Hebras de Oro

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Summary

Jennifer tenía seis meses. Eran sus últimos seis meses de vida digna, si es que el abuso, los insultos y manipulaciones que vivía día a día podían considerarse parte de una. No quería imaginar lo que sería de ella cuando la familia de su nuevo prometido la tuviese para ellos sola en un país lejano, lejos de sus hermanas, lejos de su casa… Ella misma se llevó a esa situación. Entró por voluntad propia y, aunque las puertas del gran palacio siempre estaban abiertas, traspasarlas y huir era el resultado de un precio demasiado alto que tenía que pagarle… a él. A ellos. No podía derrotarlos con nada. Jennifer solo era una mujer bajo el título de su prometido, y cada uno de ellos era más retorcido que el anterior. Debía buscar una solución, una medida. Sola. Por muy extrema que fuera, debía ser igual de peligrosa que ellos. Así que… ¿qué importaba si cedía a la desesperación y ella misma iba a tocar las puertas de los burdeles en busca de una turjmán? Mujeres capaces de doblar hombres, enloquecerlos y dejarlos bajo la sumisión de otro, a través del amor y la obsesión. Si quería vencerlo y destruirlo, debía mantenerlo bajo ella. Ir contra su fuerza o su poder sería inútil; nunca lo conseguiría así. Tenía que ser astuta, encontrar su punto débil… y parecía haberlo hallado. En aquella familia de retorcidos enfermos, era el amor lo que los había quebrado. Y para eso, tendría que hacer lo único que ellos nunca esperaron de ella: jugar su mismo juego sucio.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 2

Kael


—¡Deténgase, en nombre de la guardia real de Earendel ! —gritó uno de los guardias. Sonreí, pasando la lengua por mis labios mientras volvía la mirada hacia enfrente. Relajé el agarre de las riendas; los cascos de los caballos de atrás estaban más cerca. Demasiado.

Perfecto.

A la izquierda, el camino que descendía hacia el río. Hacía algunos días que había caído un diluvio; las piedras y el suelo estarían resbaladizos; el terreno me traicionaría. Demasiado peligroso. A la derecha, la entrada al pueblo de Areolis, callejones estrechos; era tarde, había poca gente y no me resultaban ajenos esos laberintos. Dudé un segundo. Solo uno. Tiré de las riendas hacia el pueblo, adentrándome en este, perdiendo a un guardia que falló en abalanzarse sobre mí en la intersección.

Aún tenía que deshacerme de dos más. Golpe las riendas, inclinando mi cuerpo hacia delante, presionando contra la base del cuello de Horus, empujándolo a correr más deprisa. Los cascos comenzaron a golpear contra las piedras de las estrechas calles con más fuerza. No miré atrás.

Conocía cada giro, ellos no.

A la vez que avanzaba, las voces se estallaban a mi paso; las personas que seguían en las calles se alteraron. Un coro de gritos se alzó; el murmullo estalló en un caos de gritos. La multitud abría tarde, demasiado tarde. Me lancé aun así por otro paso estrecho; las personas se pegaban a las paredes tanto como podían. Me di paso aprovechando la oportunidad. Los grandes barriles caían, y a tiempo los llegaba a evitar; con cada salto del animal, sentía como el aire de mis pulmones se vaciaba con cada impacto. Uno de los caballos reales resbaló, dando como consecuencia la caída del de atrás también. Aun así, el tercero manejó con agilidad saltarlos para seguirme. Tiré de las riendas de Horus más de prisa, pero este vaciló.

Mierda. Estaba cansado.

Aunque hubiera perdido de vista a los guardas, seguía en terreno peligroso, y aún quedaba un largo camino hasta volver a Nertheland y necesitaba a Horus con energía para ello.

—Tranquilo, chico… tranquilo —susurré entre dientes.

Volví a girar de vuelta a la izquierda, volviendo al mercado. Si quería perderlo sin gastar mucha energía, tenía que volver al mercado, donde la multitud y el caos. Los caballos reales tenían un punto débil: se estresan fácilmente ante la multitud.

