La Vanguardia de Acero: El Eco del Vacio

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Summary

¿Qué harías si el mundo que conoces desapareciera en un parpadeo? Alarick vivía atrapado entre las expectativas de su familia y el silencio de un futuro que no lograba elegir. Pero el destino no espera a los indecisos. Un extraño portal en el corazón del bosque lo arranca de su realidad, lanzándolo a un reino de fantasía oscura donde el metal obedece a voluntades de hierro y las runas dictan la supervivencia. Ahora, Alarick debe convertirse en lo que nunca imaginó. Con el peso de una guerra antigua sobre sus hombros, tendrá que descubrir quién es antes de que el vacío que lo trajo termine por consumirlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Eco del Silencio

La cocina era un caos de aromas; el desorden que solo una familia de siete genera un sábado. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de las tostadas y el rastro dulce de la mermelada de ciruela que su madre preparaba cada viernes sin falta. Alarick, sentado en la esquina de la mesa, observaba la escena con una calma que no sentía por dentro.

Era un café diferente al que tomaban los vecinos, más oscuro y más fuerte, preparado en una cafetera de metal abollada que su padre había traído de algún lugar que nunca terminaba de explicar del todo. En casa los idiomas se mezclaban sin que nadie lo notara ya: su madre decía Guten Morgen y su padre respondía buenos días y ninguno de los dos lo pensaba dos veces. Para Alarick era simplemente el sonido normal de una mañana.

A sus pies, dos de los cinco gatos de la casa se disputaban un rayo de sol. Sombra, el gato negro de pelo largo, ganaba terreno centímetro a centímetro contra Harina, la gata blanca y regordeta que rara vez perdía algo que considerara suyo. Los tres restantes dormían repartidos por la casa, ignorando el ruido como si fueran los dueños de la hipoteca. Los perros esperaban junto a la puerta trasera seguros de que tarde o temprano alguien los sacaría a pasear.

Xaver comía su tostada con el abrigo puesto, golpeteando el reloj con el dedo cada vez que la cafetera tardaba un segundo de más. A sus veintisiete años llevaba dos en la misma empresa de logística y el trabajo lo había vuelto puntual de una forma que rozaba lo religioso. Emma hojeaba algo en su teléfono mientras mordisqueaba una tostada sin prestarle demasiada atención al mundo. Marlene discutía en voz baja con Xaver sobre quién había dejado la cafetera sin limpiar la noche anterior, un debate que se repetía casi todas las mañanas sin falta. En el extremo opuesto de la mesa, Ben, el pequeño de doce años, peleaba con los trozos de pan mientras Harina lo observaba desde el suelo con los ojos fijos en el pan, esperando el primer descuido.

—Oye —dijo Ben sin levantar la vista de su construcción—. ¿Vas a venir el domingo?

Alarick lo miró. —¿A qué?

—A mi partido. El último del torneo —dijo Ben, concentrado en quitarle las orillas a su tostada—. Le dije al entrenador que ibas a venir.

—Ah —Alarick tomó su taza—. Claro que voy.

Ben asintió y le dio un mordisco a lo que quedaba en su mano. Satisfecho, volvió a distraerse con el desastre de migajas en su plato mientras Alarick miraba el fondo de su café.

Su padre, Louis, apareció desde el pasillo con el maletín en mano y la corbata a medio anudar. Le dio un beso rápido a su madre en la mejilla sin dejar de caminar, con la eficiencia de alguien que lleva décadas perfeccionando la misma rutina.

—Marit, ¿has visto mis llaves?

—Donde siempre las dejas y donde nunca las buscas —respondió su madre desde la alacena, sin voltearse.

Louis las encontró exactamente ahí, colgadas en el gancho junto a la puerta, y tuvo la decencia de no comentar nada. Se detuvo antes de salir y recorrió la mesa con la mirada. Cuando sus ojos llegaron a Alarick, se detuvieron un momento.

—¿Ya pensaste en lo que hablamos? —preguntó, con el tono de quien lleva semanas haciendo la misma pregunta.

