El lago que no debía existir
El silencio del bosque era demasiado perfecto.
Reyo García avanzaba sin escolta, con la capa oscura rozando la hierba húmeda. No era prudente que un rey caminara solo en mitad de la noche… pero hacía tiempo que había dejado de importarle la prudencia.
Lo que buscaba no estaba en su palacio.
Ni en su trono.
Ni en las miradas vacías de quienes le llamaban majestad.
Había escuchado rumores. Siempre rumores.
Un lago en mitad del bosque antiguo.
Un lugar que no figuraba en mapas.
Un lugar que “respondía”.
Reyo no creía en cuentos… pero sí en el poder.
Y el aire allí tenía peso.
Cuando los árboles se abrieron, lo vio.
El lago.
Negro como un espejo sin reflejo. Sin viento. Sin ondas. Como si el agua no perteneciera a este mundo.
Reyo se acercó despacio.
—Así que existes… —murmuró.
Entonces el agua se movió.
No como lo haría un lago.
Sino como si algo dentro respirara.
Una figura emergió lentamente, como si el propio mundo la estuviera soltando. Primero luz. Luego forma. Luego… un cuerpo.
Un hombre.
No. Algo más.
Su piel brillaba con una luz suave, dorada y fría al mismo tiempo. Sus ojos… no eran humanos. Demasiado profundos. Demasiado antiguos.
Reyo no retrocedió.
El ser lo observó, inclinando ligeramente la cabeza.
—Han pasado… siglos —dijo con una voz que parecía venir de todas partes—. ¿Eres tú quien me llama?
Reyo frunció el ceño.
—No llamé a nadie.
Silencio.
El dios lo estudió. Como si intentara recordar algo… o reconocerlo.
—Llevas su sangre.
Reyo sintió un leve escalofrío.
—¿De qué hablas?
El dios dio un paso sobre el agua, sin hundirse. Luego otro. Hasta quedar frente a él, demasiado cerca.
Reyo no se movió.
El aire entre ellos se volvió pesado.
—La sangre que encierra dioses —susurró el ser—. La sangre que me dejó aquí.
Reyo sostuvo su mirada.
—Entonces tal vez debería matarte ahora.
El dios sonrió.
No con burla.
Con curiosidad.
—Podrías intentarlo.
Un segundo de tensión.
Dos voluntades enfrentadas.
Y, sin embargo… ninguno atacó.
Porque algo extraño estaba ocurriendo.
El dios inclinó ligeramente el rostro, acercándose más.
—Eres distinto.
Reyo sintió algo que no esperaba.
No miedo.
Algo peor.
Interés.
—Y tú eres un problema —respondió en voz baja.
El dios alzó una mano… dudando un instante antes de tocar su rostro.
Ese gesto, tan humano, rompía todo lo que Reyo esperaba de una criatura así.
Cuando sus dedos rozaron su piel…
El mundo cambió.
Visiones. Luz. Recuerdos que no eran suyos.
Agua. Ruinas. Voces antiguas.
Y una sensación abrumadora de soledad.
El dios apartó la mano de golpe, como si se hubiera quemado.
Respiró con dificultad.
—¿Qué… eres tú?
Reyo también estaba alterado.
Pero no lo mostró.
—Tu rey.
El dios lo miró.
Y por primera vez…
Sonrió de verdad.
—Entonces… tal vez ya no esté solo.