Los cascos golpeaban bruscamente y con más intensidad ante la inclinación del atajo que llevaba directo al mercado. Volteé mi cabeza. Seguía atrás, a buena distancia; con esta última movida iba a perderlo. El callejón se cerraba. Nadie más conocía este atajo. Clavé los talones y el caballo respondió, lanzándose hacia delante con un último estallido de fuerza. Detrás de mí, los cascos retumbaban cada vez más cerca; giré la esquina sin pensarlo y entonces la vi.

Una mujer.

—¡Apártate! —bramé. Pero no se movió, solo miraba. Horus se tensó bajo mí.

Mierda. No iba a moverse. No iba a apartarse.

No hubo aviso, ni vacilación. Horus frenó, cayendo a unos metros antes de estallar contra la chica, y mi cuerpo salió disparado hacia adelante. El impacto arrancó el aire de mis pulmones y sentí como mi cabeza crujía contra el suelo antes de detenerme como pude, impidiendo que mi cuerpo siguiera volteándose.

El dolor llegó después, y sentí mi alrededor tornarse borroso, antes de que mi visión me traicionara y todo desapareciera en el negro de la nada.

Abrí los ojos al sentir mi cuerpo moverse sin mi voluntad. Sacudí la borrosidad de mi vista y me llevé una mano a la frente, golpeándola con torpeza en un intento inútil de acallar el silbido incesante que me perforaba los oídos.

Dos brazos gruesos me sujetaban por ambos lados, inmovilizándome por completo.

Maldecí en voz baja, intentando recuperar la conciencia.

No lograba escuchar con claridad. No sabía quién me hablaba ni qué decía; solo tenía la certeza de que me habían atrapado… y de que mi cuerpo estaba demasiado flácido para mi gusto. No respondía. Mi vista no enfocaba, mis oídos no distinguían las voces que se mezclaban a mi alrededor.

Aun así, los golpes llegaron.

Puñetazos secos, directos al abdomen. Venían de frente, pero con ambos brazos sujetos, no podía protegerme… mucho menos defenderme. Contraí el estómago y me encorvé cuanto pude, absorbiendo el impacto.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Sacudí la cabeza con brusquedad, obligando a mis sentidos a volver a su sitio. Parpadeé varias veces antes de enfocar a los guardias que me flanqueaban, firmes, implacables. Jadee irritado por la situación y por mi adolorido cuerpo.

Podría haberme ahorrado todo esto si no fuera por…

La chica.

Giré la cabeza, buscándola entre el caos de guardias que se formaba. La encontré en el suelo, incorporándose con dificultad mientras se sujetaba la cabeza con una mano. Había alguien más junto a ella.

Bien. Estaba bien.

Horus no estaba. Probablemente había logrado escaparse para volver a casa.

Genial. Ahora me tocaba a mí encontrar la forma de hacer lo mismo… antes de—

— Kael O’donell , tiene el derecho de permanecer en silencio bajo la guarda de la guardia real de—

—Sí, sí… hasta que se levante una orden distinta a la ya adquirida en mi nombre o hasta el perdón del gran señor, el honrado y líder rey Herlins III… —lo interrumpí, terminando por él.

El guardia se quedó perplejo unos segundos antes de carraspear, guardar el rollo de pergamino y asentir a los otros dos.

La carcelera de madera acababa de llegar. Uno de los guardas abrió la puerta y caminé, sin resistirme hacia esta. De hecho, quería sentarme, necesitaba sentarme. Pero antes de poder dar un solo paso.

—¡Deténgase! — Una voz femenina cortó el aire.

Me giré y era ella.

Fruncí el ceño, interesado.

Uno de los guardias le bloqueó el paso, obligándola a detenerse en seco. Ella también frunció el ceño, claramente irritada. Estaba…enfadada?.

Me llevé una mano al estómago y apoyé la otra contra el carruaje para mantenerme en pie mientras la observaba.

