CAPÍTULO 1: LA VISITA
Cuatro años después, donde nada tiene sentido...
Eran las siete de la mañana y el calor todavía no había comenzado su ataque. Reinaba una calma extraña, como si el mundo se contuviera a propósito, sabiendo que pronto iba a romperse. El cielo pálido, parecía esperar el momento exacto para volverse insoportable.
Abrí la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido al salir. Siempre suena demasiado al cerrarse. La empujé detrás de mí con un gesto lento, hasta que solo se oyó un clic breve. Bajé los tres escalones del porche y sentí el aire fresco golpearme el rostro, antes de que el día comenzara a arder.
La camioneta me esperaba en su lugar de siempre, frente a la casa, inmóvil, como un animal dormido. Una Ford Ranger Raptor negra, con la carrocería recién pulida, reflejando la luz tenue del cielo. El metal estaba frío al tacto. Abrí la puerta del conductor y me senté. El asiento me recibió con su firmeza conocida. Pulsé el botón de encendido y el motor respondió con un rugido grave, como si despertara de un sueño pesado.
La carretera se abría frente a mí, recta, pareciendo infinita, extendiéndose sin prisa hasta perderse en el horizonte. A los costados, los campos mostraban señales de desgaste y resistencia: tierra seca, pasto quemado y algunas manchas verdes que todavía se negaban a desaparecer. Conducía a ciento diez kilómetros por hora, pero la sensación era distinta. El paisaje no parecía moverse. El horizonte seguía ahí, distante y enmudecido.
Voy rumbo a Killeen, donde mi padre espera mi visita. O al menos, eso es lo que quiero creer. En este momento, sin embargo, solo me concentro en el camino. En esa línea que no termina y que parece cargar todas las preguntas que no sé formular.
Hay algo hipnótico en esta ruta. Las sombras de los árboles dispersos y de los postes al borde del camino se proyectan sobre el asfalto y avanzan hacia mí, cruzando el capó una tras otra, marcando un ritmo constante que se repite sin variaciones. El sol, todavía bajo, ya anuncia su violencia con una luz blanca. Es hermoso, sí, pero también cruel.
Aquí, cuando el calor llega, ataca. Cuando cae el mediodía, no se siente como una hora más del día, sino como un castigo. El aire se espesa, se vuelve plomo en los pulmones. El cielo parece descender, opresivo, sin nubes que lo suavicen. Respirar cuesta. Caminar es un acto suicida. No es valentía, es estupidez.
Aquí nadie resiste mucho. Un paso más, una distracción, y el cuerpo se quiebra. El sudor se evapora antes de enfriarse. Los labios se abren como heridas. La vista se nubla. La piel se parte como tierra seca.
Alguien que camine bajo ese sol puede caer de rodillas en medio de la calle, derrotado y hecho pedazos. El sol lo envolvería y luego lo consumiría. Tras ello no quedaría ni rastro de una persona, sino solo una silueta borrosa, temblando entre las ondas del aire ardiente. Como si fuera un muñeco de paja al que le hubieran prendido fuego.
Tal vez exagero demasiado. Pero a veces la realidad coquetea con lo absurdo, y uno ya no sabe ni dónde empieza una cosa y termina la otra.
Por ahora, la mañana sigue siendo un regalo. El aire entra limpio en los pulmones. Todo permanece sereno. Por un instante, el mundo parece en calma. Y yo avanzo sin pausa. Como si el camino marcara el ritmo de mi respiración.
Detuve la camioneta en un libre espacio plano de tierra amarilla, y luego se produjo en mí un silencio repentino. De inmediato pude sentir el frío que me calaba hondo; este era producido por el aire acondicionado de mi vehículo. En medio de mi ánimo sofocado por el llanto, se ciñó a mi alrededor un aura densa, de aliento sepulcral y melancólico, como si la misma atmósfera se hubiera vestido de duelo para acompañar mi desconsuelo.
Estando en aquel lugar, observé la hacienda en donde viven unos amigos. Bueno, resulta que antes sí eran mis amigos. Después de que cometí un error impulsivo e innatural, ellos dejaron de serlo. Las líneas rectas de mi comportamiento se transformaron en curvas y quebradas. Ahora lo único que puedo hacer es mirar la hacienda desde afuera, que queda a tan solo unos cuantos metros de la carretera.
Allí, las vacas dentro del corral hacen muuu y las gallinas vagabundean por el patio inmenso. Cacarean y remecen sus alas, picotean el piso de tierra negra con hierba desaliñada para tratar de hallar a unas cuantas lombrices. A pesar de que reciben maíz en sus estómagos, las gallinas siempre se las arreglan para buscar sus postres en movimiento. Los cuatro perros huskies siberianos ladran y aúllan siempre al verme, similar como hacen los lobos cuando estos tienen hambre. Desde el establo llegan relinchos agitados, cargados de una tensión que no se entiende, como si los caballos presintieran culebras deslizándose entre la paja, rozándoles las pezuñas sin dejarse ver.