Alarick levantó la vista. —Todavía no.

Louis asintió y se terminó el café de un trago largo. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, se ajustó el maletín y salió a la calle sin mirar atrás. Ese silencio, esa forma de aceptar que Alarick todavía no tenía nada que decir, pesaba mucho más que cualquier regaño. Su padre abrió la puerta, dejó entrar el frío un segundo y se fue

Lo que Alarick no dijo, lo que se quedó atorado en algún lugar entre la garganta y los dientes, era que no era falta de ganas ni de esfuerzo. Era que cada vez que intentaba elegir un camino, el peso de no querer decepcionar a nadie le paralizaba los pies. Louis nunca le había exigido nada concreto, nunca había dicho tienes que ser esto o aquello, y de alguna forma eso lo hacía todo más difícil, no más fácil. Era más sencillo rebelarse contra una expectativa clara que contra el silencio paciente de alguien que confía en ti sin condiciones.

—¡No lleguen tarde! —gritó Marit desde la alacena—. Y ustedes, cuiden al pequeño en el camino a la escuela.

Alarick observó cómo la casa se vaciaba en cuestión de minutos. Xaver primero. Emma después, todavía con el teléfono. Marlene revolvió el cabello de Ben al pasar, que protestó con la indignación característica de los doce años. Finalmente Marit recogió su bolsa, dejó una lista pegada en la nevera que nadie leería, y salió con ese paso rápido suyo que nunca parecía tener prisa pero siempre llegaba a tiempo.

El silencio que quedó era de los pesados.

Alarick dejó la taza sobre la mesa y miró por la ventana. Desde ahí se veía el final de la calle, donde el asfalto terminaba sin drama y comenzaba el camino de tierra que bordeaba el bosque. Siempre le había gustado esa parte del pueblo, ese borde difuso entre lo construido y lo que nadie había tocado todavía. Era un lugar que no terminaba de ser ciudad pero tampoco quería ser campo, como si hubiera decidido quedarse en el medio esperando a ver qué pasaba.

Algo con lo que Alarick se identificaba más de lo que le gustaba admitir.

Se levantó. Necesitaba aire.

Se despidió de Harina con una caricia distraída, que ella aceptó con la condescendencia habitual, y salió al sendero.

Caminó sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y la mente dando las mismas vueltas de siempre.¿Medicina como Emma? Ni de chiste; se mareaba con solo ver una jeringa. ¿Logística como Xaver? El solo pensar en pasar la vida frente a una hoja de cálculo le daba ganas de saltar de una ventana. Quería algo “creativo”, esa palabra que los adultos usan cuando no tienen idea de qué hacer con su vida

El estruendo lo sacó de sus pensamientos antes de que pudiera procesarlo.

Metal contra metal. Frenos. Un grito corto.

A unos metros, en el cruce donde el sendero se encontraba con la calle, un camión de reparto se había detenido en seco con un chirrido que le raspó los dientes. Era blanco, de tamaño mediano, con el logo de una panadería estampado en el lateral: un oso blanco con mandil y expresión satisfecha sosteniendo una baguette. Debajo, en letras redondeadas: Panadería Bär.

Un ciclista yacía en el asfalto.

Alarick echó a correr sin pensarlo. El ciclista, un hombre de unos cuarenta años con casco naranja, ya intentaba levantarse cuando llegó. Tenía un raspón en el antebrazo y la expresión aturdida de quien acaba de entender que podría haber sido mucho peor.

El conductor había bajado con el rostro completamente blanco. Era joven, no tendría más de veinticinco años, y le temblaban las manos cuando se agachó junto al ciclista.

—Dios mío, ¿está bien? Lo juro, no lo vi hasta que...

—Estoy bien —dijo el ciclista, con la voz todavía apagada—. Te detuviste a tiempo.

—¿Seguro? ¿Siente algo roto? ¿Quiere que llame a...?

—Estoy bien —repitió el hombre, revisándose el brazo con el ceño fruncido.