Tenía la piel morena, encendida, como si el sol la hubiera besado y luego la hubieran bañado en miel. Las mejillas sonrojadas, y con unos labios carnosos… peligrosamente llamativos.Subí mi mirada hacia su nariz perfilada, ligeramente respingada. Cabello largo, oscuro, apenas ondulado y unas pestañas densas, curvadas que iban en contraste a esosojos azul brillantes y oscuros…demasiado vivos para alguien que acababa de caer. Aun así, caminaba con dificultad, probablemente debido al impacto.

Sí, era hermosa. En otras circunstancias, probablemente habría sido una compañía mucho más… interesante.

—¿Así es como tratan a las personas? —replicó, molesta.

El hombre que la acompañaba dio un paso al frente, y en ese preciso instante el guarda retrocedió.

Interesante.

Deslicé la mirada hacia el acompañante de la dama, evaluándolo con rapidez, intentando ubicarlo dentro de alguna familia lo bastante poderosa como para provocar esa reacción en hombre de la guardia real que, normalmente, no retroceden ante nada.

Mi mirada pasó del rostro petrificado del guarda al misterioso hombre y me quedé inmóvil.

Al diablo con eso.

¿Ronan Catsar?

No reaccioné hasta el segundo empujón del guarda a mi espalda, indicándome que entrara. Por suerte,fui lo bastante rápido como para evitar que Catsar tuviera tiempo de ver mi rostro.

¿Qué demonios hacía él aquí?

Subí a regañadientes, observando cómo la puerta se cerraba tras de mí con un golpe seco. Esta vez habían traído un carruaje más robusto. La última vez logré escapar derribando la puerta de madera a mitad del camino. Ahora estaba reforzada de hierro.

Exhalé lentamente, apoyándome en la pared mientras dejaba que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Tenía tiempo para pensar y para calcular mi escapatoria. Me deslicé hacia un rincón, lo suficiente para ocultarme entre sombras, y me incliné hacia el pequeño ventanal —apenas dos palmos de ancho— para observar el exterior.

La misteriosa dama seguía discutiendo con el guarda, hasta que Ronan intervino. Lo vi alzar la mano entre ambos, obligándolos a callar sin necesidad de elevar la voz. Dijo algo que no alcancé a oír, pero fue lo suficiente como para que los guardias se dispararan de inmediato, obedientes.

La mujer se quedó en silencio.

Ronan le indicó una dirección y comenzó a caminar junto a ella, envolviéndola con su abrigo mientras apoyaba una mano firme en su espalda.

Interesante.

Chasqueé la lengua, esbozando una sonrisa ladeada mientras repasaba mentalmente nombres, conexiones, deudas, favores… todo lo relacionado con la familia Catsar mientras examinaba con la mirada las esposas que me aprisionaban las muñecas.

El carruaje comenzó a moverse. Levanté la vista, analizando cada rincón del carruaje. Estaba herido. Podía intentar escapar, sí… pero no llegaría lejos. Habían elegido un sendero abierto, desértico. Sin árboles. Sin sombras. Sin escapatoria fácil.

Esto no lo tenía planeado.

El trayecto terminó tras lo que se sintió como una eternidad. Me incliné hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras escuchaba el crujido de las cerraduras ceder. Cerré los ojos un instante cuando la luz irrumpió con fuerza, ajustando mi visión a la repentina luz.

—¡Bájese! —gritó uno de ellos.

Me incorporé y avancé dos pasos. En cuanto mis pies tocaron el suelo, ya me estaban sujetando de nuevo.

No me resistí. De hecho, lo aproveché.

Comenzaron a arrastrarme hacia lo que, sin duda, era el área de detención.

—¡Camine! ¡Use sus piernas, necio! —bramó el de mi derecha.

Le dediqué una de mis mejores sonrisas, encogiéndome de hombros.

—Señor… digamos que ustedes dos —señalé a ambos con el dedo— aún no dominan del todo el arte de la sincronización. Uno camina dos pasos más lento que el otro. No puedo seguirles el ritmo. — Sonreí

—Kael. — Alcé la mirada.