Luego de mantener mi mirada vaga e inquieta, algo en el ambiente pareció rasgar la quietud del instante. Fue entonces cuando mis ojos se toparon con la silueta de un gato negro, de cola ondulada. Aquel enigmático animal, al que jamás había visto antes, clavó su mirada en la mía con una intensidad casi sobrenatural, una fijeza tan penetrante como irregular, como si desnudara mis pensamientos uno por uno.
Se encontraba trepado en la esquina del corral donde pastan las vacas, elevado como un centinela que observa desde su trono de madera gastada. La hondura de sus ojos amarillos me revolvió la mente, como si hubiese caído, sin darme cuenta, en el ojo de una tormenta. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda, un estremecimiento sutil pero poderoso que me obligó, sin saber bien por qué, a quitarme el sombrero marrón —Cowboy Stetson— para rascarme con urgencia una picazón feroz, desesperante.
Volví a clavar mis ojos en los suyos con obstinación. Me aferré a aquel duelo mudo, determinado a quebrar su concentración felina, a hacer que desviara, aunque fuera por un segundo, aquella mirada que parecía conocer secretos que yo mismo desconocía de mí. Pero el tiempo se volvió denso, y la partida de miradas: un combate tan absurdo como hipnótico. Minuto tras minuto, aquel bigotón no solo resistía: dominaba. Me sentía arrastrado hacia un abismo sereno, vencido sin un solo movimiento. Finalmente, exhalé con resignación. Bajé la vista, no por cansancio, sino por la derrota. Quedé vencido y humillado por un juego en el que, claramente, aquel emisario del misterio diurno era maestro absoluto. El silencio quedó impregnado de su victoria y yo, con el sombrero aún en mano, no pude sino reconocer la presencia del misterioso triunfador. Acomodé el Stetson nuevamente sobre mi cabeza con un ademán lento y reflexivo, como quien se reubica en el mundo después de presenciar lo inexplicable. Supe de inmediato que era momento de continuar mi viaje.
Me giré con firmeza, hundí el botón que encendió el motor de mi camioneta y, con voz serena, le pedí a los que me acompañaban que se colocaran los cinturones. A mi lado iban mis dos hijos; macho y hembra.
Matthew tiene el cabello marrón oscuro como el mío. También presenta sus ojos marrones claros que sacó de mis ojos. Tiene una versión mejorada de mi imagen: su piel es más blanca que la mía, sin embargo, en ciertos aspectos nos parecemos bastante.
Rowen, por otro lado sacó una versión mejorada de la imagen de mi esposa Hailey. Tiene el mismo tono amarillo platino en su cabello, siendo ese su color natural y el largo de su cabello se parece al de Rapunzel. Exagero demasiado, no obstante, lo único que sí puedo afirmar es que su cabello se encuentra bien cuidado: lleva consigo los mejores champús y cremas hidratantes de la más alta calidad. Rowen presenta una simetría perfecta en su imagen. Lo único diferente de mi hija con mi esposa, son sus ojos. Rowen sacó mis ojos marrones claros, o no estoy tan seguro si mis ojos son color miel, me da igual. No me he puesto a investigar aquello ya que me resulta insignificante, en cambio los ojos de mi esposa Hailey son azules. No obstante, ambas son muy hermosas, aunque me atrevo a asegurar que mi hija es diez veces más bella. Se lo he dicho en incontables ocasiones a Hailey para que sepa la verdad, que mi hija de más grande va a ser la chica más bella de todo Texas y por qué no, de todo el mundo entero. Mi esposa solo me sonríe y se ve doblegada ante la belleza de mi hija y reconoce que tengo la razón.
Hace cinco días atrás llevé a un casting de modelaje de ropa para niños a mis dos hijos. Sin embargo, la plaza para niños varones ya había sido ocupada, solo estaban haciendo casting en niñas para que utilicen vestimenta de marca.
Al tomarle varias fotos me la aceptaron a Rowen de inmediato, no esperaron ni siquiera a que me vaya de las instalaciones. Entonces me dieron la noticia de que mi hija iba a llevar puesto encima ropa Calvin Klein. Después, sus imágenes serían explotadas para formar parte de un extenso catálogo de revistas muy renombradas e importantes.
La mejor parte de todo esto es la paga. ¡Yujuy!, esa es la mejor parte. El contrato, donde estampé mi firma, es por un año, por una suma de 300.000 dólares. Mi cónyuge se puso muy feliz por el contrato; por aquello, es que tengo que cuidar la imagen de mi hija y comprarle cremas exfoliadoras para la piel, y toda clase de cuidado para las uñas, cejas, pestañas, cabello… en fin.
Me encuentro muy enamorado de mi esposa, ya que me dio a unos bellos hijos que amo con locura. Al llegar a Killeen, ya estando cerca del lugar de mi destino, divisé tres parqueos en columna, estando libres de forma continua. Estacioné la camioneta afuera del Café Starbucks que pertenece a una gasolinera. Ahora suspiro profundo ya que me encuentro nervioso. Me dirijo a donde vive mi padre para tratar de ganar su misericordia.