Alarick se quedó a un lado, sin saber qué hacer. No había nada que hacer realmente. El conductor ya tenía el teléfono en la mano. El ciclista aceptaba una botella de agua con el gesto cansado de quien prefiere olvidar el susto cuanto antes.

El olor a pan caliente era un insulto frente al tipo tirado en el asfalto y el olor a freno quemado. Le revolvió el estómago.

Qué frágil era todo, pensó. Dos trayectorias que se cruzan por medio segundo y cualquiera de los dos podría haber terminado la mañana de una forma completamente diferente.

Se le escapó una sonrisa sin quererlo.

—Vaya —murmuró, lo suficientemente bajo para que nadie lo escuchara—. Si esto fuera una de esas novelas japonesas, aquí sería donde el camión me aplasta a mí y despierto en otro mundo con poderes especiales.

Miró el logo del oso blanco con su baguette y su mandil impecable.

—Aunque un camión de panadería tiene algo que no termina de dar el perfil de vehículo del destino.

El conductor lo miró de reojo con una expresión confusa. Alarick carraspeó y dio un paso atrás. Sin querer convertirse en un espectador más, dio media vuelta y retomó el sendero.

No supo en qué momento el camino familiar desapareció.

Había estado caminando con la cabeza en otra parte y cuando quiso darse cuenta los árboles eran diferentes. No solo más altos, sino distintos de una forma que tardó un momento en identificar: las cortezas tenían un brillo verdoso que no era musgo ni humedad, era como si la madera misma tuviera luz propia. El aire era distinto, más fresco y cargado de un olor a tierra mojada tan fuerte que le llenaba los pulmones de golpe. Era un olor limpio, de esos que no existen cerca de la ciudad

Se detuvo. Miró atrás. El sendero de siempre no estaba.

Al fondo de una ladera suave, una cueva abría su boca hacia la penumbra del bosque. De su interior salía una luz extraña: destellos verdes y morados que danzaban sobre la piedra con la fluidez de una llama pero sin calor ni movimiento errático. Era constante. Era deliberada. Era completamente imposible.

Alarick no se movió durante un momento largo.

El instinto le gritaba que corriera, pero sus pies avanzaban hacia la luz como si el suelo se inclinara hacia la cueva. Sabía que aquello era imposible, pero el aire cargaba un aroma sin nombre que suspendió sus dudas de golpe. Por primera vez en meses, su mente dejó de calcular y comparar; simplemente se quedó quieta, más presente que en toda la mañana.

—Si no entro ahora —se dijo en voz baja— no voy a encontrar esto nunca más.

Dentro, el silencio era denso. No había goteo de agua ni eco de viento. Como si el sonido hubiera decidido no entrar.

En el centro de la cueva, suspendido a media altura sin ningún apoyo visible, giraba un charco de líquido morado oscuro. Lento, en el sentido de las agujas del reloj, salpicado de destellos azules que se movían en su interior como estrellas atrapadas. Era la cosa más hermosa y más perturbadora que Alarick había visto en su vida.

Se acercó. A menos de un metro, el centro del remolino se aclaró como un cristal tras la niebla. Al otro lado se abría un paisaje de praderas infinitas y árboles desconocidos. No era su mundo; sus huesos lo sabían mucho antes que su mente.

El miedo llegó tarde, como siempre.

Alarick retrocedió. En un segundo lo asaltó todo lo pendiente: lo que nunca le dijo a Louis, su promesa al partido de Ben y esa caricia de las once que nadie le daría a Harina. Pensó incluso en la lista de Marit pegada en la nevera que nadie leería.

—Espera —le soltó al portal—. Yo solo salí a caminar.

El portal no respondió. El giro se aceleró hasta volverse un zumbido que le vibró en los dientes. El aire cambió de dirección, jalándolo todo como si el suelo se hundiera. Alarick tuvo un último destello de conciencia: su padre, lo que nunca se dijeron, y Ben buscando su cara en las gradas el domingo.

El frío lo envolvió. En un parpadeo, su mundo desapareció.

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