y no vieran sus labios moverse.
Entonces, empezó a hablar.
“Hola”.
La gran serpiente que hasta ese momento parecía estar durmiendo —algo imposible de saber dado la ausencia de párpados en dichos reptiles—, volteó a verlo, sondeando el aire con su lengua.
“Un hablante” ―siseó la serpiente.
Harry sonrió. Extrañaba mucho el pársel.
“Quedan muy pocos hablantes de tu lengua, yo solo conocí a uno” dijo con pesar, “aunque no es alguien que valga la pena recordar”.
“Nunca pensé ver dos hablantes de la lengua en un solo lugar”.
“¿Dos?”.
La serpiente se incorporó, levantando su cabeza y Harry observó que dirigía su cabeza a algún punto detrás de él.
“Ese pequeño humano ha estado hablando nuestra lengua también desde que llegó”.
Harry volteó sobre su hombro, siguiendo la mirada de la serpiente, y en ese momento, su mundo se detuvo. Ahí, a espaldas de él, se encontraba Draco Malfoy.
***
Draco no podía creerlo, nunca se hubiera esperado que su pequeño hablara pársel, hubiera sido lo último que se le hubiera ocurrido que su hijo pudiera heredar de Harry. Cuando lo había visto al nacer, con su cabello en el mismo tono de rubio que él y después sus ojos en color gris, había pensado que nunca se parecería a Harry, y lo había constatado conforme su pequeño había ido creciendo, pareciéndose cada vez más a él cuando tenía la misma edad.
Era increíble ver a su pequeño hablando sin cesar con la pequeña serpiente maicera que parecía seguirle la conversación. Los sonidos que su pequeño emitía eran hipnotizantes, aunque no entendiera absolutamente nada. Sólo esperaba que no llamara la atención de los muggles que los rodeaban, y era preferible que pensaran que solo eran un pequeño tratando de imitar a una serpiente.
—¡Oíste papi!
—Yo no puedo entender a las serpientes Scorpius, solo tú.
—¿Por qué, papi? —preguntó el pequeño.
—Esa es una excelente pregunta —musitó una voz extraña y a la vez, tan conocida.
En ese momento, Draco sintió que su mundo se derrumbaba. Harry Potter lo observaba atentamente con una mirada acusativa.