No se trata de una visita familiar común donde nos reunimos, padre, hijo y nietos. No, mi padre me odia por un error que cometí. Así de igual manera me odian mis amigos. En este preciso momento el único que no me odia es aquel que no me conoce.
Pareciese que traigo un imán clavado en mi pecho para solo atraer odio. Las personas que antes me conocían y me saludaban y reían conmigo ahora voltean sus rostros para ignorar mi mirada y si les digo: buenos días, buenas tardes o buenas noches. Para ellos es como si el viento hubiese silbado y eso se vuelve algo común de poder ignorar.
Mi padre no me habla desde el día en que cometí una atrocidad. Me arrepiento de mi cruel enojo que me obligó a cometer una locura de la cual me encuentro muy apenado. No obstante, sigo amando a mi padre con locura, por eso llevo a mis hijos conmigo ya que mi padre también los ama de igual manera que yo. Del Café Starbucks como para la parte de atrás, mi padre tiene una casa de tres plantas que es muy lujosa. Mis pasos comienzan a moverse por una bocacalle. Estoy muy acostumbrado al silencio en donde vivo, pero en el lugar donde me encuentro en este momento, mi cabeza se encuentra atestada de ruidos y voces susurrantes. La gente murmura sin sentido, y por un momento tengo una extraña sensación de que personas irreconocibles me están señalando, como si me conocieran.
Mi padre se dedica al negocio agrícola donde es propietario de productos pesticidas para matar las plagas que consumen la siembra. También es propietario de muchas toneladas de varios químicos más, dentro de una bodega. Es dueño de su propio almacén y su propia fábrica; aquel lugar de trabajo se encuentra un poco lejos de donde reside por ahora, que es el lugar a donde yo me encuentro yendo con mis hijos. Su empresa tan solo la va a supervisar y no necesita estar allí 24/7. Siempre he escuchado que los dueños de empresas viven las mejores vidas, así es la vida de mi padre por ahora.
En aquel momento, mientras caminaba con mis hijos por el lado derecho de la vereda, tuve la impresión de que el camino se hacía más largo de lo normal. Al frente, en la vereda opuesta, una anciana de cabellos blancos me observaba a través del vidrio de su ventana. Su mirada fija me atravesaba con la misma intensidad con que, hacía un rato, aquel gato negro me había retado en su juego de miradas. La anciana no apartaba los ojos de los míos. Me detuve unos segundos frente a ella, intentando sostenerle el desafío, hasta que mis ojos se humedecieron y, otra vez, me descubrí vencido y humillado. De repente, me estaban sucediendo acontecimientos extraños. En años anteriores nadie me miraba de tal forma y todo me era normal. Sin embargo, ahora todo el mundo se encuentra conspirando en mi contra con el único y terrible motivo de tan solo verme sufrir.
Continué mi camino yendo en dirección de la casa de mi padre. Por lo consiguiente, Rowen me dijo: papi, me gustaría quedarme en la camioneta, mi abuelo me asusta. Yo la miré con firmeza a los ojos y formé una gran sonrisa en mi cara. Luego le expliqué con dulzura: tu abuelo te ama, Rowen. Él tan solo es un poco temperamental y eso es todo, no le tengas temor, jamás tu abuelo te haría algo malo para lastimarte.
Matthew me tomó del cinturón y, al mirarlo, me dijo con voz temblorosa:
—Yo tampoco quiero ir, papá. Mi abuelo me da mucho miedo.
Lo observé con la misma ternura con que antes había mirado a Rowen y traté de transmitirle la misma calma.
—No tienes por qué tener miedo —le aseguré con suavidad—. Tu abuelo Mason te quiere, es una buena persona. Su enojo es solo conmigo, no con ustedes. Quiero que eso lo tengas muy claro.
Sí, lo sé, dijo Matthew. Mataste a nuestras mascotas estando molesto y por eso te odia.
Sí, se trata de eso. Yo tuve un ataque de ira en aquel día, fui irracional, por eso es que ahora tomo píldoras y, desde que las tomo, no he vuelto a tener esos ataques de mal temperamento que me han hecho perder el control de mi voluntad. Todo ya se encuentra solucionado y nunca más me verán enojado, mis hermosos bebés.
Mis dos hijos me regalaron una hermosa sonrisa que me puso muy feliz y así, ya tan solo estábamos a un paso para tocar el timbre donde vivía mi papá. Su casa es color crema por fuera, es inmensa, tiene mármol plateado en sus pisos y todo el interior está dotado de puros lujos. Vive solo en su soltería, ya que mamá, hace tiempo que ha fallecido, y ha decidido por cuenta propia quedarse sin estar emparejado. Una empleada doméstica lo acompaña, lava su ropa, limpia la casa, también tiene su propio cocinero.
Toqué el timbre por dos ocasiones, estando muy nervioso, y tan solo estaba escuchando que una máquina barredora de suelo sonaba de forma escandalosa.