Duncan.

Puse los ojos en blanco y me detuve, obligando a los guardias a reajustar su agarre mientras me enderezaba sobre mis piernas.

Clavé la mirada en él, en silencio.

—No nos obligues a romperte las piernas… —dijo con calma— y darnos una buena razón para arrastrarte. — Luego de eso, se giró y siguió caminando.

No respondí. Caminé, marcando yo el ritmo, obligando a los dos patosos de mis costados a adaptarse a mí, más sujetos a mi paso que yo al suyo.

Duncan y sus hombres se detuvieron frente a una celda. La más robusta, por supuesto.

Abrió la puerta, y de un tirón me deshice de las manos de los guardias que, en realidad, prácticamente se sostenían ellos sobre mis brazos, entré sin mirar atrás y sentí como la puerta se cerraba a mi espalda. El sonido del cerrojo encajando resonó más de lo necesario a través del lugar.

Me dejé caer sobre el colchón, hundiéndome en su superficie desgastada.

—Iba a explicarle que esta sería su celda de retención hasta que se dictara una orden en contra de su persona… —comenzó Duncan— pero, en tu caso, Kael… — Hizo una pausa. —Creo que ya puedes ir empezando a acostumbrarte a tu nuevo hogar, esbirro. —

La última palabra la escupió con asco antes de desaparecer junto a sus hombres.

Suspiré, dejándome caer completamente. El colchón crujió bajo mi peso y sentí como todo mi cuerpo protestó al unísono: golpes, tensión, la caída… cada músculo reclamando atención.

Necesitaba recuperar energía. No por comodidad, sino más bien por necesidad. Y rápido.

Había más hombres de lo habitual. El doble, diría. La entrada estaba rodeada por un muro de al menos tres metros, y el acceso se controlaba en grupos pequeños de 5 a 6 hombres cuando aproveché la discusión anterior para analizar mi alrededor.

Suspiré pesadamente, apoyando la cabeza en la palma de la mano mientras observaba el techo, como si en sus grietas pudiera encontrar una salida.

Era la primera vez que Horus reaccionaba así. Era un caballo inteligente, sí. Demasiado, incluso. Pero siempre había sido fiel. Nunca me había tirado, nunca.

La imagen volvió a mi mente.

La mujer embobada.

¿Quién reacciona así ante el peligro?

La dama de Catsar. ¿Su pareja? Lo dudaba, hasta dónde yo sabía no le hacían falta mujeres ni necesitaba a un nuevo heredero legítimo de momento. Hasta donde se sabe, el heredero aún no estaba vinculado a ninguna dama de alto rango.

Así que, si lo era… debía ser reciente.

Esbocé una sonrisa leve.

¿Qué tan ingenua debía de ser para fijarse en alguien como él?

O que astuta.

De todas formas, Catsar seguía siendo un pedazo de carne sucia envuelto en privilegios. Aun así, no debía ser estúpida. Si tenía acceso a Catsar, entonces pertenecía a su círculo. Y eso significaba una cosa: veneno.

Todos ellos lo eran. Se mordían entre sí, se desgarraban si hacía falta, pero al final siempre volvían a soportarse entre ellos. Como si fueran víboras enredadas. Separarlas, solo conseguía una cosa: más sangre, y solía ser sangre de inocentes, porque la suya era difícil de derramar.

Era mejor mantenerlos juntas. Entreteniéndose. Y atacarlos en el momento oportuno.

Cerré los ojos un instante mientras colocaba ambas manos con dificultad debido al dolor de mi cuerpo magullado para apoyar mi cabeza sobre algo más elevado que el colchón viejo.

Su fin se acercaba.

¿...Queréis que lo engulla, amo?

La voz se deslizó en mi mente, lenta, casi afectuosa, como si no fuera lo que realmente era. Sonaba complacida. Hambrienta.

Abrí los ojos.

—Aún no —respondí, en un susurro. — Retírate.

Y desapareció.