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Piedad para el monstruo

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Summary

«Sólo un monstruo puede lidiar con otro monstruo» Irina Nováková lleva casi un siglo ocultando partes de sí para sobrevivir. Ahora aparenta veintidós años, estudia Artes Visuales en México y procura que nadie descubra que necesita alimentarse de sangre. Victoria Alcázar nunca ha tenido que pasar desapercibida.. Heredera de una familia poderosa, brillante, arrogante y acostumbrada a obtener lo que quiere, encuentra en la reservada estudiante extranjera algo que no puede descifrar. Cuando un retrato las obliga a pasar tiempo juntas, la curiosidad pronto se transforma en deseo y el deseo en una intimidad cada vez más difícil de controlar. Irina teme hacerle daño. Victoria teme mucho más descubrir que puede necesitarla.

Status
12 mins ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Vergüenza y orgullo

Casi cien inviernos a cuestas, y ninguno se parecía al anterior.

Cada vez menos fríos.

Sintió una nostalgia extraña por un tiempo que ya no existía, mientras el sol del mediodía insistía sobre su rostro y el aire seco de febrero le raspaba la garganta. Se había acostumbrado a ese invierno ajeno y casi amable. Distinto de aquel que le había adormecido los dedos hacía décadas.

Avanzó hacia las aulas del ala este bajo la sombra de los arcos de cantera. Evitó el patio central, con su vereda de piedra y hierba. Había aprendido a moverse de sombra en sombra. La luz del sol no la destruía, solo la cansaba.

«Historia cultural contemporánea.»

El nombre aparecía en el mapa curricular junto al número del aula, ubicada en el segundo piso. Para llegar, debía pasar junto a un mural enorme en el cual se mostraba una Virgen suspendida sobre un cielo azul enturbiado; un fraile de hábito oscuro extendiendo la mano; una mujer indígena con mazorcas entre los brazos; un niño mestizo sosteniendo un libro abierto, y espigas de trigo y nopales creciendo en la misma tierra obediente. Al fondo se levantaban una iglesia, arcos de cantera y un valle dócil.

Tres años atrás, cuando vio esa imagen por primera vez, se detuvo a analizarla. Reconoció una ironía casi universal, aunque la composición fuera otra. En otros países cambiaban los símbolos, pero la operación era la misma.

El Instituto Novohispano de Estudios Superiores, a diferencia del clima, no le parecía ajeno. Conocía demasiado bien esos edificios donde la historia se embellecía para cambiar sus significados.

Subió las escaleras sin tocar el pasamanos. La cantera guardaba una frescura agradable y, por un momento, el cuerpo se lo agradeció. En los muros había placas con nombres de personas que no conocía, pero podía intuir que eran donantes, rectores, miembros de familias importantes o muertos útiles.

Irina llegó temprano, lo que le permitió elegir un lugar poco visible, cerca de una pared y lejos de la luz directa. Un sitio desde donde pudiera escuchar y, sobre todo, mirar sin exponerse demasiado.

Había elegido la asignatura por esa razón.

Su español alcanzaba para sobrevivir al día a día y para disculparse cuando no encontraba una palabra. Las imágenes, en cambio, le parecían más accesibles.

El aula empezó a llenarse.

Primero entraron dos chicas hablando en voz baja, dejando un rastro de café y perfume dulce. Luego, un muchacho alto cuya respiración llegaba nítida a su oído. Algunos entraban solos; otros, conversando en pequeños grupos y dejando claro que se conocían de antes.

Necesitaba que el aire exterior diluyera aquella mezcla de olores antes de que le revolviera el estómago. Respiró hondo, pensando que su extranjería la mantendría apartada, pues ni siquiera en eso tenía nada de especial.

En el INES había otros extranjeros, provenientes de países que los demás sabían ubicar en conversaciones de sobremesa. El suyo provocaba una pausa, una sonrisa educada y cierta ignorancia geográfica.