Después de unos minutos, papá acudió a abrir la puerta. Es un hombre robusto y de cabello blanco. Tiene ritidosis en su rostro por el estrés y cansancio.
—¡Papá! ¿Cómo estás? —le dije, estando muy nervioso, para saber si ya se le había quitado el enojo por mi terrible accionar, en que yo era el culpable de habernos alejado de todo ese amor que nos profesábamos.
Papá sostuvo mi mirada y parecía que le iba a salir fuego de los ojos.
—¿Qué haces aquí? —me dijo con voz áspera. Entonces ahí fue que decidí utilizar el Plan B para ablandar su duro corazón—. ¡Saluden, niños! ¡Vamos, Matthew, saluda!
Matthew, con cierta timidez, se acercó hacia mi padre Mason y le dijo:
—Hola, abuelito, muy buenos días.
Pero mi papá, en lugar de corresponder a sus dulces palabras, lo ignoró por completo. Aquello me entristeció profundamente, hasta lo más hondo de mi corazón, pues mi hijo no tiene la culpa de mis más crueles desgracias.
—¡Vamos, Rowen, saluda!
—Buenos días, abuelito —dijo mi hija Rowen, mirándolo fijamente a los ojos para intentar enternecer a mi padre—.
Pero fue un intento fallido: él continuó mirándome a mí sin dirigirle siquiera una mirada a ella. Aquello resultó muy descortés de su parte.
Entonces le pregunté:
—¿Podemos pasar?
—Pasen —dijo con incomodidad—. Siéntense. Ahora, te vuelvo a repetir, ¿a qué has venido?
Vine a pedirte perdón, papá. Cometí un error. Todos los seres humanos cometemos errores. Yo solo quiero que todo sea como antes, cuando nos divertíamos. Mis hijos extrañan a su abuelo.
Hailey se quedó en casa y me dijo que, si tú me disculpabas, incluso podías ir hoy mismo a la hacienda por la tarde. Dijo que te va a preparar una cena deliciosa, "solomillo con salsa de trufas".
Tú sabes que mi esposa cocina riquísimo, lo recuerdas muy bien, papá. Estudió para chef y sabe cocinar platillos que yo jamás podría preparar para ti. A ti siempre te gustó su comida. Amabas su comida, mejor olvidemos ya ese sencillo asunto que te confunde. Tan solo quiero ser perdonado por ti y quiero volver a ser tu hijo de antes. Mis hijos quieren ser tus nietos, mi mujer quiere ser de nuevo tu nuera y mi hermano también necesita que tú seas su padre.
Mi papá Mason torció su boca y expulsó palabras que parecían aullidos de lobos.
—¡Así que Hailey me dijo que vaya a cenar! Pues no, no voy a ir. Y quiero dejarte algo bien en claro: no vuelvas a pisar mi casa nunca más en tu maldita vida. Y ya quiero que te vayas de aquí. Necesito que te olvides de una buena vez y por todas de que yo existo. Deseo que te pierdas en el camino y que no me vuelvas a visitar nunca más en tu puta vida. Y el día que tengas problemas, tan solo acude a Ryder. Solo él te puede ayudar cuando lo necesites.
—¿Quién es Ryder? —le pregunté a papá—. ¿Y qué tiene que ver con nosotros?
Tiene que ver solo contigo; solo él te puede perdonar, y él te perdonará por mí, ya que tu amnesia te está matando.
—¿Pero quién es él y dónde lo encuentro?
Lo encontrarás de cierto modo, y si no lo encuentras, él te buscará a ti. No careces de ninguna escapatoria.
No sé de lo que estás hablando, padre. Yo no conozco a ningún Ryder. No me interesa conocer quién sea Ryder. No recuerdo a ningún Ryder que haya existido en mi vida. Y además, no tengo amnesia. Has enloquecido y siento mucha pena por ti.
Pues entonces sí he enloquecido; ¿para qué putas vienes hasta mi casa? Ya te lo he dicho: tus palabras me las paso por la nalga.
No vuelvas a decir malas palabras delante de mis hijos, no te lo permito. Se nota a leguas que eres un desadaptado y que no te apegas a la buena gente. De ahora en adelante, tan solo quiero que te enteres de que una parte de mí te odia.
No tienes derecho a permitirme o no permitirme lo que yo quiera decir. Yo digo lo que quiera porque estoy en mi casa, y quiero darte las gracias por odiarme, pero esta vez ódiame en serio, que no sean solo palabras, perro mal nacido. Y no vengas nunca más hasta mi casa, maldito amnésico animal, jamás vengas de nuevo a darme la cara. No te quiero aquí nunca más en mi vida.
Preso de la incomprensión, tan solo le dije: espero que algún día me puedas perdonar, papá. Lo que dije, que te odiaba, no lo dije en serio. Yo no nací para odiar y ser odiado. Tengo el corazón más noble e inocente que se pueda dar a conocer en la vida. Por ahora tan solo me siento lleno de ira por lo que hice. Antes cometí errores, pero ¿quién no los comete? No existe nadie en el mundo que sea perfecto.
