Capitulo 1: ¿Quien es ella?
Caminando con un paso como el de una gacela, Guet miraba a las personas en ese bar de Francia como si se tratara de simples muñecos hechos de trapo. Nada a su alrededor parecía inalcanzable. Sus tacones hicieron presencia antes de acercarse a la barra donde un hombre alto, de ojos azules y cabello claro, jugueteaba con un par de argollas de matrimonio. Guet simplemente lo miró como si se tratara de un simple puzzle para niños, e hizo un sutil gesto a su colega Tina, quien se encontraba como mesera, para que le hiciera llegar un par de argollas también. La misión de esta noche para Guet: conseguir del “hombre” en la barra los mapas donde los alemanes atacarían la siguiente semana.
Ella no siente miedo de pararse frente a este robusto hombre con uniforme de aviador. El burdeo de su vestido, el recogido en su cabello y las ganas de saber con qué clase de sujeto está tratando, la hacen acercarse con la curiosidad que la caracteriza. Guet pertenece a la organización de espías internacional “Las chicas de nadie”, un grupo que se dedica al tráfico de información privilegiada en este convulso 1940. La orden en su mesita de noche era clara: conseguir a toda costa y bajo cualquier medio los mapas, los cuales serían vendidos al mejor postor en el mercado negro de influencias de Europa.
Ella pide un trago y él se da cuenta de que ella juega con una argolla de matrimonio en su mano derecha.
—Hermoso truco, mademoiselle —dijo Rigan—, pero las mías no son solo para conectar con el hombre en la mesa del bar... son el recuerdo de la traición.
—General —respondió Guet—, en mi mundo no existen las traiciones... solo situaciones que se salieron de control. ¿Puede una dama solo intentar sentarse en una mesa peligrosa a tomar un trago con un hombre con un par de argollas traidoras? ¿O es necesario que su atención esté en otro lugar, señor?
—¿Qué clase de mujer quiere sentarse con alguien peligroso que le habla de traiciones en sus primeras palabras? —preguntó el aviador.
—Alguien que ha pagado su pan con esa moneda desde que tiene memoria, mi General. ¿Puedo llamarle así o el señor de las argollas tiene nombre?
Justo en el momento en que se esboza un ápice de sonrisa en la comisura del labio de Rigan, un militar alemán con malas intenciones se da cuenta de que el General bajó la guardia hablando con esa bella mujer y decide actuar, acercándose entre los rítmicos sonidos de la música de fondo.
—¡Oh! Qué torpe soy, General —exclamó Guet, fingiendo un tropiezo para sujetarse de su brazo—. El aire aquí dentro está viciado de secretos y pólvora.
Rigan simplemente la miró, apretó con furia las argollas en su mano derecha y las guardó en el bolsillo derecho de su camisa militar. Tomó la mano de Guet y caminaron entre la gente hacia la terraza.
—¿Entonces, señorita? —preguntó Rigan una vez afuera—. ¿De quién es la argolla que lleva en el bolsillo de su bolso?
Guet le ofreció una de sus mejores verdades a medias: le habló de una explosión en su pueblo natal y de una familia perdida entre los escombros. Rigan supo que había una máscara frente a él, pero la destreza con la que ella sostenía la mentira le resultó fascinante; por eso, decidió contarle también, a medias, a quién pertenecían las suyas...