Una mujer de cabello cano y mirada cansada llegó durante ese intervalo y ocupó el lugar asignado a la docente.

No habló. Dejó sus cosas sobre el escritorio y tomó asiento junto a la pantalla de proyección.

Irina abrió su cuaderno y apoyó los dedos en la primera página en blanco, tratando de que el olor del papel la distrajera de los pulsos y aromas ajenos.

Cuando el aula estuvo casi llena, la puerta volvió a abrirse. Una alumna entró sola.

Irina no la vio de inmediato.

Primero notó el cambio en el aula.

Algunas conversaciones se interrumpieron, otras bajaron de volumen. Varias cabezas giraron casi al mismo tiempo.

Aquello llamó su atención.

Después vio a la responsable.

Cabello oscuro, paso firme, postura impecable.

Cruzó el aula, indiferente a todas las miradas que la siguieron. Se sentó en la primera fila, cerca de la profesora, con la espalda perfectamente erguida y una pierna cruzada.

Unos instantes después, la clase comenzó.

La profesora habló primero de la asignatura, del programa y de los temas que revisarían durante el semestre.

—Van a aprender a mirar con criterio. Y, después de eso, el mundo va a dejar de significar lo mismo.

Encendió la pantalla.

El aula entera recibió aquel resplandor frío en los ojos. Irina parpadeó despacio. Aún sentía cierto desagrado por la imagen digital que aparecía al instante, obedeciendo al movimiento de una mano.

—Mi nombre es Helena Zimmerman —dijo la profesora—, y antes de estar en las aulas, estuve en zonas de guerra haciendo periodismo; luego trabajé en comunicación política.

Se escucharon algunos murmullos breves. Otros la miraron con mayor atención, tal vez por la palabra guerra, tal vez por la palabra política.

Zimmerman no sonrió.

—Y, si se lo preguntan, las dos cosas están más relacionadas de lo que uno quisiera.

Irina bajó la vista hacia su cuaderno.

Después, Zimmerman preguntó de qué carrera venían.

Las respuestas fueron saliendo una por una.

Derecho, ciencias políticas, comunicación, relaciones internacionales.

Irina sintió cómo se acercaba su turno y respiró despacio antes de responder.

—Artes visuales —dijo al fin, en voz baja.

Zimmerman levantó apenas las cejas.

—¿Artes?

Irina asintió y, en ese gesto, sintió caer sobre ella una nueva capa de singularidad.

—¿Cuál es tu nombre?

—Irina —respondió—. Nováková.

La profesora repitió correctamente su apellido, respetando el acento.

—¿De dónde vienes?

—Eslovaquia —respondió, mientras se rozaba los dedos bajo la mesa.

—Interesante —murmuró la profesora.

Y siguió.

Irina agradeció que la atención ya no estuviera puesta en ella.

La profesora cambió la diapositiva. Aparecieron dos palabras grandes, separadas por una línea vertical.

Publicidad.

Propaganda.

—¿Conocen la diferencia? —preguntó—. Si no, está bien. A eso venimos hoy.

Primero un silencio denso. Luego, algunos susurros.

Entonces, una voz en la fila de enfrente tomó la palabra sin pedir turno.

—La publicidad tiene fines comerciales. La propaganda, fines ideológicos.

Era una voz acostumbrada a ser escuchada, incluso antes de demostrar que valía la pena prestarle atención.

Pertenecía a la chica sentada unas filas adelante, ligeramente de perfil.

No era bella de una forma amable.

Unas décadas atrás, aquella barbilla alzada habría parecido impropia de una mujer, igual que su forma de hablar, tan clara y sin disculpas.

Zimmerman asintió.

—¿Su nombre?

—Victoria Alcázar.

Algunos rostros se movieron ligeramente para reconocerla. Irina no entendió el peso de ese nombre, pero sí su efecto.