Sé que dañé a animalitos inocentes y tu corazón te dicta que no merezco tu perdón. Pero estoy seguro de que Dios ya me perdonó; ¿por qué tú no puedes hacer lo mismo?
Jamás voy a perdonar lo que hiciste, y lo único que puedo decirte es que busques a Ryder y que nunca más vuelvas por acá. Tienen que retirarse los tres de mi casa, ya que me encuentro muy ocupado.
Estaba encolerizado con mi padre, ya que había ignorado a mis hijos y tampoco le hablaba a mi esposa, a mi hermano, que es su otro hijo, y a mí, en cambio, solo me hablaba para humillarme con sus crueles palabras llenas de odio. Estaba haciendo culpables a mis hijos, a mi esposa y a mi hermano por algo innecesario, de lo que ellos no eran nada culpables, y desde este día estaba empezando a ennegrecerse mi alma. Mi corazón tiene un aproximado de doce centímetros de largo y nueve de ancho. Desde este momento estaba empezando a odiarlo un milímetro. Parece haber perdido la razón; actúa como si fuese un loco que habla puras incoherencias.
—Vámonos, hijos —dije mirando a mis hijos que estaban jugando a los manotazos en el sofá.
Los miré a ambos con mi rostro afligido y decepcionado, les dije: si mi papá es un maleducado y no los saludó, ustedes demuestren que son diferentes y no sean maleducados con él. Demuestren que ustedes son mejores personas, y si mi padre de nuevo no les devuelve el saludo, ustedes salgan con la frente en alto, mis bellos hijos. Tienen que tener en cuenta que la educación se mide en los valores recibidos, y ustedes han adquirido valores ejemplares mediante una educación muy importante. Por ello, el respeto hacia cualquiera que les resulte indiferente debe ser opacado por la buena conducta, sin almacenar ningún tipo de rencor en sus corazones después de ser sacudidos por la indiferencia.
—¡Chao, adiós, abuelito! —dijo mi Rowen—. ¡Nos vemos, abuelito! —dijo mi Matthew—. Ojalá puedas visitarnos un día en casa. Te extrañamos mucho.
Miré a papá y este se había ido a sentar al sofá y no le devolvió las palabras de despedida a mis hijos. También me ignoró a mí mientras leía su periódico. Su perversidad era atroz y malévola. Unos animales muertos tenían más valor que su propia familia. Sentí tanta impotencia que hasta se me salieron las lágrimas, que rodaron como cascadas sobre las rocas de mis mejillas. Me costaba aceptar tanta crueldad de su parte. El odio desmedido que mi padre sentía hacia mi persona y hacia toda mi familia era inexplicable.
Mis hijos se prendieron a mis costados. A Matthew le di mi mano izquierda y a Rowen le di mi derecha. Así salimos de aquella maldita casa que se encuentra llena de tantos remordimientos. Cruzamos la calle por el lado del frente y caminamos rumbo a la camioneta.
Mientras mis pies se arrastraban por los adoquines grises del suelo, Rowen apretó mi mano derecha y Matthew hizo el mismo ademán.
—Papito, no te sientas mal. No llores.
—Perdóname, hija, no soy tan fuerte —le dije mientras me quebraba en llanto.
Con mis manos delgadas cubrí mi rostro para tratar de tapar mi vergüenza.
Matthew entonces me abrazó y me dijo: papá, yo sé que mi abuelo va a cambiar, ten fe. Mamá siempre dice que si tienes fe, las montañas más fuertes, grandes y pesadas se moverán.
En aquel momento, mi hijo llenó de alegría mi corazón, al igual que mi hija, y comprendí que, aunque no tenía el amor de mi padre, me encontraba lleno del amor de mis hijos.
Aconteció entonces que una sonrisa alegre y repleta de felicidad, bañada de lágrimas, se mostró en mi rostro. Acto seguido, sentí que entró por mis narinas un aliento de eucalipto y, dentro de mi pecho, se formó una paz absoluta. Valoré mis manos, ya que apretaban a un par de angelitos del cual el todo poderoso me dio como regalos celestiales.
Seguí caminando con mis hijos, apreciando el silencio y el sonido firme de mis botas al golpear el suelo húmedo. De pronto, un estremecimiento recorrió mi pecho al ver a la anciana de cabellos blancos y enmarañados, asomada en la ventana de esa casa de dos pisos pintada de un intenso color naranja. Desde allí me seguía con la mirada fija, sin parpadear, persiguiendo cada uno de mis movimientos. Sin embargo, no estaba de humor para sostener ese juego de miradas. Terminé por convencerme de que se trataba de una mujer que padecía algún tipo de enfermedad mental.
Al querer continuar mi camino, escuché que la anciana pronunció mi nombre: «Joseph». Yo volteé a mirarla para tratar de recordar de quién se trataba. Sin embargo, ningún recuerdo aparecía en mi mente. Estaba consternado y de pronto empecé a pensar en lo que dijo mi padre, de que me había vuelto amnésico. No pude recordar quién era y ni siquiera podía imaginar quién podía ser dicha persona.
