La mujer de arcilla y viento

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Summary

La sequía ha devorado la comunidad mapuche de Nahuel. Los ríos se han vuelto polvo, los sembrados están muertos. En su desesperación, Nahuel sueña con una mujer que nace del barro. La busca. La encuentra enterrada en un claro sagrado, convertida en estatua inerte. Es Ayen. Es Ñuke Mapu. La Madre Tierra olvidada por su propio pueblo. Nahuel le ofrece su sangre para devolverle el corazón. Ella despierta. Él se enamora. Juntos hacen florecer el desierto y brotar agua donde sólo había muerte. Pero los hombres temen lo sagrado. La envidia y el odio incendian su ruka. Y cuando llegan las máquinas a robar el oro de la tierra, Nahuel deberá elegir: aferrarse a su amada hasta el fin, o aprender que el amor verdadero también sabe soltar. Ella es eterna. Él es un instante. Pero la tierra nunca olvida a quien la ha amado.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I: El sueño de la tierra mojada

Aquel año el sol se comió los sembrados. Aquel año la tierra se volvió polvo y el polvo se volvió sed. Kallfüñe, el viejo machi de la comunidad, miraba el cielo sin encontrar allí las nubes que antes dibujaban carneros. Todo estaba seco, incluso las palabras. Los niños lloraban con la garganta rajada. Las mujeres enterraban semillas que no germinaban. Y los hombres, los pocos que quedaban después de la rapiña del hombre de metal y pólvora, apenas si podían levantar sus brazos para pedir.

Pero Nahuel no pedía.

Nahuel era joven, de esos jóvenes que aún tienen la madera dura del araucaria en la espina dorsal. Sus manos, callosas de tanto amansar la tierra rebelde, guardaban el recuerdo de la humedad. Su padre le había enseñado que el agua no se ruega: se busca. Y buscó. Bajó a los esteros secos, trepó los cerros pelados, caminó tres días hasta el lago encogido como un viejo que orina con vergüenza. No halló nada. Solo huesos de liebres y el eco de su propia hambre.

Volvió alrukacon los pies desollados. Su madre, la ñaña Fresia, le lavó las heridas con agua que guardaba en una totora desde el último aguacero. Ella tampoco hablaba. En la miseria, los mapuche aprenden que el silencio es la última semilla.

Esa noche, mientras el vientopuelchesilbaba entre las grietas del barro, Nahuel soñó.

Soñó una mujer que nacía del suelo. No como las otras mujeres, no de vientre y sangre, sino de arcilla húmeda y raíces trenzadas. Sus ojos eran dos pozas donde aún llovía. Sus manos, ramas de arrayán florido. Y al moverse, la tierra temblaba con un temblor antiguo, de esos que no miden los sismógrafos porque vienen del corazón delmapu.

—Levántate, Nahuel —dijo ella, y su voz sonó como el primer trueno después de la sequía—. Me he secado contigo. Me he secado porque te olvidaste de mí.

Nahuel quiso preguntar quién era, pero la lengua se le pegó al paladar, como pasa en los sueños verdaderos. La mujer se acercó y puso una mano sobre su pecho. Donde sus dedos tocaron, brotó un musgo tibio. Donde su aliento llegó, floreció un olor a tierra mojada.

—Yo soy Ñuke Mapu. La madre que parió tus cerros. La que dio a luz tus ríos. Y tú, hijo de hijos de hijos, me has dejado sola.

Nahuel despertó con el grito de un chucao. El amanecer era gris, pero sus manos, sus pobres manos de hombre de maíz y fatiga, estaban llenas de barro fresco. Barro que olía a hembra. Barro que latía.

Salió del ruka. Nadie lo vio. Fue al claro del boldo donde los antiguos decían que aún habitaba lo sagrado. Y allí, hincándose en la tierra agrietada, comenzó a cavar con sus proñas. Cavó hasta que la uñas sangraron. Cavó hasta que los brazos le ardieron como leña verde.

Y entonces la encontró.

No era una mujer entera. Era apenas una forma: el esbozo de un rostro, el principio de unos hombros, la promesa de unos senos. Todo de arcilla, todo de ese barro húmedo que había brotado de la nada en sus manos al despertar. La escultura estaba allí, enterrada desde tiempos que no recordaban los abuelos de los abuelos. Pero Nahuel la reconoció. Era ella. Era la del sueño.

—No temas —susurró el viento—. Sólo el que ama lo perdido puede devolverme la respiración.

Y Nahuel, que nunca había tenido miedo a los hombres armados ni a los perros cimarrones, sintió miedo por primera vez. No de ella. De él mismo. Porque ya sabía, con esa certeza que no necesita pruebas, que aquella mujer de barro era la diosa de su pueblo, la que habían olvidado cuando cambiaron la tierra por el dinero, la semilla por la factura, el ruego por la queja.

Y también supo, con un dolor dulce, que estaba empezando a amarla.