—Bien, señorita Alcázar. Su respuesta es semánticamente correcta. Vamos a partir de ahí.

Victoria no sonrió, pero algo en su rostro aceptó el reconocimiento.

Zimmerman se volvió hacia el grupo.

—La publicidad busca orientar una conducta de consumo. La propaganda quiere orientar una forma de pertenencia. Lo peligroso empieza cuando consumir se vuelve una forma de pertenecer.

Cambió la diapositiva.

La imagen apareció en escala de grises: mujeres del siglo pasado caminando por una calle, con vestidos, sombreros, abrigos largos y cigarrillos encendidos entre los dedos.

—Antorchas de libertad —dijo Zimmerman—. Ese fue el nombre elegido para la campaña. Una de las primeras acciones modernas de marketing de guerrilla.

Irina miró la imagen.

Por un instante, el aula se sintió lejana.

Vinieron a su mente guantes, labios pintados que sostenían cigarrillos. Calles de antaño, de otros lugares; humo acumulado en cafés, trenes, pasillos y habitaciones donde la ropa guardaba el olor durante días.

Y la primera vez que probó el tabaco.

Habían pasado tantos años que el rostro de quien se lo ofreció ya no era nítido: solo dedos, una risa, una ventana abierta y el ardor áspero entrando por la garganta.

Nunca pudo dejarlo del todo. A veces pasaban semanas o meses. Luego volvía, casi siempre en días de nervios o de duelo, cuando necesitaba un anclaje con su propio cuerpo.

«No fumes en casa», decía esa voz ahora distante, en su lengua materna.

Contuvo la sonrisa mientras Zimmerman seguía hablando.

—¿Les suena Edward Bernays?

Algunos alumnos asintieron con una seguridad dudosa. Otros bajaron los ojos hacia sus teléfonos, dispuestos a buscarlo sin admitirlo.

—Esta es la historia de cómo el tabaco se apoderó de una parte del feminismo temprano —dijo Zimmerman—. O, mejor dicho, de cómo una industria aprendió a usar el deseo de emancipación femenina como motor de consumo.

La clase se inclinó hacia la pantalla.

Para algunos, el relato empezó a volverse fascinante, no solo por la anécdota, sino también por el archivo fotográfico: mujeres detenidas en medio de una calle, humo, trajes claros, miradas dirigidas hacia un futuro que alguien había preparado para ellas. La imagen no funcionaba como fondo. Era el centro. Cada plano tenía una intención y cada gesto estaba pensado para proyectar espontaneidad.

Zimmerman habló de la construcción de la escena, de la prensa convocada, de la conversión de un tabú en símbolo.

Irina siguió la mayor parte. Algunas palabras se le escapaban, pero la imagen las recogía por ella.

—Entonces, replanteo la pregunta —dijo Zimmerman, volviéndose hacia el grupo—. ¿Dónde se separan la propaganda y la publicidad? ¿Se separan realmente?

Nadie habló, hasta que la misma chica de antes volvió a intervenir.

—Seamos prácticos: la separación es útil para delimitar el concepto, para los exámenes, tal vez, pero no alcanza para la vida.

Irina todavía no la miraba directamente, pero claro que la escuchaba.

Zimmerman levantó las cejas.

—Explíquese.

Victoria apoyó una mano sobre la mesa, con los dedos relajados y una sonrisa insinuada en los labios.

—La publicidad siempre tiene ideología. No importa si, por ejemplo, quisieran vender un jabón: ahí existen expectativas de utilidad, de imagen, incluso de personalidad. Y la propaganda necesita mecanismos de mercado que, al final, también recurren a la expectativa.

Miró la fotografía de las mujeres fumando.

—Una marca se vale de lo que se desea; un proyecto político usa esos deseos para darle forma a la realidad.

—¿Y qué se usó en este caso? —preguntó Zimmerman.

—La vergüenza —respondió Victoria—. La tomó y la convirtió en rebeldía y orgullo. Y eso me parece brillante.