Yo le dije a la señora, estando muy molesto: ¿qué quiere, señora? Yo jamás la he visto. No la recuerdo y tampoco me interesa conocerla.
La señora arrugó su nariz y torció su boca para pronunciar la palabra: «maldito».
Yo, estando molesto, le dije: señora, ¿por qué me maldice si yo no la conozco? ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Sabe qué? Déjelo así, no me interesa conocer los detalles. Ando de muy mal humor por ahora.
¿La perra de tu madre parió a un deforme mal nacido? ¡Qué bien que se ahogó esa ramera!
¿Qué dijiste, anciana loca? Maldita enferma. No hables de mi santa madre, te lo prohíbo. ¿No sé quién eres? Maldita anciana, demente.
—Papi, ¿qué te sucede?
—No te asustes, Rowen.
Perdóname, Matthew, sal de detrás de tu hermana, no te voy a hacer daño, jamás te he puesto una mano encima. No tengas miedo de mí, no soy ningún monstruo. Solo que, en el mundo, existe tanta gente loca que hay que enseñarle a respetar a las malas, porque a las buenas no entienden.
La anciana lanzó una carcajada gutural y escalofriante, vociferando: maldito, mil veces maldito. Perro mal nacido. Engendro del demonio, arderás entre las llamas del infierno: el diablo te va a despellejar, quitando tu piel centímetro a centímetro. Después te va a freír en una paila ardiente y te comerá despacio para disfrutar tu podrida y maloliente carne. En consecuencia, te volverás a reestablecer cuando él arroje tus desechos de su boca; por tanto, serás tú de nuevo para continuar sufriendo por los siglos de los siglos. ¡Hasta por toda la eternidad!
En aquel momento me llené de tanta furia insostenible y golpeé con el puño el vidrio de su ventana, detrás de la cual la enferma mental se refugiaba. Le pegué con tanta fuerza que mi intención era romperlo. Mientras golpeaba el vidrio, mis hijos, detrás de mí, se encontraban llorando; no obstante, la furia que tenía presente se había vuelto tan descontrolada que no pude compadecerme de mis hijos para poder frenar sus llantos.
Cuando le di impactos a la ventana, le grité: ¡cállate, maldita vieja! —Voy a destrozar tu ventana. Voy a destruir tu maldita casa y también voy a destruir lo que resta de ti.
No puedes destruir a Emery, yo soy más fuerte que tú, perro mal nacido. ¡Te voy a matar! —gritó la anciana endemoniada— y, en consecuencia, le dije: —Vamos a ver quién mata a quién, maldita bruja.
De repente, escuché un grito fuertísimo de una mujer que me dijo: ¿oye, por qué golpeas mi ventana? ¿Te has vuelto loco? Estoy llamando a la policía. El teléfono en su mano escuché que estaba sonando en altavoz, pero nadie detrás recibió la llamada.
Al dirigir la mirada hacia la mujer joven —rubia, delgada y de ojos verdes—, levanté mi dedo índice para señalar a la anciana y le respondí con firmeza: aquella anciana me insultó delante de mis hijos y me maldijo, diciendo cosas horribles sobre mí y sobre mi madre. Llegó incluso a declarar que yo me iría al infierno, entre otras palabras terribles que me dijo sobre el diablo.
Escuché la voz del teléfono:
—911, ¿cuál es su emergencia?
La mujer colgó la llamada y me miró:
—¿Cuál anciana?
—La que está detrás de la ventana.
Unos segundos después, el teléfono volvió a sonar. Ella contestó:
—Disculpe, se me marcó por error —dijo, y colgó de nuevo.
Al mirar hacia la ventana, la anciana ya se había retirado del lugar donde estaba de pie.
—¿Quién es usted?
Soy Joseph. Usted también de seguro que me ha de conocer. Pero yo jamás la he visto en mi vida. Yo no la conozco, ni tampoco a la anciana que me maldijo, diciendo cosas horribles de mí y de mi madre.
La mujer me miró y me dijo: yo a usted no lo conozco. Jamás lo he visto en mi vida.
¿Y por qué la anciana conoce mi nombre? ¿Quiénes son ustedes y qué quieren de mí?
—¿Cómo es la anciana que acaba de ver? —dijo aquella mujer.
—¿Qué cosa?
Le pregunté que cómo es la anciana que acaba de ver.
—¿Qué? ¿Esto es un asilo de ancianos dementes?
—No.
Entonces no entiendo a qué se debe la pregunta de cómo es la infortunada anciana. ¿Cuántas ancianas locas viven aquí?
—Responda a mi pregunta, señor.
Tiene el cabello blanco y parece en edad de entre 75 a 90 años, no estoy tan seguro. Tiene los ojos verdes, igual que los suyos.
—¿Cómo está vestida?
—¿Qué cosa? ¡Qué pregunta tan rara!