—Eso explica el mecanismo —dijo Zimmerman—. ¿Y políticamente?

Victoria ladeó un poco la cabeza y dejó pasar un segundo antes de responder.

—Me parece brillante. Se habla mucho de libertad, pero, históricamente, las sociedades han demostrado que necesitan que alguien les enseñe cómo vivirla.

El aula hizo un silencio breve, un sutil cambio de respiración.

Zimmerman asintió despacio, con la mirada fija en Victoria, como si acabara de hacer una nota mental.

Irina escuchó.

Entendió la mayor parte, sobre todo lo último. No conocía a Victoria Alcázar, pero identificó la estructura de su pensamiento.

La había visto antes.

En otros idiomas y otras circunstancias. En bocas de hombres con uniforme, en discursos leídos por radio, en vecinos que aprendían a repetir frases hasta hacerlas propias.

Para cuando llegó al taller de artes, una hora más tarde, Irina aún pensaba en la voz tranquila de aquella chica y en su incómoda fascinación por el mecanismo.

La vergüenza.

La rebeldía.

El orgullo.

La libertad.

Brillante.

El taller olía a solvente. La resolana atravesaba los ventanales y volvía visible el polvo sobre las mesas de madera, gastadas y manchadas.

Alguien se acomodó a su lado.

Irina no tuvo que mirar para saber quién era. Lo reconoció primero por el aroma de varias cosas entremezcladas: algo herbal y amaderado, sudor ligero, polvo de calle y una nota amarga de café. Después, por el sonido de la mochila al caer con cuidado sobre la mesa.

Emilio. El único en ese lugar con quien se sentía a salvo.

—¿Qué tal tu optativa? —preguntó él.

Venía con la respiración agitada. Tal vez había subido corriendo las escaleras o había cruzado el campus bajo el sol con esa obstinación suya de llegar a tiempo.

—Fue… interesante.

Emilio dejó escapar una risa breve.

—Eso no me dice nada.

Ella bajó los ojos hacia sus manos.

—¿Era de política o algo así?

—Sí. Política, historia, imágenes.

—Ah, suena intenso.

—Un poco —respondió ella sin mirarlo.

Emilio sacó un lápiz y luego una libreta gastada.

—Yo tuve alemán —dijo, dejando caer la frente casi sobre la mesa—. Lo odio.

Irina lo miró de reojo.

—No es difícil.

Emilio levantó la cara con los labios apretados.

—Para ti, no.

—Puedo ayudar —dijo ella y luego, con una pronunciación suave, extranjera también en ese idioma—: Du kannst mich fragen.

Emilio sonrió con cansancio.

—Me vas a salvar el semestre… o te voy a deber favores.

Irina quiso sonreír más, pero la sonrisa se quedó corta. Algo en ella no terminaba de asentarse.

El profesor entró poco después y cerró la puerta.

Era un hombre de manos resecas, camisa arrugada y lentes que siempre parecían a punto de resbalársele. Habló primero de técnica, de asistencia y de materiales. Luego explicó el proyecto del primer parcial.

Un retrato.

No de un familiar. No de un amigo. No de alguien de la carrera.

—Busquen un rostro nuevo —dijo, caminando entre las mesas—. Si ya conocen la cara, van a dibujar de memoria. Yo quiero que se enfrenten a un rostro distinto y acepten que, al principio, no entienden nada.

Irina levantó la mirada.

El profesor siguió hablando. Proporciones, sesiones, bocetos previos, permiso por escrito, plazos de entrega. Emilio anotaba con una concentración intermitente. Otros susurraban posibles nombres: novios, vecinos, desconocidos de cafetería, gente que aceptaría posar por dinero o vanidad.

Irina no anotó nada.

Estaba ocupada pensando que necesitaba un cigarrillo después de esa clase.

Y en cómo iba a acercarse a esa tirana.


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