—¿Le pregunté qué cómo anda vestida?
Tiene un vestido blanco con muchas flores rojas bordadas en el vestido a la altura de su pecho.
—¿Y qué más vio?
¿Qué le pasa? Si está en su casa, ¿por qué me pregunta cosas de ella? Si quiere saber más, vaya y mírela por usted mismo y no me venga a pedir detalles de su ropa o de lo que sea. Vaya y dígale a esa señora que tiene que guardar su compostura. Tiene que ser algún tipo de persona enferma, ya que cargaba una flor roja con espinas en su oreja. Y yo jamás he conocido a alguien que se llame Emery.
La mujer se estremeció; las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Llevó ambas manos a la boca; sus ojos se abrieron con un espasmo de incredulidad y, finalmente, se derrumbó en un llanto incontenible.
En aquel momento se me pasó el enojo y le dije: Dis....discúlpeme que me haya portado así. Solo que ella me sacó de quicio.
—Ella es mi madre.
Lo comprendo, pero si tiene algún tipo de enfermedad mental, por favor, cuide de que no salga a la ventana para que no ofenda a nadie más; y si usted no me conoce, ni tampoco sabe mi nombre, ¿cómo es que ella lo sabe? Quizás mi padre le habló de mí.
—¿Cuál es su padre?
—Mason.
—¡Ah, el señor Mason! Es una gran persona, muy amable. Nos llevamos bien. Hace ocho días que me mudé a esta casa. Tengo una hija de dos años que está dormida y, con toda la bulla que usted hizo, ni aun así despertó. Aún se encuentra enfermita.
—La entiendo... Le pido perdón por no haber podido controlar mi comportamiento. Pero su madre tuvo la culpa de todo esto.
—¿Mi madre?
—Sí. Aunque lo que ha dicho de mi padre, que es amable... Bueno, con usted quizás lo sea, pero conmigo me odia.
—Qué pena me da escuchar eso.
—Señora, no sé qué le ha dicho mi padre a su madre. Bueno, puedo imaginarlo, pero no es para tanto. No es tan grave como para que su madre me haya dicho esas cosas tan horribles y escalofriantes. La gente me odia sin fundamentos. Y si no cree que ella me ha ofendido, vaya y pregúntele usted mismo. Podemos aclararlo y llegar a un acuerdo razonable.
Le entiendo; solo que permítame aclararle algo antes. Mi esposo no está aquí. Aún sigue en Nueva York. Tengo dos hermanos que viven en Gatesville; ellos fueron quienes me ayudaron a instalarme en esta casa. Vendimos todas nuestras cosas en Nueva York y compré lo necesario para adaptarnos aquí. Mi esposo llegará en unos días, después de terminar unos asuntos de trabajo. Él nunca ha estado aquí; nunca ha visto esta casa.
—Fruncí el ceño.
—Entonces... su esposo jamás pudo haber hablado con mi padre Mason.
—Exacto. Mi esposo no pudo haberle dado detalles sobre mi madre a su padre porque nunca lo ha visto.
—¿Y sus hermanos?
—Tampoco conocen a su padre. De hecho, nadie de mi familia lo conoce... excepto yo. Bueno, y también mi hija, pero ella todavía es pequeña; no cuenta en este malentendido. El desconcierto se reflejó en mi rostro.
—Hace cinco días fue que lo conocí a su padre. Mi auto no arrancaba porque olvidé apagar las luces y la batería se descargó. Su padre fue muy amable conmigo y me ayudó a encenderlo con su auto. Desde entonces nos hicimos amigos.
»Y ayer... mi hija estaba llorando sin parar. No sabía qué le pasaba. Su padre me vio y, sin dudarlo, se ofreció a llevarme al hospital porque yo, en ese estado de desesperación, no podía ni manejar. Intenté llamar a mis hermanos, pero estaban trabajando.
»Gracias a su padre, mi hija está mejorando. Tenía una fuerte inflamación de garganta y fiebre.
En aquel entonces tragué saliva.
—Pero... usted dice que nunca le mencionó nada de su madre a mi padre, ni nadie de su familia.
—No, jamás.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Algo no encajaba.
La mujer se quedó en silencio por un instante, como si procesara cada palabra. Luego suspiró y habló con un tono de incredulidad.
—Señor, quiero decirle algo... Eso que usted dice, de que le haga preguntas a mi madre sobre los insultos que usted afirma que le hizo, no es posible que le pueda decir algún reclamo a ella.
—¿Por qué no?
—Porque mi madre... ella lleva tiempo muerta.
El ambiente pareció volverse más denso de golpe.
—¿¡Muerta!?
Sí. Mi madre descansa en su tumba.
Y tiene razón; se llamaba Emery. Parece que tiene el don de hablar con los espíritus. El nombre de su madre resonó en mi mente como un eco. —¿Pero...? quise decir algo más; no obstante, se disolvieron las palabras en mi cerebro.
—Soy Juliette —me dijo.
Le extendí la mano para estrechar la suya, pero quedé tan rígido como una estatua. Aún me encontraba impactado; después de reaccionar a lo que me acabó de contar, mencioné: No sé qué decir. La verdad es que no me siento muy bien por ahora. Tengo que ir a casa; necesito descansar.
Tampoco sé qué está sucediendo y no sé qué más decirle. No entiendo nada. Esto es tan increíble, inexplicable como aterrador. Si en algún momento se siente bien, puede venir a visitarme para conversar mejor sobre este tema. Aún me encuentro impactada. Quisiera hacerle varias preguntas al respecto.
Asentí, mirándola fijamente a los ojos por varios segundos y luego proseguí mi camino; más adelante, le pregunté a mis hijos: ¿Ustedes vieron a la anciana?
Rowen, Matthew. Les pregunté si ustedes vieron a la anciana.
—No, no vi a nadie —dijo Rowen.
—¿Y tú, Matthew?
—Tampoco la vi, papá. ¿Qué te sucede?
No lo sé. No sé lo que tengo. Todo esto fue muy vergonzoso y aterrador.
Al caminar y girar hacia la derecha, mientras me acercaba al lugar donde había dejado estacionada mi camioneta, noté algo que me detuvo por un instante. Justo al lado, había un Camaro amarillo, reluciente bajo la luz, estacionado casi pegado a mi vehículo. En el capó, sentado con aire de dueño del lugar, se encontraba un hombre moreno. Vestía una camiseta marrón de la marca Calvin Klein y unos pantalones plateados que brillaban con cada movimiento. Su cabello, corto y rizado, enmarcaba un rostro sereno pero atento, como si esperara algo… o a alguien.
A pocos pasos de él se encontraba otro hombre, muy distinto. Tenía el rostro inexpresivo, casi pétreo, como si estuviera tallado en piedra. Era blanco y completamente calvo. Permanecía de pie, mirándome de frente con los brazos cruzados, inmóvil, como un guardián. Estaba vestido todo de blanco, como un doctor: chaqueta blanca por fuera, pantalón y camiseta también blancos, incluso los zapatos. Aquella combinación con su piel pálida resultaba extraña, casi antinatural, pero a él no parecía importarle en lo absoluto.
Lo que más me llamó la atención fue el brillo metálico que pendía de su oreja izquierda: un arete plateado con la imagen de la Estatua de la Libertad. Estaba allí, justo junto a la puerta del conductor, la misma por la que debía entrar para ponerme al volante de mi camioneta.
Ambos no me quitaban la mirada de encima; le dije a mis hijos: caminen detrás de mí; si llega a acontecer algo extraño, corren con todas sus fuerzas a donde su abuelo y le van a pedir ayuda. En estos casos de emergencia, mi papá, estoy seguro de que les abrirá la puerta y los protegerá.
—Sí, papa —dijo Rowen—. ¿Y tú, Matthew? ¿Entendiste lo que dije?
—Sí, papá. ¿Pero qué quieren esos hombres?
—Eso no lo sé —le respondí a Matthew.
Estando nervioso, les pregunté: ¿se les ofrece algo? ¿Les puedo ayudar en algo?
—El hombre moreno me dijo: Joseph, ¿cómo estas?
Lo miré con fijeza a los ojos y le pregunté: ¿cómo conoce mi nombre? ¿Quién es usted?
—¡Mi nombre acaso importa! —dijo aquel hombre moreno.
—¿Quiénes son esos hombres, papito? —dijo mi hija Rowen—. Esos hombres me asustan.
Matthew, por otro lado, me abrazó por detrás, aferrándose a mí para que lo proteja.
Por tanto, miré de pies a cabeza a aquellos hombres y les dije: señores, un momento. Jamás los he visto en mi vida. No sé quiénes sean, pero están asustando a mis hijos. Por favor, pueden retirarse o díganme lo que necesitan.
No te preocupes, no queremos nada, Joseph. Solo pasamos para saludarte; eso es todo. Ya nos veremos las caras cuando no estés con tus hijos presentes. No queremos que ellos escuchen lo que tenemos que decirte.
El hombre moreno se trepó a su auto junto con el hombre blanco. Luego, el Camaro soltó un rugido potente y se retiraron del lugar, y yo quedé en shock.
Mi vida ha dado un vuelco de 360 grados. Al que consideraba mi mejor amigo, Gael, un día me regaló una cómoda egipcia por mi cumpleaños. Primero pensé que fue el mejor regalo material que había recibido en toda mi vida. Sin embargo, jamás pude deducir que ese artefacto del demonio traía consigo una terrible maldición. Desde que llegó esa aberración a mi existencia, perdí amistades, perdí mis cosechas, perdí mi gente, perdí mi felicidad. Mi mente no puede recordar personas ni eventos. Recién me entero que acontecimientos sobrenaturales ahora forman parte de mi vida; para empeorar aún más mi situación, me estoy yendo a la quiebra. Estoy convencido que muy pronto puedo menoscabar el techo que cubre nuestras cabezas.